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La superstición de la escuela


por G. K. Chesterton

Es un error suponer que, a medida que avanzan los años, aparecen opiniones retrógradas. En otras palabras, no es verdad que los hombres que envejecen deban convertirse en reaccionarios. Algunas de las dificultades de estos tiempos se debieron al obstinado optimismo de los viejos revolucionarios. Viejos magníficos como Kropotkin, Whitman y William Morris se fueron a la tumba esperando una Utopía, por no decir que esperaban el Paraíso.

Pero esa mentira es una versión falsa de una verdad a medias. La verdad, o la verdad a medias, no es que los hombres deben aprender a ser reaccionarios por experiencia, sino que deben aprender por experiencia a esperar las reacciones. Y cuando hablo de reacciones, quiero decir reacciones; debo disculparme con el mundo de la cultura por usar la palabra en su correcto significado.

Si un niño dispara una escopeta, sea contra un zorro, un terrateniente o un soberano reinante, se lo censurará de acuerdo con el valor relativo de esos «objetos». Pero, si dispara una escopeta por primera vez, es muy probable que no espere el retroceso ni conozca el fuerte golpe que le dará. Puede seguir toda la vida disparando contra esos objetos u otros similares, y cada vez lo sorprenderá menos el retroceso, es decir, la reacción. Hasta puede disuadir a su hermanita de seis años de que quiera disparar uno de los grandes rifles destinados a la caza de elefantes; y de esta manera tendrá la apariencia de actuar como reaccionario. Este principio se aplica al disparar los grandes cañones de la revolución. No son las ideas del hombre las que cambian; no se altera su Utopía; el cínico que dice «Te olvidarás de ese claro de luna del idealismo cuando tengas más edad» dice exactamente lo opuesto a la verdad.

Las dudas que llegan con la edad no se refieren al idealismo sino a lo real. Y algo real, sin ninguna duda, es la reacción, es decir, la probabilidad práctica de algún cambio completo en la dirección y la probabilidad práctica de que en parte logremos éxito al hacer lo opuesto de lo que nos proponemos.

Lo que la experiencia nos enseña es esto: que existe algo en el modo de ser y en el mecanismo de la humanidad por lo cual el resultado de la acción sobre ello es algo inesperado, y casi siempre más complicado de lo esperado.

Ésos son los inconvenientes de la sociología; y uno de ellos es la educación. Si me preguntan si creo que el pueblo, que especialmente los más pobres deben ser reconocidos como ciudadanos que pueden regir el Estado, contesto con voz de trueno «Sí». Si me preguntan si creo que deben tener educación, en el sentido de una cultura más amplia y conocimiento de los clásicos de la historia, nuevamente respondo «Sí». Pero, en la consecución de este propósito, existe un impedimento o retroceso que sólo puede descubrirse por experiencia y no aparece en absoluto en la letra impresa. No se lo tiene en cuenta en los periódicos, así como tampoco el retroceso de un rifle. Sin embargo, en este momento, forma parte de la política práctica de manera sumamente importante; y, mientras ha sido un problema político durante mucho tiempo, se ha marcado un poco más (si puedo manchar estas páginas serenas e imparciales con una sugerencia de carácter político) bajo condiciones recientes que han hecho surgir a tantos respetables y ampliamente respetados funcionarios de los sindicatos.

El inconveniente es éste: que los que se han autoeducado piensan demasiado en la educación. Puedo agregar que los que son educados a medias, piensan lo mejor de la educación.

Esto no es algo que aparece en la superficie del plan o el ideal social; es algo que sólo puede descubrirse por experiencia. Cuando dije que quería que el sentimiento popular encontrara expresión política, me refería al sentimiento verdadero y autóctono que puede hallarse en la multitud que viaja en tercera, se regodea con habas y se va de vacaciones a la orilla del río; y especialmente, por supuesto (para aquel trabajador social que busca seriamente la verdad), en las tabernas. Creí y sigo creyendo que esa gente está en lo cierto en gran cantidad de cosas en las cuales se equivocan los elegantes conductores. El inconveniente es que, cuando una de esas personas comienza a «mejorar», es precisamente, en ese momento, cuando comienzo a dudar de si eso es una mejora. Me parece que comienza a acumular, con notable rapidez, una cantidad de supersticiones, de las cuales la más ciega e ignorante es la que podríamos llamar la Superstición de la Escuela. Considera la escuela no como una institución normal que puede concordar con otras instituciones sociales, tales como el hogar, la Iglesia o el Estado, sino como una especie de fábrica moral, totalmente supernormal y milagrosa, en la cual por arte de magia se hacen hombres y mujeres perfectos. A esa idolatría de la escuela está dispuesto a sacrificar el hogar, la Iglesia y la humanidad, con todos sus instintos y posibilidades. A este ídolo ofrecerá cualquier sacrificio, especialmente humano. Y en el fondo de los pensamientos, en especial de los hombres mejores de este tipo, existe siempre una de las dos variantes del mismo concepto: «Si no hubiera asistido a la escuela, no sería el gran hombre que ahora soy», o bien: «Si hubiera asistido a la escuela, sería aún más grande de lo que ahora soy».

Que nadie diga que me burlo de la gente inculta; no es de su falta de educación sino de su educación de lo que me burlo. Que nadie interprete esto como una expresión de desprecio por los que han sido educados a medias; lo que no me gusta es la mitad educada. Pero me disgusta no porque no me guste la educación, sino porque, dada la filosofía moderna, o la ausencia de filosofía, la educación se ha vuelto en contra de sí misma, destruyendo ese mismo sentido de variedad y de proporción que es el objeto de la educación. Ningún hombre que idolatra la educación ha logrado lo mejor de ella; ningún hombre que lo sacrifica todo a la educación es siquiera educado. No es necesario mencionar aquí los muchos ejemplos recientes de esta monomanía, que se está convirtiendo rápidamente en una loca persecución, tales como la risible persecución de las familias que viven en barcazas. Lo que está mal es la inobservancia del principio; y el principio es que, sin un amable desprecio por la educación, no es completa la educación de ningún caballero.

Utilizo esa frase por casualidad, pues no me ocupo del caballero sino del ciudadano. A pesar de todo, existe esta histórica verdad a medias en la causa de la aristocracia; a veces, es un poco más fácil para el aristócrata tener ese último toque de cultura que es superior a la cultura misma. No obstante, la verdad de que hablo no tiene nada que ver con ninguna cultura especial de clase especial alguna. Ha pertenecido a un gran número de campesinos, especialmente cuando fueron poetas; esto es lo que da una especie de distinción natural a Robert Burns y a los poetas campesinos de Escocia. El poder que la produce más efectivamente que ninguna sangre o crianza es la religión; pues la religión puede definirse como aquello que pone lo primero al principio. Robert Burns sentía una impaciencia muy justificable por la religión que heredó del calvinismo escocés; pero algo debía a esa herencia. Su consideración instintiva por los hombres como tales venía de un linaje que cuidaba más de la religión que de la educación.

En el momento en que los hombres comienzan a ocuparse más de la educación que de la religión, comienzan a ocuparse más de la ambición que de la educación. Ya no es más un mundo en que las almas de todos son iguales ante el cielo, sino un mundo en el que la cabeza de cada uno está inclinada tratando de lograr una ventaja desigual sobre los demás. Entonces, comienza a existir una simple vanidad en ser culto, en ser educado gracias al propio esfuerzo o al del Estado. La educación debiera ser un proyecto que se da a un hombre para explorarlo todo, pero en especial las cosas más distantes de él mismo. En cambio, la educación tiende a ser una luz concentrada que ilumina sólo al hombre mismo. Puede lograrse algún progreso si volvemos luces concentradas, igualmente eficaces y tal vez vulgares, sobre un gran número de personas. Pero la única cura final es apagar las luces y dejar que el hombre descubra la estrellas.

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