Foro ISFD Fátima

Sobre la misión del educador

por Juan Gabriel Ravasi

La felicidad a la que toda persona tiende

requiere de una educación proporcionada a tal fin.

La misión del educador tiene como meta la formación integral de cada uno de sus alumnos en orden al fin último sobrenatural de la persona humana.

La persona humana, como todo lo creado, tiende a la perfección que como causa final todo lo mueve a ser en plenitud. La perfección personal en cuanto trasciende el fin natural requiere de una educación proporcionada al fin sobrenatural al que se ordena.

El objetivo o misión específica al cual se ordena la vocación docente se podría formular como:

“la formación del carácter y la instrucción en las disciplinas básicas, capacitando a cada alumno para entender, reflexionar, expresarse y convivir de acuerdo a su edad en orden al descubrimiento y cultivo de la vocación personal”

Todos los aspectos de la misión quedan signados por los valores e ideales relativos a la concepción de persona que de algún modo deben ser explicitados como especificación cualitativa y referencia axiológica de la misión.

En la formulación propuesta se distinguen:

1ª    El fin específico de la misión pedagógica: el descubrimiento y cultivo de la vocación personal.

2ª    Dos objetivos generales. Uno que atiende a las virtudes morales y otro que atiende a las virtudes intelectuales.

a.     La formación de carácter (virtudes morales)

b.     La educación en las disciplinas básicas (virtudes intelectuales)

3ª    El parámetro de proporcionalidad: según la edad (y condición)

4ª    La especificación de los objetivos generales en capacidades que atienden a los cuatro aspectos fundamentales del proceso educativo y son las habilidades a cuyo desarrollo contribuye toda actividad educativa: a. Entender; b. Reflexionar; c. Expresarse; d. Convivir


1ª- Sobre el descubrimiento y cultivo de la vocación personal

Desde la perspectiva educativa el proyecto de vida que el Creador ha querido para cada uno de sus hijos se manifiesta como principio dinámico (naturaleza) de la persona. En la naturaleza personal se distingue una dimensión genérica, humana (no como animal, sino como ser racional), y una dimensión única, propia de cada persona. Ambas vertientes, que se siguen de la naturaleza en cada persona, constituyen su realidad personal y deben ser objeto del proceso educativo. En ello consiste y se fundamenta la atención a la unidad y a la diversidad.

El proceso educativo o de enseñanza-aprendizaje, está caracterizado por cuatro dimensiones, especulativamente secuenciales dada la prelatura de unos principios sobre otros, pero concurrentes en la dinámica del proceso de crecimiento personal al que se ordena la educación.

La educación, desde la perspectiva de las virtudes que debe promover tiene como el proceso de conocimiento tres momentos básicos:

a) El educare o instrucción: momento en el cual brindamos al educando los conceptos y la metodología (a esto llamamos contenido de las asignaturas) que le posibilitan pasar, por medio de la conducción pedagógica, de lo que conoce a lo que se le propone para ser conocido;

b) La reflexión: momento de autoconciencia en que el educando volviendo sobre sí mismo y sobre lo que se le ha enseñado, contempla lo que se le ha presentado hasta aprenderlo (hacerlo propio);

c) El exducere: momento en el cual el alumno manifiesta (saca afuera) el resultado de la asimilación, mostrando lo que ha aprendido con las notas particulares que imprime el aporte de su creatividad personal.

En tanto ser persona educada es saber convivir al servicio del bien común haciendo recto uso de todas las capacidades y dando testimonio de la verdad, hay un cuarto momento en el que se pone de manifiesto el resultado (la efectividad) del proceso educativo en la dimensión comunitaria que se designa como convivencia o capacidad de convivir en armonía, en cuanto objetivo que conforma la misión educativa.

La persona existe-con-semejantes, no es concebible sino en el concierto de la comunidad, dentro de la cual se ha de dar el proceso que va de la situación de dependencia en la que nacemos a la interdependencia que caracteriza a la edad madura, pasando por la etapa de independencia o autonomía relativa en la cual, el educando pasa de ser alguien que debe ser asistido a alguien capaz de estar al servicio del bien común en las personas de sus prójimos. La comunidad en la cual las personas se aquilatan como tales es la familia. El útero espiritual en el que se forjan los cimientos de la educabilidad es la sociedad familiar, entendiendo por familia lo que la naturaleza requiere para la transmisión de la vida íntegra: padre, madre e hijos.


2ª.a. Sobre la formación de carácter

La primera de las capacidades que se ha de fortalecer en el proceso educativo es la disposición de la voluntad. Esto no implica que se pueda formar la voluntad de modo independiente a la formación de la inteligencia, porque la voluntad no puede querer sino bajo razón de bien y tal cosa es determinación de la inteligencia. Lo que se está señalando es que, la recta disposición de la voluntad como parte de una afectividad equilibrada es requisito para que el alumno sea capaz de realizar el esfuerzo que el desarrollo de cualquier conocimiento, habilidad y destreza demandan. Un alumno para aprender debe poder confiar. Lo natural en un bien criado es aceptar con gozo la posibilidad de aprender. Lo cual no supone afirmar que el aprendizaje no esté acompañado de un cierto padecer, ya que conocer implica someter ciertas tendencias propias al orden disciplinar. Pero la pasión por los bienes arduos no es contraria ni excluyente de la alegría. Por el contrario en la única fuente de la recta alegría. Para que el educando pueda aceptar ser enseñado debe experimentar la alegría de aprender, debe poder confiar percibiéndose rectamente amado, debe saberse valorado en su propia dignidad, ser promovido y estimulado a superarse queriendo alcanzar metas que le estimulen a realizar el esfuerzo necesario, descubrirse capaz de vencer sus propias limitaciones actuales. Y en tanto el amor es siempre respuesta, ello es factible a condición de que el educando haya sido y sea rectamente amado.

Desde esta perspectiva fundada en la dignidad de la naturaleza personal, se señala como antecedente la formación de la docilidad voluntaria para que el educando descubra la importancia de querer con rectitud, aunque, como la persona es una unidad viviente y la voluntad no puede sino apetecer lo que la inteligencia le presenta como bueno, el modo de querer se perfecciona por medio del cultivo de todas las virtudes, lo cual se inicia por medio de la imitación del educando de aquello que los educadores encarnan. De ahí la importancia del educador como causa ejemplar.

2ª.b. Sobre la educación en las disciplinas básicas

Así como se dice que mejor que leer muchos libros es leer bien unos pocos buenos, en educación deberíamos darnos cuenta de que mejor que enseñar muchas cosas es enseñar algunas, las fundamentales, lo más acabadamente posible.

Las tres cosas fundamentales a partir de las cuales se ordenan todos los saberes son las concernientes con el conocimiento de lo que el hombre debe creer, el conocimiento de lo que como persona debe desear y el conocimiento de lo que en orden a su plenitud debe cumplir.

Al hablar de disciplinas básicas se busca señalar que la educación debe utilizar la información como medio de ejemplificación de los principios disciplinares que son el fundamento de cualquier ciencia, según el orden de las mismas. Pero la información carece de sentido formativo cuando no está al servicio del entendimiento de los principios constitutivos de la realidad. La información sin el apropiado contexto de intelección es deformativa.

La posibilidad de la llamada capacidad de transferir conocimientos, o capacidad de descubrir la vinculación analógica entre distintas dimensiones de la realidad, que es la base de la creatividad personal, se logra mediante una formación en los principios vertebradores de la realidad y en los fundamentos científicos de cada campo del saber. Este proceso no puede ser reemplazo por medio de la educación enciclopedista que consiste en acumular información, porque más allá del importante papel ejemplificador de los casos particulares pertinentemente conocidos, la realidad en la cual la vida apela a cada persona es siempre nueva y la unidad de sentido desde la cual cada persona responde a las apelaciones de la vida no procede de ni se resuelve por medio de la información acumulada, sino en la docilidad del reconocimiento de lo que las cosas son.

Por eso, en coherencia con la dimensión genérica de la vida y la irrepetibilidad de las personas y los tiempos, en educación se debe atender expresamente a ambos aspectos, siendo conscientes de que lo que cambia son los casos específicos, pero los principios son siempre los mismos. De allí que una persona bien educada sea aquella que conociendo los principios generales es capaz de atender con solvencia moral e idoneidad “técnica” los casos particulares según las circunstancias que le toca vivir.

Atendiendo al modo propio del desarrollo de la persona, la recta disposición de la voluntad se manifiesta como un primer logro del alumno en tanto es capaz de querer atinadamente, y consecuentemente de entender según su edad y condición. Aún desde la simple perspectiva comunicacional no es posible intercambio con sentido alguno sino en proporción a la capacidad de entender.

Una vez que una persona entiende, debe ser capaz de reflexionar para poder saber si lo que él ve y entiende como realidad y la respuesta que va a dar es acorde a lo que ha aprendido y contemplado. Reflexionar es un movimiento interior mediante el cual se relacionan los principios intelectuales, morales y científicos, con el caso particular. Es un proceso que se sigue de la inclinación natural a saber, cuya manifestación llamamos sentido común, pero que debe ser perfeccionado mediante el adiestramiento consciente en la medida que deseamos educar una persona en libertad y para la libertad. La primera libertad que se ha de promover para que el momento reflexivo se realice es la libertad de las propias pasiones.

El exducere es un momento que en el proceso de educación institucionalizado habitualmente aparece vinculado con instancias de evaluación. Esto es así porque refleja lo que ocurre en la vida real cuando nos desempeñamos y los resultados que obtenemos son una forma de tomar conciencia de nuestras capacidades, limitaciones y oportunidades de aprendizaje.

Desde esta perspectiva, la evaluación debería ser entendida como un recurso por medio de cual cada alumno tome conciencia de las limitaciones que supera en cada “prueba”, así como de las formas más adecuadas de superarse a sí mismo en el sentido de aquilatar su capacidad de entender y reflexionar, a la vez que una fuente de alegría interior por la satisfacción de la meta lograda. Esta posibilidad está muy vinculada con la recta formación de la percepción sensorial y de la afectividad equilibrada. El desafío central en la evaluación es que el educando perciba su capacidad de mejorar respecto a sí mismo en relación a las metas que debe alcanzar, y no sólo en comparación a sus semejantes. Esto es posible en la medida que el estudiante hace propia la meta que se le propone, de lo contrario sólo “estudiará” para aprobar.

La educabilidad de los sentidos: se afirma la importancia de educar la sensibilidad en virtud de que todo proceso de conocimiento se inicia a partir de la experiencia sensorial. Para ello en cada actividad escolar se ha de prestar especial atención al proceso de educación de la percepción sensible, de la memoria y de la imaginación:

a) Asegurándonos que el educando reciba los estímulos necesarios y convenientes a su capacidad;

b) Preservando a los alumnos de la exposición a manifestaciones que atentan contra su integridad moral y dignidad personal;

c) Habituándolos a disciplinar su memoria y su imaginación mediante la ejercitación de la capacidad de recordar fielmente distinguiendo la realidad objetiva de lo que es fruto de la imaginación o de la influencia de las pasiones.

d) Adiestrar en la distinción de los actos específicos de cada potencia. Una cosa es la percepción identificable con cada sentido externo, otra lo que se señala como el sentir o la sensación interna, otra el contenido que procede de la imaginación, otra pensar o reflexionar, otra querer, etc.

La contemplación de todas las formas en que se manifiesta la belleza en la creación, la presentación del fruto de las ciencias y de la creatividad humana inspirada en la belleza natural, y el cultivo progresivo de la creatividad personal teniendo como referente las manifestaciones antedichas, deben explícitamente ser consideradas en la planificación de las actividades educativas.

La educación de la inteligencia: en orden al desarrollo de la inteligencia, se han de distinguir claramente en el proceso educativo:

a) los datos de los sentidos, de la estimación subjetiva;

b) lo que es fruto de la especulación racional acorde a los principios, de lo que es engendro de la imaginación;

c) los distintos niveles de realidad, el orden y la relación que guardan entre sí, y los modos específicos de abordaje e interpretación;

d) lo que son datos objetivos en cada uno de esos ámbitos y los principios racionales sobre los que se funda su intelección;

e) la relación fundante y referencial de los principios respecto de los valores;

f) el valor de la experiencia personal, del valor del conocimiento científico;

g) las reglas para el cultivo del arte y las reglas para el dominio disciplinar de las ciencias básicas.

El proceso de enseñanza y aprendizaje metodológicamente se desarrolla explicitando los que las cosas son y explicando por qué se dice que son como se enseña que son. Ello implica distinguir claramente las diferencias, la relación y la articulación entre principios, postulados científicos válidos en cada disciplina y practicas culturales; poniendo especial énfasis en el desarrollo de la capacidad de entender y apreciar, de analizar y de argumentar apropiadamente según el género, la especie y el modo de la realidad en consideración.

La educación de la voluntad: a efectos de la formación del carácter, que está cifrada en querer hacer bien el bien, es clave la ejercitación de la voluntad a través de pequeños actos cotidianos que habitúen a la persona a sujetar sus decisiones a aquello que la inteligencia concibe como justo y proporcionado en cada situación, así como el desarrollo de la responsabilidad de los propios actos y sus consecuencias. El entrenamiento en los hábitos, el cumplimiento de las pautas de convivencia, y en general la estimulación de conductas apropiadas a cada tiempo y espacio, es responsabilidad indelegable en el desempeño de la función tutorial que la vocación docente implica.

La formación de la dimensión corporal: para la adquisición de una recta conciencia de sí mismo, es clave trabajar la capacidad de autocontrol de la persona y desarrollar el sentido del decoro. Un conocimiento atinado de la capacidad y los límites propios, hace posible el equilibrio existencial y el desarrollo de la capacidad de sujeción de las tendencias básicas al imperio de la voluntad fundada en la razón. Esquemáticamente es posible considerar todas las mociones del hombre según se sigan de dos tendencias básicas: las tendencias egoístas y las tendencias altruistas. Ambas suponen un ejercicio de autocontrol en orden al cual es importante desarrollar la capacidad de dominio sobre el propio ser empezando por el cuerpo.

La educación de la dimensión comunitaria: el concepto mismo de persona implica, a Dios, a los congéneres y a la creación toda. La existencia humana alcanza la excelencia a la que está llamada, en la medida que cada persona forma parte de una comunidad, asumiendo libremente las responsabilidades que se derivan de su naturaleza trascendental, como creatura ante Dios, como testigo del bien, la verdad y la belleza ante sus semejantes y como señor de sí mismo y fiel administrador del entorno en que vive.

La educación en valores: entendemos por valores la pertinente estimación personal de los principios, y teniendo en cuenta la concepción de persona que este planteo implica, nos proponemos formar en valores basados en los principios morales universalmente reconocidos según la concepción clásica de la vida a la luz de los principios evangélicos.

La educación para la voluntad común: es un desafío particular de nuestra época, el trabajar para que el bien común sea el objeto de la voluntad común. Esto, demanda un especial cuidado en los procesos de discernimientos y toma de decisiones, que deben ser practicados y enseñados en todas las instancias organizacionales. El consenso necesario para la existencia real de una voluntad común, al que procedimentalmente recurrimos en orden a una mayor coherencia funcional, tiene al bien común como inspiración y meta legitimadora. Metodológicamente es muy importante desarrollar la habilidad de plantear, de discutir y mejorar ideas o proyecto, sin (des)calificar a las personas. El primer objetivo a lograr en orden a la posibilidad de la voluntad común consiste en aprender a plantear, argumentar y discutir racionalmente ideas y proyectos fundados en razones legitimadas en el bien común.

Respecto al modo de gestión sobre el cual reiteradamente se señala la conveniencia de la participación, es menester recordar que la mejor forma de gobierno de cualquier comunidad, institución o estado, es aquella en la cual se combinan armónicamente los principios de las tres formas clásicas de gobierno: a la hora de la consulta es conveniente la participación de todos los implicados, así como a la hora del discerniendo y el juicio lo mejor es recurrir a los expertos, y a la hora de la conducción hay que facultar a algunos para que asuman la responsabilidad de la ejecución del proyecto común, acompañándolos con equipos de proyección, gestión y control.

Las organizaciones educativas son un campo propicio para esta formación política, en el mejor de los sentidos, que resulta clave en orden a la sustentabilidad de nuestra Patria. Las posibilidades de aprendizaje participativo que la escuela importa en este sentido son inmejorables como posibilidad, aunque nos falte mucho trabajo en orden a hacer de ese ordenamiento una criteriosa práctica cotidiana.

La formación para el bien común: el bien común es la razón de ser de la vida comunitaria, de cualquier asociación, y por lo tanto, de las organizaciones educativas. En general se entiende como bien común aquello que hace más persona a las personas, lo cual implica:

Ø     Amar al ser humano en cada persona, como ser ante Dios llamado a la de trascendencia, integrante de una comunidad en y desde la cual se proyecta su realización mediante el ejercicio responsable de su libertad al servicio del orden que se manifiesta como belleza, bien y verdad en la realidad que conforma junto a sus semejantes.

Ø     Entender que el más alto grado de vinculación entre las personas es el que implica el reconocimiento de la interdependencia existencial ante Dios que nos caracteriza, en orden al cual tiene sentido el cultivo de la autonomía personal y de la independencia como posibilidad de florecimiento de las características propias de cada persona, que naciendo en estado de total dependencia de sus progenitores, tiende por dinamismo de la propia naturaleza a la armónica convivencia entre semejantes.

Ø     Reconocer que el espíritu es el principio desde el cual se ordena la vida personal; el alma no sólo es la forma de un ser animado, sino el principio vital de un ser cuya naturaleza es de orden espiritual, asumiendo que nuestra labor educativa contribuye a la conformación del alma de los educandos.

Ø     Asumir que el espíritu es la dimensión por la cual el hombre es un ser trascendente, en la cual se funda su libertad, y donde reside la clave de su vocación personal.

Ø     Sostener la primacía del Creador sobre las criaturas, del espíritu sobre la materia, del ser sobre el obrar, del orden natural a los ordenamientos culturales, de la ética sobre lo pragmático, de lo político sobre lo económico, de la dignidad personal sobre el utilitarismo, del servicio fraternal sobre el progresismo, de la recta conciencia personal sobre el imperativo social.

Ø     Entender la igualdad como un atributo ante el Creador, quien ha concebido a cada ser humano como persona única e irrepetible, afirmando que la sinergia de los aportes personales se legitima en el concierto del bien común.

Ø     Asumir que la libertad siempre tiene un marco de referencia axiológico en el cual se fundamenta y que en el caso de la Iglesia tal marco referencial está fundado en el principio de autoridad que se encarna en la Cátedra de Pedro.

Ø     Entender que el desarrollo tecnológico y material se legitima si está al servicio de la perfección personal, en virtud de lo cual debe sustentarse en una ética ordenada a la trascendencia personal y manifestarse en el equilibrado concierto de la comunidad.

Ø     Dar testimonio personal y asumir el compromiso de practicar en nuestras comunidades y equipos de trabajo, aquellos valores que pretendemos enseñar a los alumnos, cultivando en todo momento un clima de cordialidad que facilite la puesta en acto de lo mejor de cada uno.

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