Foro ISFD Fátima

¡Si gobiernas, sé prudente!

Al Patriarca de Venecia.

Acepto y comienzo dando vuelta la mia misma sentencia.

“¡Si es prudente, gobierne!”, escribí entonces. “¡Si gobierna, sea prudente!”, escribo ahora. O sea: tenga bien fijos en la cabeza algunos principios basilares y que los sepa adaptar a las circunstancias de la vida.

¿Cuáles principios? Digo, acaso, alguno. Un logro aparente, también clamoroso, es, en realidad, una derrota, si es alcanzado pisoteando la verdad, la justicia, la caridad. Quien está arriba está al servicio de quien está debajo: tantos los jefes cuanto los súbditos. Cuanto mayor es la responsabilidad, tanto más grande es la necesidad de ser ayudados por Dios; lo dice también vuestro Metastasio:

A compir le belle imprese

L’arte giova e il senno ha parte,

Ma vaneggia il senno e l’arte,

Quando amico il ciel non è.

Pero los grandes principios descienden en la vida de los hombres y los hombres son como las hojas de un árbol: todas similares, ninguna perfectamente igual a la otra. Ellos se nos presentan distintos uno del otro, según la cultura, el temperamento, la extracción, las circunstancias, el estado de ánimo.

Ojo, entonces, a las circunstancias, a los estados de ánimo: si cambian, cambiad también vosotros, no los principios, sino la aplicación de los principios a la realidad del momento. Cristo, una vez, se sustrajo con la fuga a la gente que había venido para “llevárselo a la fuerza para hacerlo rey”. Cambiadas las circunstancias, a la vigilia de la Pasión, en cambio, se prepara Él mismo el modesto triunfo de la entrada a Jerusalén.

Pero no llamo prudencia a la excesiva desenvoltura en cambiar. La táctica buena de los justos dosajes y adaptaciones no es el oportunismo, la adulación, el dar vuelta la espalda a quien ha quedado eclipsado, el jugar a esgrima con la propia alma y con los principios. Cae el ministro, cae el alcalde, ¡cuántas veces se obra alrededor e inmediatamente el vacío! ¡Y cuántas veces se observa el revés del abrigo!

Cito el caso lejano en el tiempo, pero clásico, del Moniteur, diario oficial francés. En 1815 la hoja señalaba, como sigue, a sus lectores las peripecias de Napoleón: – El bandido huyó de la isla de Elba; – El usurpador llegó a Grenoble; – Napoleón entra en Lyon; – ¡El Emperador   llega esta noche a París! ¡Un crescendo de veras desenvuelto! ¡Para no engañar por prudencia! Como no es prudencia el comportamiento de quien se obstina en no enterarse de las realidades evidentes y cae en la rigidez excesiva y en el integralismo, haciéndose más realista que el rey, más papista que el Papa.

Sucede. Está quien, adueñándose de una idea, la entierra y continúa custodiándola, defendiéndola celosamente por toda la vida, sin reexaminarla más, sin querer verificar en qué se convirtió luego de tantas lluvias y vientos y tempestades de acontecimientos y de cambios.

Arriesgan en no ser prudentes los que viajan en la extratosfera y, rellenos de ciencia puramente aprendida, no saben desprenderse, ni siquiera una vez, de aquello que está escrito, verdaderos desatanudos, siempre listos a analizar, a sutilizar, en perpetua búsqueda de cabellos para partir en cuatro.

La vida es bien otra cosa. Lord Palmerston observaba justamente que, para cortar las páginas de un libro, un cortapapeles de hueso servía mucho mejor que una navaja afilada. Clemenceau, el tigre, era del mismo parecer cuando, al dar un juicio sobre dos ministros del Gabinete por él presidido, afirmaba: ¡Poincaré sabe todo, pero no entiende nada! ¡Brianel no sabe nada, pero entiende todo!

Diría: buscad el saber junto con el entender.

Como decía antes: ¡poseer los principios y aplicarlos a la realidad! ¡Es el comienzo de la prudencia!

Vuestro,

 BERNARDO DE CLARAVAL

http://www.papaluciani.com/esp/ensenanzas/cartas/ilustrisimos/bernardo1.htm

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