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Sobre el realismo y el idealismo

por Juan Gabriel Ravasi

I            Introducción

Las respuestas sobre lo que es la realidad dadas a través de la historia, tan variadas y cambiantes como la imaginación humana, integran un amplio espectro de teorías, doctrinas, ideas y opiniones. Cada una de tales concepciones de la realidad, supone y manifiesta una cosmovisión, o su rechazo como en el ateísmo, y por ende una concepción del hombre, de Dios, del sentido de la historia.

A efectos de esta aproximación inicial, haciendo un grueso recorte diremos que, de un modo u otro, las concepciones sobre lo que la realidad es se siguen de o reducen a dos posturas básicas contrapuestas que llamaremos realismo e idealismo.

Es improcedente reducir todas las posiciones mentadas a un par de conceptos sin matices, ya que las concepciones que genéricamente encuadramos bajo cada una de estás nociones implican importantes distinciones tanto a nivel metafísico como gnoseológico cuya consideración es imprescindible para entender apropiadamente la perspectiva específica de cada formulación. Sin embargo, nos permitiremos iniciar el planteo presentando sintéticamente las notas fundamentales según estas dos actitudes esquemáticamente planteadas ya que todas las concepciones filosóficas de algún modo pueden ser consideradas desde la impronta de estas formas de encontrarse el hombre con las cosas: el realismo o el idealismo.

Recordemos que el orden se sigue de causa única e íntegra, en tanto el desorden acontece con la falla de sólo una parte, lo cual analógicamente aplicado al entendimiento de la realidad, indica la razón de la prolífica familia de los idealismos y también la unidad en el error del cual tales engendros se derivan.

Que la perfección final al que la persona tiende es de orden sobrenatural se manifiesta en la inagotabilidad de la realidad por medio de la razón, tensión metafísica y gnoseológica característica de toda actitud realista. Además, conste que la persona es irreductible a sistema alguno, de lo contrario carecería de sentido este planteo y deberíamos reconocer que el racionalismo[1] está en lo cierto al reducir lo real a lo racional, circunscribiendo lo real al ámbito de la razón en lugar de reconocer que la realidad supera el carácter instrumental de la razón por medio de la cual es posible entender pero no agotar ni, mucho menos, instaurar lo real.

Los sistema explicativos, las doctrinas, en definitiva cualquiera de las concepción que los humanos ideamos son siempre relativas a la capacidad del sujeto cognoscente, porque la naturaleza personal está ordenada a una realidad de orden superior a la facultad racional que la especifica y según la cual es el conocimiento que de la realidad podemos tener. Si bien conocer es conocer lo que las cosas son, o no es conocer sino imaginación autónoma, debemos ser consientes que las cosas son más de lo que de ella percibimos sensorialmente e incluso, entitativamente más de lo que captamos gnoseológicamente. El ser cognoscente conoce en proporción a su capacidad cognoscitiva. Con lo cual no estamos sugiriendo duda alguna sobre la capacidad racional en orden a que la persona conozca la verdad de las cosas, sino simplemente señalando que tal potencialidad alcanza su fin dentro del orden que lo hace posible, orden que se corona en un don sobrenatural para el cual la persona se dispone pero cuyo otorgamiento no determina. El conocimiento es verdadero en cuanto la concepción subjetiva sea adecuada a la realidad objetiva desde la clave de su dimensión simbólica.

II            Crecimiento, permanencia y cambio

Crecer es ley de lo viviente que se manifiesta en ciertos tipos de cambios. Vemos que las cosas cambian. En una semilla está en potencia contenido el árbol. En el entorno propicio, de ese minúsculo principio de vida brotará una planta que en su época de desarrollo podemos ver crecer, actualizando lo que de algún modo estaba en la simiente.

Lo viviente crece según su principio vital. Nosotros mismos vamos creciendo y cambiando. Cambiamos “al paso del tiempo” y a causa de nuestras propias elecciones. Desde la perspectiva de la cantidad, como cuando se dice que las dunas en el desierto crecen o decrecen, hablamos de modo metafórico aplicando un término propio de lo viviente a un tipo de realidad, a la cual según su naturaleza, para señalar una variación en su cantidad lo apropiado sería decir que aumenta o disminuye su altura, su extensión, su volumen. La variación de tamaño, volumen y peso en los seres animados es relativa al proceso de crecimiento. Pero el razonamiento contrario, esto es que el crecimiento necesariamente se manifiesta como variación cuantitativamente verificable no siempre es acorde a la realidad, como acontece con la persona, en la cual la decadencia física que caracteriza la senectud no indica necesariamente la decadencia de su espíritu, sino más bien lo contrario.

Luego, crecer y variar de tamaño son sinónimos en ciertos casos, principalmente porque el crecimiento se puede cifrar en un principio distinto al que rige la variación cuantitativa.

En la persona humana, cuya naturaleza está signada por lo espiritual, crecer no sólo significa desarrollo corporal sino también y principalmente educación. Esto es así,  a punto tal que la sabiduría clásica ha entendido y enseñado siempre que el crecimiento del hombre consiste esencialmente en la realización de su principio espiritual, lo cual importa la supeditación del desarrollo corporal al imperio de la inteligencia y la voluntad que son las facultades distintivas del ser racional.

Por experiencia sabemos que bajo el imperio de cronos casi todo pasa. El sol es cada jornada nuevo, siempre el mismo, aunque la ciencia humana nos dice que se apaga un poco cada día. Tarde o temprano lo material con que lo viviente se manifiesta se degrada, fenece, alcanza un punto final. En la muerte los seres vivos son alcanzado por el fin al que lo viviente en el tiempo tiende. Finado se dice bellamente en lengua castellana a ser humano que ha sido alcanzado por el fin natural.

Tras el fin temporal nuestra inteligencia intuye una continuidad. Por eso la muerte es concebida como una ruptura en el decurso de la vida, un quiebre de la tendencia a ser, una falla, como lo indica el término fallecer. Inexorable punto final respecto al cual cada uno se siente impelido a tomar posición. Determinación de la cual depende el sentido que para cada cual tenga el transcurso vital y por ende todos los cambios que la vida conlleva. La vida es un páramo cuando el final es cenizas.

Los cambios se siguen del principio dinámico que caracteriza y se manifiesta como la naturaleza del ente que cambia en orden a la plenitud final a la cual tiende.

Desde una perspectiva podemos señalar que en un extremo de la escala creatural, hay cosas que padecen el cambio, en el sentido de que los cambios afectan a la cosa en virtud de algún tipo de moción cuya causa última no es reductible a un principio de autonomía inmanente a la cosa misma, como en los cuerpos inertes. En el otro extremo del espectro de las cosas creadas, vemos, por ejemplo, que los cambios específicos en la naturaleza racional son fruto de la elección deliberada.

La libertad de elección, más propiamente designada como libertad de arbitrio o capacidad de autodeterminación, corresponde al ámbito de las causas segunda, lo que quiere decir que si bien el ser humano es libre en su propia determinación y tal capacidad pertenece a la ámbito del sujeto, ni la raíz de su potencia ni la proyección de sus consecuencias quedan encerradas en la propia inmanencia. Esto es así porque el hombre no es creación de sí mismo, es creatura, y como tal la realización, efectivamente existente en el ámbito de su propia determinación, se funda y se ordena en causas que en la persona se manifiestan pero que le trascienden haciendo posible la misma trascendencia en que consiste la plenitud personal.

Luego, parece verdadero afirmar que del cambio una cosa puede ser agente o paciente.

Profundizando la consideración del fenómeno, la distinción parece resultar más próxima a la realidad, si consideramos que las creaturas se distinguen según el modo de responder a la moción en virtud de la cual son lo que son.

Desde está perspectiva observamos que los llamados cuerpos brutos o inertes, no son precisamente cosa inmóviles, ya que como la física nos enseña están constituidos por partículas en movimiento. La alteración de la dinámica propia de los cuerpos inertes, dentro de ciertos límites que llamamos naturales, está regida por el principio de la necesidad, en el sentido de que a una determinada moción, las cosas, y aún las estructuras materiales, siempre se mueven reaccionando de una determinada manera como efecto de una causa externa. Las cosas inertes carecen de capacidad de autodeterminarse, cambian en virtud de movimientos que padecen, es decir, son movidos según leyes que inexorablemente le afectan de un modo determinado. El cambio, desde la perspectiva de los entes inertes es previsible porque dentro de parámetros constantes sus movimientos siguen derroteros exactamente previsibles y por ende determinables en proporción a nuestro conocimiento de los principios en virtud de los cuales acontecen su cambios.[2]

Cambiar y crecer son términos con los que designamos realidades semejantes pero distintas, según se apliquen a distintos tipos de seres vivos. En los seres vegetales y animales en cierto sentido cambiar y crecer son sinónimos, hasta tanto el cambio comienza a ser manifestación del fenecer. En los seres humanos cambiar y crecer son sinónimos en el mismo sentido que entre los seres infrahumanos, pero en lo específicamente humano no todo cambio conlleva necesariamente un crecimiento humano, así como los cambios que manifiestan la aproximación del fin natural no indican el fin de la existencia personal sino un cambio de estado.

Al observar la realidad, como sustentando lo variable, percibimos que no todo cambia, que hay algo que no se muda al paso del tiempo, que subsiste, que permanece constante más allá de lo pasajero con que nuestra existencia se reviste. Más allá de las mutaciones algo hace posible la subsistencia de lo que el decurrir temporal afecta. En el propio obrar intuimos que nuestros movimientos tienden hacia una trascendencia que anida allende las cenizas finales con que todo lo temporal se nos presenta. Detrás de ese sol que la ciencia nos dice se apaga cada día un poco creemos en un Sol imperecedero que entendemos causa del que vemos.

¿No son el cambio y la permanencia datos básicos de la experiencia?

Consta en la trabajosa gesta de la filosofía, desde antes de los albores de la formulación sistemática conocida en dicha ciencia, que el hombre se ha asombrado ante la paradoja de que las cosas signadas por el paso del tiempo sean y no sean. Ante el constante trasiego de la mutación y el asombro que causa “ese algo que subsiste cambiando” se ha buscado denodadamente explicar la “contradicción” plateada por el cambio y la permanencia.

A priori, podemos hipotetizar que las alternativas de respuesta se pueden caracterizar en propuestas relativas a o derivadas de:

1.     La negación de uno o de ambos términos. Si no hay ni cambio ni permanencia, todo es ilusión. ¿Pero es ilusorio quien se ilusiona? O la reducción de un término a otro: del ser al devenir o del devenir al ser. Pero si todo cambia sin algo que permanezca ¿cómo es posible siquiera percibir el cambio? Y si por el contrario se pretende que nada cambia ¿cómo se explica la pregunta?

2.     La aceptación de ambos datos explicando de algún modo la distinción y el vínculo.

Cada postura ante los datos de la realidad implica distinciones metafísicas, gnoseologías y lógicas, de las cuales se siguen diversas concepciones de la realidad.

La posibilidad de error en la intelección de la realidad se sigue del hecho que lo real es superior a la capacidad “natural” del sujeto cognoscente. Primero porque el hombre es un ser creado y sus propias fuerzas necesitan de un auxilio sobrenatural para comprender la verdad de las cosas, y además, porque la naturaleza humana está afectada por los defectos heredados de la caída original, en orden a cuya reparación Dios se encarnó y reveló en Jesús.

Luego, los errores que efectivamente cometemos en la interpretación de la realidad se siguen: de la ignorancia o del rechazo de los datos revelados, de una equívoca intelección de los principios, y/o de una mala aplicación de los principios en el proceso de explicación racional, o de la ignorancia voluntaria de lo real. El poder seductor de las falsas concepciones de la realidad radica en su parcial contenido de verdad. El problema de las concepciones ideológicas radica en su media verdad.

Respecto al cambio, observemos que:

Primero: las referencias que apreciamos como punto inicial y punto terminal de un proceso de cambio, se sintetizan en la unidad del sujeto cambiante porque los términos del movimiento son constitutivos del móvil y no algo ajeno a la cosa misma que cambia. El movimiento es manifestación del ser que se mueve y no puntos externos al propio proceso. Cambiar es un tránsito en el ser real: de lo que es a algo más o menos.

Segundo: hemos de distinguir que en un sentido se manifiesta y ha de ser considerado el cambio desde la perspectiva de lo físico y de otro modo se realiza y manifiesta el cambio espiritual.

III            De los orígenes de la filosofía

Antes de que Platón pusiese en boca de Sócrates el principio de no contradicción haciéndole decir en su Política que “una misma cosa no puede al mismo tiempo ser y padecer cosas contrarias respecto a lo mismo y en relación al mismo objeto”, y antes de que Aristóteles formulara expresamente de una vez para siempre que este tipo de principio es una exigencia racional del pensamiento y condición del pensamiento racional, el hombre ya vivía asombrado por el misterio de la tensión que en la cosas y en sí mismo ve y experimenta.

Allá por el siglo VI antes de la era cristiana, Heráclito y Parménides formaron parte de los primeros escenarios del amanecer de la filosofía en Grecia. Contemporáneos de Pitágoras, Heráclito fue natural de Éfeso y Parménides oriundo de Elea, anteriores a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, son respectivamente mentados como el filósofo del devenir y el filósofo de la inmovilidad.

Es hoy aceptado que difícilmente se pueda reducir el pensamiento de Heráclito y la doctrina de Parménides a las sintéticas caracterizaciones que Platón, Aristóteles y Hegel, entre otros, han hecho de sus formulaciones. Sus ideas, según se pueden estudiar mediante los fragmentos con los que contamos, son algo más complejas que esta simplificación dialéctica de la que nos valemos al presentarlos. Sin embargo, dejando constancia de la arbitrariedad mencionada, a efectos de iniciar la meditación que nos proponemos y por el valor propedéutico que encierra, partiremos utilizando el planteo antitético mediante el cual generalmente se los menta.

Aunque abordaremos específicamente este tema en el apartado referido al fenómeno de la ideología[3], a tenor del recurso a la contraposición al que estamos recurriendo, resulta conveniente consignar que hablar de idealismo respecto a las doctrinas platónicas, y estimar sin mayores distinciones como idealistas ciertas concepciones modernas, importa el riesgo de un reduccionismo, a efectos de cuya prevención es necesario distinguir con precisión en qué sentido es posible utilizar el término idealista en cada caso, ya que los idealismos modernos implican un tipo de naturalismo subjetivista al cual las concepciones de Platón son irreductibles según su propio planteo la cual se suele designar como hiperrealista.

Heráclito

Más allá de la inmutabilidad del logos al que todas las cosas se reducen según consta en sus fragmentos, Heráclito es considerado el “filosofo del cambio o del devenir”. A continuación dos citas que nos pueden dar una idea sobre la noción del devenir heraclitano.

“Todas las cosas son uno, esto es sabiduría. Nada permanece fijo ni estable. Todo fluye. Todo cambia y se está haciendo siempre y en este hacerse, en la continua transformación, consiste la esencia de las cosas, las cuales son y no son al mismo tiempo. El principio primordial, la realidad única es como un río que corre sin cesar, y al cual no es posible descender más de una vez”[4]

“La causa última de todas las transformaciones del Cosmos y de la armonía universal que de ellas resulta es una Razón eterna (LOGOS) que rige y gobierna todas las cosas y está presente en todas ellas. Todo cambia, se muda y se transforma, excepto la Razón, que, a manera de una ley, preside, impulsa y regula todas las mutaciones, permaneciendo ella misma inmutable e inalterable. Por ella todo en el mundo se hace conforme a medida y de esta manera en todo existe un orden racional”[5]

Parménides

Llamado el “filósofo de la inmovilidad”, convierte en antítesis irreductible la contraposición presocrática entre naturaleza y cosas particulares. Al parecer, para los filósofos anteriores ambas cosas existían sin excluirse. Parménides por el contrario establece su dilema entre ser y no-ser, postulando que forzosamente hay que elegir entre uno de los términos de la alternativa. A esta antítesis ontológica añade otra paralela en el orden gnoseológico, distinguiendo entre conocimiento sensitivo y conocimiento racional, plateando que el conocimiento racional es el único que proporciona verdad. Descalifica por completo el testimonio de los sentidos que atestiguan la existencia de las cosas particulares y del movimiento, y acepta solamente el de la razón, que según él, revela la existencia del ser uno, eterno, indivisible e inmóvil.

“Es absurdo que el ser exista y no exista a la vez. El ser existe y es imposible que no exista. El ser existe y el no-ser no existe. Tu no saldrás nunca de aquí. Sólo existe el ser y no existe el no-ser. No existiendo el no-ser, es imposible la división interna del ser. Por lo tanto el ser es uno, único y compacto. Los “seres” particulares son nada más que ilusiones u “opiniones” de los sentidos. Tampoco puede darse el movimiento, pues no existe distancia entre los seres ni espacio vacío en el cual pudiera realizarse. Así pues, toda la realidad, tal como la percibe la “razón” no es más que un Ser único, compacto, finito, limitado e inmóvil”[6]


Distinción y unidad

Platón ante las preguntas características de la filosofía, de un modo extraordinario presenta el fruto del ejercicio racional rescatando el contenido de lo que se ha dado en llamar “revelación primitiva”. Platón discurre lógicamente en la medida que, sin renunciar a la belleza inefable en lo manifestado, se atiene a lo que contempla del Logos manifestante. De allí la intrínseca vinculación de sus diálogos con el contenido de los mitos que relatan el testimonio que los ancestros recibieron de los mismos dioses. Su concepción de la realidad ha sido tipificada como dualista, en el sentido de que Platón plantea la realidad dividida en dos mundos: el supraceleste o de las ideas y el mundo de los hombres en el cual las cosas se perciben como un reflejo de la realidad verdadera dada la situación caída a la cual los seres humanos han llegado en virtud de su propia rebeldía para con los dioses.

Aristóteles supera el monismo de Parménides y el movilismo de Heráclito sintetizando racionalmente los postulados platónicos, al afirmar la unidad substancial de todo lo que es, la pluralidad del ser, e introduciendo una serie de distinciones metafísicas formuladas mediante conceptos como los de materia y forma, acto y potencia, naturaleza, substancia, esencia, accidentes.

“No existe un ser único, sino que existen muchos seres, cada uno de los cuales es una sustancia individual concreta que puede ser afectada de muchas maneras por múltiples modificaciones accidentales. . . . Lo que se mueve no es el Ser, sino los seres concretos y particulares. No dicen verdad los que afirman la inmovilidad del todo, ni tampoco los que afirman la movilidad. Los seres particulares se mueven, pero las esencias son inmutables y permanecen a través de todos los cambios y mutaciones”[7]

“Frente a la afirmación de Heráclito “nada es, todo fluye; nadie se baña dos veces en el mismo río” o la de Parménides “lo que es, es, siempre uno, estable y permanente”, el pensamiento de Aristóteles se caracteriza por la afirmación verdadera, íntegra y “sintética” de lo uno y de lo múltiple, de lo substancial y permanente y de la realidad de los cambios en la multiplicidad de las categorías que se pueden “decir”, y según las que se dan movimientos como cambios sustanciales, alteraciones cualitativas, crecimientos cuantitativos, acciones, recepciones pasivas que fundan las respectividades o relaciones, sin las que la pluralidad de los entes no podría constituir un “universo”.”[8]

V         Idealismo

Probablemente, sobre acentuando el hecho de que el conocimiento de la verdad de las cosas en última instancia consiste en una intuición, el idealismo toma como punto de partida de la reflexión, no la realidad testimoniada por los sentidos que siempre conlleva un plus irreductible a lo sensorial, sino la actividad inmanente del sujeto, del yo o la conciencia, incluso equiparando en ciertas concepciones lo invisible de la realidad con lo subconsciente o inconsciente. Ser para el idealismo es ser en la conciencia. Ello implica un intento de reducción del ser al ente de razón y por ende una reducción de la cuestión del conocimiento al fenómeno psicológico o dinamismo gnoseológico según el sujeto, cuando en verdad la capacidad de conocer no se funda reductivamente a la propia actividad inmanente del sujeto, sino que es manifestación de algo que la hace posible y por lo cual el ser cognoscente es capaz de tales actos, y en virtud de lo cual el objeto puede ser proporcionalmente conocido.

El idealismo, ante los datos de los sentidos reacciona con una desconfianza extrema que no sólo afecta la realidad sensible, sino todo lo inteligible y en último término al hombre mismo porque subvierte el orden que hace posible la inteligibilidad misma, por reducción del principio al instrumento o sustitución del fin por el medio. El idealismo puede ser de origen gnoseológico o metafísico, de todas maneras, según la lógica de su planteo termina siendo metafísico, es decir desubstancializando la concepción de la realidad para desembocar en el activismo nihilista, porque si la realidad no se funda en algo dado sino que es proyección del sujeto, como ello no condice con la verdad de las cosas, el hombre termina encerrado en el absurdo de la incertidumbre total.

En la contraposición sujeto-objeto, el idealismo pone el acento en el sujeto, en las ideas en tanto concepciones humanas, desde la perspectiva de una inmanencia autónoma cuya última causa por esa vía se torna algo inverificable, porque si lo que percibimos no es manifestación de lo que es, que de algún modo puede ser conocido, el hombre tiene que habérselas con sus concepciones mentales sin referencia extramental.

La realidad para el idealismo extremo es proyección del sujeto. En general, se identifica al idealismo como una postura o temple moderno, no porque no haya habido manifestaciones de esta impronta en otras épocas, sino porque el rasgo distintivo de la modernidad deriva de la inmanencia subjetivista característica del idealismo.

VI         Realismo

Según el realismo, la realidad existe per se, es independiente del sujeto cognoscente. Aunque se afirma que la naturaleza racional, por sí misma, es incapaz de conocer la verdadera esencia (quid) de un mosquito, también se dice que el hombre es capaz de un conocimiento verdadero (quidditas) proporcional a la capacidad de su naturaleza racional. Luego, la realidad puede ser gnoseológicamente aprehendida, proporcionalmente conocida por el sujeto cognoscente. La naturaleza de cada cosa, lo que es, es real en las cosas singulares (realismo metafísico), y la abstracción de sus esencias o conocimiento de la naturaleza de esas cosas es real en cuanto ente de razón (ens rationis) en el intelecto (realismo gnoseológico) de quien las conoce.

“El realismo gnoseológico afirma que el conocimiento es posible sin necesidad de suponer (como hacen los idealistas) que la conciencia impone a la realidad -en orden a su conocimiento- ciertos conceptos o categorías a priori. El realismo metafísico afirma que las cosas existen fuera e independientemente de la conciencia o del sujeto”[9]

“Realidad” es todo lo que se ofrece al conocimiento sensitivo e intelectual, todo cuando posee una esencia independiente del pensar. “Real” es, en este sentido, lo que “se opone” al pensamiento. Aquí se revela y confirma el significado etimológico de la palabra objeto (ob-iectum).  No real es lo meramente pensado (que en el acto de pensarse adquiere a su vez realidad); la Escolástica le dio el nombre de ens rationis,  ente de razón.  La realidad (en su acepción latina de realis) es la suma de todo cuanto tiene una esencia independiente del pensamiento. Cuando se quiere designar esta realidad, no su plenitud de contenido, sino su objetividad previa a todo conocimiento, se la llama res[10]

Desde la perspectiva metafísica se sostiene que lo real preexiste al sujeto cognoscente. Desde la perspectiva gnoseológica, afirmamos que las cosas pueden ser proporcionalmente conocidas por la creatura racional. Desde la perspectiva personal hemos de reconocer que lo real existe en orden a ser conocido y amado en su verdad por cada persona. Lo cual implica que, para un hombre en cuanto tal, para el individuo de naturaleza racional y por lo tanto para mí como persona con este rostro y este nombre, la realidad se alumbra en mi encuentro con lo real. Las dos vertientes son reales pero el orden en la relación no se puede invertir sin desubstancializar la realidad o nihilizar la existencia personal.

El hombre no es un ser indiferente a la realidad, sino que es testigo, y en un sentido fundamental a su ser, es responsable de la misma realidad en tanto ha sido llamado a ser señor de la Creación según el lugar que por su naturaleza ocupa entre los seres creados. Ser responsable significa ser capaz de responder a la apelación de la vida que se manifiesta como la vocación personal constitutiva de la propia existencia. El hombre es testigo a partir de la percepción sensible según la creencia desde la cual ordene su encuentro con lo real.

Lo que una persona cree influye en la forma en que actualiza sus facultades, porque obramos según lo que somos y subjetivamente somos según lo que creemos. Para entender hay que creer, porque ¿cómo vamos a razonar sin aceptar de algún modo aquello a partir o sobre lo cual razonamos? Luego, el hombre puede por medio de la razón mostrar si lo creído es o no acorde a la verdad de la cosas, pero sin la aceptación previa de lo dado la racionalidad no puede ejercitarse.

Considerada desde mi persona, como sujeto cognoscente, la realidad carecería de toda significación y sentido sin mi presencia. La realidad, literalmente para mí no existiría si yo como sujeto no existiese. Perspectiva desde la cual, resulta obvia la necesaria existencia del sujeto. Pero tengamos en claro que, en tal hipótesis, llevada al extremo señalado, lo que no existiría es tal sujeto. Lo cual no nos habilita a afirmar que, dada la existencia del sujeto, la realidad como tal dependa de él, por mucho que del sujeto, en otro sentido, pueda depender de él mismo su propia realidad.

La realidad considerada desde el orden temporal supone la primacía de la existencia según el orden del ser, perspectiva desde la cual hemos de reconocer que lo que es, lo que funda y constituye la realidad misma, y por ende, también la posibilidad de su conocimiento, no depende de mi existencia y por lo tanto la realidad no se reduce a mi yo pensante aunque en virtud de la propia actividad intelectiva cobre realidad la existencia para el sujeto.

Lo existente es siempre algo en sí antes de ser algo para mí. Las cosas de algún modo existen más allá de la propia conciencia ante la cual adquieren para mí su carácter de objeto susceptible de ser conocido, a pesar de que para mí no existan sino en la medida y proporción que las conozco. Suponer lo contrario es invertir el orden real quedándonos sin fundamento.

El hombre y la realidad existen por participación porque el sujeto no es el origen ni de la realidad ni de su propia existencia. Luego, reconocer lo que las cosas son implica renunciar a todo intento por reducir la tensión existencial a cualquiera de sus vertientes temporales, como no sea la remisión de todo lo creado al Creador, lo cual implica afirmar al mismo tiempo la naturaleza según la cual ha sido creado el hombre y la responsabilidad que al hombre le compete por el lugar al que ha sido destinado en el concierto de la creación. Asimismo, se hace evidente a la luz de tal principio, que la consideración del orden del ser en la vida y por ende en la consideración de las cosas que hacen al ser humano, no es indistinto respecto al resultado del proceso de intelección. El intelecto racional puede conocer las cosas porque las cosas son reales en sí mismas antes de que el hombre las conozca. Ese carácter real previo a la actividad cognoscitiva de la persona humana es naturaleza en todo lo creado, incluido el hombre. Del mismo modo que la persona humana es capaz de amar porque ha sido amada primero. El conocimiento humano, como el amor en el hombre, es siempre respuesta a una apelación previa, a una realidad prexistente.

Aun cuando es menester reconocer que sujeto y objeto, incluso en tanto realidad y en cuanto persona, en un sentido se constituyen cognostivamente en el encuentro, al mismo tiempo hemos de reconocer la existencia “objetiva” (res), previa y potencial, de ambas vertientes de la realidad como condición de posibilidad de ese encuentro en el que la realidad personal se alumbra. Incluso, hemos de reconocer que en ambas vertientes de la realidad, en el hombre como en todo lo creado, hay un elemento entitativamente proporcional, común, anterior y fundante, de la posibilidad de encuentro en tanto constitutivo esencial de cada una de las entidades concurrentes. La inteligibilidad es posible por la luz creatural que constituye y entitativamente sostiene cada cosa creada. Las cosas se pueden conocer porque son y porque el sujeto cognoscente es, aún antes de actualizar sus potencialidades en el conocimiento verdadero.

Luego, la conciencia auto-reflexiva que caracteriza al sujeto cognoscente, la persona humana, tiene la posibilidad de constituirse como tal porque hay algo que puede ser conocido y amado. Es decir, en virtud de que existen cosas que pueden ser objetos de la capacidad cognoscitiva y del apetito volitivo la persona posee las facultades de las cuales dispone en cuanto humano.  Potencias que actualizadas según la propia naturaleza contribuyen a la perfección, pero que autonomizadas del principio de orden que rige su naturaleza engendran desorden moral. En tal caso, aunque tienden a nada engendrando carencias, las potencias no llegan a perder su capacidad porque el hombre carece de la potestad necesaria para reducir su ser a la nada. Las sombras no prevalecerán sobre la luz porque lo real es el ser y lo que tomamos como su contrario es sólo carencia.

En el encuentro con la verdad de las cosas la realidad se alumbra en proporción a la perfección que al hombre se le dispensa en virtud de la docilidad a la gracia a la que se abre por libre determinación. La plenitud a la que la persona está ordenada se alcanza en la medida que el hombre ama la verdad, por eso, no hay posibilidad de subjetividad armónica fuera de la relación amical entre la creatura y el Creador. La libertad se realiza como docilidad a la verdad o se frustra como tal.

En este encuentro, que es donación, el lenguaje es instrumento de una develación que al lenguaje no se reduce como no se reduce el ser de lo que las cosas son al sujeto que las conoce y las nombra, sino en proporción a su docilidad instrumental. De algún modo el conocer mismo queda condicionado por el modo de entender, concebir y expresar la realidad que al lenguaje caracteriza en tanto expresión del hombre.

La palabra tiene Nombre, su origen es el Verbo, su universo el Silencio, su imagen el hombre. El lenguaje se conforma en el espectro de la realidad humana porque no hay lenguaje sino a partir de conceptos que apuntan con mayor o menor fidelidad a la cosa que menta. Entre el signo o concepto que menta la esencia de las cosas (quidditas) en proporción a la inteligencia encarnada, a cuyo nombre más propio el hombre se abre en el silencio de la contemplación amorosa, y el fantasma de su representación eidética se distiende el escenario de las palabras humanas en medio del cual la persona anda siempre como a tientas en busca de la confirmación de la Palabra en la epifanía del Verbo que se encarnó como camino, verdad y vida.

En una perspectiva el lenguaje es luz develada en el encuentro con la verdad de las cosas. En la postura ideológica el lenguaje profanado es voluntad de poder, arma del hombre contra lo humano. Cuando el fantasma del intelecto se pretende sólo relativo a la capacidad humana, como engendrado en forma autónoma, desgajado de la fuente de luz de la cual brota su inteligibilidad, el hombre se despeña en la mudez del nominalismo nihilista: el mundo ya no es su casa sino un babélico laberinto de incertidumbres, en el que, como último alarido de la racionalidad feneciente, el hombre no puede declarar otra certeza que la falta de certidumbre radical, expresión ininteligible sino a partir de alguna certeza inconmovible, sin embargo sostenida en la actualidad como fundamento del cultularismo.

El lenguaje como engendro de la imaginación es una posibilidad del hombre. A contrapelo del logos fundante, como pretensión surgida de la imposible autonomía de la inmanencia, tal vez patetize una de las más inhumanas empresas del bípedo implume.

“El uso estratégico de la lengua hablada y escrita tiene tales virtualidades que permite a los expertos de la expresión demagógica llevar a cabo simultáneamente dos tareas opuesta: convencer a las gentes de que se las está promocionando a niveles de libertad y someterlas a un implacable dominio.”[11]

En la medida que la propia naturaleza está ordenada a lo sobrenatural, los hombres existimos y obramos en orden a la actualización de nuestras potencialidades. La existencia humana está signada por la tensión que importa la excelencia a la cual la naturaleza personal tiende. Cada uno de nuestros actos se sigue en última instancia de la causa final, que como tendencia fundamental nos constituye en peregrinos a la eternidad.

La tensión impresa por la causa final caracteriza nuestra realidad y se manifiesta en todos los aspectos de la vida humana. Estamos llamados a un estado de plenitud sólo accesible en proporción a nuestra naturaleza creada en la medida que nos dispongamos a amar rectamente. De donde resulta entendible sostener que quién no ha obrado bien el bien que por naturaleza y vocación le compete, carece de la experiencia de lo que implica el bien que se requiere para guiar a semejantes en el proceso de la educación personal.

Conocer es un acto provisional doblemente relativo que alcanza la plenitud a la cual se ordena en el amor a la verdad. Conocer es amar o no es conocer en verdad. Conocemos pero no alcanzamos la última esencia de las cosas sino en la medida y proporción de nuestra capacidad, y en proporción a la perfección manifestativa del ser conocido. Tal capacidad alcanza su cota de realización en cuanto tiene por objeto el ser proporcionado a la plenitud a la que se ordena la capacidad cognoscitiva, en un acto que la supera en tanto implica la unidad de la persona humana al modo en que la plenitud le es dada alcanzar al hombre en el amor perfecto que sólo por la gracia sobrenatural se torna operante.

Entender no es tanto el descifrar que se manifiesta como consecuencia de la actividad raciocinante, sino un tender-en, haciéndonos dóciles instrumentos por medio del amor del ser perfecto. Por el amor el amante se asemeja al objeto amado al incorporar rectamente en sí la forma amada. Conocer es, ser cognoscitivamente distinto que antes del proceso de conocimiento por incorporación de las formas que actualizan lo que esencialmente somos. Conocer es la actividad en la cual el espíritu se va realizando como tal al convertir en acto esa característica del alma espiritual de ser de algún modo todo[12].

Sólo a quien ama se le hace compresible la verdad de las cosas y las cosas en su verdad en la medida que por el amor quien ama se hace uno con el objeto amado. La verdad es una Persona, la misma en quien encontramos el camino y la vida. Sólo en ella nuestro ser es llevado a la plenitud de su naturaleza en la semejanza hacia la cual nuestra imagen creatural se ordena. Somos capaces de autodeterminar nuestro obrar, es decir somos seres libres, pero la libertad verdaderamente se manifiesta como obrar humano en la medida que el hombre reconoce su carácter de creatura y voluntariamente se dispone a llevar a la conducta aquello que de inmutable Dios ha impreso en el alma.


[1] Ver Racionalismo

[2] Uno de los errores básicos de la visión positivista de las ciencias es pretender que cualquier campo disciplinar, para ser científico, debe regirse por el paradigma de la dimensión cuantitativa de la realidad, es decir reduciendo el objeto científico a lo mensurable, a la res extensa según la división cartesiana. Según está concepción, cuya vigencia se puede constatar no sólo en la intencionalidad original de la sociología, que intenta interpretar toda la realidad como “una física social” al decir de Compte, se postula que orden equivale a predictibilidad y que predecible es sinónimo de felicidad. Luego, la felicidad se concibe como relativa al progreso científico y su hipotético desarrollo material. Sin embargo, es fácil de entender que de este modo el hombre pasa a ser una variable del sistema, postura según la cual se pregona la socialización como fin de la educación, entendiendo por tal la conformación de la personalidad según los valores socialmente consensuados, con lo cual se traiciona la naturaleza de la persona humana convirtiéndola en medio.

[3] Ver Sobre el fenómeno ideológico.

[4] GUILLERMO FRAILE; Historia de la Filosofía I, Grecia y Roma, BAC, Madrid 1982. p. 171

[5] Idem, p. 173

[6] Idem, p. 184

[7] Idem, p. 434-5

[8] UNIDAD SEGÚN SÍNTESIS, Lección magistral leída por el Profesor Francisco Canals Vidal en el acto de investidura como Doctor honoris causa por la Universitat Abat Oliba el día 21 de abril de 2005.

[9] FERRATER MORA; Diccionario de Filosofía, Alianza Editorial, Barcelona 1982. Tomo 4, p. 2795

[10] JOSEF PIEPER; Antología, Herder, Barcelona, 1984. p. 101

[11] ALFONSO LÓPEZ QUINTÁS; Estrategia del lenguaje y manipulación del hombre, Madrid, Narcea, 1988, 304 pgs.; p. 9.

[12] Anima quadammodo omnia

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