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La falsa y la auténtica educación sexual

http://www.arbil.org/(19)sexu.htm


Estas organizaciones que difunden esos programas no asumen después ninguna responsabilidad de los desastres que dejan atrás, que afectan a los jóvenes, cuando sus intentos de ingeniería social fallan.

Se habla mucho de educación sexual. Y realmente parece necesario a una sociedad para la que desde hace unas décadas todo es sexo: sexo en la prensa, sexo en la televisión y sexo hasta en las comidas. Ahora bien, hay que ir contra la idea de que a todo lo que llamen educación sexual, realmente lo sea. En muchas ocasiones podríamos quedarnos simplemente con instrucción sexual, cuando no se debería calificar realmente de corrupción sexual.

Ante el aumento de delitos sexuales, de embarazos fuera del matrimonio o de adolescentes, y otros, que ha tenido lugar en los países aparentemente más desarrollados, las autoridades han tratado de reaccionar. Pero hay formas bien distintas de reaccionar.

En Estados Unidos, la poderosa Planned Parenthood y el Sex Information and Education Council, observando este problema se lanzaran a desarrollar planes de estudios con educación sexual, poniendo énfasis en la contracepción y en el establecimiento de dispensarios escolares que sin conocimiento de los padres pudieran proporcionar a los menores contraceptivos. Las aspirinas no se podían proporcionar sin el permiso de los padres, pero las píldoras sí, ¡valiente hipocresía!. Y si aún con todo, se fallaba, siempre estaba el consejo del aborto.

En España, y en otros países de Europa, también desgraciadamente se han tratado de dar las mismas soluciones, aún sabiendo -pues el tiempo de retraso jugaba a nuestro favor con los datos de la experiencia- que los resultados obtenidos por los pioneros en EE.UU. de esas campañas habían sido negativos.

El que a más “educación sexual” de ese tipo, se obtienen más casos de embarazos juveniles, fue suficientemente documentado por S.Roylance, J.A.Ford y J.Kasun en su testimonio ante el Comité del Senado sobre Trabajo y Recursos Humanos, en Marzo de 1981. Sus datos mostraron que los embarazos aumentaron conforme se introdujeron estos nuevos programas: Los Estados con gastos más altos mostraron los niveles más altos de embarazos y de abortos. En California, uno de los estados pioneros, la tasa de embarazos creció 20 veces más rápido de 1970 a 1976 que en el resto de la nación, y en el condado de Humboldt, este aumento fue 40 veces más rápido después de la introducción de los programas de “educación sexual”.

Alguien puede decir, que eso no quiere decir nada pues quizá si no hubieran tenido lugar esos programas las cifras hubieran sido más altas. Pues no, también están los datos para desmentirlo. En Utah en 1980, se aprobó una ley que requiere el consentimiento paterno para la distribución de contraceptivos a menores: hubo un descenso sustancial de la asistencia la clínica, las cifras de embarazos y de abortos de adolescentes también descendieron Un resultado similar se observó en Minnesota a partir de una ley de 1981 que obligaba a notificar a los padres.

En New Haven había tres escuelas similares. Una de ellas instauró un amplio programa de “educación sexual” 11 años antes, que condujo a un espectacular aumento del número de embarazos comparado con las otras dos escuelas que no ofrecieron ese programa. Se concluyó ese estudio diciendo que era necesaria más investigación y evidencia estadística antes de adoptar tales programas, que, en su opinión “pueden estar contribuyendo al problema”.

Muchos más estudios realizados en América pueden ponerse como ejemplos para reforzar la opinión, incluso alguno de ellos encargados por Planned Parenthood.

Ya en Europa , en Suecia, por las mismas décadas se experimentó un aumento de lo que se llamó entonces “nacimientos ilegítimos”, excepto entre los jóvenes más mayores o entre quienes no recibieron esa “educación sexual”. En España un estudio similar se llevó a cabo en Manresa obteniendo los mismos resultados.

Todos estos ejemplos no sólo revelan la ineficacia de esa “educación sexual” sino que también pone en evidencia una de estas dos cosas: o que son muy tontos los que diseñan los programas, o que hay otros fines muchas veces inconfesables. Hay casos en los que sí confiesan las auténticas finalidades. En 1982 el Dr. H.H. Newman, director médico del departamento de Salud de New Haven, escribió que, con la excusa de reducir los embarazos entre adolescentes, los programas de educación sexual intentaron enseñar a los niños a alcanzar el ajuste sexual, a explorar cuestiones como la masturbación, técnicas sexuales, homosexualidad, y violación. En sus palabras: “En lugar de enseñar a los jóvenes a evitar un embarazo no deseado y sus consecuencias, les enseñamos que la alegría del sexo es su herencia humana”.

Para la sociedad en general, parece evidente que la “educación sexual” ha fracasado y está fracasando. El que a pesar de todo insistan e insistan con esos programas lleva a la conclusión inevitable de que el verdadero objetivo ha sido y es, cambiar las actitudes sociales hacia el sexo, aboliendo cualquier norma tradicional en este campo y alentando la aceptación de prácticas que muchos padres consideran desviadas. Tales metas son difíciles de defender en un debate público, por eso se resguardan y tratan de mantener el mito del SIDA y de la prevención de embarazos.

Estas organizaciones que difunden esos programas no asumen después ninguna responsabilidad de los desastres que dejan atrás, que afectan a los jóvenes, cuando sus intentos de ingeniería social fallan. Enseñan a seres humanos jóvenes inmaduros como hechos, ideas basadas en opiniones no comprobadas pero de moda, rechazando absolutamente la sabiduría de siglos de civilización. Y al final, se añade, el que no quieren recoger los platos rotos: jóvenes desmotivados, fáciles presas del SIDA, de la droga y de tantas otras lacras sociales que anula su personalidad.

Los programas que se han llevado a cabo en EE.UU. con vistas a la prevención del SIDA también se han mostrado ineficaces, al haber nacido con la misma doctrina con la que nacieron sus hermanos mayores, sobre “educación sexual”.

Hay numerosas publicaciones científicas que afirman que la educación sexual/VIH ha fracasado sistemáticamente en su intento de producir cambios significativos en la conducta de los adolescentes, sobre todo por lo que se refiere a un comportamiento que reduzca el riesgo de contagio.

Un resumen completo de todos los estudios anteriores lo hace A.R. Shiffman, que afirma : “El conocimiento acerca del SIDA o de la infección por VIH y su prevención no se asoció con ningún cambio en las conductas de riesgo, ni tampoco lo estuvo con el número de fuentes de información acerca de la epidemia, ni con el conocimiento directo de pacientes infectados, ni con la estimación del riesgo personal, ni con el consejo de someterse a una prueba de VIH. De hecho los jóvenes cuyas conductas de riesgo aumentaron más, fueron los que tuvieron más probabilidades de conocer a alguien que había muerto de SIDA, y que estimaron su propio riesgo como alto. La mayoría de los jóvenes dijeron que no usaban preservativos regularmente, por que no les gustaba, y que tenían poca confianza en su capacidad protectora”.

Es fácil darse cuenta que los adolescentes emprenden la actividad sexual debido a problemas más profundos, y por más instrucción sexual que se les de, no cambiarán sus comportamientos de riesgo. Hay que plantearse arreglar los cimientos antes de dedicar tiempo y más tiempo a reparar el tejado con tejas quebradizas. Gilmore et al. informaron que la conducta sexual peligrosa se asocia con abuso de medicamentos y alcohol, tabaquismo y delincuencia. En cambio, en su estudio, los adolescentes comprometidos con los valores, actividades e instituciones convencionales, tales como la familia y la iglesia, tenían menos probabilidad de emprender una conducta sexual peligrosa “presumiblemente porque piensan más en el futuro”. Está claro que los adolescentes raramente emprenden una sola conducta problemática como droga, violencia, robo, fracaso escolar, expulsión del centro escolar. Por contra, tienden a llevar a cabo conductas con múltiples problemas.

No es un asunto banal el que se precise una verdadera educación sexual. La promiscuidad sexual se ha revelado como factor de gran importancia, no en el origen de la enfermedad, pero sí en el momento de la aparición de la epidemia y en su progresiva extensión. Deberíamos pensar seriamente sobre el sentido de la sexualidad que, a través de nuestro comportamiento y manifestaciones “culturales”, estamos transmitiendo a las generaciones venideras. Es una gran responsabilidad que, en parte debido a nuestros esquemas de comportamiento sexual, dejemos a las generaciones venideras la herencia de un virus tan letal suelto por la calle.

Hay que decir basta a tanta mentira sobre el sexo. De vez en cuando, alguien se decide por denunciar las campañas.

En 1991 el Tribunal de Justicia de Aragón suspendió cautelarmente una campaña de educación sexual, dirigida a jóvenes de 14 a 18 años, que había sido promovida por el Ministerio de Educación. Según sus promotores, el objetivo del programa era informar sobre sexualidad y planificación familiar. Una de sus peculiaridades consistía en permitir que los jóvenes sean “atendidos” en los centros de planificación familiar aunque no fueran acompañados de sus padres o tutores. El programa fue recurrido por la Concapa (padres de alumnos). El tribunal hizo suyos los argumentos de Concapa, pues la campaña invadía el derecho de los padres a la educación de sus hijos. El problema afectaba a la formación moral de los hijos, lo que es responsabilidad directa de los padres. El auto de suspensión hacía notar que de la campaña pueden derivarse perjuicios morales para los adolescentes e, incluso, para los padres, en tanto que la información y el asesoramiento no estaba de acuerdo con sus propias convicciones morales.

Victoria Gillick es una madre de familia inglesa que defendió durante años el derecho de los padres a la educación sexual de sus hijos, frente a determinados programas del Gobierno inglés. Su historia se cuenta en Relato de una madre. El caso se inició en 1978, en ese año el Ministerio de Salud británico puso en funcionamiento ciertos consultorios especiales de control de la natalidad para chicas jóvenes. En ellos, las escolares, aunque fueran menores de edad podían obtener anticonceptivos, con la garantía de que no se enterarían sus padres. Victoria Gillick después de unos años de ser portavoz de los “padres de Suffolk” decide emprender una acción judicial. Tras perder en primera instancia, el Tribunal de Apelación la da la razón, en lo que se consideró una sentencia histórica. Pero en octubre de 1985 el caso llega a la Cámara de los Lores y pierde el último asalto por un voto. Sin embargo su esfuerzo no fue infructuoso pues despertó y empujó a mucha gente.

Entre ambas decisivas sentencias, los agoreros pronosticaban que debido a que las niñas no tendrían fácil acceso a los anticonceptivos, el número de embarazos entre adolescentes aumentaría. Decían que hasta veinticinco mil llegaría la cifra. Si Victoria Gillick perdió finalmente el pleito en la Cámara de los Lores, lo ganó en el campo de los datos reales. El número de embarazos ni había aumentado, ni se había estabilizado: de hecho, había disminuido en 1985. Así, por ejemplo, lo reconocía la Revista Británica de Planificación Familiar: “La disminución del número de adolescentes que acudieron a los dispensarios y a los consultorios de los médicos generales no se ha acompañado, contrariamente a lo que se vaticinaba, de una subida general de embarazos no deseados, o bien porque las adolescentes han usado métodos de contracepción que no necesitaban receta médica, o porque se han abstenido del acto sexual”. Al haber, al menos fijado, en dieciséis años la edad para el consentimiento válido, los Jueces del Tribunal de Apelación habían reducido en una tercera parte la tasa de promiscuidad de las menores. Así de sencillas eran las cosas.

Al final de todo esto, como se ve, la falsa educación sexual provoca mayores problemas que los que a primera vista pretende resolver (ver los casos citados en el apartado anterior), mientras que las medidas restrictivas, las educadoras, son las que dan los buenos resultados.

Otras veces son las mismas autoridades sanitarias las que dan marcha atrás con sus campañas. En Julio de 1991 el Departamento de Sanidad norteamericano suspendió una encuesta sobre la conducta sexual de los adolescentes. La encuesta la iban a realizar dos sociólogos de la Universidad de Carolina del Norte, y contaban para ello con financiación federal: 18 millones de dólares para 5 años. La encuesta, por su morbosidad, podría transmitir implícitamente, un mensaje opuesto a las advertencias sobre los peligros que entraña la promiscuidad sexual. A raíz de este episodio, un miembro de la Cámara de Representantes, presentó una propuesta para prohibir que los organismos públicos financiaran encuestas de esta clase.

También se dan casos de cambios personales. La profesora de ginecología Marion Howard, de la universidad de Emory (Atlanta), a mediados de los 70, junto a su equipo, comenzaron a dar educación sexual a base de métodos de control de la natalidad, y enfermedades de transmisión sexual. Al cabo de varios años observaron que sus esfuerzos no servían para que los adolescentes disminuyeran su actividad sexual ni el uso de anticonceptivos. Así que en 1985 decidieron cambiar de táctica: añadieron al programa un capítulo para enseñar a los chicos a resistir las incitaciones a tener relaciones prematuras. El nuevo cursillo de Howwar, se ganó las risas de sus colegas, pero después de estos años se ha ganado el respeto y demostrado su eficacia: retrasa el comienzo de la actividad sexual en los adolescentes que no la han tenido y logra que los demás disminuyan la frecuencia de relaciones.

No es suficiente con barrer la basura: hay que cultivar; es decir, los jóvenes deben recibir gradualmente una correcta educación sexual.

La percepción universal del matrimonio como el ambiente adecuado para el goce de una vida sexual saludable y el crecimiento de la familia, no puede atribuirse a creencias religiosas o morales particulares, sino que debe reconocerse como el resultado de innumerables intentos de ensayo y error. Cualquier modificación de las costumbres establecidas requeriría una evidencia científica que los modernos abogados de la actividad sexual desenfrenada han sido incapaces de proporcionar.

Una sexualidad entendida sin riesgos y banalizada, es una sexualidad degenerada, arrancada de sus fines peculiares. De este modo se está impidiendo a los adolescentes alcanzar la madurez psicológica a la que tienen derecho, y se les engaña diciéndoles que se han “liberado”.

En la ciudad de Nueva York el sistema de escuelas públicas ha servido de base para desarrollar un estudio cuidadosamente científico controlado, que compare lo tradicional, las técnicas basadas en la abstinencia que han funcionado en las generaciones anteriores, y lo nuevo, esa “educación sexual” o promiscuidad “protegida” tan ardientemente defendida por otros.

Kirby ha analizado los diferentes enfoques de la educación sexual y la prevención de embarazos y ETS. Concluye que el plan de estudios orientado solamente hacia en conocimiento de las cosas del sexo ha fallado. Esa conclusión coincide con las teorías de los antiguos filósofos griegos según la cual el conocimiento y la práctica de la virtud no se exigen mutuamente; es decir, que se puede saber mucho, pero si no hay buena disposición ..

En Estados Unidos, el título XX de la ley de Servicio de Salud Publica de 1981 desarrolló y evaluó métodos basados en la abstinencia. El primer programa de este tipo, denominado “Posponer las relaciones sexuales” comenzó en Atlanta en 1983, en las escuelas del centro de la ciudad. “Al final de 8º grado, los estudiantes que no habían participado en el programa tenían cinco veces más posibilidades de haber comenzado su actividad sexual que quienes habían seguido el programa”.

Se ha desarrollado un gran número de programas similares, muchos de ellos suelen ser obra de personas con orientaciones espirituales, pero todos los que han recibido alguna financiación de fuentes federales, se han mantenido estrictamente en terreno no religioso. Entre ellos podemos citar el plan “Community of Caring” de la Fundación Joseph Kennedy, “Teen Aid”, “Sex Respect” , “Teen Choice” y “Free Teens” El común denominador de todos estos programas es que la abstinencia es la opción más saludable para los adolescentes, y que la actividad sexual debe reservarse para una relación madura y comprometida y que educar el carácter es una parte deseable de cualquier sistema educativo. Todos estos programas han mostrado notable efectividad para reducir la tasa de actividad sexual y embarazos, resultados que no pueden ostentar ninguno de los programas basados en contraceptivos y drogas. Resultados similares o mejores se esperan en cuanto a la transmisión de VIH. Si en temor a que se conciba una vida nueva, actúa como disuasor, es lógico esperar lo mismo o más, cuando el riesgo es la muerte.

A modo de anécdota, también se han realizado programas que subrayan la abstinencia, pero aconsejan condones como una especie de salvavidas, y no han sido tan efectivos como los que se apoyan exclusivamente en la abstinencia. Este modo de entender las cosas es el que tienen muchas personas de buenos criterios y preocupación por sus hijos, pero es una buena voluntad con escasa reflexión. Es muy corriente en cualquier orden educacional, que si uno quiere conseguir ciertos objetivos, debe pedir unos objetivos mayores si quiere obtener los primeros. Es decir, siempre llega Paco con las rebajas, y lo que la mayoría de los alumnos finalmente cumplen es aquello que les parece suficiente, rebajando ellos los objetivos que se les plantea. Si alguien de entrada va aconsejando a los jóvenes que sería bueno la continencia, pero que “si van lanzados …” usen condones, ya se está, de entrada, negando el que sean capaces de esperar a la edad y al marco necesario para las relaciones sexuales. Sin embargo, si se les explica sólo la continencia, el respeto de sus cuerpos, la belleza del amor verdadero, entonces, lo que ocurrirá es que la mayor parte adopten este camino, y que nadie se preocupe, los irresponsables que no hayan entendido el valor de la continencia, no lo serán además hasta el punto de querer coger voluntariamente una enfermedad mortal.

Por otro lado, ¿qué necesidad habría de hablar de condones, aunque fuera de forma veraz?, si ese mensaje ya le sabe todo el mundo, si es en lo que piensan cuando alguien les habla del SIDA. Ahora, lo que hay que hacer es construir, explicarles lo que nadie les ha explicado, hacerles ver que son personas capaces de amar, de dominar la parte animal, de admirar la belleza del mundo, del amor, de la vida.

En otras partes del mundo también hay programas muy validos sobre la educación de la sexualidad. Desde hace años, Celebration of Life (COL), entidad afiliada a Human Life International, ha elaborado un programa que proporciona a los adolescentes una visión no reductivista de la sexualidad humana. Mientras que otros pretenden reducir la sexualidad a información, sin moralidad alguna (aunque sí predican las bondades de los anticonceptivos ), se reconoce que esta educación no es nunca incolora. En la sexualidad también interviene la razón, la afectividad, la conducta y el carácter. El programa COL se desarrolla en muchas partes del mundo formando también a profesores que se sienten sin recursos para dar una buena educación.

En Gran Bretaña se ha revisado, desde 1994, la forma de impartir enseñanza sobre la sexualidad a nivel nacional. El ministro británico de educación John Patten declaró ” que la educación sexual se impartirá con un conjunto de valores fundamentales ampliamente compartidos, como:

confianza en uno mismo y disciplina
respeto a la autoridad legítima
sentido de la responsabilidad
altruismo y necesidad del dominio de sí
dignidad y respeto a uno mismo y a los demás
lealtad y fidelidad
capacidad de mirar al futuro
disfrutar del presente y aprender del pasado”

Un programa el británico que está dando excelentes resultados, también está dejando en evidencia que algunos profesores no se consideran cualificados moral o profesionalmente. Ellos mismos son fruto de la revolución sexual de los sesenta, y se encuentran en una situación incómoda al tener que decir a sus alumnos algo que ellos no practicaron. Pero nunca se sabe, muchas veces quien tropieza es el que mejor puede indicar por dónde no se debe ir.

Si un buen profesorado es necesario, también lo son unos gobernantes adecuados. A comienzos de 1994 John Major tuvo que hacer cambios en su gobierno después de que algún ministro tuviera que dimitir al divulgarse sus asuntos extra-matrimoniales. Tales escándalos han dejado la impresión de que algunos gobernantes tienen, en su vida privada, una concepción muy laxa de la moralidad, aunque en público defiendan una versión más estricta. Esto se debe a debilidad, y sobre todo a hipocresía. Pero indica que el retorno a los valores familiares y morales debe empezar por los mismos gobernantes.

Otros programas muy válidos sobre educación sexual, más recientes, que difieren de ser una doctrinaria e improcedente exposición de datos, sin inculcar motivos positivos para un cambio de actitudes, son el desarrollado en Maryland (Baltimore), o el programa STAR en Santiago de Chile, que la Dra. Pilar Vigil mostró en Madrid durante el V Simposio Internacional sobre “Avances en la Regulación Natural de la Fertilidad”.

En el periódico el Mundo, se podía leer :¿El recto uso de la sexualidad llevará a combatir lo que algunos llaman “las cuatro Pes”, que son causa de enfermedades de transmisión sexual: la promiscuidad, la precocidad de las relaciones sexuales de adolescentes; la permisividad en las costumbres, y la píldora que lleva a tener este tipo de relaciones porque no hay miedo al embarazo. Lo correcto es volver a la pareja tradicional estable”.

La educación sexual debe significar una educación para el amor. Pero desgraciadamente, la palabra amor está tan adulterada, que al adulterio se le llama amor. ¿Por qué le llaman amor, si lo que quieren decir es hacer sexo?; esto se pregunta un título de una reciente película española. Se puede decir que el amor está despersonalizado y trivializado. El verdadero amor, como señala Thibon, personaliza la sexualidad y le da un sentido y un fin; y a la vez, le impone sus límites. “No se puede ir muy lejos vagando en todas las direcciones -escribe Thibon-: sólo la vía estrecha conduce al país sin fronteras. El erotismo actúa en sentido inverso: suprime en apariencia los límites de la sexualidad y la priva, de hecho, de sentido y de fin. Es un callejón sin salida, disfrazado de tierra prometida, donde los lisiados de la sexualidad y los subdesarrollados del amor buscan una evasión y encuentran una mayor esclavitud”

Tras la píldora y el fabuloso desarrollo ulterior de la anticoncepción, tras la legalización del aborto, los valores en torno a la vida sexual han experimentado un cambio profundo y tal vez irreversible. Y si los modelos al uso de planificación familiar consagran la separación entre sexo y reproducción, sin necesidad de ningún esfuerzo de autocontrol, no hay razones que esgrimir para que los jóvenes retrasen su entrada en tal situación que no exige especiales responsabilidades ni dominio de sí.

Por otra parte, mientras los modelos que hoy nos sirven el cine y la televisión revelan nuevos tabúes en relación con el tabaco o el sexismo, las pautas de comportamiento sexual están planteadas en la pantalla con creciente irresponsabilidad. Y esos son los paradigmas a emular por la gente joven sobre todo la más inexperta e ignorante. El fondo de la cuestión no es un problema de píldoras, de condones o de abstinencia. Es preciso recuperar decididamente el signo originario y esponsal de la sexualidad, una atracción y una fuerza admirable que la creación ha reservado a la pareja humana monógama. Orientada al amor y a la fertilidad en el seno del matrimonio, en un marco de respeto a los ritmos que condicionan la vida fértil de la mujer. Todo lo demás son desvíos y atajos que, inevitablemente producen los desordenes ahora censurados en la población adolescente. Pero, por el momento, esto es algo que no encaja en el pensamiento de los estrategas de la salud pública.

De cualquier modo, la situación en Norteamérica y en países de nuestro entorno cultural no debería considerarse muy lejana a la nuestra, y podría hacer reflexionar más a padres, educadores y políticos, porque los costes humanos son devastadores.


Comité independiente antisida *

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