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La civilización de la acedia, Horacio Bojorge

Horacio Bojorge, S.J.
EN MI SED ME DIERON VINAGRE
La Civilización de la Acedia
1.) LA ACEDIA: PECADO CAPITAL
1.1.) ¿Qué es la Acedia? Definiciones
1.2.) Tristeza, Envidia y Acedia
1.3.) ¿Es Posible la Acedia?
1.4.) Acedia = acidez , impiedad
1.5.) Sus Efectos
2.) LA ACEDIA EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS
2.1.) La Unción en Betania
2.2.) La Acedia de Mikal, Esposa de David
El Via Crucis y la Vuelta Ciclista
La Respuesta de David a Mikal
2.3.) La Acedia de los Hijos de Jeconías
2.4.) El Menosprecio de un Profeta
La Burla: Hija de la Acedia
Esaú menosprecia la Primogenitura
2.5.) Rehusar el Gozo y el Llanto
2.6.) El Clamor de las Piedras
2.7.) El Pecado de Caín
Acedia en la Historia de Salvación
2.8.) El Pecado Original
Apetito y Visión
2.9.) Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia
No Ver el Bien: Acedia como Apercepción
Llamar Mal al Bien: Acedia como Dispercepción
2.10.) La Acedia como Ceguera
La Idolatría como Ceguera
Ceguera del Pueblo Elegido
Ceguera en el Nuevo Testamento
“Ciegos guías de ciegos”
“Esta Generación pide una Señal”


Mataron a los profetas
“Despreciaron una Tierra envidiable” (Salmo 105(106),24)
Jesús: Explorador y Testigo
La Acedia de Pedro ante la Cruz
3.) ACEDIA Y MARTIRIO
3.1.) Acedia de los Perseguidores
3.2.) Acedia de los Perseguidos
3.3.) Acedia del Demonio
4.) LA CIVILIZACION DE LA ACEDIA
4.1.) El Abandono del Fervor Religioso
4.2.) La Honorable Apostasía
4.3.) De la Tristeza a la Aversión
Fuerza Teófuga y Cosípeta
4.4.) El Combate de la Filantropía contra la Caridad
Los Siglos de la Acedia. La Civilización de la Acedia.
Acedia y Apostasía
4.5.) Los Empachados de Cristo
Gozo y Consolación
4.6.) Las Campanas del Domingo
4.7.) Alrededor del Corpus y otras Procesiones
Hoy y Aquí en Luján
Los Exploradores Eucarísticos
4.8.) Acedia y Persecución
4.9.) Acedia y Mass Media
Lluvia ácida
4.10.) “No te Avergüences del Evangelio”
4.10.1 Burla y Menosprecio
4.10.2. La burla como persecución
4.10.3. La Irrisión se Opone a la Justicia
4.10.4 El que a Vosotros Desprecia a Mí me Desprecia
4.11.) Acedia Jurídica
El Envilecimiento de la Conciencia
4.12.) Adiestramiento para la Acedia
Versión Occidental
4.13.) Las “Broncas” en la Iglesia


El Partido del Mundo
4.14.) Permanecer en el Amor Fraterno
Vergüenza por el Propio Pueblo
¿Pueblo Supersticioso o Pueblo Sacerdotal?
“Con Aspecto de Piedad, Niegan su Eficacia”
4.15.) La Corrosión del Lenguaje Creyente
Beato. Devoto.
Fervor, Gozo, Virtud
Caridad
Limosna
Católico, catolicismo
4.16.) La Corrosión de los Signos
5.) LA ACEDIA EN LA VIDA CONSAGRADA
5.1.) La Tentación de Acedia Ataca al Monje
5.3.) Cuadro Clínico de la Acedia Monástica
5.4.) Las Hijas de la Acedia
5.5.) Acedia en la Vida Religiosa Apostólica
6.) ACEDIA Y DESOLACION SEGUN SAN IGNACIO DE LOYOLA
6.1.) Razones contra Gozo
Escrúpulos
6.2.) Desolación contra Consolación
6.3.) Acedia en Ejercicios de Mes
Sabor Agrio a Herodes
Otros ejemplos
7.) PNEUMODINAMICA DE LA ACEDIA
7.1.) Apercepción y Dispercepción
Acedia y Pereza
7.2.) Los Dos Apetitos Antagónicos
Los dos amores opuestos
La Rebelión de la Concupiscencia
Causa y Efecto del Pecado Original
7.3 ). Temor de Dios y Miedo a Dios
Resistencia Universal ante Lo Sagrado
Temor o Miedo


7.4 ) El Gozo como Fuerza
El Gozo del Señor es vuestra Fortaleza
El Amor echa afuera el Temor
Mi Fuerza se Realiza en la Debilidad
Locura y Debilidad de Dios
7.5 ). Gozo y Virtudes Teologales
El Gusto de Creer
Termómetro de las Virtudes
7.6.) Apéndice: El Problema de los Remedios
Los Remedios: Complejidad y Sencillez
Las Recetas Tradicionales
Remedio obvio pero arduo
CONCLUSION
1.) LA ACEDIA: PECADO CAPITAL
De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales
(1). Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de
pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos
padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea
pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir.
Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su
manera de vivir.. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos
diccionarios de moral o de espiritualidad (2). Muchos son los fieles, religiosos y catequistas
incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué
consista.
Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se
llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito
extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias
que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede
describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.
La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta
mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar,
señalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo
comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta difícil
o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los
demás.
1.1.) ¿Qué es la Acedia? Definiciones
Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean
suficientes para un conocimiento cabal de su realidad.


El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la nombra – acentuando la í: acedía – entre los pecados
contra el Amor a Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son: 1) la
indiferencia, 2) la ingratitud, 3) la tibieza, 4) la acedía y 5) el odio a Dios.
El Catecismo la define así: “La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios
y a sentir horror por el bien divino” (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración,
la enumera entre las tentaciones del orante: “otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es
la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos
a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón.
`El espíritu está pronto pero la carne es débil’ (Mateo 26,41)” (CIC 2733).
Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre
sí estos cinco pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en
diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.
En cuanto al odio a Dios no es sino su culminación y última consecuencia. De ahí que por ser
fuente, causa y cabeza de los otros cuatro, amén de muchos otros, la acedia sea considerada pecado
capital, y no así los demás (3). Y aunque el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los demás
pecados (4), no se lo considera pecado capital, porque no es lo primero que se verifica en la
destrucción de la virtud sino lo último, y no es causa sino consecuencia de los demás pecados (5).
1.2.) Tristeza, Envidia y Acedia
El Catecismo relaciona la acedia con la pereza (6). No se detiene a señalar su relación con la
envidia y la tristeza (7). Sin embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular
de la envidia. En efecto, Santo Tomás de Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la
define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad (8). Y en otro lugar señala sus
causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales
que ocasionan fatiga física (9).
La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al género de las tristezas y
como una especie de la envidia. ¿Qué la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de
la acedia no es – como el de la envidia – cualquier bien genérico de la creatura, sino el bien del que
se goza la caridad. O sea el bien divino: Dios y los demás bienes relacionados con El.
Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinción entre envidia y acedia, por
eso evitamos usarlas como sinónimos, como suele hacerse en el uso común. En nuestro estudio
entendemos la envidia como un pecado moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma
teologal de le envidia.
Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas
relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el
catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza (10).
Sobre la tradición monástica y patrística, y las dos líneas de interpretación de la acedia como pereza
o como tristeza, ver G. BARDY, Art.: Acedia, en Dictionnaire de Spiritualité. Ascétique et
Mystique T.I, cols 166-169; también B. HONINGS, Art.: Acedia, en Diccionario de Espiritualidad
Dirigido por Ermanno Ancilli, Herder, Barcelona 1983, T.I, Cols. 24-27 que concuerda con Bardy.
Sobre la Acedia Monástica volveremos en 5. y sobre Acedia y Pereza en 7.1..
Notas
1. Los pecados capitales son hábitos viciosos. Es decir, malas maneras de ver, de sentir y de pensar;
malas maneras de actuar y de vivir. Los hábitos, buenos o malos, se adquieren por repetición de
actos. La repetición de actos malos se hace, por fin, hábito de actuar mal, y se le llama vicio. El
vicio da la facilidad y hasta el gusto de obrar mal. Por el contrario, la repetición de actos buenos
produce el hábito de obrar el bien que se llama virtud. Los pecados capitales son vicios. Se llaman
capitales porque son como cabeza de otros vicios y pecados. Son hábitos malos que generan otros
vicios y actos malos. Generalmente se enumeran siete pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia,


ira, lujuria, gula y pereza. Algunos enumeran la tristeza, como pecado capital. La envidia es una
tristeza por el bien ajeno como si fuera mal propio. Y la acedia es la tristeza por el bien de Dios,
como si fuera un mal y es pecado capital. Así que la lista de los pecados capitales es variable en
número y en nombres, según los autores de la tradición católica. Pero por encima de las diferencias
de detalle hay un acuerdo sustancial de fondo.
2. Ni siquiera en todos. Por ejemplo: no hay artículo dedicado a la Acedia en el Diccionario
Enciclopédico de Teología Moral, de L. ROSSI – A. VALSECCHI (Ed. Paulinas, Madrid, 19804) ni
en el Nuevo Diccionario de Espiritualidad, de S. DE FIORES – R. GOFFI (Ed. Paulinas, Madrid,
1983). Por otra parte estos diccionarios no dedican artículos a los pecados o vicios capitales, ni en
particular ni en general. Tampoco tratan de los pecados contra la Caridad.
3. Santo Tomás, Summa Theol., 2-2, q.35, art.4.
4. Summa Theol. 2-2, q.34, art. 3
5. Summa Theol. 2-2, q. 34, art. 5.
6. Como resulta obvio por el contexto, el Catecismo se refiere a la pereza para creer: para los actos
de piedad y de las virtudes teologales. En realidad, la pereza es un efecto, entre otros, de la acedia o
ceguera para el bien.
7. La tristeza se convierte en pecado por dos razones: cuando siendo tristeza por un mal, es
exagerada o excesiva; o cuando es tristeza por un bien, como es el caso de la envidia y la acedia. La
tristeza no es pecado cuando el motivo es justo y la tristeza es moderada, o sea proporcionada con el
mal que la ocasiona. En este caso la tristeza es justa e incluso virtuosa. Y hasta se podría pecar por
defecto, no entristeciéndose cuando hay motivo para ello.
8. Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 2, c. Explicando, tras las huellas de S. Gregorio Magno, que la
acedia es tristeza por un bien, S. Tomás la define como envidia. Y señalando a qué gozo se opone
esta tristeza, o sea al gozo de la Caridad, muestra de qué manera se le opone la acedia a la Caridad.
9. Summa Theol. 1, q. 63, art. 3, ad. 3m.
10. El Catecismo de la Iglesia Católica sigue en esto una línea de la tradición de algunos Padres del
monacato, que considera la acedia por sus efectos prácticos en la vida del creyente, y en particular
tal como se presenta, por ejemplo, muy llamativamente, en la vida religiosa y monástica, donde el
debilitamiento de la fe del monje conlleva el abandono de los actos propios de su vida religiosa. Se
presenta así como una pereza para los actos espirituales interiores y exteriores. Siguiendo a los
Padres del monacato, otros clásicos de la espiritualidad, la relacionan y explican también como
pereza. Por ejemplo: el P. LA PUENTE S.J., en sus Meditaciones, I,24. Así lo hacen también
autores espirituales recientes como Francisco Fernández Carvajal, La Tibieza, (Cuadernos Palabra
60) Ed. Palabra, Madrid 19788. Otra línea de la tradición, representada por San Gregorio Magno y
que Santo Tomás prefiere, la relaciona principalmente con la tristeza y la envidia; y
secundariamente con la pereza o tibieza, la cual, en este caso, no es causa sino consecuencia, y por
lo tanto no puede considerarse como pecado “capital”.
1.3.) ¿Es Posible la Acedia?
Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese
tipo de pecados que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o
monstruosos. Por ejemplo el odio a Dios, o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la
esencia del pecado, el hecho de que sea aberrante y monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo
exista a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces ni siquiera se lo advierta
allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.
Por eso, conviene que después de ver su definición, pasemos a describirla, ilustrarla con casos y
ejemplos, señalarla en los hechos y por fin tratar de comprender su fisiología espiritual.
1.4.) Acedia = acidez , impiedad


El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a
modo de definición, ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico
contenido etimológico que orienta para comprender mejor su sentido
Las palabras latinas acer, acris, acre, aceo, acetum, acerbum, portan los sentidos de tristeza,
amargura, acidez y otras sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así
nombrados son opuestos al gozo, y las sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.
La raíz griega de donde derivan los términos latinos es kedeia: “Akedeia – ha observado un reseñista
de la primera edición de esta obra – es falta de cuidado, negligencia, indiferencia, y akedia descuido,
negligencia, indiferencia, tristeza, pesar. Se refiere de modo particular – en los griegos – al descuido
de los muertos, insepultos, por lo cual no tenían descanso. Es una negación de la kedeia, alianza,
parentesco; funeral, honras fúnebres. Es decir, son los cuidados que brotan de la alianza, del
parentesco, de la afinidad que brota de la alianza matrimonial. Todo esto tiene grandes resonancias
con la relación nueva de parentesco con Dios que brota de la alianza – el Goel, que ha estudiado
Bojorge (11), de la alianza nupcial que se sella con la encarnación del Verbo y su muerte y
resurrección, de la caridad como amistad con Dios, que se funda en la communicatio del hombre y
Dios y de la societas, la unión que Dios nos dio con su hijo (12). El gozo de esta kedéia es la
caridad y mueve toda la vida desde tal relación nueva con Dios. Lo persigue y destruye la acedia, en
los hombres y en la sociedad” (13).
Como puede verse los opuestos griegos kedeia-akedeia recubren una área semejante a los pietas-
impietas latino, y a nuestro piedad-impiedad. La acedia – ya se verá – es opuesta y combate las
manifestaciones de la piedad religiosa. Según la etimología latina acedia tiene que ver con acidez.
Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es decir, de la dulzura del Amor divino. Es
la dulzura de la caridad, la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al gozo de la caridad
como por fermentación, por descomposición y transformación en lo opuesto. A la atracción de lo
dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.
Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se
dice en el Apocalipsis acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: “tengo
contra ti que has perdido tu amor de antes” (Apoc. 2,4); “puesto que no eres frío ni caliente, voy a
vomitarte de mi boca” (Apoc. 3,16).
La relación simbólica entre lo ácido y lo frío era de recibo en la antigüedad. En la antigua ciencia
química y medicinal se consideraba que “las cosas ácidas son frías” (14). La acedia puede
describirse, por lo tanto, ya sea como un avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como
un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de extrañar que haya autores que hayan
preferido referirse a la acedia en términos de tibieza (15).
Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia
de un estado mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza,
avinagramiento o frialdad ante los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía
o conducir a ella. Es, en muchos casos, un apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque
ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido, se puede decir que la acedia supone
una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una ruptura entre su
estado ideal y su estado decaído.
1.5.) Sus Efectos
Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para
toda la vida moral y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes. La acedia se opone
directamente a la caridad, pero también a la esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la
religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran
claramente por sus efectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la
disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el torpor, el rencor, la malicia,
o sea, el odio a los bienes espirituales y la desesperación (16). Esta corrupción de la piedad teologal,


da lugar a la corrupción de todas las formas de la piedad moral. También origina males en la vida
social y la convivencia, como es la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por
medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.
2.) LA ACEDIA EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas sus formas, desde
la indiferencia al odio. Y nos dan también pistas para comprender su naturaleza. Pistas que nos
podrán orientar luego para reconocerla en sus formas históricas y actuales, y podrán encaminarnos
para comprender su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se aprende una semiología
de la acedia y también mucho acerca de su etiología (17).
2.1.) La Unción en Betania
Este pasaje evangélico es un ejemplo de acedia que bien puede considerarse arquetípico. En él
vemos en ejercicio al gozo de la caridad y cómo es atacado por las razones aparentes de la oculta
acedia.
Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro, a quien
había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de
los que estaban con Jesús sentados a la mesa. María, tomó una libra de perfume de nardo puro, muy
caro, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del
perfume (Juan 12,1-3).
La caridad -según la define Santo Tomás de Aquino (18)- es amor de amistad con Dios. El gesto de
María manifiesta el gozo de su caridad. Es un gesto gozoso y gratuito que honra, en Jesús, al amigo
divino: huésped, Maestro y Señor. Ese gesto expresa, con una dádiva costosa, el aprecio de María
por Jesús y el gozo que ese aprecio le produce (19).
Pero – prosigue contando el evangelio – Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo
había de entregar, dijo: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha
dado a los pobres?” (Juan 12,4-5).
La objeción de Judas se opone hipócrita y sofísticamente a la misericordia en nombre de la
misericordia. Al descalificar el gesto de María, descalifica su amor. Lo que para María es expresión
gozosa de su amor a Jesús, es para Judas motivo de tristeza, mezclada de fastidio e irritación. El que
ya no comparte la amistad con Jesús, no puede compartir los mismos sentimientos de la amistad.
Peor aún, tiene sentimientos contrarios: de acedia.
En el relato de este episodio que nos hacen Marcos y Mateo, la reacción contra el gesto de María, es
calificada de indignación: “se indignaron”. Ese es uno de los síntomas o manifestaciones de la
acedia: indignarse, irritarse por lo que es motivo de gozo para los amigos de Dios (Marcos 14,3-9;
Mateo 26,6-13).
Al discípulo avinagrado, las muestras de amor a Jesús le dan bronca. Si esa bronca quiere vestirse
de ira santa, disfrazándose con falsas razones, es para no evidenciarse y guardar aún las apariencias;
por puro cálculo hipócrita.
Hay en este detalle de la historia que nos cuenta el evangelio, la revelación de una importantísima
ley del acontecer espiritual: el gozo de la caridad es atacado con razones. Ley que rige también el
acontecer cultural: el espíritu del desamor es racionalista (20).
2.2.) La Acedia de Mikal, Esposa de David
Vayamos ahora al Antiguo Testamento y recordemos el pecado de Mikal, hija de Saúl, esposa de
David. Mikal se irritó viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la
Traslación. La danza de David era una manifestación del gozo de la caridad. Y, por el contrario, la
irritación de Mikal por la devoción de David, era manifiesta acedia.


David trasladaba el Arca con grandes ceremonias y fiestas populares. El Arca era el signo visible de
la Presencia del Señor en medio de su Pueblo. Leemos que:
“David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con
cítaras, arpas, adufes, castañuelas, panderetas y címbalos…David danzaba con todas sus fuerzas
delante del Señor, ceñido con un efod de lino (=vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel
subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entró en la ciudad de
David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al Rey David saltando y
danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón” (2 Samuel 6,l4-l6).
Y cuando se volvía David para bendecir al pueblo, terminada la fiesta: “Mikal le salió al encuentro
y le dijo: ‘¡Cómo se ha cubierto de gloria hoy el Rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas
de sus servidores como se descubriría un cualquiera’!” (v.20)
Mikal, ciega para el sentido religioso y gozoso de la acción de David, percibía la danza con una
mirada profana y exterior, despreciando lo que hubiera debido admirar y compartir. Mikal no estaba
de fiesta ni en la fiesta; miraba desde arriba, por una ventana.
Tanto el hombre de Dios como el pueblo de Dios, cuando celebra públicamente sus fiestas
religiosas, se expone – es decir: se muestra y se arriesga – al desprecio de los que miran desde su
ventana, desde su óptica exterior al fervor religioso. A veces, esa burla y ese desprecio consigue
acobardar o avergonzar a algunos fieles.
El Via Crucis y la Vuelta Ciclista
Pienso en una experiencia recogida en Semana Santa en un pueblo del interior del Uruguay. Al día
siguiente del Via Crucis que habíamos hecho recorriendo las calles en la noche del Viernes Santo,
una mujer me confiaba los sentimientos de vergüenza que la habían asaltado durante el Via Crucis,
debido a la actitud fría e indiferente de los que nos ignoraban viéndonos pasar. En un pueblo chico,
sentirse ignorado por gente conocida, que muestra avergonzarse de uno, es doblemente hiriente.
Esta mujer había percibido perfectamente la afectada indiferencia de algunos frente al paso de los
fieles en el Via Crucis. Tanto más chocante, cuanto que en un pueblo chico, cualquier
acontecimiento es motivo para que la gente se amontone en la vereda a observar con simpatía lo que
pasa. Y así, efectivamente, habíamos visto amontonarse junto al cordón de la vereda de la misma
plaza, por esos mismos días de la Semana Santa, a los espectadores de la Vuelta Ciclista.
¿Cómo no iba a sentir esta sensible mujer de pueblo, la diferencia de temperatura, viendo a los que
se metían en el bar, en el club, en la heladería, como si no estuvieran pasando tres cuadras tupidas
de fieles por la calle principal? Frente a nosotros eran incapaces de la simple simpatía humana que
saben brindar como puebleros a todo lo humano. En pueblo chico, donde no estar enterado queda
mal, no darse por enterado es ofensivo o descalificador.
Ante esta actitud de acedia, la tentación del creyente, como en este caso, es la vergüenza. Pero
David, hombre de Dios, nos enseña con su ejemplo, la actitud de firmeza que ha de tener el
creyente, ignorando a los que lo ignoran.
La Respuesta de David a Mikal
Respondió David a Mikal: “Yo danzo en presencia del Señor [y no, como tú dices, delante de las
mujeres de mis servidores], y danzo ante El porque El es el que me ha preferido a tu padre y a toda
tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo del Señor. Vive el Señor, que yo danzaré
ante El y me haré más despreciable todavía; seré despreciable y vil a tus ojos, pero seré honrado
ante las criadas de que hablas”. Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte
(vv. 21-23). David la repudió.
Notas
11. Véanse nuestros estudios sobre el Go’el, el Dios-Pariente: Goel: Dios libera a los suyos, en: RB
33(1971/1) Nº 139, pp. 8-12. Aspectos Bíblicos de la Teología del Laicado. El Fiel Laico en el


Horizonte de su Pertenencia. en: Laicado: Comunión y Misión, H. Bojorge, J.A. Rovai, N.T. Auza,
(Col. Teología) Ed. Paulinas, Bs. As. [24 Nov.] 1989; (14x21cms; 228 págs); pp. 7-111. [Trabajo
presentado en la VIII Semana Nacional de Teología, de la Sociedad Argentina de Teología, La
Falda, Córdoba 1-4 Ag. 1988. Se publicó en Stromata en dos partes: 1988-1989] ver especialmente
las pp. 50ss. Un trabajo más extenso sobre Goel: el Dios Pariente en la Cultura bíblica está en
prensa en la revista Stromata de 1998.
12. Cf. Santo Tomás, Summa Theol., 1-2, q.23, art.1
13. Dr. Alberto Sanguinetti Pbro. en su comentario a nuestro libro en Soleriana (Montevideo), 22
(1997/1) Nº 7, p. 197-198.
14. Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 1, c.
15. Francisco Fernéndez Carvajal, La Tibieza, Ed. Palabra, Madrid 19788
16. B. HONINGS. Art.: Acedia, en: Dicc. de Espiritualidad (Dir. Ermanno ANCILLI) T.I, Col. 26.
17. A la semiología o descripción de los signos o síntomas de la acedia, dedicaremos el capítulo
cuarto; y a su etiología o investigación de sus causas, el capítulo séptimo.
18. “La caridad es una amistad del hombre con Dios”, Summa Theol. 2a. 2ae. Q.23 Art.1, c
19. Aprecio, viene de precio, como caridad viene de caro. El amigo vale mucho para uno. Y eso se
expresa a veces con un don costoso.
20. Volveremos sobre esa ley, que formuló acertadamente San Ignacio de Loyola, cuando tratemos
del discernimiento ignaciano y la acedia (Ver 6.).
2.3.) La Acedia de los Hijos de Jeconías
Narra el Primer Libro de Samuel (6,13-21) cómo el Arca fue devuelta por los filisteos a los
israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de
Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada.
He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de
Dios; indiferencia.
Estaban los de Bet-Shémesh segando el trigo en el valle, y alzando la vista vieron el Arca. El
momento era inoportuno, pues la siega era la ocupación más importante del año, e interrumpirla
para una fiesta era un gravísimo trastorno.
Sin embargo, los piadosos labriegos, al ver venir el Arca se llenaron de alegría: “y fueron gozosos a
su encuentro. Al llegar la carreta al campo de Josué de Bet-Shémesh, se detuvo. Había allí una
gran piedra. Astillaron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas que venían tirando de ellas
en holocausto al Señor. Los levitas bajaron el Arca del Señor y el cofre que estaba a su lado y que
contenía los exvotos de oro ofrecidos en desagravio por los filisteos y lo depositaron todo sobre la
gran piedra. Los de Bet-Shémes ofrecieron aquél día holocaustos e hicieron sacrificios al Señor”
“Pero de entre los habitantes de Bet-Shémesh,los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron
el Arca del Señor”
Es de presumir que los hijos de Jeconías lamentaron esa llegada porque interrumpía la siega. La
siega era en sí misma una ocasión festiva (21). El fastidio por la aparición del Arca, sugiere que la
raíz de la acedia, suele estar, como en este caso, en el conflicto de los intereses materiales con los
religiosos.
A causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías castigó el Señor a setenta de sus
hombres y el pueblo hizo duelo porque el Señor los había castigado duramente.
2.4.) El Menosprecio de un Profeta


Relacionado con el desprecio hacia el fervor de David, y por lo tanto apropiado para ejemplificar la
acedia en forma de burla o menosprecio, es el episodio que narra el Segundo Libro de los Reyes.
Cuenta que el profeta Eliseo iba subiendo por el camino hacia Betel cuando unos niños pequeños
salieron de la ciudad y se burlaban de él, diciendo: “¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!”.
Él se volvió, los vio y los maldijo en nombre del Señor. Salieron entonces dos osos del bosque y
destrozaron a cuarenta y dos de ellos (2 Reyes 2,23-24)
El relato tiene, al parecer, una intención didáctica, admonitoria, destinada a inculcar el respeto hacia
los hombres de Dios entre la gente menuda, la cual puede inclinarse, por ligereza infantil, a
quedarse festivamente en las posibles extravagancias exteriores de los hombres de Dios y a incurrir
en la burla irrespetuosa. Como veremos (22), el menosprecio de los profetas – que no siempre se
queda en burlas – es algo que Dios reprocha con frecuencia a su pueblo, y uno de los temas de la
diatriba de los profetas y de Jesús.
La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay piedad e impiedad,
religión e irreligión, gozo de la caridad o envidia. Hay por eso necesidad de educar, cultivar y
corregir el corazón de los niños. A ellos y a nosotros les inculca este episodio que no hay que
distraerse con los lunares de la santidad; que los hombres de Dios, son hombres de Dios, y que no
hay que menospreciarlos ni reírse de ellos, por más cómico o despreciable que nos resulte su
aspecto. Porque reparar en sus lunares y no ver su santidad, es ceguera y necedad. Y esos dos osos
han destrozado cruelmente a muchos irreverentes.
La Burla: Hija de la Acedia
La Sagrada Escritura conoce esa forma de impiedad militante, que no es sólo cosa de niños sino
también de grandes: la burla.
Los burlones son los que en el Salmo primero se llaman, en hebreo, letsím: “Dichoso el hombre que
no camina según el consejo de los impíos, que en la senda de los pecadores no se detiene, que no se
sienta en el corrillo de los burlones” (Salmo 1,1).
La burla implica desconsideración, ligereza, irreverencia. Es una expresión de menosprecio. Es
injuriosa, sobre todo cuando se la infiere a quien se debería honrar y respetar.
En el reproche de Judas a María está ya implícita la lógica del menos-precio que se irá
manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La
burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.
En el Antiguo Testamento, el Señor amenaza a su pueblo con convertirlo en irrisión y en
espectáculo del mundo: “…los convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldición,
pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones a donde los arroje, porque no oyeron las
palabras que les envié por mis siervos” (23) .
El pueblo elegido se lamenta de que a causa de sus pecados, el Señor los ha entregado a la burla de
sus enemigos: “Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones” (24) . Así es, por dar un
ejemplo, el caso del impío Nicanor, quien se burla de los sacerdotes y de los ancianos y escupe el
Templo (1 Macabeos 7,34).
En el Nuevo Testamento, la burla que padecen los buenos cristianos, ya no es un castigo. Es
participación en la suerte de su Maestro, que fue burlado y escupido. La Carta a los Hebreos
enumera la burla a la par de los azotes entre los sufrimientos de la persecución: “unos fueron
torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; otros soportaron burlas
y azotes, y hasta cadenas y prisiones, apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada…”
(Hebreos 11,35-37).
Detrás de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y símbolos sagrados, hábitos
religiosos, objetos de culto, espacios sagrados, está la acedia: tristeza e irritación por los bienes que


se escarnece. Esa burla, hija de la acedia, sigue acompañando hoy a la Iglesia como forma de
persecución, y es tan habitual que a muchos ya no les causa extrañeza y pasa a menudo inadvertida
hasta de las mismas víctimas (25).
Esaú menosprecia la Primogenitura
Cuenta la Escritura (Génesis 25,29-34) cómo Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura
por un plato de guiso.
Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio – y consiguiente postergación y pérdida – de
los bienes espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito.
Esaú llegó hambriento del campo y Jacob aprovechó la ocasión: “Véndeme ahora mismo tu
primogenitura”. Esaú respondió: “¿Qué me importa la primogenitura?”. Jacob lo urgió para que se
la vendiera con juramento: “Y él se lo juró, vendiendo su primogenitura a Jacob. Jacob dio a Esaú
pan y el guiso de lentejas, y este comió y bebió, se levantó y se fue. Así desdeñó Esaú la
primogenitura”, concluye melancólicamente el relato.
Y ya que hablamos de acedia en el corazón de los herederos de las Promesas e hijos de los
Patriarcas, también los hermanos de José menosprecian envidiosamente a su hermano, ignorantes de
que sería él quien los salvaría (Génesis 37-45).
2.5.) Rehusar el Gozo y el Llanto
La acedia se opone al gozo de la caridad y por lógica induce a gozarse y a alegrarse por lo que
entristece a la caridad. Los apetitos de la acedia y de la caridad son contrarios, como los de la carne
y el Espíritu (26).
Puesto que la Caridad es amistad entre la creatura y Dios, el amigo de Dios se alegra en el Bien que
es Dios y quiere que Dios sea reconocido y amado. El amigo comparte los gozos y tristezas de su
amigo.
La acedia impide precisamente esta participación y comunión en los sentimientos de Dios. El texto
que cito a continuación, en el que Jesús les reprocha su indiferencia a los que se han rehusado a
compartir sus sentimientos, ilustra el rol que juega la acedia en el drama evangélico:
“¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿Y a quién se parecen? Se parecen a
los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta
y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado. Porque ha venido Juan el
Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Ha venido el Hijo del Hombre,
que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de publicanos y
pecadores. Pero, la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos” (Lucas 7,3l-35)
La actitud de acedia como un “no” a la fiesta, la ilustran las parábolas de los invitados al Banquete
(27). En estas parábolas queda claro cómo las preocupaciones de este mundo ocultan el bien
verdadero a los que les entregan el corazón. Los invitados se excusan de la fiesta a causa de sus
ocupaciones, como los hijos de Jeconías en Bet-Shémesh (28). Los hombres que siguen su apetitos
carnales y no creen (= esta generación”), descalifican a los que obran movidos por impulsos y
apetitos espirituales. No puede haber entre ellos comunión de sentimientos: ni de gozos ni de
tristezas. Por eso pueden parecer insensatos los unos a los otros.
En la enseñanza de Jesús se puede espigar otros ejemplos de esta distonía de sentimientos entre sus
discípulos y los que no lo son: “Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban,
vienen a decirle: ¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan,
tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el
novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les
será arrebatado el novio, entonces ayunarán en aquél día” (Marcos 2,18-20)


Las dos parábolas que siguen a este pasaje, la del parche sobre el vestido viejo y la del vino nuevo
en los odres viejos, aluden a la necesidad de convertirse totalmente, para poder entrar en comunión
con los sentimientos de Jesús y sus discípulos y poder comprender lo que hacen (Marcos 2,20-22).
Los gozos y los dolores de los discípulos son contrarios e incompatibles con los del mundo, como
los apetitos del espíritu son contrarios a los de la carne (Gálatas 5,17). Por eso dice Jesús a sus
discípulos: “Yo os aseguro que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará” (Juan 16,20). En
esta oposición tiene su explicación la acedia. De ahí que Pablo nos invite a tener los mismos
sentimientos que Cristo Jesús (29) Miro en este instante a mi Jesús y me río del mundo entero con
El. Déjeme llorar entre sus brazos todo el día, mientras los demás se ríen y se divierten, que poco
me importa a mí llorar mirando a la Alegría infinita, gustar la amargura junto a la dulzura divina de
Jesús. (p.160). Citas tomadas de: PURROY Marino, Teresa de los Andes cuenta su vida, Ed.
Carmelo Teresiano, PP. Carmelitas, Santiago, Chile l992,l92 pags. .
2.6.) El Clamor de las Piedras
Los que al tiempo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se escandalizaban por el fervor
popular que deberían haber compartido en vez de reprobar, padecían de esta insensibilidad
característica de la acedia:
“Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus discípulos, llenos de alegría,
se pusieron a alabar a Dios a voz en cuello, por todos los milagros que habían visto. Decían:
Bendito el Rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas.
Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: Maestro, reprende a tus
discípulos. Pero Jesús les contestó: Yo les aseguro que si éstos callasen, las piedras gritarían”
(Lucas l9,37-40)
San Lucas oye en la boca de la multitud de discípulos que aclama a Jesús en su entrada triunfal a
Jerusalén, palabras que recuerdan a las que cantan los ángeles anunciando el nacimiento a los
pastores: “Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lucas 19,38, ver 2,14). Los ángeles y los humildes
hablan, en un mismo idioma celestial, de los bienes que sólo ellos pueden ver. Al niño lo
anunciaron los ángeles, ahora al Rey lo anuncian los pequeños. Allá los pastores creyeron, aquí los
doctores se indignan.
San Lucas – notémoslo aquí de paso – es celebrado justamente como el evangelista de los pobres y
sencillos, así como del gozo y de la alegría del Espíritu Santo. Pero es menos reconocido como el
evangelista más sensible para la acedia y que muestra una mayor aversión a este pecado. Es, por
ejemplo, el evangelista de los Ayes sobre los acediosos (Lucas 6,24-26; 11,39-44). Y en el pasaje
que hemos trascrito antes, contrapone a la fe y al gozo de los discípulos, la protesta indignada,
malhumorada y sombría, característica de la acedia y de la incredulidad militantes. El hijo mayor,
en la parábola del Hijo Pródigo, es otro ejemplo típico de la misma actitud atrabiliaria (Lucas 15,25-
32).
Como se ve, a los acediosos, el júbilo de los buenos les parece reprensible. El motivo de esta
distonía emocional es que no comparten su fe. Verdaderamente son opuestos el gozo de los
discípulos y la tristeza de los que no lo son, aunque le digan Maestro. Este mismo esquema de
comportamiento volveremos a encontrarlo en la civilización de la acedia de la que trataremos en el
capítulo cuarto.
Notas
21. A la que aluden textos bíblicos como el Salmo l25(126),5-6.
22. En 2.10., Mataron a los Profetas.
23. Jeremías 29,18-19; ver 15,4-5; 18,16; 19,8
24. Salmo 43(44),14-15; 78(79),4; 79(80),7


25. Véase 3. y 4.10.
26. Gálatas 5,l7; Ver 7.2.
27. Mateo 22,1-14; ver 8,11-12; Lucas 14,16-24
28. Ver 2.3.
29. Filipenses 2,2.5. A esta transformación del corazón apunta, como es sabido, la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, surgida como una respuesta a los siglos de la acedia. Un ejemplo
cercano a nosotros de esa disimilitud y oposición de sentimientos con el mundo, es Teresa de los
Andes. De los muchos ejemplos que pueden espigarse en sus escritos, aducimos aquí algunos. En
ocasiones expresa su dolor por la acedia del mundo: “Me duele en el alma ver que el Amor no es
conocido” (p.150); “Es martirio el que padezco al ver que corazones nobles y bien nacidos,
corazones capaces de amar el bien, no amen el Bien Infinito e inmutable; que corazones
agradecidos para las criaturas, no lo sean con Aquél que los sustenta” (p. 134); “Cuando pienso que
hay tan pocas almas que lo aman, me da una pena horrible” (p.137). Pero ese dolor no la priva del
gozo de la Caridad: “Vivir siempre muy alegres. Dios es alegría infinita” (p. 137). De ahí que pueda
enfrentar lúcidamente la envidia del mundo: “Todavía me estoy riendo de lo que se corre en el
mundo de esta pobre carmelita. ¿Por qué quieren enturbiar, mamacita, su felicidad, diciéndole que
estoy triste, que lloro, etc.? ¿Por qué el mundo pretende despertar a los muertos para él, y encontrar
en aquellos que viven en los brazos de Jesús, tristezas? ¿No ve que es envidia del reposo, de la paz,
de la felicidad que inunda mi alma? ¡Cuán bien veo que los que inventan semejante mentira no
conocen lo que es vivir en el cielo del Carmelo y lo que es la gracia de la vocación! Además, si en
mis cartas, mamacita, nota usted alegría, felicidad. ¿Cómo puede creerme tan doble para expresarle
lo que no siento?
2.7.) El Pecado de Caín
Habitualmente se considera el pecado de Caín como un pecado de envidia hacia su hermano Abel.
Y lo es. Pero no de envidia simplemente. Sino de aquella especie de envidia que llamamos acedia.
Hay acedia en el Pecado de Caín (Génesis 4, 3-8). Acedia respecto del bien de su hermano, cuya
ofrenda fue acepta a Dios. Pero también acedia, respecto de la complacencia de Dios sobre la
ofrenda de Abel. Si Caín hubiese estado en actitud de amistad con Dios, se habría alegrado por el
beneplácito de su Amigo divino, porque el verdadero amigo se alegra por las alegrías de su amigo.
Es verosímilmente por esa falta de amistad cordial, por lo que dice el texto que: “el Señor no miró
propicio a Caín y su oblación”. Si Caín hubiera buscado con su ofrenda exclusivamente agradar a
Dios, se habría alegrado con el gozo divino, fuera por el motivo que fuese; y en el caso concreto,
con motivo de la ofrenda de su hermano. Caín no envidiaba en Abel ningún bien profano, sino
precisamente su condición de amigo de Dios, de elegido y grato a Dios.
Lo que generalmente se llama envidia de Caín a su hermano es, por lo tanto, propiamente acedia. Y
esta precisión hay que hacerla cada vez que encontramos envidia hacia un hombre de Dios: profeta,
justo o elegido, ya sea en las Escrituras, ya sea en la historia o en la vida de la Iglesia.
Acedia en la Historia de Salvación
San Clemente romano en su Carta a los Corintios, para explicar el mal que está aquejando a dicha
comunidad eclesial, se remonta a trazar un panorama de la acedia en la historia de la salvación,
comenzando justamente por el pecado de Caín (30). Parece oportuno y provechoso insertar aquí ese
recuento:
“Ya veis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio. A causa de la acedia,
nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José
fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a
huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su misma tribu: ‘¿Quién te ha
constituído árbitro y juez entre nosotros? ¿Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste ayer al


egipcio?’. Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia
hizo bajar vivos al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés.
Por acedia no sólo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue
perseguido por Saúl, rey de Israel” (31) .
2.8.) El Pecado Original
Después de haber dado ejemplos de la acedia como distonía con el sentir y el beneplácito divino,
después de un análisis más afinado del mal de Caín, y después de los ejemplos bíblicos de desafecto
a los elegidos de Dios que compendia Clemente romano, el lector podrá ahora advertir más
fácilmente cuánto de acedia tuvo el Pecado Original.
Acedia tanto en el Tentador, como en Adán y Eva: “Por acedia del Diablo entró la muerte en el
mundo y la experimentan los que le pertenecen” (Sabiduría 2,24).
La Serpiente es la primera que “tiende lazos a los justos que la fastidian” (Sabiduría 2,12). Lo hace
con Adán y Eva y lo hará con Job (Job 1,1-22). Después de ella, la raza de sus descendientes se
airará de igual modo contra el justo y querrá también ponerlo a prueba: “Es un reproche de nuestros
criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sigue caminos
extraños…sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza”
(Sabiduría 2,14-15.19).
El Tentador los indujo a acedia. Tristeza de no ser como Dios, tristeza a causa del mandamiento, y
de allí se siguió la desobediencia. Así comenzaron: 1º) el desacuerdo entre los apetitos y 2º) el
trastorno de los sentidos, característicos de la naturaleza caída.
Apetito y Visión
En el relato bíblico de la caída se nos enseña, en primer lugar, que el apetito gobierna la visión: “el
día en que comiereis, se os abrirán los ojos”. Y en segundo lugar, que la visión, a su vez, excita el
apetito: “como viese la mujer que era bueno para comer y apetecible a la vista”.
El pecado ha modificado la manera de percibir. Ha trastornado precisamente la capacidad de
conocer el bien y el mal: “entonces se les abrieron a entrambos los ojos y conocieron que estaban
desnudos” (Génesis 3,5-7).
Esta relación entre apetito y visión es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Ella
nos orientará a la hora de ocuparnos de la pneumodinámica de la acedia (Ver 7.). La acedia, como
tristeza por el bien, supone una ceguera para percibirlo. Sólo la insensibilidad para el bien puede
explicar la aversión hacia él. Este mal implica pues, un trastorno de las facultades.
2.9.) Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia
Nos ayudará a avanzar en la comprensión de la naturaleza de la acedia, recordar dos ayes proféticos
referentes a ella.
El primer Ay que deseamos recordar es el de Jeremías:
“¡Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su
corazón! Es como el tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga” (Jeremías
l7,5-6).
No Ver el Bien: Acedia como Apercepción
“No verá el bien cuando venga”. He ahí la a-percepción del bien que caracteriza la acedia. La
tristeza por el bien del que se goza la caridad, sólo es posible cuando no se ve ese bien o se lo ve
como un mal. El texto de Jeremías instruye sobre las causas de esa ceguera (32).
Si el impío no ve el bien: “los rectos – por el contrario – lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa
la boca” (Salmo 106,42).


Es propio de Dios el mostrar o hacer ver los bienes salvíficos: “En tu luz vemos la luz” (Salmo
35,10); “Abreme Señor los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad” (Salmo 118, 18); “Al
que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios” (Salmo 49,23).
Sin la ayuda de la gracia de Dios, ni los mismos miembros del pueblo de Dios serían capaces de ver
y reconocer las grandes gestas de la salvación: “Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros
propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos
ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había
dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oir” (Deuteronomio 29,1-3).
En cuanto a los bienes del Nuevo Testamento, Jesús afirma que es necesario nacer de nuevo y de lo
alto para “ver el Reino” (Juan 3,3.5).
Llamar Mal al Bien: Acedia como Dispercepción
El otro Ay profético contra la acedia, se encuentra en el libro de Isaías:
“¡Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por
oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos,
y para sí mismos discretos!” (Isaías 5,20-21).
Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien; es
dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas. El texto de Isaías describe el
mecanismo perverso de la acedia y lo explica por la soberbia que se guía por el propio juicio,
sometido y esclavizado por la pasión caída (33). Son los que, como dirá San Pablo, aprisionan la
verdad con la injusticia (Rom 1,18).
Esta confusión de bien por mal, este trastorno de la percepción, puede llamarse dispercepción y es
característica de la acedia. Podría hablarse, en otras palabras, de falta de discernimiento: “Vosotros
que odiáis el bien y amáis el mal” (Miqueas 3,2). “Justificar al malo y condenar al justo, ambas
cosas abomina el Señor” (Proverbios 17,15).
El alimento del niño mesiánico, y el del pueblo de los tiempos mesiánicos será “cuajada y miel para
que aprenda a rehusar lo malo y elegir lo bueno” (Isaías 7,15-16; 22). La cuajada agria y la miel
dulce enseñan a distinguir los sabores del bien y del mal: de la dulzura y el gozo de la caridad, y del
agriamiento de la acedia. Aquí también, los sabores adiestran la visión.
La divina presencia que tiene lugar con la llegada del Emmanuel, enseña al pueblo a discernir el
bien y el mal.
Notas
30. Véase Daniel RUIZ BUENO, Padres Apostólicos, BAC Madrid 1950, pp. 179ss. Ruiz Bueno
traduce los términos griegos “zélos” y “fthonon”, y a veces “baskanía”, indistintamente por
“emulación”, “celo” o “envidia”, pero es claro que se trata de casos de acedia. El texto citado a
continuación está en O.c. p. 181.
31. Ad Corintios IV,7-13
32. El Bien que no ve el tamarisco en el desierto, es la lluvia. En el plano espiritual, la lluvia
significa las obras, los dones y la gracia de Dios, y particularmente los bienes mesiánicos. El Padre
de Jesús hace salir el sol, y hace llover sobre buenos y malos (Mateo 5,45). Se trata del Rocío de lo
Alto y del Sol de Justicia, nombres del Mesías y de la Salvación mesiánica que él trae y ofrece
indistintamente a todos los hombres. Zacarías canta en el Benedictus: “Nos visitará el sol que nace
de lo alto” (Lucas 2,78).
33. Véase también Mateo 23,13; Lucas 7,31-35
2.10.) La Acedia como Ceguera


La relación entre apetito y visión, que establece la Sagrada Escritura, es fundamental para
comprender la naturaleza de la acedia. Los dos ayes proféticos sobre la acedia que acabamos de
recordar, el de Jeremías y el de Isaías, se complementan para enseñarnos cuál es la naturaleza de
este mal. Primero como apercepción del bien: “no verá el bien cuando venga”. Y luego como
dispercepción: “dar el bien por mal y el mal por bien”.
Trataremos a continuación de una serie de episodios y temas bíblicos que ilustran la apercepción-
dispercepción características de la acedia: la idolatría de las naciones y del pueblo elegido; la
ceguera de los discípulos de Jesús; la ceguera de los guías espirituales de Israel; el menosprecio y
rechazo de los profetas; el desprecio de la Tierra prometida, el menosprecio del testimonio de Jesús,
la acedia de Pedro frente a la Cruz.
La Idolatría como Ceguera
La ceguera para el bien, mal común de la humanidad, como que es consecuencia del pecado
original, es la causa del pecado de idolatría, común a todas las culturas vecinas del pueblo de Dios.
En ocasiones también incurre en idolatría el pueblo de Dios, para cuyos miembros es una tentación
perenne, como lamentan Moisés y los Profetas.
La polémica contra la idolatría, los idólatras, los ídolos y los fabricantes de ídolos, es un tema
recurrente en la Sagrada Escritura, desde el Pentateuco hasta los Sapienciales. Y continúa en el
Nuevo Testamento, en la predicación de Jesús y de los Apóstoles.
La idolatría aparece tipificada, en una serie de textos bíblicos, como apercepción: ceguera,
insensibilidad, embotamiento de los sentidos. Y también como dispercepción: dureza del corazón,
al cual, como órgano del discernimiento, le corresponde distinguir el bien y el mal.
Los idólatras son tan insensibles – o casi – para percibir el bien y el mal, o para discernir el uno del
otro, como los ídolos que se fabrican.
Isaías dice: “¡Escultores de ídolos! Todos ellos son vacuidad; de nada sirven sus obras más
estimadas; sus servidores nada ven y nada saben, y por eso quedarán abochornados (…) no saben
ni entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón no comprende. No reflexionan, no tienen
ciencia ni entendimiento (…) A quien se apega a la ceniza, su corazón engañoso lo extravía. No
salvará su vida. Nunca dirá: ‘¿Acaso lo que tengo en la mano es engañoso?'” (Isaías 44,9.l8-l9a.20)
En esto, los sabios coinciden con los profetas. El autor del libro de la Sabiduría pondera el
enceguecimiento de los egipcios idólatras y por eso mismo, enemigos del pueblo de Dios:
“¡Insensatos todos en sumo grado y más infelices que el alma de un niño (que no discierne el bien
del mal), los enemigos de tu pueblo que un día lo oprimieron! Como que tuvieron por dioses a
todos los ídolos de los gentiles que no pueden valerse de sus ojos para ver, ni de su nariz para
respirar, ni de sus oídos para oír, ni de los dedos de sus manos para tocar, y sus pies son torpes
para andar” (Sabiduría 15,14-15).
También el Salmista considera que los idólatras son tan ciegos e insensibles como la obra de sus
manos: “Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen
pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos
en ellos ponen su confianza” (Salmo 113b(115),4-8). Esta ceguera les impide ver la Gloria de Dios
y por eso preguntan: “¿Dónde está su Dios?” (v.2). Son ciegos para la Omnipresencia, que es, en
cambio, evidente para los fieles: “nuestro Dios está en los cielos y en la tierra y hace todo lo que El
quiere” (v.3).
Algo más matizada y benévolamente juzga a los idólatras el Sabio. El idólatra – dice – “vale
ciertamente más que los ídolos que adora: él, por un tiempo al menos, goza de vida, ellos jamás”
(Sabiduría 15,17b).
Lo cual no impide que el sabio considere que es una misma clase de ceguera la que llevaba a los
impíos: 1º) a ignorar al verdadero Dios, 2º) a adorar a los ídolos, 3º) a perseguir al pueblo elegido y


4º) a desoír la voz del Dios que quería sacar a su pueblo de Egipto. Eran tan ciegos para las obras de
Dios como para sus designios. Y esa ceguera, no sólo los privó de los grandes y verdaderos bienes
sino que los precipitó en la destrucción y la ruina causada por tremendos castigos. Terrible mal, la
acedia.
Ceguera del Pueblo Elegido
Desgraciadamente, Israel no les va en zaga a las naciones cuando se enceguece detrás de los ídolos.
En la Escritura se habla en los mismos términos de la idolatría de los gentiles que de la del pueblo
elegido: ceguera, insensibilidad del corazón.
Aún previendo el endurecimiento del corazón y la incredulidad de su pueblo, y sólo por fidelidad
consigo, el Señor les envía, a pesar de todo, a Isaías: “Ve y di a ese puebo; ‘Escuchad bien, pero no
entendáis; ved bien pero no comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y
pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se
convierta y se le cure'” (Isaías 6,9-10).
Como se ve, el tema bíblico del corazón endurecido y el corazón de piedra que Dios quiere
transformar y cambiar en un corazón nuevo, de carne, corre paralelo con el de la ceguera y la
insensiblidad de los sentidos y tiene que ver con la salvación del mal de acedia. Es el mal del
corazón insensible para el bien verdadero e incapaz de conocer a Dios (34). Jeremías no exceptúa al
pueblo elegido de esa ceguera, semejante a la idolatría de los paganos: “Pueblo necio y sin seso,
tienen ojos y no ven, oídos y no oyen” (Jeremías 5,21). Y a Ezequiel lo compadece el Señor en estos
términos: “Tú vives en medio de una casa de rebeldía: tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír
y no oyen” (Ezequiel 12,2).
El pueblo de la Alianza se había precipitado en la idolatría desde sus más tempranos comienzos,
apenas Moisés tardó un poco en bajar del monte Sinaí con las tablas de la alianza:
“Anda – le dijeron a Aarón – haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué
ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto” (Exodo 32,1). Terrible ceguera y blasfemia,
no ver en la salida de Egipto la obra de Dios, sino la de “el hombre” Moisés. Y mayor atrocidad aún
atribuir al ídolo la salvación obrada por Dios: “Se han hecho un becerro fundido y se han postrado
ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: ‘Este es tu dios, Israel, el que te ha sacado de
Egipto'”(Exodo 32,8).
Por lo tanto, hasta el pueblo elegido puede enceguecerse para el bien y entristecerse por lo que
debería ser su alegría en la Alianza. Puede comportarse como un pueblo de dura cerviz, que provoca
la ira de Dios (Exodo 32,9).
No está libre de tentación de acedia ni siquiera el buen Josué, cuando cela a Eldad y Medad porque
profetizan, en vez de alegrarse como Moisés (Números 11,26-29).
Aún en los casos en que el pueblo elegido ve mejor y más que los paganos, la Escritura enseña que
eso no se debe a méritos o capacidades propias, sino porque el Señor le hace capaz de ver: “Habéis
visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su
país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes
prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para
ver, ni oídos para oír” (Deuteronomio 29,1-3).
Conviene notar por último, antes de abandonar este recorrido por los textos, y en vistas a los
análisis sobre las causas de la acedia que haremos más adelante, que lo que precipita al pueblo
elegido en la acedia suele ser o la impaciencia o el miedo. Impaciencia en los sufrimientos de la
travesía por el desierto o miedo a sus enemigos. Las privaciones borran la memoria de las gestas
divinas de liberación, debilitan su esperanza en las promesas de Dios, le impiden ver las obras del
Señor que lo acompañan, y esperar que lo auxiliará contra sus enemigos, como le asegura.
Ceguera en el Nuevo Testamento


Jesús entiende la situación espiritual de sus discípulos como prolongación de la incredulidad de
Israel. Los sabe sometidos a las mismas tentaciones y debilidades. Por eso los amonesta en el
mismo estilo y parecidos términos. Veamos un ejemplo.
En un momento en que se preocupan más de su pan que del Reino, Jesús los ve en peligro de
contagiarse de la “levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes”, y los reprende así: “¿Por
qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la
mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí
cinco panes para cinco mil?” (35) .
El hambre, que fue una celada fatal para Esaú y para la generación del desierto, amenaza ahora con
hacer caer a los discípulos en su lazo.
Es que – como enseñaba Jesús – las preocupaciones de esta vida ahogan la semilla de la Palabra
sembrada en los corazones (Marcos 4,19). Y, como explica ulteriormente San Pablo: la avaricia, la
codicia, el afán de los bienes de este mundo, son como un pecado de idolatría (Colosenses 3,5): a
fuerza de perseguir los bienes materiales con afán desmedido, hacen insensibles y ciegos para los
bienes espirituales.
El Apóstol se hace eco de la diatriba bíblica contra los idólatras, cuando les reprocha a los gentiles
su ceguera e insensibilidad para percibir al Creador a través del espectáculo de las creaturas:
“En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres
que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos
manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja
ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son
inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron
gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció:
jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una
representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles” (36) .
Aquí también, la perversión de la visión está vinculada con la perversión de los apetitos:
“Aprisionar la verdad con la injusticia”, como dice el Apóstol, es distorsionar la percepción del bien
por la pasión y el apetito desordenados. Y una vez aprisionada la verdad, ya no es posible liberarse
y se queda esclavizado y a merced de los apetitos.
He aquí la misma doctrina, a la que aludimos antes, acerca de la circularidad entre gusto y visión,
entre conocimiento y pasión, entre percepción y apetito, inteligencia y voluntad. La ceguera de los
ojos tiene que ver con las pasiones del corazón.
Por no haber reconocido a Dios a través de las creaturas, se desviaron sus apetitos y se pervirtieron:
“Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón, hasta una impureza tal que deshonraron
entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y
sirvieron a las creaturas en vez del Creador (…) Por eso los entregó Dios a pasiones infames (…)
entrególos a su mente réproba” (Romanos 1,24-28).
Hemos citado largamente estos textos de Pablo, porque ellos ofrecen una descripción del fenómeno
de la acedia como apercepción y dispercepción, así como de los pasos de su proceso.
“Ciegos guías de ciegos”
No solamente los gentiles idólatras reciben el epíteto de ciegos, también a los guías espirituales del
pueblo elegido les reprocha Jesús su ceguera: “Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a
otro ciego, los dos caerán en el hoyo” (Mateo 15,14). Los discípulos – como hemos dicho – no están
exentos de incurrir en la misma insensibilidad y hacerse merecedores del mismo juicio. A
continuación del reproche a los escribas Jesús, vuelto hacia Pedro lo amonesta: “¿También vosotros
estáis todavía sin inteligencia?” (15,16). Los discípulos tienen que guardarse de la levadura de los
escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocresía, porque les es igualmente fácil incurrir en


ellas. Por eso los ayes de Jesús, pueden tener también algo de advertencia disuasoria para sus
propios discípulos:
“¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! (…) ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante,
el oro o el Santuario que hace sagrado el oro? (…) ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o
el altar que santifica la ofrenda? (…) ¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello!”
(Mateo 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24).
“Esta Generación pide una Señal”
La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros
que hace Jesús.
Dándolos por inexistentes, le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es
El mismo: “Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del
cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice:
‘¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: No se le dará a esta generación ninguna
señal’…Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes”
(Marcos 8,11-12.15).
A esta altura del relato evangélico de Marcos, Jesús ha hecho innumerables curaciones y milagros.
Acaba de dar el signo de la segunda multiplicación de los panes ante una multitud, como va a
recordárselo a sus discípulos un poco más adelante (8,19-20). Esa capacidad del pueblo elegido para
tentar a Dios, se mezcla, como una levadura agria, con los prodigios del maná.
El salmista refiere las quejas y gemidos de Dios por esta dureza de corazón de sus elegidos:
“Volvían una y otra vez a tentar a Dios, a exasperar al Santo de Israel” (Salmo 77(78),41).
¿Cuál es pues la levadura (37) de la que los discípulos deben guardarse?: es la actitud de los que
piden signos en el cielo, como resultado de su apercepción y ceguera para ver los signos de Dios.
Los discípulos deben guardarse de esa misma actitud agria.
No hay que pedirle a Dios que haga signos “en el cielo”, es decir visibles para nosotros y que
podamos ver desde donde nosotros estamos, sin movernos ni cambiar de posición ni de lugar, o sea
sin convertirnos. Somos nosotros, quienes siguiendo a Jesús, tenemos que estar allí donde El hace
sus signos; como estaba la multitud que lo seguía en descampado y asistió a la multiplicación de los
panes. Ese es el gran signo que han olvidado los discípulos hambrientos.
Tenemos que ser capaces de ver los signos que Dios dio, sin que se los pidiéramos. Los que El
soberanamente quiere dar y allí donde a su divino arbitrio quiera darlos. Pero pedírselos, es tentarlo
y menospreciar los que ha dado.
Notas
34. Jeremías 24,7; 31,31-34; 32,39; Ezequiel 36,26-27; Salmo 50(51),12; ver Jeremías 4,4; Oseas
2,22
35. Marcos 8,14-21; ver Mateo 15,16
36. Romanos 1,18-23; ver Salmo 105(106),20; Exodo 32
37. Por agria, la levadura vieja, no renovada en la Pascua como estaba prescrito, nos habla de la
acedia.
Mataron a los profetas
Los ayes sobre escribas y fariseos concluyen con unas palabras de Jesús que ponen en relación su
incredulidad con la de sus antepasados: “Sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad
también vosotros la medida de vuestros padres!” (Mateo 23,31-32).


Es éste un tema de la predicación de Jesús que pone de manifiesto otra faceta del pecado de acedia:
la ceguera hereditaria para reconocer a los mensajeros de Dios.
“Edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si
nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos
en la sangre de los profetas’ con lo cual atestiguáis que sois hijos de los que mataron a los
profetas! ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!
¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la Gehenna? Por
eso, mirad: os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los
crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad,
para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra desde la
sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el
Santuario y el altar. Yo os aseguro que todo esto recaerá sobre esta generación” (Mateo 23,30-36).
El mártir Esteban se hace eco de esta diatriba de Jesús. Ella proviene del mismo celo caritativo por
la corrección del pueblo amado, de la misma fortaleza ante el martirio y de la misma capacidad de
perdonar que tuvo Jesús:
“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu
Santo! ¡Como fueron vuestros padres así sois vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros
padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquél a quien
vosotros ahora habéis traicionado y asesinado, vosotros que recibisteis la Ley por mediación de
ángeles y no la habéis guardado” (Hechos 7,51-53).
“Despreciaron una Tierra envidiable” (Salmo 105(106),24)
El Salmo se refiere, con esta frase, al episodio narrado en Números caps. 13-14 y en Deuteronomio
1,19-46. Lo comenta, y da en una pincelada su significación espiritual, que es una acusación de
acedia: despreciar el bien. Recordemos el episodio.
El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos
exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. El pueblo, en cambio,
prefirió creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos porque estaban enceguecidos
por el miedo a los habitantes de la Tierra. El miedo les hacía olvidar las promesas del Señor,
desconfiar de su asistencia, dudar de su amor y en consecuencia calumniar acrimoniosamente la
tierra.
Pero menospreciar la tierra de la Promesa, equivalía a menospreciar al Señor que había prometido
introducirlos en ella para dársela en propiedad: “¿hasta cuándo me va a despreciar este pueblo?
¿hasta cuándo van a desconfiar de mí, con todas las señales que he hecho entre ellos?” (Números
13,11). “…Ninguno de los que han visto mi gloria y las señales que he realizado en Egipto y en el
desierto, que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz, verá la tierra que
prometí con juramento a sus padres. No la verá ninguno de los que me ha despreciado” (Números
14,22-23)
Los exploradores habían subido a explorar la tierra en “el tiempo de las primeras uvas” (Num
13,20). Es decir el tiempo más hermoso y en el que la fertilidad de la tierra que mana leche y miel
lucía en el esplendor de sus frutos: “una espléndida tierra, tierra de torrentes y de fuentes, de aguas
que brotan del abismo en los valles y en las montañas, tierra de trigo y de cebada, de viñas,
higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te
será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas
montañas extraerás el bronce. Comerás hasta hartarte y bendecirás al Señor tu Dios en esta
espléndida tierra que te ha dado” (Deuteronomio 8,7-10)
“Subieron pues, y exploraron el país, desde el desierto de Sin hasta Rejob, a la entrada de Jamat.
Subieron por el Négueb y llegaron hasta Hebrón donde residían los descendientes de Anaq.
Llegaron al valle de Eshkol (que significa racimo) y cortaron allí un sarmiento con un racimo de


uva que trasportaron con una pértiga entre dos, y también granadas e higos” (Números 13,20-23).
Los exploradores llevaban consigo la evidencia del Bien de la Promesa, capaz de regocijar con su
vista. Pero ellos no los vieron.
“Tomaron en su mano los frutos del país, nos los trajeron y nos comunicaron: ‘Buena tierra es la
que el Señor nuestro Dios nos da’. Pero vosotros – les reprocha Moisés – os negasteis a subir y os
rebelasteis contra la orden del Señor vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar en vuestras tiendas:
‘Por el odio que nos tiene nos ha sacado el Señor de Egipto, para entregarnos en manos de los
amorreos y destruirnos. ¿A dónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han descorazonado al
decir: ‘es un pueblo más numeroso y más alto que nosotros, las ciudades son grandes y sus
murallas llegan hasta el cielo. Y hasta gigantes hemos visto allí” (Deut. 1,25-28).
El pueblo estaba ciego no sólo para las obras de Dios, sino para sus motivos: atribuía a odio las
obras de amor; confundía el plan de salvación con un plan de destrucción. Por eso, debido a su
incredulidad, raíz de acedia, se entristecía por lo que debería alegrarse.
Moisés trató de alentarlos moviéndolos a creer en el amor y en la asistencia de Dios: “Yo os dije:
`No os asustéis, no tengáis miedo de ellos. El Señor vuestro Dios, que marcha delante de vosotros,
combatirá por vosotros, como visteis que lo hizo en Egipto, y en el desierto donde has visto que el
Señor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo de este camino que habéis
recorrido hasta llegar a este lugar. Pero ni aún así confiasteis en el Señor vuestro Dios que era el
que os precedía en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la noche
para alumbrar el camino, y con la nube durante el día” (Deut. 1,29-33).
A pesar de las muestras de amor y de asistencia divina que el pueblo había visto – como le
recordaba Moisés – se mantenía ciego. ¿Cuál iba a ser el castigo?: “esta generación incrédula, no
verá la tierra prometida ni entrará en ella”.
Su ceguera, su increduliad, su acedia, se harán proverbiales. Los rabinos hablarán de ella como “la
generación del desierto” y la enumerarán en una misma lista con otras generaciones impías: la
generación del Diluvio y la generación de Sodoma. Ninguna de esas generaciones, piensan los
maestros de Israel, heredarán la tierra, ni entrarán en el siglo futuro: “El Señor oyó el rumor de
vuestras palabras y en su cólera juró así: ‘Ni un solo hombre de esta generación perversa verá la
espléndida tierra que yo juré dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Yefunné'” (Deut. 1,34-
36).
Jesús: Explorador y Testigo
El diálogo de Jesús con Nicodemo (Juan 3,1-21) presenta a Jesús como Explorador, que viene a dar
testimonio de la verdadera Tierra Prometida: el Reino de Dios, que viene. El pasaje del evangelio
según San Juan está lleno de alusiones al episodio que tratan Números 13-14 y Deuteronomio 1,19-
46.
Jesús se presenta como testigo de lo invisible, sabiendo de antemano que lo hace ante un pueblo
rebelde que no ha creído en otros testimonios acerca de lo visible: “En verdad, en verdad te digo,
nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no
aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la Tierra no creéis ¿cómo vais a creer si os digo
cosas del Cielo? Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre que está
en el Cielo” (Juan 3,11-13; ver Num 14,7-9).
En aquel entonces la generación incrédula no pudo ver ni entrar en la Tierra Prometida y tuvo que
venir una nueva generación para verla y entrar en ella. Ahora, para ver el Reino y entrar en él, es
necesario nacer de nuevo, pertenecer a la nueva generación bautismal, nacida del agua y del
Espíritu (Juan 3,3.5).
Jesús ve en la incredulidad contra la que él choca, la prolongación de un mismo misterio. Jesús
hablará de “esta generación”, no en sentido temporal cronológico, sino con el mismo sentido
acuñado por la escolástica rabínica:


“Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser dice: ¿Por qué esta generación pide una
señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal” (Marcos 8,12).
“Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el
Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos
ángeles” (Marcos 8,38).
“¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que
soportaros?” (Marcos 9,19).
“¿Con quién compararé a esta generación? Se parece a los niños sentados en las plazas…” (Mateo
11,16).
“Esta generación”, en boca de Jesús, se dice en el sentido de raza; de descendencia rebelde de la
serpiente rebelde. Es la acedia hereditaria que hemos señalado antes (38). Son los descendientes de
los que quisieron apedrear a Moisés y a los exploradores (Números 14,10; Exodo 17,4), de los que
se burlaban de Eliseo y de los que no recibieron a los enviados de Dios. A ellos refiere Jesús la
parábola de los viñadores homicidas (Marcos 12,1-12).
La Acedia de Pedro ante la Cruz
Por eso, cuando Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la Cruz, se
hace acreedor del nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de
escándalo (Mateo 16,18), no sólo para los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo
(Mateo 16,23).
También Pedro estaba ciego. Una vez curado de su mal de acedia, el mismo Apóstol, “confirmará a
sus hermanos” (Lucas 22,31-32) y enseñará la bienaventuranza de la Cruz: “Si sufrierais a causa de
la justicia, dichosos vosotros (…) Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de
este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado (…) No os extrañéis del
fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño,
sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os
alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el
nombre de Cristo (…) si alguno tiene que sufrir por ser cristiano, que no se avergüence, que
glorifique a Dios por llevar este nombre” (39) .
Esta es la fe de Pedro, la “piedra” fundamental de la doctrina y de la parenesis martirial sobre el
bautismo.
Pablo hablará, llorando, de los enemigos de la Cruz de Cristo (Filipenses 3,17-19). La suya es una
tristeza cristiana a causa de la tristeza carnal. Para Pablo la gloria estará en la Cruz de Cristo. En su
perspectiva, cristiana, el horror a la Cruz, el horror al martirio, el horror al sufrimiento por ser
cristiano, el horror a la bienaventuranza, es acedia.
Esta recorrida algo prolija por episodios y textos bíblicos relativos a la acedia, pero muchos de ellos
no referidos por lo común explícitamente a ella, habrá servido – esperamos – para familiarizar al
lector con el ámbito de actitudes de espíritu ejemplares y arquetípicas de la acedia. Servirá de
orientación y fundamento de lo que sigue.
Notas
38. Véase: Mataron a los Profetas
39. 1ª Pedro 3,13; 4,1.12-14.16
3.) ACEDIA Y MARTIRIO
A partir de esta fe, se elabora la espiritualidad martirial de los primeros siglos de la Iglesia, en la
cual la acedia aparece en un triple aspecto: 1) la causa del martirio es acedia en el perseguidor; 2) el
miedo al martirio es acedia en el cristiano que lo teme; 3) el Demonio, por acedia, inspira y mueve a
los perseguidores; procura de todos modos corromper el juicio y sentir de los mártires, hacerlos


apostatar mediante los tormentos y el temor a la muerte. Y, cuando no lo logra, trata de impedir o
postergar su martirio, para evitar su victoria.
3.1.) Acedia de los Perseguidores
Veamos en primer lugar algunos ejemplos de la acedia de los perseguidores, quienes por
dispercepción persiguen a los buenos como si fueran malos.
A esa acedia o envidia, cuando es de parte del pueblo elegido, las fuentes cristianas le dan el
nombre de “celo”. En el Nuevo Testamento y en la literatura cristiana primitiva – como por ejemplo
la carta de San Clemente – tanto Jesús como sus discípulos han sido perseguidos por los judíos “dia
zelon”: por acedia (40).
Pilatos sabía que le habían entregado a Jesús “por acedia” (41). San Justino se hace eco de esa
convicción de la Escritura y de la Tradición cristianas en el siguiente pasaje: “En los libros de los
profetas, hallamos anunciado de antemano, que Jesús, nuestro Mesías, había de venir (…) había de
ser envidiado (= fthonouménon), no reconocido y crucificado” (42) .
Los judíos “se llenan de acedia” viendo la multitud que escucha a Pablo (Hechos 13,45). También
“llenos de acedia” se le oponen en Tesalónica y promueven una persecución violenta (Hechos 17,5).
Pablo dirá en otro lugar que hay quienes predican a Cristo “por acedia” y por afán de afligirlo y de
oponérsele (43).
San Clemente romano, en su Carta a los Corintios, al hacer su diagnóstico pastoral acerca de las
causas de la división de la iglesia en Corinto, afirma que se trata del mismo mal de acedia a causa
del cual fueron perseguidos Pedro, Pablo y, tras sus huellas, innumerables cristianos:
“Por emulación y envidia (44) fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de
la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos
Apóstoles. A Pedro, quien por inicua emulación, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más
trabajos. Y después de dar así su testimonio, marchó al lugar de la gloria que le era debido. Por la
envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. Por seis veces fue cargado de
cadenas; fue desterrado y apedreado; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanzó la
noble fama de su fe; y después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado
hasta el límite del Occidente y dado su testimonio ante los príncipes, salió así de este mundo y
marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de paciencia.
“A estos hombres que llevaron una conducta de santidad vino a agregarse una gran muchedumbre
de escogidos, los cuales, después de sufrir por envidia muchos ultrajes y tormentos, se convirtieron
entre nosotros en el más hermoso ejemplo. Por envidia fueron perseguidas mujeres, nuevas
Danaidas y Circes, las cuales, después de sufrir tormentos crueles y sacrílegos, se lanzaron a la
firme carrera de la fe, y ellas, débiles de cuerpo recibieron generoso galardón” (45) .
El judaísmo se opuso a los cristianos por intereses religiosos y alegando motivos religiosos. Las
primeras resistencias que levantó en ambiente pagano tuvieron, en cambio, motivos económicos.
Un arquetipo de esta acedia pagana por motivos económicos es el episodio de los porquerizos de
Gerasa (Marcos 5,14-17). En Filipos los amos de la muchacha esclava que les producía mucho
dinero, alborotan la ciudad para expulsar a Pablo, porque éste la había exorcizado y les había
arruinado su negocio (Hechos 16,16-24). La revuelta de los orfebres en Éfeso se debe a que el
cristianismo amenazaba la venta de idolillos y los negocios dependientes del templo de Artemisa.
(Hechos 19,23-40).
Sólo más tarde, a partir de Nerón, la persecución a los cristianos tuvo motivaciones político-
culturales bajo pretextos jurídicos. Pero siempre subsiste el componente económico. Plinio el Joven,
hacia el año 112, escribe a Trajano:
“El contagio de esta superstición ha invadido no sólo las ciudades sino también los campos; mas al
parecer aún puede detenerse y remediarse. Lo cierto es que como puede fácilmente comprobarse,


los templos, antes ya casi desolados, han empezado a frecuentarse, y las solemnidades sagradas,
por largo tiempo interrumpidas, nuevamente se celebran, y que, en fin, las carnes de las víctimas,
para las que no se hallaba antes sino un rarísimo comprador, tienen ahora excelente mercado”
(46) .
De parte de los paganos y de las autoridades imperiales, la acedia se manifiesta ante la constancia
de los mártires en la profesión de su fe, la cual ellos confunden con rebeldía y contumacia.
Así por ejemplo Plinio el Joven, no ve en la constancia de aquellos cristianos ante su tribunal sino
una pertinacia inflexible, una rigidez, que debe ser castigada (47).
Cuando prenden al anciano obispo Policarpo, unos paganos lo suben primero lisonjeramente a un
carruaje, pero ante su negativa a apostatar lo arrojan del carruaje en marcha y lo arrastran al juez
(48).
El emperador Marco Aurelio también juzga duramente la firmeza de los mártires. Para él es pura
obstinación, afán de contradecir y de oponerse, alarde de teatralidad. Bajo su gobierno, fueron
torturados los mártires de Lyon, las actas de cuyo martirio recoge Eusebio de Cesarea en su Historia
Eclesiástica. La pasión de estos mártires es un ejemplo de cómo su constancia exasperaba a sus
torturadores porque no podían comprenderla y en vez de conmoverlos los impulsaba a extremar las
crueldades:
“Maturo y Santo, como si nada hubieran sufrido antes, tuvieron que pasar otra vez en el anfiteatro
por toda la escala de torturas; o por mejor decir, como habían ya vencido a su adversario en una
serie de combates parciales, libraban ahora el último sobre la corona misma. Restallaron pues,
otra vez los látigos sobre sus espaldas, tal como allí se acostumbra , fueron arrastrados por las
fieras, y sufrieron, en fin, cuanto una plebe enfurecida ordenaba con su gritería, resonante de unas
y otras graderías. El último tormento fue el de la silla de hierro al rojo, sobre la que dejaron
carbonizarse sus cuerpos hasta llegar a los espectadores el olor a carne quemada. Mas ni así se
calmaban, antes bien se ponían más frenéticos, empeñados en vencer la paciencia de aquéllos. Mas
ni con toda su rabia y empeño lograron oír de labios de Santo otra palabra que la que estuvo
repitiendo desde que empezó a confesar su fe. Así, pues, estos dos, como aún seguían con vida para
mucho rato no obstante el magno combate sostenido, fueron finalmente degollados, hechos aquel
día espectáculo para el mundo, supliendo ellos solos todo el variado y extenso programa de
espectáculos que solían dar los gladiadores.”
El tormento – como se ve – no tenía lugar privadamente, en el cadalso de una cárcel, de una
guarnición o de un tribunal, sino en el estadio o anfiteatro, delante de la multitud. Prueba de hasta
qué punto se sentía la contumacia de los cristianos como un desafío, y la lucha por doblegarla como
un grandioso y excitante espectáculo circense. El circo dio notoriedad pública a la conducta
cristiana. Fue un cruel género de propaganda, pero propaganda al fin – como lo demostró la historia
– para la fe cristiana.
La acedia de los torturadores está clara: ceguera para el bien y furia como si fuera un mal:
“Unos bramaban y rechinaban los dientes contra los cadáveres, buscando tomar de ellos no
sabemos qué otra venganza peor; otros se reían y hacían chacota, al mismo tiempo que exaltaban
el poder de sus ídolos, atribuyéndoles el castigo infligido a los cristianos. Otros, por fin, más
moderados y mostrando al parecer cierta compasión, nos dirigían el mayor sarcasmo diciendo:
‘¿Dónde está el Dios de esta gente y de qué les ha valido una religión por la que no han vacilado
en sufrir la muerte?'” (49) .
El martirio se convertía así en una especie de sangrienta competición deportiva entre la
mansedumbre de los cristianos y la violencia y crueldad de los que se empeñaban en doblegar su
fidelidad y hacerlos apostatar: el juez, los verdugos, la multitud impía. Todos los tormentos
imaginables se empleaban para doblegarlos.


En Lyon la acedia, convertida en odio se extendió a las santas costumbres cristianas y a los
contenidos de la fe. Tanto para evitar que los cristianos pudieran recoger amorosamente los cuerpos
de sus mártires, como para oponerse a la resurrección en la que los mártires creían y por la cual eran
capaces de sufrir la muerte, los perseguidores quemaron a sus víctimas y arrojaron sus cenizas al
río, pensando en su ingenuo materialismo que con eso aniquilaban la esperanza cristiana:
“Así pues, los cuerpos de los mártires, sometidos a todo género de ultrajes (dejados insepultos,
arrojados a los perros) permanecieron seis días a cielo raso, y luego, quemados y reducidos a
cenizas fueron arrojadas éstas en un montón al río Ródano, que corre allí cerca, con la deliberada
intención de que no quedara rastro de ellos sobre la tierra: ‘que no les quede, decían los paganos,
ni esperanza de resucitar, pues fundados en esa esperanza tratan de introducir entre nosotros una
religión extranjera y nueva y desprecian los tormentos, dispuestos a morir y aún a morir
alegremente. Vamos a ver ahora si resucitan y si su Dios puede socorrerlos y sacarlos de nuestras
manos’.”
Este trágico malentendido de los incrédulos ante los creyentes recuerda el conciliábulo de los
impíos en el libro de la Sabiduría: “Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y
probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues según él, Dios le visitará” (Sab.
2,20).
Burla a los mártires
La acedia de los perseguidores no se manifestaba solamente como crueldad y odio. A la violencia se
sumaba, y se mezclaba con ella, la burla y el menosprecio. Es famoso el graffitto romano del
Palatino, del siglo III, que representa a un hombre adorando a un crucificado con cabeza de burro y
la leyenda explicativa: “Alexamenos adora a su Dios”. Teófilo de Antioquía escribe: “En cuanto a
reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices (…) nosotros nos llamamos cristianos [es
decir: “ungidos”] porque nos ungimos con el perfume de Dios” (50).
Los compañeros del judío Trifón se ríen una y otra vez de los argumentos de Justino: “Soltaron
entonces nuevamente la carcajada los compañeros de Trifón, y se pusieron a gritar
descortesmente.” Justino, dignamente, amenaza con irse, interrumpiendo el diálogo, pero cede a las
instancias de Trifón: “Con tal de que no se alboroten tus compañeros, y no se conduzcan tan
descortesmente. Si quieren, que escuchen en silencio” (51).
Uno de los motivos del menosprecio hacia los cristianos, como es sabido, eran las calumnias que
corrían acerca de ellos entre los paganos. Esas calumnias tenían su origen en malinterpretaciones de
los sacramentos y costumbres cristianas. El misterio de la Eucaristía – por ejemplo – dio lugar a la
acusación de antropofagia. La costumbre de llamarse hermanos, a la acusación de incesto.
Justino interpela al judío Trifón y a sus compañeros, preguntándoles si también ellos creen de los
cristianos lo mismo que los paganos: “¿Hay alguna cosa más que nos reprochéis, amigos, o sólo se
trata de que no vivimos conforme a vuestra ley, ni circuncidamos nuestra carne, como vuestros
antepasados, ni guardamos los sábados como vosotros? ¿O es que también nuestra vida y nuestra
moral es objeto de calumnias entre vosotros? Quiero decir, si es que también vosotros creéis que
nos comemos a los hombres, y que, después del banquete, apagadas las luces, nos revolcamos en
ilícitas uniones” (52).
El texto de Justino reviste especial interés porque resume los motivos de la acedia anticristiana entre
judíos y paganos. Calumnias de este tipo motivaban y justificaban el odio público y las crueldades
populares contra los cristianos, a quienes, desde el rescripto neroniano, se los acusaba del crimen de
“odium generis humani”. Algo así como de “enemigos del hombre”.
Justino, como vimos, argumenta afirmando que los cristianos son ungidos y por eso perfumados con
un perfume divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos “buen
olor de Cristo”. San Agustín alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los
mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la


virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores: “Somos buen olor de Cristo en
todo lugar (…) siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para otros, olor de
muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven (53). En
efecto, si los santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los
santos comenzó a sufrir persecución; pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los
rompían, tanto más se difundía su aroma” (54).
La Acedia de Herodes
Bien puede considerarse la acedia de Herodes como un ejemplo arquetípico de acedia persecutoria
(Mateo 2,1-18). En el relato de Mateo no se nos dice explícitamente que Herodes quería matar al
niño Mesías por considerarlo su rival. Era innecesario decirlo por obvio.
Herodes es, pues, un arquetipo evangélico de las motivaciones de la envidia anticristiana en el
corazón de los poderosos de este mundo,los cuales tiesnen su gloria en el poder, el honor y el
dinero. Ven la gloria del Mesías como una amenaza para su propia gloria. Herodes en vez de
alegrarse con la llegada del Deseado de los justos de Israel: “se turbó” (2,3) y luego, al verse
burlado por los Magos “se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de Belén y de
toda su comarca, de dos años para abajo” (2,16).
A lo largo de su historia, la Iglesia volverá una y otra vez a tener que enfrentar el recelo y la
emulación de los poderosos de este mundo: de los emperadores romanos, de los reyes absolutistas,
de los estados ilustrados, racionalistas, liberales, totalitarios (55).
Notas
40. Los nombres que se le dan en griego a la acedia son: zelos, fthonon, y algunas veces baskanía
41. Mateo 27,18; Marcos 15,10; ver Juan 11,47-48
42. San Justino, Apología 1ª, 31,7, en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos (S.II),
BAC, Madrid l954, cita en pág. 215.
43. “Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay también otros que lo
hacen con buena intención; éstos por amor, conscientes de que yo estoy puesto para defender el
Evangelio; aquéllos, por rivalidad, no con puras intenciones, creyendo aumentar la tribulación de
mis cadenas. Pero ¿y qué? Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente Cristo es anunciado, y esto me
alegra y seguirá alegrándome” (Filipenses 1,15-19).
44. En griego = dia zelon kai fthonon.
45. San Clemente, a los Corintios V,2-VI,2.
46. Plinio, Epistulae L. X,96
47. “Si confesaban ser cristianos los volvía a interrogar segunda y tercera vez con amenaza de
suplicios. A los que persistían, los mandé ejecutar. Pues fuera lo que fuere lo que confesaban, lo que
no ofrecía duda es que su pertinacia y obstinación inflexible tenía que ser castigada” (O. y L. cit.)
48. Martirio de San Policarpo VIII, en: Actas de los Mártires, (ed. Daniel RUIZ BUENO, BAC
Madrid 1950) p. 270-271
49. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica V,1,60. Véase Daniel RUIZ BUENO, Actas de los
Mártires p.152.
50. El contexto de la cita merece reproducirse íntegro como ejemplo de cómo se respondía a la
burla como persecución: “En cuanto a reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices. En
primer lugar, porque, siendo cristiano lo mismo que ungido, lo ungido es agradable y provechoso, y
en modo alguno digno de risa. Porque ¿qué nave puede ser provechosa y salvarse si no se la unge
primero? ¿Qué casa o qué torre es de bella forma o provechosa, si no se la unge? ¿Qué hombre al
entrar en el mundo o al ir al combate no se unge con aceite? ¿Qué obra o qué ornato puede tener


bella apariencia, si no se la unge y abrillanta? En fin, el aire y toda la tierra bajo el cielo está en
cierto modo ungida por la luz y el viento. ¿Y tú no quieres ser ungido por el óleo de Dios? Pues
nosotros nos llamamos cristianos porque nos ungimos con el óleo de Dios” Los tres Libros a
Autólico, L.1º, 12; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos (S.II), p. 779.
51. Diálogo con Trifón, 9,2; Padres Apologistas griegos, Ed. cit. p.316
52. Diálogo con Trifón, 10,1; Edic. cit. p. 317.
53. Como ya hemos notado, pero conviene insistir, de la palabra latina “invidentes” usada aquí por
San Agustín, derivan el latino “invidia” y el castellano “envidia”.
54. “Odor iste vegetat diligentes, necat invidentes. Si enim non esset claritudo sanctorum, invidia
non surgeret impiorum (…) quanto amplius frangebantur, tanto amplius odor diffundebatur” S.
Agustín, Sermón 273, El Culto a los Mártires, Martirio de Fructuoso, Augurio y Eulogio (O.C. Ed.
BAC T. XXV p.7-8). S. Agustín aplica 2 Corintios 2,14-16.
55. Ver 4.4. y 4.11
3.2.) Acedia de los Perseguidos
Padecen también acedia los cristianos que no aceptan el martirio – ya sea para sí, ya sea para otros –
y “se avergüenzan” de la Cruz de Cristo, del combate de los mártires, o de los sufrimientos que ellos
mismos han de abrazar para ser verdaderos discípulos y alcanzar la vida eterna.
La literatura cristiana confortatoria comienza ya con las enseñanzas de Jesús mismo (56). Los
Santos Padres, Ignacio de Antioquía, Justino, Orígenes, Tertuliano, San Cipriano, y otros escritores
eclesiásticos como Prudencio, han dejado escritos con enseñanzas sobre el martirio.
Aunque la perspectiva del martirio siempre es temible, y la pastoral del martirio puedan hacerla
competentemente sólo los que tienen pasta para padecerlo, la doctrina es clara y aceptada en la
Iglesia. Y no necesitamos demostrar que el temor al martirio sólo pueda provenir de nuestra ceguera
y acedia (57).
A este propósito pueden traerse aquí las palabras del mártir Ignacio de Antioquía cuando ruega a los
romanos que no traten de intervenir para impedir su martirio. Ignacio califica esa mal entendida
piedad como un acto de acedia:
“Perdonadme: yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible
ni invisible, se me oponga por acedia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de
fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi
cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a
Jesucristo. De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para
mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra (…) Perdonadme
hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al mundo a quien
no anhela sino ser de Dios; no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz
pura. Llegado allí, seré de verdad hombre. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Si
alguno lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a mí me apremia, que
tenga lástima de mí” (58).
El mártir considera el martirio contra toda apariencia humana:
“Estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es
encontrarse en medio de Dios. Lo único que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo”
(59) .
Y eso no es fácil. Ignacio confiesa que debe luchar – valga la redundancia – contra la acedia que lo
asedia:
“En realidad, altos son mis pensamientos en Dios; pero he tenido que moderarme a mí mismo, para
no perecer por vanagloria. Porque ahora tengo mayores motivos de temer y necesito no prestar


atención a los que me engrandecen. A la verdad los que me alaban es como si me azotasen. Cierto
que deseo sufrir el martirio; pero no sé si soy digno de ello. Porque mi acedia (=zélos) no la ven
los demás, pero tanto más me combate a mí. Necesito pues de la mansedumbre en la cual se
desbarata al príncipe de este mundo” (60).
La única explicación de que alguien pueda buscar el martirio como Ignacio, a pesar de la tentación
de acedia, es que una fe muy grande y un amor apasionado por Jesucristo determinan su manera de
ver y de pensar, imponiéndose sobre la óptica contraria: “Trigo soy de Dios, y por los dientes de las
fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo (…) Si lograre sufrir el
martirio, quedaré liberto de Jesucristo y resucitaré libre en El. Y ahora es cuando aprendo,
encadenado como estoy, a no tener deseo alguno” (61) .
La doctrina tradicional sobre el martirio, no es invención de teólogos teorizantes, ni pastores
edificantes o rigoristas. Fue formulada por los mismos mártires y abonada por el testimonio de su
vida y muerte.
Y bien, esa doctrina es terminante. San Ignacio de Antioquía la enseña: cuando el mártir desea
sufrir su martirio, empeñarse en impedírselo es acedia, y equivale a hacerle el juego al diablo. Las
Actas de los Mártires abundan en ejemplos que abonan lo dicho.
3.3.) Acedia del Demonio
El Príncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es él el
principal antagonista de los mártires. Es él el que inspira y azuza a los perseguidores. Él, el que
pretende “corromper el pensamiento y el sentir” del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer
apostatar al cristiano, previendo el triunfo del mártir, trata de impedir o de postergar la hora del
martirio (62).
El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina común en la Iglesia de
los primeros siglos acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para
Prudencio, la historia de la salvación, no sólo en las situaciones de martirio sino también en las
luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de confrontaciones entre la envidia destructiva
del demonio y la gracia salvadora de Dios.
En su obra Peristéfanon (63) el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo,
mediante su pasión y resurrección, sobre la envidia del demonio.
Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Peristéfanon, son modelos que el
poeta destaca para inspirar y animar a los cristianos del común, que están empeñados en el combate
de la vida cristiana: modelos que han de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna
de redimidos que rechazan las tentaciones.
En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y
manifiesta su temor de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio
usa una expresión tradicional en la Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la
envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y para la Iglesia de su época, el demonio era
el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que trata del origen del pecado,
Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima autoridad
divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder
del hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y
perseguían injustamente al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del
Tirano.
Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca
del juez sin que éste comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la
muerte de Cipriano, con lo que impedía su coronación (64).
En atención a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como
ejemplo de fidelidad a las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atrás hacia la vida


supersticiosa y pecadora de su pasado pagano. La envidia tiránica, cobrando forma de clemencia
acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atrás. Pero Cipriano quiere dar ejemplo de
fortaleza a toda su grey y Jesús le concede la gracia de convertirse en un conductor de mártires (dux
cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, creíble y autorizado porque practicó lo que
predicaba.
Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio.
El martirio de Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un
ejemplo influyente y un modelo de conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes.
Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos comunes vencerían las tentaciones de la carne
con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo efímero.
En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una
gracia que hay que implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido
a morir.
Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a
la lucha de los fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos
que exige la vida cristiana, han de comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia
bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia satánica, la cual sigue operando en sus
tentaciones.
Otro autor en el que encontramos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la
persecución y el martirio es San Justino. Este les reprocha a los paganos el injusto trato que infieren
a los cristianos y lo atribuye a instigación de los demonios, en estos términos: “nosotros hacemos
profesión de no cometer injusticia alguna y de no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo
tenéis en cuenta, y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis
sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento” (65) .
En el Acta del martirio de Policarpo leemos que es el diablo quien instigaba a los que “sentados a
su lado, con taimado e insistente discurso, trataban de arrancarle alguna palabra sacrílega, y así
le decían: ‘¿Qué mal hay en decir: ¡Señor César! y sacrificar?’ Y todo lo demás que por instigación
del diablo se suele en estos casos sugerir” (66) .
En el martirio de Perpetua y Felicidad leemos: “contra estas mujeres preparó el diablo una vaca
bravísima, comprada expresamente contra la costumbre”.
En las visiones que tiene Perpetua en la prisión, se ve a sí misma en lucha contra el demonio, que se
le muestra en forma de dragón (67) o en forma de un gladiador egipcio, al que ella vence,
transformada en gladiador varón y asistida por un misterioso “lanista” o entrenador de gladiadores
que parece ser Cristo: “Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza. El pueblo
prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el
ramo de premio. El me besó y me dijo: Hija, la paz sea contigo. Y me dirigí radiante hacia la
puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi
combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la
victoria estaba de mi parte” (68) .
Perpetua superó también otras pruebas del Maligno: las de los afectos del corazón humano. Pruebas
estas mucho más crueles y dolorosas, y por las que podía agigantarse, para un corazón femenino, la
tentación de entristecerse por su martirio: desprenderse de su hijo de pecho, desoír las súplicas
desgarradoras de su padre, permaneciendo inflexible ante sus clamores desesperados. Perpetua era
la hija predilecta de su padre. Este era un cristiano débil que no comprendía ni quería saber nada de
martirio y a quien la persecución, arrebatándole con el mismo zarpazo a la esposa y los hijos, iba a
dejar solo y desesperado. Como dice Perpetua dolorida y pensativamente: “era el único que no iba a
alegrarse”. Pero ella cargaba sobre sí también ese dolor de su progenitor, y el que le producía la
imposibilidad de ceder para consolarlo; pasando así por insensible, desamorada o despiadada, ante


el autor de sus días. No poder doblegarse a esos ruegos fue quizás mucho más duro para Perpetua
que desoír las amenazas y superar los tormentos de los enemigos (69).
La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el
sacrificio de sus mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar
más que a los suyos; más que a su esposo, que a su padre y a su hijo.
Es clarísimo, pues, para los mártires, que la lucha, su lucha, no es “contra hombres” (Efesios 6,12);
sino contra las potestades demoníacas. O como prefiere llamarlas Ignacio de Antioquía: el príncipe
de este mundo.
El martirio se prorroga a menudo, por obra del demonio, porque éste teme su derrota. Por eso, es el
mártir mismo el que, lejos de huirla, sale al encuentro de la muerte como a una victoria.
La mártir Felicitas, ruega para que se adelante el parto de su hijo y poder así obviar el impedimento
legal que no le permite participar en el martirio con su amiga Perpetua y sus demás compañeros
(70). El Señor atiende sus oraciones y se sirve adelantar su parto al octavo mes.
De Perpetua, leemos que: “ella misma llevó a la propia garganta la diestra vacilante del gladiador
novato. Tal vez mujer tan grandiosa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era
temida del espíritu inmundo, si ella misma no lo hubiera querido” (71) . A esa altura del martirio, la
muerte de la santa era una derrota para el enemigo. Y lo fue la decisión de Perpetua de aceptarla tan
animosa y decididamente.
Ya vimos cómo Ignacio de Antioquía previene a los fieles de Roma para que no impidan su martirio
convirtiéndose en aliados del demonio que se lo quiere impedir, ya sea haciendo que lo rechace por
acedia, ya sea que acepte ser sustraído por los buenos oficios de otros, ya sea evitando que las fieras
lo despedacen o postergándolo de cualquier otro modo:
“El príncipe de este mundo está decidido a arrebatarme y corromper mi pensamiento y mi sentir,
dirigido todo a Dios. ¡Que nadie pues, de los aquí presentes le vaya a ayudar; poneos más bien de
mi parte, es decir de parte de Dios. No tengáis a Jesucristo en la boca y luego codiciéis el mundo.
Que no more entre vosotros ninguna clase de envidia [=baskanía]” (72) .
También es el mismo demonio quien impide que se recojan las reliquias del mártir para honrarlas
con amor: “El diablo, que siempre es enemigo de los justos, como viera la fuerza del martirio y la
grandeza de la pasión, su vida entera irreprensible y el mérito aún mayor de su muerte, excogitó el
modo para que no pudieran retirar los nuestros el cuerpo del mártir, por más que había muchos
que deseaban tener parte en sus santos despojos” (73) .
Notas
56. Ya nos hemos referido antes a la expresión avergonzarse como término técnico de la parenesis
martirial: Marcos 8,38; ver Mateo 10,33; 2 Timoteo 1,7-8.12-13; Hebreos 10,32-39. En el Discurso
de despedida en la Ultima Cena, Jesús conforta a sus discípulos y los prepara para padecer: “en el
mundo tendréis tribulación, pero: ¡ánimo! yo he vencido al mundo” (Juan l6,33).
57. Tomás Moro, para confortarse a sí mismo mientras aguardaba y se preparaba al martirio en la
Torre de Londres, escribió su: Diálogo de la Fortaleza con la Tribulación, por el que merecería ser
más famoso que por su Utopía. La tesis central de este clásico de la literatura del sufrimiento, a
todas luces disonante para los oídos de nuestra acedia, es que las tribulaciones son tan necesarias
para la salvación que sin ellas es imposible salvarse.
58. Ad Romanos 5,3-6,3.
59. Ad Trallanos IV,2.
60. Ad Trallanos IV, 1-2.
61. Ad Romanos 4,1.3


62. Véase John PETRUCCIONE The Persecutor’s Envy and the Martyr’s Death in Peristephanon 13
and 7. en: Sacris Erudiri 32,2 (1991) pp. 69-93. Este artículo nos inspiró para este numeral y lo
utilizamos ampliamente.
63. Peristéfanon, quiere decir en griego, literalmente: “Acerca de la Corona”, es decir, la corona del
martirio considerada como corona del triunfador.
64. S. Agustín, Sermón 309,5 (PL 38,1412).
65. San Justino, Apología 1ª, 5,1; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos(S.II),
BAC, Madrid 1954, cita en p. 186.
66. O.c. VIII.
67. Comenta San Agustín: “Pisado fue, pues, el dragón con pie casto y planta vencedora, cuando
apareció aquella empinada escalera, por la que la bienaventurada Perpetua había de llegar a Dios”
(Sermón CCLXXX, PL 38, 1.280-85).
68. Martirio de Santa Perpetua, Felicidad y Compañeros, X; D. RUIZ BUENO p. 430.
69. “Mi padre, consumido de pena, se cercó a mí con la intención de derribarme, y me dijo:
Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti
con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido
a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos, mira a tu
madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos
aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo. Así hablaba
como padre, llevado de su piedad, mientras me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me
llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por él, pues era
el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio (…) Otro día (…) apareció mi
padre con mi hijito en brazos, y me arrrancó del estrado suplicándome: Compadécete del niño
chiquito. Y el procurador Hilariano (…) dijo: Ten compasión de las canas de tu padre, ten
consideración de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores. Y yo respondí:
No sacrifico. (…) Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio
orden de que se le echara de allí, y aún le dieron de palos. Yo sentí los golpes a mi padre como si a
mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez (…) Como el niño
estaba acostumbrado a tomarme el pecho y estar conmmigo en la cárcel, envié al diácono Pomponio
a reclamárselo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño
echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos” (Acta del Martirio de Perpetua,
Felicidad y Compañeros, V, (O.c. p. 424-426).
70. Por ley, no podía ser ejecutada en ese estado.
71. Martirio de Perpetua, Felicidad y Compañeros XXI; D. RUIZ BUENO, p.439.
72. Ad Romanos 7,1-2.
73. Martirio de Perpetua, Felicidad y Compañeros XIV.
4.) LA CIVILIZACION DE LA ACEDIA
Después de habernos referido a las enseñanzas sobre la acedia que se desprenden de la Sagrada
Escritura y de la experiencia del martirio, corresponde ahora describir diversas formas de este mal
espiritual, tal como se ha dado y se da en nuestro tiempo y entre nosotros. Ya tuvimos ocasión
antes, a propósito de algunos pasajes bíblicos – como por ejemplo el de Mikal en la traslación del
Arca – de referirnos, por adelantado, a fenómenos de acedia tomados de nuestra actual experiencia.
4.1.) El Abandono del Fervor Religioso
Dijimos cómo la dulzura del amor a Dios puede agriarse y el fervor enfriarse.


Esto es algo que sabemos, tanto en teoría como por experiencia, sobre todo los religiosos. Y digo
sobre todo nosotros, porque es sobre todo a nosotros que se nos ha advertido de ese peligro ya desde
el noviciado, cuando por lo común nos parecía una posibilidad más bien teórica; pero también,
porque es sobre todo a nosotros que nos pasa el enfriarnos, y agriársenos el vino de la caridad, a
pesar de todas las advertencias. A Santa Teresa le pasó; y en sus escritos se puede ir a ver la
descripción de su crisis espiritual, que fue una crisis de acedia (74).
Sin saber cómo ni por qué – esto es cosa que vamos a tratar de comprender y explicar en el capítulo
séptimo – por una lenta e insensible transformación espiritual, lo que un día resultaba dulce y fuente
de dulzura, lo que encendía en calor de devoción, lo que hacía fácil pagar los costos de vivir según
Dios, termina haciéndose tedioso, insoportable. Entonces, si no se supera la prueba, perseverando
en la noche, se puede involucionar y regresar del espíritu a la carne.
Entonces se descalifica lo vivido para justificar lo que se vive. Se justifica – racionalizándola – la
ruptura de la conciencia con su historia anterior (75).
Junto con lo vivido se descalifica a los autores, libros y maestros espirituales, que iluminaron y
nutrieron un día el fuego de los entusiasmos y los fervores de la conversión. Se queman, real o
figuradamente, libros, notas y diarios espirituales; algunas veces con asco, y en ocasiones hasta con
saña; otras veces con vergüenza por aquel tiempo en que sinceramente se buscaba a Dios; a menudo
por simple pérdida del interés y deslizamiento en la indiferencia.
La vida sacramental, que fue fuerza y alimento para andar alegres por el camino de Dios y los
rumbos de sus promesas, se convierte en una obligación y una carga. Cuando se puede, como es el
caso de los laicos, se la abandona. Cuando no se puede, como suele ser el caso de los religiosos, por
lo general más atados por compromisos institucionales, se la mantiene formalmente: “este pueblo
me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Isaías 29,13). O refunfuñando, como
murmuraban los israelitas en el desierto: “estamos hartos de este manjar miserable” (Números
21,5).
A semejanza del pueblo de Israel que “se impacientó por el camino” (Números 21,4), se abandona
el de las virtudes teologales y se rumbea por otros, de vuelta a Egipto y a los consuelos que dan las
creaturas.
Este fenómeno no es exclusivo de la vida religiosa (76). Se da en todos los ámbitos de la vida
eclesial, en todos los cuales, sin excepción, es dable observar procesos de regresión espiritual, en
sentido contrario al de la conversión.
Después de haberse convertido de la embriaguez de las creaturas y del mundo y haberse vuelto
hacia Dios, se retorna de Dios hacia la mundanidad. Como lo lamentaba ya el apóstol en la
comunidad primitiva:
“Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido,volverse atrás
del santo precepto que les fue trasmitido. Les ha sucedido lo de aquel Proverbio (26,11) tan cierto:
`el perro vuelve a su vómito’ y `la puerca lavada, a revolcarse en el barro'” (2ª Pedro 2,22).
El retorno al mundo y la apostasía son a veces claros y ruidosos. Otras veces, en cambio, lo
mundano se reencuentra y se instala dentro del ámbito eclesial o congregacional, y es ahora allí
donde se busca el vano honor, el poder y hasta el lucro. En estos casos, la apostasía puede seguir
recubriéndose con las formas de la religiosidad.
En ese mundo de apariencia intraeclesiástica, donde las etiquetas de la piedad siguen usándose para
encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios intereses en vez de los de Cristo,
se ha perdido el gozo de la gracia. Por eso prospera allí la acedia de quienes se ensombrecen ante
los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía. En lugar del gozo de la gracia
puede encontrarse entonces, como sucedáneos, unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la
realización de los propios planes y propósitos.
Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos


entre las últimas cenizas del amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita
algún calor, se le proporciona el de las emociones – que ojalá sean siempre inocentes – de la
industria del entretenimiento. Da pena ver a religiosos – y porqué no, también a los cristianos,
destinados por vocación bautismal a fermentar el mundo – en contemplación ante la televisión como
ante un sagrario (77).
4.2.) La Honorable Apostasía
“No se trata de apostasías alocadas” decía Dimas Antuña, describiendo el abandono o el descuido
práctico de las virtudes teologales en la vida de muchos “buenos cristianos”. A veces la acedia es
una melancólica renuncia a los gozos de la caridad, para refugiarse, quizás con desesperanzadas o
desesperadas añoranzas, en la práctica honrada de las virtudes morales y humanas. Para eso –
observaba agudamente Antuña – no se necesita el Bautismo, y los paganos supieron escalar
dignamente, sin él, altas cumbres morales (78).
Cuando se ha agriado el mosto de las virtudes teologales, hay una forma de compensar el
desconsuelo y la desesperanza resultantes del alejamiento de lo divino, que consiste en volcarse a la
búsqueda de la grandeza de lo humano.
La acedia es tristeza opuesta al gozo de la caridad, pero no se opone a otros gozos. Antes al
contrario, impulsa a volverse, por compensación, hacia otros; como son la afabilidad, la elevación y
la nobleza del trato, la generosidad, el culto de las amistades, de los vínculos familiares o sociales,
la beneficencia, las actividades generosas y altruistas, la cultura literaria y artística, el culto del
trabajo o de la profesión.
Cuando se cultiva las virtudes humanas en lugar de las teologales, volcando en ellas todas las
energías del alma, hasta parece que se las hace florecer más que entre los creyentes. Y, si se hace de
ellas motivo de gloria, se las cultiva con fervor religioso.
Pero no hay que dejarse deslumbrar incautamente por el brillo de las virtudes humanas cuando éstas
se nutren de la savia restada a las teologales (79).
Cuando el hombre ha perdido de vista la bondad de Dios y busca consuelo en la contemplación de
su propia bondad, logrará quizás extremarse en el cultivo y el logro de metas morales, aventajando
en apariencia en eso incluso a muchos creyentes, pero su esfuerzo moral está secretamente viciado
en su raíz por la autocomplacencia y, no raras veces, por el menosprecio hacia la fe de los
creyentes. No estamos lejos de la autojustificación por las obras de la ley, contra la que Pablo luchó
siempre tan ardientemente y que vuelve a introducirse por la puerta de atrás.
Notas
74. De la acedia en la vida religiosa y particularmente en la monástica y contemplativa, nos
ocuparemos en el capítulo 5. Aquí nos referimos a la acedia entre los religiosos en el contexto
amplio, de la acedia en común, entre religiosos o laicos.
75. Esta obturación y obduración de la conciencia es un mecanismo que los Padres comparan con lo
que hicieron los filisteos rellenando de tierra los pozos que cavara el patriarca Jacob: “Cuando Dios
creó al hombre, puso en él un germen divino, una especie de facultad más viva y luminosa que una
chispa, para iluminar el alma y permitirle discernir entre el bien y el mal. Es lo que llamamos
conciencia, que no es sino la ley natural. Ella está representada – según los Padres – por los pozos
que cavó Jacob y que los filisteos llenaron de tierra” (Génesis 26,15-18). Doroteo de Gaza,
Conferencias,(Ed. Fernando Rivas OSB, Bs.As. Ecuam 1990) 3ª Conferencia: La Conciencia; p.25.
76. San Bernardo explica que los laicos ni siquiera suelen darse cuenta de este vicio porque están
distraídos en las cosas del mundo: “Este vicio veja y aflige sobre todo a los religiosos, porque son
raros los seglares que se den cuenta si eso es vicio. Puesto que están tan atados al mundo, que
apenas pueden comprender el nombre de un vicio espiritual como éste, aunque se cuente entre los
siete capitales. Sin embargo es este vicio de acedia el que les causa esa especie de pesadez de alma


que hace que les parezcan insípidos y extremadamente aburridos todos los ejercicios espirituales”.
De Passione Domini sive Vitis mystica, 66, PL. 184, 579 y 674.
77. De la acedia en la vida religiosa activa nos ocupamos en 5.5.
78. “(…) No se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden (…) El que se desentiende
así de las virtudes teologales no tiene porqué ceder, por eso, en las virtudes morales y políticas.
Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su juego sin entrañas. Formaron el
esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner perfectamente de pie a un hombre en la
Historia.(…) ¿Y para esto, Señores, ha muerto Cristo en la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne?
(…) ¿Para que después del bautismo, entre equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe y
sin esperanza, invocando tradiciones de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie
de airón amenazante y hueco de pretendidas “ideas” cristianas? No nos bastaba caer en el pecado y
caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y, para profanar la Encarnación
de Cristo hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde está
nuestro bautismo?” Dimas ANTUÑA, Discurso en Honor de San Juan de la Cruz en el IV
Centenario de su Nacimiento en: El Testimonio, Ed. San Rafael, Bs.As. l945, texto citado, en p.149.
79. Soren Kierkagaard husmeó ese enrarecimiento de lo cristiano con apariencia cristiana,
característico de ciertos, así llamados, filántropos: “El que se ha engañado a sí mismo respecto de lo
eterno, quizás opine, mediante una extraña contradicción, que es compasivo con alguno que otro de
los miserablemente engañados. Mas si examinas atentamente sus discursos consoladores y su
sabiduría pretendidamente salutífera, entonces reconocerás por sus frutos qué clase de amor es el
suyo: en la amarga burla, el cortante racionalismo, el ponzoñoso espíritu de sospecha, la mordiente
frialdad del endurecimiento. Es decir, estos son los frutos que demuestran que allí dentro, no hay
ninguna caridad” (Soren KIERKEGAARD, La Obras del Amor, Ed. Guadarrama, Madrid l965,
Primera Parte p.48).
4.3.) De la Tristeza a la Aversión
La acedia va animada por la doble dinámica que define al pecado: Aversio a Deo et conversio ad
creaturas: apartarse de Dios y volverse a las cosas (80).
Fuerza Teófuga y Cosípeta
Hay que reconocer, con todo, que ir a refugiarse en el consuelo de las virtudes morales y humanas
cuando se han abandonado las teologales, no es la peor forma de fuga hacia las cosas. Dice Santo
Tomás, citando a Aristóteles: “nadie puede permanecer largo tiempo en la tristeza, sin delectación”.
Y comentando estas palabras del Filósofo, continúa: “es necesario que de la tristeza se origine
alguna otra cosa. Y esto puede suceder de dos maneras: la primera, alejándose el hombre de las
cosas que lo contristan [llamémosle la fuerza teófuga de la acedia], y la otra, pasando a otras cosas
en las que se deleita [llamémosle la fuerza cosípeta de la acedia]. Como es el caso de aquellos que
no pueden gozarse en las delectaciones espirituales y por eso se entregan a las corporales” (81).
Por una lógica interna, la pérdida del gozo de Dios, que tiene su fuente en la fe, tiende a dejar al
hombre a merced de los apetitos y placeres naturales. En la “rodada cuesta abajo” que origina la
fuerza cosípeta de la acedia, hay muchos niveles y escalones. Y el que nos ha ocupado no es el más
bajo.
En cuanto a la fuerza teófuga, tiende, como vimos, a convertirse en teófoba. Es decir, a convertirse
de tristeza en odio a Dios. Santo Tomás, sobre las huellas de Aristóteles, explica convincentemente
la mecánica de dichas pasiones en estos términos: “así como de la delectación se origina el amor,
así de la tristeza el odio. Porque así como somos movidos a amar lo que nos deleita, en cuanto que
por eso mismo lo consideramos bajo la razón de bien, igualmente nos inclinamos a odiar las cosas
que nos contristan, en cuanto por este concepto las consideramos malas” (82).


Siendo la acedia tristeza por el bien de Dios, y por todos los bienes espirituales derivados y conexos
con dicho bien, esos bienes, en cuanto que entristecen, terminan por hacerse odiosos como veremos
comprobado por múltiples hechos de experiencia.
4.4.) El Combate de la Filantropía contra la Caridad
Del odio contra Dios y contra el nombre católico nació la impugnación de la Caridad en nombre de
la Filantropía.
La reducción de las Virtudes Teologales a su versión secularizada, operada por la Ilustración
racionalista, apuntaba a “aplastar a la infame”, o sea a la Iglesia Católica. La acedia alcanzaba así –
en ese movimiento histórico, primero religioso (la Reforma), luego cultural (la Ilustración
racionalista) y por fin político (la Revolución Francesa y el Terror) – su culminación lógica en el
odio. Por odio se pretendió la sustitución de todo lo católico, la ruptura con el pasado y la
Tradición, la aniquilación de la Iglesia, sin retroceder ante la eliminación selectiva de cabezas o el
etnocidio. Se sustituyó el almanaque y el culto; la fe por la razón, la caridad por la fraternidad, la
esperanza por las utopías sociales y se intentó terminar con la era cristiana.
Los mitos dieciochescos reaparecieron en el siglo diecinueve con ligeras variantes. A la Fraternidad
como sucedáneo de la Caridad vino a sustituirse la Filantropía.
La fuga desde Dios hacia la humano se convirtió en dogma y en sistema de racionalistas y
librepensadores, herederos de la saña anticatólica de raíz protestante y tronco jansenista.
El mito del Progreso legitimó el etnocidio de las poblaciones católicas, consideradas bárbaras y
atrasadas (83).
El catolicismo y el clero fueron considerados como causas del retraso y la barbarie de esos pueblos.
Con estos esquemas dogmáticos pensaron en el Río de la Plata un Domingo Sarmiento y un José
Pedro Varela, voceros de una clase de doctores, sacerdotes y levitas de la nueva religión del
Progreso. Fue Razón contra Fe, Filantropía contra Caridad, Progreso contra Esperanza (84).
La sustitución de la trilogía de las virtudes teologales por una trilogía de virtudes humanas, cambió
al Dios Trino y Uno de la Revelación, primero por el Dios de la Razón deísta y luego,
desembozadamente, por los naturalismos crasos, los panteísmos, los materialismos. Era a la cultura
entera, a la civilización de Occidente, a la que se pretendía – y se logró en gran medida – apartar de
Dios y reconducir a las cosas. Siglo tras siglo, desde el XVIII hasta el nuestro, la acedia no cejó de
corroer los bienes de que se goza la caridad, con una constancia sobrehumana y por lo tanto no
fácilmente explicable por factores puramente intrahistóricos.
Se ha de ponderar que cuando decimos: “bienes de los que goza la caridad” no se trata de
abstracciones. Esos bienes, no fueron simplemente ideas, ni siquiera instituciones eclesiásticas.
Fueron personas: hombres, familias, pueblos católicos, naciones católicas, portadoras de un modo
de ver la vida, de una cultura, de una fe, de convicciones propias, y de un modo propio de concebir
la existencia. El martirio alcanzó así, durante esos siglos, dimensiones de etnocidio.
Los Siglos de la Acedia. La Civilización de la Acedia.
Serían nombres adecuados para darle a esa época, que habitualmente llamamos edad Moderna, en
una Historia de la Virtudes Teologales que todavía está por hacerse.
No se entenderá cabalmente nuestro presente y las formas anónimas de que se reviste actualmente
la acedia, a menos de examinar lo sucedido realmente en la historia con las virtudes teologales, y en
particular con el gozo católico de la Caridad.
Romano Guardini ha diagnosticado sagazmente la actitud hipócrita que él llama el fraude de la
Edad Moderna: “aquella doblez, que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano
de la vida, mientras se reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los resultados humano-
culturales de esa doctrina y de ese orden. Esto hizo que el cristiano se sintiera inseguro en sus
relaciones con la Edad Moderna: por todas partes encontraba en ellas ideas y valores cuyo abolengo


cristiano era manifiesto, y que, sin embargo, eran presentadas como pertenecientes al patrimonio
común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio cristiano, que, sin embargo, eran
esgrimidos contra él” (85).
El nombre de la Edad Moderna parece denotar esa condición modal de oponerse al catolicismo, que
la caracteriza. El anticatolicismo moderno imita los modos cristianos para combatir lo cristiano;
desde la Reforma protestante misma, invocó principios de cuño cristiano e introdujo modalidades
cristianas para oponerse a lo cristiano y abolirlo. Fue, como lo señala Guardini, una época que se
opuso al cristianismo por impostura (86).
Ante esta hipocresía de la Edad Moderna, Guardini reclama: “Es preciso que el incrédulo salga de la
niebla de la secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación, apropiándose
sin embargo de los valores y energías desarrolladas por ella; es preciso que ponga en práctica
seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por El, y que tenga la experiencia de lo
que eso significa” (87).
Nosotros agregaríamos que sería conveniente y quizás necesario para que se pudieran abrir los ojos
de algunos, que los gobernantes ateos de pueblos creyentes hiciesen de una buena vez la experiencia
de tener que gobernar masas totalmente descristianizadas. Pues históricamente les fue fácil
imponerse despóticamente a poblaciones católicas dóciles, acostumbradas a respetar la autoridad, lo
que les permitió aprovecharse de sus reservas morales al mismo tiempo que hacían todo lo posible
para destruir las fuentes y las raíces de esas reservas. Les fue muy fácil deshumanizar a la vez que
se apoyaban en las reservas de humanidad acumuladas por siglos de fe. Guardini previno que “se va
a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el primero” (….) “si el hombre
actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo anterior a
Cristo”. Asistiremos entonces a “una tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción con
la Revelación Cristiana, sino de basarla en fundamentos independientes de la misma y totalmente
secularizados (…) La edad futura tomará en serio aquellos aspectos en que se opone al Cristianismo.
Hará ver que los valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos, y el ambiente será
transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y sincero” (88).
Sería necesario – como lo ha hecho Guardini con éste -advertir y reparar también en otros hechos
históricos silenciados y tenazmente ignorados, a pesar de que rompen los ojos, para comprender que
la acedia, la aversión y finalmente el odio, fueron el resorte de movimientos religiosos, culturales y
políticos, cuyas consecuencias continúan haciéndose sentir en nuestros días. Debido a la tiranía del
pensamiento que instauró la Civilización de la acedia, hasta la misma memoria histórica ha quedado
distorsionada y cercenada. Hay hechos que no se considera de buen gusto recordar y que sólo es
posible volver a traer a la memoria a riesgo de ser descalificado. Hay también evaluaciones que
están proscritas. Hay, por fin, una historia oficial contada por la acedia.
De poco ha valido que los grandes mitos modernos – del Progreso, de la Filantropía, del Hombre
naturalmente bueno, del Estado bienhechor, de la Libertad de Pensamiento, Prensa y Comercio, de
la Sociedad justa, libre y sin clases, de las Leyes del Mercado (89) – hayan ido siendo desmentidos
sarcásticamente y de manera cruel por las guerras mundiales calientes o frías, la ruina social de los
pueblos colonizados, los totalitarismos de estado más brutales y embrutecedores de las sojuzgadas
naciones, las persecuciones religiosas más sangrientas o taimadas y tenaces (90).
De poco ha valido, ante la fragilidad de la memoria de muchos y ante la penetración de la acedia en
las academias históricas, que los horrores vistos en los últimos siglos, dieran el mentís más formal
al optimismo antirreligioso y a las ideologías del progreso nacidas de la acedia y del odio a Dios.
Aún no se han reconocido las verdaderas raíces del fenómeno que ha sumido a Occidente, y desde
él al mundo, en una lluvia ácida: una lluvia de acedia.
Sería tarea y misión de algún historiador creyente ofrecernos una comprensión profética del rol que
la acedia jugó como motor de la historia en los siglos de la Modernidad hasta nuestro días. Quedaría
en evidencia lo que hemos tratado de esbozar aquí: que la acedia no es sólo una fuerza negativa en


el ámbito individual, del alma del hombre frente a Dios, sino un espíritu que se ha mostrado
históricamente como generador de filosofías, políticas, legislaciones, revoluciones, culturas y
conductas; y que lamentablemente ha inspirado persecuciones a las poblaciones católicas, con
guerras, deportaciones, liquidaciones, empobrecimiento y extinción por medios socio económicos,
como son las medidas de política habitacional y demográfica. Un conato de etnocidio semejante al
sufrido en Egipto por Israel, que – por lo visto – era prefiguración del que había de padecer la
Iglesia.
Acedia y Apostasía
Consecuencia de los factores metahistóricos que han dominado estos últimos siglos del segundo
milenio, ha sido la gran Apostasía.
Las persecuciones siempre produjeron apostasías. Y la persecución en gran escala la produjo en
gran escala. Es dentro de esa gran apostasía histórica donde han de enmarcarse las apostasías
individuales para poder comprenderlas en vistas a encararlas pastoralmente. Y es – pienso – en ese
marco, en que serán sopesadas por el Señor en el Juicio.
A menos de integrar entre los instrumentos intelectuales de comprensión de la historia las categorías
teológicas – acedia, persecución, apostasía – las interpretaciones históricas de los creyentes, y muy
particularmente las de los teólogos, seguirán girando en círculos, o resbalando por la superficie, sin
encontrar rumbo cierto; sin penetrar en la comprensión espiritual de fenómenos que, sin embargo,
rompen los ojos (91).
Pongamos por ejemplo la tirria inexplicable de estados y gobiernos contra sus propias naciones
católicas; la tristeza, vergüenza o fastidio de los gobernantes por el catolicismo de sus gobernados;
los ingentes esfuerzos por combatir la fe católica de los pueblos, como si la fe fuera fuente de todos
los males y atrasos; o la indiferencia y la abstención de todo estímulo o protección jurídica de este
bien de la Humanidad (92).
Esas indiferencias o tristezas por bienes que deberían alegrar, son acedia. Espontáneamente acude a
la memoria el ejemplo de los diarios de viajeros protestantes a través de países católicos, como
España o América española, que miraron a estos pueblos desde afuera y fustigaron sus costumbres
desde sus prejuicios anticatólicos. Si en ellos esos prejuicios son comprensibles, lo son menos en
gobernantes que mamaron en pechos de piadosas criollas católicas. Sin el conocimiento de la acedia
y de la lluvia ácida, nos hubiera resultado del todo incomprensible la verdadera entidad espiritual y
religiosa de estos hechos.
Notas
80. Digo volverse a las cosas y no a las creaturas, para expresar más claramente el apartarse de
Dios. Quien se volviese a las creaturas, considerándolas todavía creaturas, es decir vinculadas y
subordinadas a su Creador, en la medida en que Lo siguiese tomando en cuenta como tal, no se
estaría apartando de El. La lógica cruda y consecuente de la negación de Dios, reduce las creaturas
a cosas, prescindiendo de su relación creatural constituyente.
81. Summa Theol. II-IIae. Q.35, Art. 4, ad 2m.
82. Summa Theol. II-IIae. Q.34, Art. 6, c.
83. La destrucción de los treinta y cuatro pueblos guaraníes es quizás uno de los ejemplos más
claros de la saña arrasadora de la acedia. Primero entregados a los portugueses y desmantelados por
fin, sólo la envidia, la tristeza por el bien, puede explicar su ruina, y concomitantemente, la
expulsión de los jesuitas y la extinción de la Compañía de Jesús.
84. Vaya un ejemplo: Porque un jesuita predicó en un templo que “la filantropía es la moneda falsa
de la caridad” fueron expulsados los jesuitas del Uruguay durante la presidencia de Pereyra, a mitad
del siglo XIX. La homilía del jesuita tuvo lugar en la ceremonia de votos de una religiosa de la
Caridad del Huerto, en la Capilla del Hospital de Caridad (hoy Maciel). La expulsión se debió a


presiones de grupos que por otra parte se consideraban adalides de la libertad de pensamiento, de
expresión y de prensa, los cuales alegaban que la predicación del jesuita “perturbaba la paz
pública”.
85. Romano GUARDINI, El Ocaso de la Edad Moderna Ed. Guadarrama, Madrid 1958, p. 138.
86. Esa característica recuerda la del Anti-Cristo, ese personaje misterioso, individual y colectivo,
que parece designar al mismo tiempo a un tipo de hombre y al líder que ese grupo humano suscita,
que se opone y combate a Cristo haciéndose pasar por él.
87. O.c. p.139.
88. O.c. pp. 139-144. En esto, el pronóstico de Guardini coincide con el que antes hiciera
Kierkegaard.
89. Todo con mayúscula, como corresponde a los nombres de las divinidades del moderno Panteón,
en los Siglos de las Siglas.
90. A propósito de las frecuentemente olvidadas persecuciones a los católicos: piénsese en la suerte
de los campesinados católicos bajo los príncipes protestantes en Alemania, Inglaterra e Irlanda.
Piénsese en la destrucción de las reducciones guaraníticas por la corte borbónica. Piénsese en la
suerte de los católicos en Francia bajo el jansenismo, la Revolución y el Terror. Piénsese en el
Líbano, en el genocidio armenio, en México durante las dictaduras anticatólicas, en España, en las
largas purgas y persecuciones durante más de medio siglo de Unión Soviética y en sus satélites, tras
la cortina de hierro y tras la cortina de bambú.
91. Los ojos de la fe, entiéndase bien.
92. Ese fenómeno ha sido particularmente observable en América Latina, donde se ha denominado
atinadamente con el nombre de “Ateísmo Estructural” la imposición de constituciones ateas, de
cuño liberal o racionalista, sobre naciones católicas. Instituciones, formas políticas, estructuras y
ordenamientos jurídicos impuestos a contrapelo del alma de estas naciones y pueblos. En la raíz de
esa violencia está la incapacidad de ver el bien de que estos pueblos y naciones católicos son
portadores; la de potenciarlos, para su benéfica expansión y crecimiento; la de ayudar a purificarlos
de lo que pueda necesitar de corrección, en vez de tomar de ello pretexto para abolirlo lisa y
llanamente.
4.5.) Los Empachados de Cristo
Como me los definió con frase certera una religiosa,son otro tipo humano que padece de acedia.
Son con frecuencia exalumnos de colegios católicos. Provienen a menudo de familias señaladas en
la piedad. Suelen excusarse de no practicar ni ir a Misa los domingos, con el slogan: “ya me
obligaron a ir a Misa para el resto de mi vida”.
Puede decirse a veces, en su descargo, que son fruto de una cierta forma de violencia religiosa, por
imposición de las formas exteriores de la piedad, desentendiéndose de la motivación interior. Pero
el fenómeno merece atención y análisis, para comprender que se trata de acedia.
No pecaron de acedia cuando se los obligaba, pero sí ahora. En efecto, como nota Santo Tomás: “si
uno se entristece de que alguien le obligue a hacer obras de virtud a las que no está obligado [por
ejemplo asistir a la misa diaria del colegio], no peca de acedia”, pero sí “cuando se contrista de las
que debe hacer por Dios”, como es ir a alegrarse con los demás cristianos “de la Resurrección de su
Salvador y de los demás bienes de la salvación” (93).
Como incapacidad de alegrarse en, con y por Dios, la acedia es la causa de que no se le vea sentido
a la práctica dominical. Santo Tomás observa que: “La acedia contraría el precepto de la
santificación del Domingo, en el cual, en cuanto es precepto moral, se manda el descanso de la
mente en Dios, y a la cual santificación del Domingo se opone la tristeza de la mente acerca del
bien divino” (94).


Los católicos que no van a Misa por acedia – porque no es la acedia el único motivo de la
inasistencia – son creyentes tristes o tristes creyentes, en cuanto están privados del gozo de la
caridad. Lo cual no significa negar que puedan ser gente muy sana y divertida por otros motivos y
en otros sentidos.
La inasistencia dominical de los católicos es un problema pastoral de primera magnitud, y la acedia
que la causa es de larga data. Me ha tocado conocer catequistas que no iban a Misa los domingos y
párrocos que los consideraban buenos catequistas. Nadie ignora que durante mucho tiempo se les
dijo a los jóvenes que sólo había obligación de ir a Misa “si uno lo sentía”. Pero no se les enseñaba –
posiblemente por crasa ignorancia o crasa inadvertencia – que “no sentirlo” pudiese ser acedia, una
tentación que aparta del amor a Dios. Ni se les enseñaba tampoco, que consentir la tentación de
acedia, pudiese ser un pecado contra el amor a Dios. No se les enseñaba, en suma, a cumplir el
primero y tercero de los mandamientos. Lo cual no es friolera.
Hay que reconocer – es verdad – que las Misas dominicales no siempre ni en todas partes relucen
con el brillo festivo del gozo de la Caridad. A veces una predicación algo – o muy – jansenista, un
moralismo y legalismo que culpabiliza a los asistentes, descargando sobre ellos el reproche que
merecen los ausentes o los que nunca vienen, ensombrecen “la fiesta de Dios”. Otras veces, como si
no le bastara a la fiesta con ser fiesta y manifestar el gozo, se instrumenta la Eucaristía para otros
fines, como buscándole sentido y justificación en alguna utilidad. Hay que reconocer también, que
algunas manifestaciones de gozo – gritonas, estentóreas, grandilocuentes o declamatorias, echando
mano a músicas profanas con letra religiosa, o a instrumentos que hablan más a la sensibilidad que
al espíritu – manifiestan un tipo de gozo que no es exactamente aquél que nace de las virtudes
teologales, sino más bien una cierta excitación, entre extática y orgiástica, parecida a las que
provocan las sectas, con sus manipulaciones y extorsiones deshonestas del sentimiento religioso.
Gozo y Consolación
La Liturgia católica enseña a distinguir entre gozo espiritual y consolación sensible. La consolación
sensible brota del gozo, pero no necesariamente. Ni es misión de la ceremonia litúrgica mover a
consolación sensible de los fieles ni procurarla. En la celebración litúrgica puede – y debe poder –
expresarse la multitud creyente en la unidad de la fe y la caridad, pero en la multiplicidad de
situaciones existenciales: espirituales, anímicas y emocionales. De ahí – como enseñaba Romano
Guardini en su “Espíritu de la Liturgia” – la necesidad, sabiamente reconocida y acatada por el rito
romano, de mantener una gran sobriedad emotiva, y expresar, sin notable conmoción, las verdades
capaces de conmover a quien se abra y las acoja.
En efecto, el conmoverse corre por cuenta del fiel, y de la acción del Espíritu Santo en cada alma.
Sería injusto imponerle a la liturgia – ni pre ni postconciliar – la misión, ni cargarla con la
responsabilidad o con la culpa, del entristecimiento o avinagramiento de la Caridad en amplios
sectores del pueblo católico. Pero su inasistencia a Misa arguye de la pujanza del mal de acedia.
Habrá que reconocer deficiencias en el nivel festivo de las celebraciones dominicales; habrá que
reconocer quizás su mayor o menor extensión y generalización; se podrá reconocer la parte que en
la acedia del pueblo pueda haber tenido la acedia intracultual, o sea: la de la comunidad cultual y la
del mismo celebrante. Pero lo que nos interesaba aquí, era diagnosticar como mal de acedia una de
las principales causas, ya que no la única, del conocido síndrome de abstencionismo dominical o
“apostasía del domingo”.
Hechos los descargos y los descuentos, dadas muchas posibles explicaciones, el hecho pastoral está
ahí. Y sin diagnóstico no hay tratamiento. Reconocerlo como acedia, permite orientarse en la
elección de los remedios (95).
Algunos apóstatas del domingo, amparándose en una alegada probidad moral, de cuya carencia
acusan a los que van a Misa, no sin cierta autosatisfacción y autocomplacencia soberbiona, se
muestran agriados y desconformes con todo lo que tiene que ver con la misa dominical: liturgia,
cantos, predicación, y con el mismo pueblo fiel, al que miran con un cierto asco y al que fácilmente


descalifican moralmente, o motejan. Falsas razones, que esconden, o no les permiten ver incluso a
ellos mismos, sus verdaderos motivos. Mejor dicho, los verdaderos impedimentos, para encontrarse,
no con la misa, sino con el gozo del amor de Dios, que habita, mal que les pese, entre esos fieles a
los que no logran abrazar gozosamente en su corazón con caridad de hermanos. San Pablo era muy
clarividente respecto de las limitaciones de los miembros de la Iglesia, pero no se entristecía
ácidamente, sino que se alegraba de que Dios hubiera elegido lo que no era nada a los ojos del
mundo y de que brillase la gracia de la divina elección sobre tanta humana fragilidad.
Notas
93. Summa Theol. 2a. 2ae. Q.35, Art.2, ad 2m.
94. Summa Theol. II-IIae. Q.35, Art. 3, Ad 1m.
95. Ya el autor de la Carta a los Hebreos tuvo que enfrentarse con el síndrome del ausentismo de las
asambleas y diagnosticó las causas del fenómeno y su naturaleza de pecado contra la comunión:
10,24-25.
4.6.) Las Campanas del Domingo
Las campanas han sido secularmente medio de expresión de los gozos y de los duelos de la
comunidad creyente. Que es tanto como decir los gozos y las tristezas de la caridad.
No es de asombrarse que al acedioso, que se rehusa precisamente al gozo y al llanto de la Iglesia, le
moleste el toque de las campanas del templo vecino. Lo que hay detrás de sus reclamos, no es
molestia por un ruido, sino por la manifestación de los sentimientos de la fe. No se molestará ni
promoverá quejas o denuncias, por escapes libres, motos, buses, jets, altoparlantes ni discotecas.
Lo asombroso es que a algunos les haya bastado el reclamo de esas almas agrias para que, sin
discernir los verdaderos motivos espirituales de la protesta, y con tanta facilidad que raya en
ligereza, hayan reducido a silencio las campanas.
Han dado satisfacción a la acedia, pensando quizás que era un deber de buena vecindad o hasta un
asunto de derechos humanos. Pero lo han hecho a costa de los derechos de los fieles, y sin reparar
en sus sentimientos. Esta insensibilidad no sólo no excusa de culpa, la agrava. Porque esa ceguera
para el bien de los fieles ¿no arguye un cierto grado de indiferencia y de complicidad con los
motivos de la acedia? En efecto, los derechos de los fieles que han sido pasados por alto y
postergados, son los de la Iglesia, y en último término los de Dios. La equidad exigiría dar a cada
uno lo suyo con igual sensibilidad para las razones de la acedia que para las de la caridad. Y no
parece que el silencio de las campanas, donde se ha impuesto, haya resultado de un juicio ecuánime.
Hablando de los malvados, enemigos de los justos, dice el libro de la Sabiduría: “ellos eran
insoportables para sí mismos…todo los aterrorizaba y los helaba de espanto..hasta el silbido del
viento y el canto de los pajaritos en la enramada” (Sabiduría 17,17-20)
Sería triste que el terror de los malvados impusiera silencio a los pajaritos. Y más triste que los
pajaritos se aviniesen a quedarse callados por ceder al capricho tiránico de los avinagrados y a sus
falsas razones. Como le pasó al zorzalito de la fábula de Castellani, ante la crítica del gorrión.
4.7.) Alrededor del Corpus y otras Procesiones
“Yo me acuerdo y se me derrama el alma por dentro, cómo iba entre los gritos de júbilo y alabanza
de la muchedumbre festiva” (Salmo 42,5)
Me digo lo del salmo, recordando las procesiones del Corpus Christi en mi juventud, cuando
pasábamos alegres por la avenida l8 de Julio, la arteria principal de Montevideo. Una procesión que
en tiempos heroicos había salido a la calle desafiando los gritos y las pedradas de los enemigos de la
fe católica. En mis años mozos, todavía se dejaban ver algunos signos de aquella violencia.
Al llegar a l8 y Yaguarón, pasábamos cantando ante los postigos cerrados del diario El Día. Por
supuesto, el diario no podía enterarse así de nuestro paso. Al día siguiente no lo mencionaba en su


edición. A pesar de su deber profesional de informar, sus periodistas ignoraban una muchedumbre
de miles de personas, donde desfilaban con sus estandartes todas las parroquias y organizaciones
parroquiales, sus cofradías, los colegios católicos, algunos de ellos con sus bandas, la escuela de
enfermeras católicas, los scouts, formados detrás del clero y de los religiosos, encabezados todos
por el obispo, revestido de pluvial y humeral suntuosísimo, bajo el palio que llevaban los venerables
prohombres del catolicismo uruguayo, miembros de la Archicofradía del Santísimo Sacramento,
quienes lo escoltaban como un grupo de Apóstoles. Entre una nube de incienso, el obispo avanzaba,
abrazado al Santísimo contra su pecho (96).
Ese día, cada año, intencionada coincidencia, tenía lugar el clásico de fútbol en el estadio
Centenario. Y naturalmente tanto El Diario de esa tarde, como El Día, al día siguiente, se ocupaban
del estadio e ignoraban la procesión. El clásico de fútbol servía de coartada para que los diarios
pudiesen hablar de otra cosa. Eramos la mayoría ignorada.
¿No es éste un fenómeno verdaderamente extraño y asombroso? ¿A quién podía asustar o molestar
aquella multitud pacífica y gozosa? ¿Qué oscuras tristezas – o terrores – removía su paso en aquellos
corazones enfermos que se asustaban de los himnos cristianos como del canto de los pajaritos en la
enramada? ¿Nos ignoraban o se escondían de nosotros?
Hoy y Aquí en Luján
Nos ignoraban de la misma manera que se quiere ignorar hoy, por citar un ejemplo actual, al millón
de jóvenes que peregrina a pie a Luján. Alguien hay que organiza, aún hoy, porque eso no se
organiza solo ni casualmente, la venida de Madonna y de Michel Jackson para ese mismo 8 de
Octubre, como pude observar, estando en Argentina, en l993. Alguien dirige aún hoy, el manejo
minimizante y superficial de la cobertura informativa sobre ese acontecimiento, a través de los
medios de comunicación. Un millón de jóvenes a pie, caminando decenas de kilómetros, no se
puede pasar a la página cincuenta y tres del tabloide, como estilan hacerlo, si no hay algún pretexto;
algo con qué ocupar la primera página y las páginas centrales.
Además de arrumbada en las páginas de trastienda del tabloide, la noticia resbala por encima del
significado, lo trivializa. Ciego para el acontecimiento espiritual, el periodista parliparla sobre los
puestos sanitarios y las ampollas en los pies de los peregrinos. De modo que aún ocupándose del
hecho, lo ignora con una mirada profana, no quiere verlo y oculta o descuenta su verdadera entidad.
Mira desde afuera y sin ver, sin querer ver, como Mikal desde su ventana. Y al no contar lo que es,
cuenta lo que no es.
Los Exploradores Eucarísticos
Hemos recordado en su lugar lo sucedido en el desierto con la recusación del testimonio de los
exploradores, y lo vimos repetirse en el rechazo del testimonio de Jesús. Esos episodios son
arquetípicos de la acedia de todos los siglos. Sirven para entender lo que sigue ocurriendo con las
obras del Resucitado en su Iglesia y a través de su Iglesia; en sus fieles y por el ministerio de sus
fieles.
Sin fe es imposible ver las obras del Resucitado y alegrarse de su acción. Peor aún: sin fe, es posible
permanecer insensible o llegar hasta a empeñarse en combatir, como si fueran males, los bienes de
la gracia, los carismas y los dones del Espíritu; oponerse a las obras de Dios; ponerse a pedir signos
sin ver los que rompen los ojos y decir NO a las fiestas de Dios.
Y quiero dar un ejemplo concreto. Recuerdo el tiempo de mi adolescencia, por allá por el final de la
década de los 40 y comienzos de los 50. En esos años de mi conversión, los fieles católicos, durante
la Misa, y sobre todo después de la Comunión, se sumían, arrodillados y con el rostro entre las
manos, en una fervorosa y profunda acción de gracias. Todo su porte daba testimonio. Desde que
volvían de la barandilla del comulgatorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, o
con las manos juntas delante del rostro inclinado; hasta que se hincaban en el reclinatorio o en el
piso, en algún rincón del templo. Eran testimonios vivientes de un íntimo diálogo de fe y de oración


con el Señor. Era posible “ver” al Señor hablando con ellos. Durante unos minutos se
transfiguraban, convertidos en verdaderos ostensorios vivientes. Templos. Testigos mudos de su
gloria interior. En ellos se hacía visible la comunión del cielo y de la tierra, del hombre y Dios (97).
Considero hoy, que aquél era un verdadero y auténtico “pentecostalismo” católico avant la lettre.
En aquellos cenáculos, yo veía arder las llamas del amor divino, en los rostros iluminados y
encendidos por el fervor, sobre las cabezas inclinadas de la asamblea eucarística, silenciosa y
orante, a la vez reverente y recatada. Pienso que el movimiento pentecostal que vino después, nació
de la nostalgia de aquel perdido camino del fervor. Y aún hoy no comprendo por qué ni cómo se
pudo, y aún se puede, acusar de “sacramentalismo” a ese rico pasado eucarístico.
En los años durante los cuales se extinguió aquel fenómeno, yo ya no estaba entre los fieles del
templo. Había ingresado en la vida religiosa y mi formación me llevó de un país a otro. No pude por
lo tanto presenciar ni observar directamente el proceso de cambio. Tampoco comprendía lo que iba
sucediendo, porque yo mismo estaba envuelto en las marejadas y los cambios. Fue sólo años
después de la instalación del frío y de la creciente pérdida de la reverencia, que por obra de la
misericordia, se me abrieron los ojos y comencé a preguntarme acerca del hecho y de sus causas.
La abolición de los reclinatorios en algunos templos y otros lugares, a veces contrariando los
hábitos de oración que estaban aún extendidos entre muchos fieles, me han puesto a pensar. He
encontrado sacerdotes – me viene a la memoria entre varios un afable párroco holandés – de trato
amable y hasta exquisito, humanamente acogedores, cuya única arista dura, y a veces acerada, daba
contra los fervores de los humildes. ¿Acaso el celo por retirar los reclinatorios viene de un secreto
temor de que puedan volver aquellos extinguidos extáticos eucarísticos?
Considero que aquellos eran, sin embargo, nuestros exploradores eucarísticos. Exploradores de la
gloria de la Presencia oculta bajo las especies.
Con su porte exterior, por más chocante que hoy resulte a los que llevamos el alma calada hasta los
tuétanos por la llovizna cultural de la acedia, mostraban el Bien de la Tierra Interior, el Bien
celestial, en el que entran y pueden contemplar los nacidos de lo alto. En ellos resonaba la voz del
viento del Espíritu, que es audible, pero no se sabe de dónde viene ni a dónde va.
Me pregunto, no sin cierto temor, si a nuestra “generación”, en sentido histórico y teológico, no se
le aplicará también el reproche del Salmo – no sólo por éste, sino por tantos otros pecados de acedia
-: “Despreciaron una tierra envidiable” (Salmo 105(106),24). “Vosotros no recibisteis el testimonio
acerca de mí que daban mis exploradores eucarísticos, embriagados con el vino de Eshkol”.
Hoy no sólo se han perdido formas del fervor sino también de la reverencia. Alguien podría pensar
que se trate de una mayor confianza, cercanía y familiaridad con Dios y por lo tanto de un progreso.
Pero la cercanía de Dios no se experimenta a costa de su distancia y su grandeza. La familiaridad
verdadera tutela el respeto; y la comunión se espanta de la profanación. Es un real problema
pastoral ese deslizamiento insensible que conduce a muchos a tomar en vano, ya no sólo el Santo
Nombre, sino también el Santo Cuerpo y Sangre: “menospreciaron una tierra envidiable”.
Me ha tocado observar recientemente, desde un confesonario, el retorno de los fieles a sus lugares
después de la comunión. Y como no quiero juzgar que se haya extinguido en tantos el fuego de
antaño, pienso que hoy, para adorar, bajan a su corazón como a una catacumba, mientras su porte
exterior da cobertura a la obligada clandestinidad de Dios en esta cultura de la lluvia ácida, que
gotea ya hasta dentro de nuestros templos.
La aversión hacia las muestras exteriores y sensibles de la devoción, de la consolación y del fervor,
es una de las formas actuales de la acedia sociocultural, instalada incluso entre muchos dentro de la
Iglesia. Se siente rechazo por las manifestaciones exteriores de la virtud de religión, por las
exteriorizaciones del fervor o la devoción: en el rostro, en la voz, en la actitud o postura corporal, en
el tono del predicador, en el velo de la mujer suprimido a pesar de la autoridad paulina y dos mil
años de uso (98).


Hay en muchos ambientes católicos un embargo social para las manifestaciones exteriores,
sensibles y emocionales de la fe. Y en cuanto esto significa un rechazo de la manifestación
testimonial de una experiencia no sólo interior, sino “total” y que quiere expresarse en “todo el
hombre”, la considero en estrecho paralelo religioso con el descrédito de los exploradores de la
tierra prometida, y del testimonio de Jesucristo acerca de “las cosas del cielo” (Juan 3,12-13).
Se desestima y descalifica esas manifestaciones de fervor. Sin embargo, ellas son “signos” de Dios
que no se quiere ver, al mismo tiempo que se pide otros signos, allí donde uno caprichosamente
desearía verlos (Marcos 8,11-15). Hoy se exige de Dios otros signos y de los fieles otros
testimonios.
Y en esto, no en otra cosa, radica el fenómeno de la secularización.
4.8.) Acedia y Persecución
¿También es acedia esta tristeza o indignación viendo al pueblo de Dios? Claro que sí. El bien
espiritual de que se entristece la acedia, es Dios mismo, pero también las personas que le están de
cualquier manera relacionadas, puesto que lo visibilizan.
Tales son por ejemplo las personas creyentes, piadosas o religiosas. Tales los predicadores, que
inducen con su predicación o con su ejemplo (como es el caso precisamente del humilde pueblo
fiel), a los bienes espirituales (99).
El pueblo católico es el portador de las gracias de Dios, de los dones del Espíritu Santo y de las
Virtudes teologales y cristianas. En cuanto obra de Dios, la Iglesia, pueblo de Dios, es signo al que
se contradice. Su imagen pública muchas veces se presenta enturbiada, intencionalmente
deformada.
Acedia e Imaginario Católico
Existe una correlación muy estrecha entre la secularización y determinada imagen del mundo (o
Weltbild), en oposición a otras imágenes del mundo posibles, entre ellas la católica, cuyo arte sacro,
al igual que todas las demás dimensiones de su Mundo Imaginario, vienen a quedar expuestas eo
ipso al ciclón de la confrontación cultural (100).
En el proceso de secularización convergen, en su oposición al imaginario católico, corrientes
aparentemente tan dispares y opuestas como el materialismo antiteísta y el extremo
trascendentalismo espiritual teísta. El proyecto de desmitologización, tan afín al nuevo Weltbild
secularista,
es
de
raíz
protestante.
Bultman
emprende
precisamente
su
proyecto
de
desmitologización con el afán pastoral de compatibilizar el Weltbild creyente con el del Hombre de
Hoy (101).
Dado que las imágenes sagradas (102) reflejan concretamente el imaginario creyente, ambos corren
pareja suerte. Movidos e inspirados por el Espíritu Santo, estimulados por el magisterio,
confirmados por el amén de los fieles; incomprendidos por los de afuera, acusados de idolatría,
sometidos a detorsiones que los profanan o ridiculizan; considerados abusivamente como del
dominio público y desprotegidos de los más mínimos amparos legales de que disfruta cualquier
propiedad intelectual, son llevados y traídos por todas las corrientes e intereses no eclesiales o
antieclesiales, con todos los fines, desde los comerciales a los antirreligiosos; simplemente torpes, o
bien malévolos y hostiles (103) Agresiones semejantes se contienen en otros films como “El Pájaro
canta hasta morir” que se aplica a demoler la imagen del sacerdote, el obispo y el cardenal,
contaminándola en la imaginación. . La ingeniería de la imagen los une, mediante asociaciones
negativas, al terror en los thrillers, o a lo satánico en algunos conjuntos de rock, o a la perversión
sexual y el impudor. La imagen sagrada y su imaginario quedan así expuestos a quedar apretados en
la pinza de la agresión y el menosprecio por un lado, y la vergüenza y la autocensura por el otro.
Estos hechos sociales y culturales muestran que las imágenes y el imaginario creyente son también,
como bienes de los que se goza la caridad, objeto de la acedia y blanco de la persecución
proveniente del proyecto secularizador (104) Soneira reafirma lo dicho con la siguiente cita: “Los


estudios de Martin, Fenn, mis colegas y yo, claramente demuestran que la laicización no es un
proceso mecánico imputable a fuerzas impersonales y abstractas. Es, por un lado, llevada a cabo por
gente y por grupos que manifiestan que quieren laicizar la sociedad y sus subestructuras. Pero por
otro lado, estudios sobre profesionalización del bloque católico de la Iglesia en Bélgica y Holanda,
dejan en claro que ciertas categorías (sociales) también, si no de manera explícita, están
secularizando (laicizing) a los bloques católicos y cristianos. Una vez que aceptamos que la
secularización, como un proceso de laicización, es el resultado de grupos opuestos de intereses,
entonces el resultado es claramente un proceso no lineal.” (K. DOBBELAERE “Secularization: A
Multi-dimensional Concept” en Current Sociology, 29(l981)2, pp. 68-69). Soneira concluye: “O sea
que el proceso de seuclarización no es un proceso necesario y lineal, sino más bien dialéctico,
producto de actores, personas y grupos, con intereses concretos contradictorios. Por lo tanto,
procesos de desecularización y resecularización son también concebibles” (L.cit.). .
Notas
96. En aquellos años, la procesión no era tan exigua y deshilachada como ahora. Marchábamos por
decenas de cuadras tupidas de fieles y una multitud estaba también agolpada en las veredas. Me
intriga saber si la acedia, que hoy parece apagada alrededor de nuestro Corpus, no reverdecería si la
procesión recobrara su primitivo fervor y vigor. He oído descalificar como “triunfalista” a la
procesión, al catolicismo de aquellos años, al Himno Christus Vincit, etc. Y este es un ejemplo
típico más que se puede ofrecer, de los argumentos que produce la ceguera de la acedia, al mejor
estilo de los argumentos de Judas. Confieso que me turbaron el juicio en un tiempo, pero ya no más.
Amén de que, como lo ha hecho notar agudamente alguien, el Christus Vincit fue sustituído por el
Nosotros Venceremos, y de que en las numerosas evaluaciones actuales no faltan aspiraciones
triunfalistas, aunque no siempre coronadas por éxitos comparables a las obras del Señor con
nosotros en aquellos tiempos.
97. No recuerdo haber advertido en aquel tiempo que nadie ocultara su fervor, ni se irritara con el
fervor ajeno. Aunque no excluyo que en mi admiración adolescente por aquellos extáticos, fuera
ciego para posibles acedias hacia ellos. Yo tenía la impresión de que aquello era bien visto y
considerado en la Iglesia. Y aún sigo creyendo que lo era.
98. Digo “uso” por no decir “de tradición” que es palabra desacreditada también por tirrias y abusos.
99. Santo Tomás, Summa Theol. II-IIae. Q.35, Art. 4, c.
100. Nos hemos ocupado de la situación del imaginario creyente en: “El ícono y las imágenes
sagradas en la nueva evangelización” Stromata 48(l992) pp.183ss. a propósito del libro del P.
Alfredo Saénz “El ícono. Esplendor de lo Sagrado”. Retomamos aquí aspectos de lo allí dicho.
101. Sobre la coincidencia de posiciones tan opuestas en apariencia como el espiritualismo
barthiano y la secularización véase: Cándido POZO, “Teología Humanista y Crisis actual en la
Iglesia”, en: J. DANIÉLOU – C. POZO, “Iglesia y Secularización” (BAC-Minor, Madrid, l971,
pp.61-85).
102. Me refiero, cuando digo imágenes, no sólo a las imágenes destinadas al culto o devocionales,
sino como se ve acontinuación por el contexto, a todas las imágenes en sentido amplio, abarcando
toda la dimensión simbólica del imaginario creyente: lenguaje, liturgia, arquitectura, símbolos,
personas…
103. Valga un ejemplo: En los films “El Padrino” 1,2 y 3, se barajan en un mismo mazo las fiestas,
los signos sagrados y los sacramentos de la Iglesia católica, con las maquinaciones y crímenes
mafiosos. Durante la procesión patronal y aprovechando el ruido de la cohetería, el aún joven
Padrino, comete su primer asesinato contra el extorsionista. En la fiesta del casamiento de su hija se
“arreglan” diversos asuntos en el tribunal mafioso. La fiesta del Bautismo del nieto es una secuencia
que monta un collage sacrílego, del baño de agua bautismal con el baño de sangre de la vendetta
mafiosa. Antítesis sacrílega entre el sacramento del perdón y la consumación de la venganza. Y así,


por el estilo, desfilan las menciones de los demás sacramentos, sin que falte uno, contaminados con
los crímenes de la mafia. En los tres films se subraya que la familia mafiosa es católica y queda
flotando el equívoco o la sugerencia de que la familia católica es mafiosa, o mafiogénica.
104. Es sabido que la secularización no es un proceso anónimo e ineluctable, sino el resultado de
presiones y acciones concretas de personas y grupos. Así lo ha mostrado Abelardo Jorge SONEIRA
siguiendo a K. DOBBELAERE y otros: “la secularización no es producto de fuerzas impersonales y
abstractas (por ejemplo la ´racionalización´, el ´proceso educativo´, la ´industrialización´, etc.) sino
de individuos y grupos concretos que la promueven” (A.J. SONEIRA, “El Proceso de
secularización”, en Cuadernos del CLAEH, Montevideo, 45-46, 13(l988)1-2, pp. 209-221, cita en p.
220).
4.9.) Acedia y Mass Media
Los medios de comunicación de masas, que ignoran y menosprecian habitual y notoriamente al
pueblo creyente, portador de la cultura del amor, y destinado a ser el protagonista en la construcción
de la civilización del amor, son a menudo agentes de una anticultura del amor. Y en la misma
medida en que hay en ellos tristeza por el bien de Dios, o por las obras de Dios, hay en ellos acedia
y obran movidos por ella.
Pero no sólo padecen de acedia sino que además la siembran. ¿Cómo? De muchas maneras. Ante
todo provocando a vergüenza a los “pequeños que creen en mí” (105). Alejando además, a muchos,
de la Iglesia, porque les siembran de prejuicios el camino hacia ella.
Este es el género de escándalos (= piedras de tropiezo) que ponen en el camino del seguimiento de
Jesús, los que, según él mismo declara, merecen, por eso mismo, ser arrojados al fondo del mar, con
una piedra de molino atada al cuello (106).
Los Mass Media, no sólo ignoran por lo general el bien allí donde está, no sólo impiden
reconocerlo, sino que contribuyen a oscurecer el juicio sobre el bien y el mal (Isaías 5,20).
Esto lo producen magnificando el espectáculo del mal en el mundo, abrumando el corazón de los
pequeños y de los débiles y provocando en ellos la tristeza y la desesperanza.
No sólo no se interesan por la virtud, ni la destacan: a menudo la declaran positivamente aburrida y
no interesante. Con sus sensacionalismos y sus preferencias, magnifican la calamidad natural, el
crimen nefando o macabro. Silencian el bien y gritan el mal. En las telenovelas, seriales y videos, se
glorifica los siete pecados capitales, haciendo de ellos un espectáculo deleitable. Pero no se hace lo
mismo con la verdadera hermosura moral de las virtudes. No digamos ya de las virtudes teologales,
pero ni de las morales y humanas, que constituyen la verdadera hermosura y dignidad de la persona,
según la simple y recta norma de una razón natural.
No son fácilmente excusables quienes son profesionales y conocen bien lo que es la psicopolítica y
la psicología social.
Lluvia ácida
El inerme consumidor de los Mass Media, recibe así una visión distorsionada y a veces pervertida,
de la realidad del mundo. Los Medios que lo informan, escamoteándole la visión del bien, le
confiscan a menudo su capacidad de observación y de juicio, le enjuagan la memoria con un
torrente de información. El hombre está cada vez más sobreinformado y cada vez menos enterado.
Por otro lado, la industria del entretenimiento le ofrece la posibilidad de la distracción perpetua, con
perpetuo olvido de los sentidos últimos y de sus responsabilidades inmediatas. La acedia escamotea
el recuerdo de Dios, fin último del hombre, así como la conciencia de que la dignidad del hombre
reposa en, y dimana de, su condición de creatura, y que por lo mismo se realiza en su relación con
su Creador, y en el asumir sus responsabilidades respecto de las demás creaturas (107) Pero no sólo
la prensa invade el tiempo dominical. Las ofertas de la industria del espectáculo, que es superfluo
elencar, rivalizan ese día en conquistar el tiempo de grandes y chicos. .


Los grandes ocultadores actuales del bien verdadero, los grandes propagadores de acedia, son
comparables por eso a una lluvia ácida que se precipita permanentemente sobre la Humanidad.
Pero no se ha de extrañar, si se tiene en cuenta que el Dios que se revela en Cristo, ha elegido
revelarse de tal modo que contraríe la soberbia del hombre, y consiguientemente lo entristezca, ya
que los signos y los bienes que le ofrece, contrarían o no satisfacen sus apetitos.
Una pastoral de la acedia no puede excusarse de un enfrentamiento con los Mass Media y con los
hábitos de consumo de prensa y radiotelevisión de fieles y no creyentes.
4.10.) “No te Avergüences del Evangelio”
Como se desprende de lo que venimos dibujando a grandes rasgos, la acedia reviste en nuestros días
dimensiones culturales y puede llamarse en cierto sentido mal du siècle, o puesto que abarca ya
varios siglos de historia, mal des siècles.
Ella está implicada en el fenómeno de la persecución, que Jesucristo anunciaba como infaltable a su
Iglesia y que toma en cada época formas propias. En la nuestra, la persecución toma formas que
venimos tratando de señalar, muy propias y particulares.
En otros tiempos “cuando se atacaba la religión se la atacaba como una cosa seria. Pero el siglo
XVIII la atacó con la risa. La risa pasó de los filósofos a los cortesanos; de las academias a los
salones; subió las gradas del trono; y se la vio en los labios del sacerdote; tomó asiento en el
santuario del hogar doméstico, entre la madre y los hijos. ¡Y de qué, pues, gran Dios! ¿de qué se
reían todos? ¡Se reían de Jesucristo y del Evangelio!” (108).
Notas
105. Marcos 9,42; Mateo 18,6; Lucas 17,1.
106. El fondo del mar, es el lugar bíblico donde han de ir los enemigos de Dios (Génesis 6,5-
8.13.17; Exodo 15,3-5; Jonás 2; Miqueas 7,19; Marcos 9,42) y a donde efectivamente son arrojados
por la oración confiada de los creyentes (Marcos 11,23).
107. Tómese por ejemplo en consideración la prensa dominical. Ese día, todos los diarios sirven un
tomo abultado de páginas con innumerables suplementos, cuya lectura insumiría fácilmente varias
horas del domingo, compitiendo con el que se pudiera dedicar ese día a una vivencia cristiana y
creyente del domingo, en el reposo y la alegría de la Resurrección, con la asistencia a Misa, la
convivencia familiar, la lectura de la Escritura, la meditación, la oración y otras tantas actividades
creyentes. Pero no sólo eso: esos suplementos son portadores de contenidos mundanos, eróticos,
económicos, que tiñen inevitablemente el ánimo de sus desprevenidos lectores y los distraen y
alejan de las metas espirituales a donde la Iglesia pretende conducir a sus fieles en Domingo.
108. P. Lacordaire, O.P. Sermón del 14-02-1841 en la Catedral de Nôtre Dame de Paris, con motivo
de la restauración de la Orden de Predicadores en Francia. Y el predicador continúa: “¿Qué hará
Dios? […] Dios podía dejarla perecer, como dejó perecer tantos otros pueblos por las faltas que
habían cometido. No quiso hacerlo; y resolvió salvarla por una expiación tan magnífica como
grande había sido su crimen. La dignidad real estaba envilecida: Dios le devolvió su majestad
llevándola al cadalso. La nobleza estaba envilecida: Dios le devolvió su dignidad llevándola al
destierro. El clero estaba envilecido: Dios le devolvió el respeto y la admiración de los pueblos,
permitiendo que fuese despojado y muriese en la miseria…”.
4.10.1 Burla y Menosprecio
La burla y el menosprecio – que como se ve no son de ahora – logran confundir a algunas
conciencias creyentes, inquietándolas, como si aquello que en ellos es gracia y don de Dios, como
por ejemplo su pertenencia eclesial, sus actos exteriores de piedad, de oración y de culto, fuesen
algo torpe, malo o deshonroso de lo que debieran ruborizarse (109) “En otros tiempos el mundo se
escandalizaba del cristianismo – ¡cosa que tiene sentido! – pero ahora que al mundo se le ha metido
en la cabeza que es cristiano y que se ha apropiado del cristianismo, sin notar para nada la


posibilidad del escándalo, ahora, naturalmente, el mundo se escandaliza del verdadero cristiano.
No cabe duda que será muy difícil salir de semejante engaño. (…) El mundo sigue escandalizándose
del cristiano verdadero, sólo que ahora, generalmente, la pasión del escándalo ya no es tan
desenfrenada que pretenda exterminar al cristiano verdadero. [Permítasenos advertir aquí, que
Kierkegaard se refiere al exterminio al modo del Imperio romano. Porque hoy, como hemos dicho,
existen otras formas taimadas y ocultas de etnocidio que apuntan igualmente al exterminio por
medios de políticas económicas y culturales]. Esta es una cosa bien explicable. En aquellos tiempos
en que el mundo estaba convencido de que no era cristiano, había algo por qué luchar, algo en que
jugárselo todo, a vida o muerte. Pero ahora que el mundo, de forma engreída y tranquilona, está
convencido de que es cristiano, ahora, naturalmente, la exageración del cristiano verdadero, sólo
es algo para tomarlo a la risa. La confusión, evidentemente es mucho más terrible que en los
primeros tiempos del cristianismo. Desde luego, entonces era terrible, pero había sentido en que el
mundo luchase a vida o muerte contra el cristianismo. En cambio ahora ¿no es algo lindante con la
insensatez, esa sonrisa levemente sarcástica que tiene que soportar el verdadero cristiano de parte
del actual irenismo superior de nuestro mundo convencidamente cristiano?” S. Kierkegaard, Las
Obras del Amor, I, p. 336-337. .
Esas burlas apuntan a provocar la vergüenza y el rubor acerca de aquello por lo que precisamente
merecerían ser honrados y respetados, porque constituye en ellos la fuente de su dignidad y de su
grandeza: su elección divina, su vocación, y su misión.
Debido a esas burlas y menosprecios, manifestados en forma de fría indiferencia, de afectada
ignorancia, o de positivo escarnio, derisión o contumelia, se enturbia en algunos católicos la gloria
de la propia pertenencia. Hasta el punto de que algunos pueden sentir la tentación de negar,
disimular o hasta abandonar una pertenencia eclesial que es fuente de bochorno. La burla alcanza de
este modo su objetivo, provocando un gravísimo daño. Hace tropezar a los pequeños en el
seguimiento del camino de Cristo. Los aparta del pueblo de reyes, profético y sacerdotal, con
menosprecio de la propia elección, vocación y misión divina.
Este crimen lo llamó Jesús: “escandalizar a los pequeños que creen en mí” (Marcos 9,42 y
paralelos), y lo juzgó digno – como hemos dicho – de un durísimo castigo. Pablo tuvo que exhortar a
Timoteo – nada menos – a no avergonzarse del evangelio, ni de las cadenas de San Pablo (2 Timoteo
1,8.12). Avergonzarse, o lo que se conoce como “respeto humano” (110), es un término técnico de
la teología cristiana del martirio, casi sinónimo de apostatar. El Evangelio lo remonta a la enseñanza
de Jesús:
“El que se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación adúltera y pecadora, también el
Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos
ángeles” (Marcos 8,38)
La persecución, en cualquiera de sus múltiples formas, ha sido siempre causa de apostasía; también
lo ha sido en sus formas de irrisión, de burla, de menosprecio o de ignorancia afectada. Más todavía
cuando esas burlas son tenaces, generalizadas, sistemáticas, y continuas, como sucede con las que
se convierten en hábitos culturales y cristalizan en costumbres y tradiciones sociales (111). Ante
ellas la protesta cristiana, digna y mansa, pero infatigable, firme y clarividente, es un deber
indeclinable.
4.10.2. La burla como persecución
La burla, como dijimos antes (112), sigue acompañando hoy a la Iglesia como bienaventuranza
dolorosa y como forma de persecución.
Pensamos en el manoseo irreverente del hábito religioso por parte de agencias de publicidad en sus
avisos publicitarios; en la distorsión de la imagen sacerdotal o de las religiosas en telenovelas que la
manosean y ensucian, en shows o videoclips blasfemos que hacen de la profanación una industria y
de la ofensa de la sensibilidad de los creyentes un negocio.


Afín a este mismo fenómeno espiritual, por otro extremo que sólo en apariencia le es opuesto, están
las asociaciones negativas de los símbolos, objetos y personas sagradas en espectáculos del género
de terror.
Esta industria no se detiene ni siquiera ante la profanación pornográfica y perversa. Detrás de esa
manipulación destructora del imaginario creyente, a la que nos hemos referido (ver 3.7.), están la
acedia y el odio: primero la tristeza y luego la bronca contra Dios, contra los creyentes y lo que
ellos aman y consideran sagrado.
Como escalón previo al odio, la acedia prepara la persecución sangrienta. En efecto: la burla y el
menosprecio, como descalificación social, son precursores de la sangre y son verdadera
persecución.
Entre todas las formas de persecución, quizás sea la burla la más cobarde e innoble. Sin embargo,
desde el Viernes Santo hasta el fin de los tiempos acompaña y rodea a la Cruz, al Crucificado y a su
Iglesia: “peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (113).
4.10.3. La Irrisión se Opone a la Justicia
La justicia es dar a cada uno lo que le es debido. A cada uno se le debe un cierto grado o forma de
respeto, honor y consideración, tanto en el trato interpersonal como en el social. El respeto y el
honor debidos, son asunto de justicia.
En justicia, debemos los creyentes, la alabanza, la adoración y la glorificación al Dios creador y
salvador. En justicia se debe a los progenitores el respeto y la honra. A todo ser humano se le debe
el respeto que merece su condición humana, independientemente de sus méritos o deméritos
personales. Respeto merecen el padre por ser padre, la madre por ser madre. Y respeto merece la
virtud, y aún simplemente las canas. Respeto se debe a las autoridades, y también merecen el suyo
los más humildes y desamparados. Cada uno merece honor y respeto, aunque todos en diversa
forma, pues a cada uno se le debe el propio.
A cualquiera de ellos que se les escamotee el honor y el respeto debidos, se le infiere injuria, es
decir: se le hace injusticia. La irrisión y toda otra manera de escamotear el debido honor y respeto,
son pues actos contrarios a la justicia. Son pecados contra la justicia.
Se debe respeto al Pueblo de Dios. Por muchos motivos. El primero y principal, por ser obra de
Dios mismo. Por eso, toda burla, ignorancia afectada o cualquier otra forma de discriminación que
le escamotea el debido reconocimiento, es injusticia que se le hace. Tanto más grave injuria cuanto
mayor es el respeto que se le debe y el escarnio que se le infiere. Pero es también injuria que se hace
al mismo Señor ignorando y escarneciendo su obra.
Pero aún quien no crea y por lo tanto no reconozca el carácter divino de su dignidad, le debe por lo
menos el mismo respeto que a cualquier otra convicción religiosa. Y parecería que es justamente
con los católicos con los que hay patente de libre corso para la irrisión.
En este tiempo en que tanto se habla de los derechos humanos y de la justicia, parece olvidado el
derecho al honor y al respeto, y parece perdida la conciencia moral en lo que toca al pecado de
derisión y contumelia (114).
Piénsese en el manoseo del hábito de la religiosa y de su imagen, entrañable para los fieles
creyentes, de virgen consagrada a Cristo, en telenovelas como “La extraña dama” o “Con pecado
concebida”, o en Videos como “Cambio de hábitos”, imitado luego por la publicidad de un producto
cosmético. La empresa Benetton, por ejemplo, mostró en inmensos affiches la imagen de un joven
sacerdote de sotana negra besándose con una monja de hábito blanco. Y podía verlas el Papa en
alguna de sus visitas, desde el emplazamiento del altar. Más recientemente aún, la empresa
Volkswagen ha abusado del cuadro de la Ultima Cena de Leonardo da Vinci para promocionar una
marca de autor. Bajo la imagen, se le hace decir a Nuestro Señor: ‘Amigos míos, regocijémonos,
pues ha nacido un nuevo Golf’. Felizmente, esta vez, el Episcopado de Francia ha reaccionado en
defensa de la sensibilidad de los fieles. Los obispos desean que se abra de una vez por todas un


debate público para establecer que no es adecuado el uso de temas religiosos con fines puramente
comerciales y lucrativos. Los responsables de la agencia publicitaria DDB, André Bouchard y Jean-
Denis Pallain, admitieron que al idear la campaña eran conscientes de que los avisos podían resultar
chocantes para los creyentes, pero quisieron apelar igualmente al sentido del humor de la gente. El
portavoz del Episcopado francés replicó que con esta campaña, los responsables ‘se apropian de un
ppatrimonio simbólico que hace a la esencia más íntima de millones de creyentes. Es inadmisible,
sostuvo, que la empresa lo haga ‘no con un interés artístico sino con fines puramente comerciales’
(115). Nosotros anhelamos que se reserven los símbolos religiosos exclusivamente a sus fines
específicamente religiosos y se los considere propiedad religiosa, es decir sagrada, de los creyentes.
4.10.4 El que a Vosotros Desprecia a Mí me Desprecia
En el juicio final de las naciones paganas (Mateo 25, 31-46), se dice que éstas serán juzgadas por su
actitud misericorde o inmisericorde respecto de los “hermanitos míos más pequeños”.
Se trata de los discípulos de Jesús.
Sería innecesario tener que decirlo y menos aún tener que argumentarlo y probarlo con textos, si la
exégesis racionalista y kantiana, no hubiera reinterpretado filantrópicamente este texto,
escamoteando así su naturaleza cristocéntrica y eclesiológica; y si esta interpretación no se hubiese
divulgado después – por desgracia – hasta hacerse predominante, y hasta ser recibida incluso entre
los predicadores y hasta entre algunos exegetas y teólogos católicos.
Son numerosos los textos evangélicos que enseñan esta ley de solidaridad e identificación entre
Jesús y los que creen en El. En ellos Jesús se refiere a sus discípulos con el título de “pequeños”. He
aquí algunos tomados del mismo Mateo:
“Quien a vosotros recibe a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha
enviado…y todo aquél que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por
ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mateo 10,40.42).
“Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos
(…) quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos (…) y el que
reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero el que escandalice a uno de estos
pequeños que creen en mí (…) guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños (…) no es
voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mateo 18, 3-
6.10.14).
Esta ley de identificación nos enseña acerca del misterio de la acedia y de cómo, lo que se hace
contra los amados de Dios, va dirigido contra Dios. “Las afrentas con que te afrentan caen sobre
mí” confesaba el salmista (Salmo 68,10). Los enemigos de Dios dicen del justo: “su sola presencia
nos es insufrible” (Sabiduría 2,14).
La acedia tiene por objeto a Dios y a todo lo que tiene relación con El, los hombres con él
vinculados, su lenguaje, los signos, símbolos y acciones simbólicas que expresan esa relación.
Por el contrario, la Caridad honra a Dios en sus creaturas, especialmente en sus amigos: “Tus
amigos son por mí muy honrados, Señor” (Salmo 138,17)
Notas
109. Ya Soren Kierkegaard observaba en su tiempo racionalista el fenómeno de la sorna ante el
creyente que se toma su fe en serio. Kierkegaard nos ha dejado un análisis, digno de recordar y de
ser meditado, de las causas del fenómeno. A pesar del tiempo trascurrido y de la diversidad de las
circunstancias, algunas reflexiones de este autor nos ayudan a comprender hechos y situaciones que
se siguen dando hoy en muchos lugares:
110. Tomo un ejemplo de la vida y escritos de Teresa de los Andes, que muestra hasta qué punto en
una sociedad que podía reputarse cristiana y católica, una joven, cuando pretendían tomarse en serio
su fe, sentía la oposición del mundo y la tentación del respeto humano. Dice Teresa de los Andes:


“Todos los días hago mi meditación y veo cuán grande ayuda es para santificarse. Es el espejo del
alma ¡Cuánto se conoce en ella a sí misma! La dificultad es el respeto humano: que me vean
meditando y me digan beata” (Purroy, l982 p.48).
111. Por ejemplo el tenaz prejuicio y oposición a la vida contemplativa y las acerbas críticas contra
ella, aun en medios “católicos”. Vaya este otro ejemplo tomado de los escritos de Teresa de los
Andes: “Tengo pena, pues siempre que le pido plata a mi papá me dice que no tiene. ¿Qué irá a
hacer cuando me tenga que dar la dote para ser carmelita? Creo que no va a querer dejarme ir. Veo
tanta hostilidad contra ellas…”(O.c. p.70). “El fin de la carmelita me entusiasma (…) Cuántos tachan
su vida de inútil. (…) así como a Cristo no lo conoció el mundo, a ella tampoco la conoce”. (O.c.
p.106).
112. Véase: 2.4. La Burla: Hija de la Acedia.
113. Cf. Lumen Gentium Nº 8; la Constitucion del Concilio Vat. II, cita aquí a San Agustín, La
Ciudad de Dios XVIII,52,2.
114. Summa Theol. 2-2, q.72; q. 158, a.7.
115. Diario Clarín, Buenos Aires 05-02-1998, p. 29.
4.11.) Acedia Jurídica
La indiferencia por el bien ha invadido también la órbita jurídica de nuestra cultura. El derecho es
celoso en amparar los bienes económicos como si fueran sagrados. Pero no toma en cuenta para
ampararlos, los bienes sagrados. Parece que en estos asuntos el derecho se lava las manos como
Pilatos.
Los hombres, pero particularmente los católicos, están hoy desamparados jurídicamente ante el
abuso de sus símbolos sagrados, los cuales pueden ser escarnecidos, burlados, profanados
públicamente con total impunidad. Pueden usarse en publicidad o en la industria del espectáculo
como si fueran cosas del dominio público.
El orden legal vigente ampara la propiedad intelectual y las marcas comerciales. No hace mucho, la
Compañía Walt Disney demandó a los organizadores del Oscar porque usaron la figura de Blanca
Nieves sin su autorización. El personaje creado por Walt Disney es propiedad de la Compañía y su
uso le pertenece. Es un derecho en el que lo protege la ley.
Pues bien, Blanca Nieves goza de mayor protección legal que un Crucifijo o que las personas
mismas de Cristo y de María (116). Las imágenes sagradas de los católicos no están protegidas, no
ya contra su uso, sino contra cualquier abuso. Se puede abusar de ellas para todos los fines
imaginables y los católicos no tienen ninguna forma de oponerse y reclamar por caminos legales.
Se puede abusar del nombre de la Virgen como nombre de artista de una Vedette porno. Se puede
hacer propaganda de un fiambre, presentando risible y burlescamente el sacramento y al ministro de
la penitencia. Se puede presentar una marca de reloj con una parodia de la resurrección. Se puede
presentar un cosmético usurpando el hábito de las religiosas. La figura misma del sacerdote y de la
religiosa son llevadas y traídas, manoseando esas imágenes en telenovelas irreverentes. Con los
nombres de nuestros dogmas de fe y los artículos del Credo se hace lo mismo (117). Habitualmente
los símbolos sagrados católicos se asocian con imágenes terroríficas en el género de terror.
No hay amparo legal para este grupo humano cuyas imágenes son así manipuladas y destruídas por
la más moderna y sofisticada ingeniería de la imagen, puesta al servicio de la acedia. No hay
amparo legal para los sentimientos de los fieles así agredidos en su imaginario creyente. Y no
estamos hablando de países musulmanes sino de países como Italia, España y Argentina, donde hay
mayorías católicas ultrajadas por minorías despóticas.
El Envilecimiento de la Conciencia


Esta impunidad para el manoseo y para el insulto, trae como consecuencia lamentable, el
acostumbramiento de un pueblo entero a ser objeto de persecución burlesca. La irreverencia
crónica, el no ser respetado perpetuamente, el no ser considerado ni tenido en cuenta, introyectado y
convertido en hábito, acaba embotando el sentido del propio respeto y dignidad. El pueblo termina
por considerarse en verdad inferior y ridículo, en verdad indigno y nulo.
En esa situación, que es la actual, hay muchos fieles que, habituados al escarnio, habiendo perdido
además el sentido de la sacralidad de sus símbolos y de la reverencia que ellos y los demás les
deben, víctimas de estas acciones psicopolíticas, han perdido también la autoestima. Ya no son
capaces de estremecerse con las profanaciones. Peor aún, llegan a celebrar, también ellos, los
inventos blasfemos del corro de los burlones; festejan las humoradas que se hacen a su propia costa;
a costa del pueblo santo y de su Dios.
Esa pérdida de la autoestima y del sentido de la propia dignidad, es ya una forma de la pérdida de la
fe, del debilitamiento de su sentido de pertenencia eclesial. Es insensibilidad para un mal, y por lo
tanto, como toda forma de apercepción del bien, como toda forma de dispercepción, tiene algo de
acedia y es incoación de la apostasía.
En efecto: algunos creyentes, imaginando que así lograrán evitar las burlas de la acedia, toman
distancia de la Iglesia y se suman al coro del mundo hostil. Asumen la autodenigración como forma
de elegancia, de distinción; como sello o blasón de libertad de espíritu.
La lucha por el reconocimiento de los derechos de Dios es irrenunciable. Y también lo es la lucha
por el reconocimiento de los derechos de la conciencia creyente a la propiedad de sus símbolos, de
sus signos, de sus cantos y melodías (118), de sus imágenes sagradas, de su mundo imaginario. Y
consiguientemente a la protección legal de esos bienes contra los abusos de la industria de la
persecución.
Los símbolos religiosos cristianos pertenecen al pueblo de Dios, a la Iglesia, porque los ha
producido. Y el pueblo creyente tiene derecho a ser amparado en el respeto a su propiedad
espiritual, que es de orden muy superior a la intelectual y a la económica.
El orden jurídico y legal vigente desconoce el derecho del creyente a ser respetado en esa esfera
religiosa. Es esta una laguna lamentable – por otra parte más artificial que natural – de la actual
situación jurídica, que lo deja inerme ante las mencionadas formas de agresión. A esta situación de
desamparo que acabamos de describir, y que es otra faceta más de la cultura y de la civilización de
la acedia, creo que puede llamársela con justicia: acedia jurídica.
4.12.) Adiestramiento para la Acedia
En nuestros tiempos muchos creyentes han tenido poderosos motivos para lamentar serlo. Los
poderes de este mundo no le han hecho fácil la vida.
El comunismo soviético empleó el conductismo de Pavlof para cambiar el modo de pensar y la
conducta de los creyentes, e invertir su apreciación del bien y el mal.
En los procesos que en los regímenes comunistas llevaban a cabo los tribunales del pueblo, se
procuraba arrancar la autoacusación mediante halagos o amenazas. En cuanto apuntaban a arrancar
la confesión de que había sido malo todo cuanto el creyente antes reputara bueno, estos procesos
procuraban inducir la acedia y provocar la apostasía. El solo hecho de estar en la mira del aparato
policíaco comunista y de sus crueles métodos disuasorios, eran motivos suficientes para que más de
un creyente estuviera tentado de lamentarse de su fe.
Con el fin de lograr el “arrepentimiento” (una verdadera y propia re-conversión o apostasía), se
aplicaron los lavados de cerebro, basados en los reflejos condicionados, como modificadores de la
conducta. Dicho prontamente, se castigaba al creyente hasta disuadirlo, o se lo mandaba a morir al
Archipiélago Gulag, como lo bautizó A. Soljenitsin. Se re-adiestraba al creyente, para recuperarlo y
convertirlo en un buen ciudadano soviético.


No a todos era necesario enviarlos a prisión. Porque no todos eran pertinaces y recalcitrantes. Los
procesos del tribunal del pueblo eran públicos porque tenían una finalidad de disuasión colectiva.
Eran una amenaza para todo buen entendedor. No importa qué lejos estuviese el creyente medroso,
así estuviese más allá de los mares, igualmente se lo intimidaba. Los procesos, locales, tenían
efectos mundiales. Como sucediera otrora con la guillotina, hasta donde llegaba la noticia se
expandía el terror.
Los estímulos condicionantes empleados por la ciencia del lavado de cerebros, se fueron
sofisticando y se hicieron más universales y de amplio espectro. Se comenzó a usar estímulos
menos violentos que los procesos y las prisiones.
La aprobación o la desaprobación, el halago cultural o editorial para el escritor que empleaba el
discurso conveniente, o el silenciamiento. Se premiaba la autocrítica “espontánea” de los católicos,
hasta que se fue convirtiendo en moda aplaudida y premiada, prestigiante, el decir todo mal de sí
mismos.
Grandes editoriales, semanarios, periódicos, libros, sirvieron a la finalidad de un gigantesco
operativo de brain-washing, para modificar la opinión pública católica, e imponer a los católicos
una conciencia culpable; para lograr la confesión y autoacusación en gran escala; para que
deploraran lo que habían sido y declararan que su pasado había sido global y radicalmente malo;
para que rompieran con ese pasado, lo cual equivalía a romper con la obra de Dios en dos mil años
de Iglesia.
Se inducía así una declaración de acedia y menosprecio no ya individual y privada, sino que
afectaba la conciencia colectiva de la Iglesia (119) suceda los que están empeñados en acusarla, y al
acecho de sus confesiones para usarlas en su contra. Esas torcidas espectativas y esas
manipulaciones, no crean precisamente las condiciones de libertad y dignidad que exige la
confesión. Condiciones y espacios que sí se aseguran, dentro de la Iglesia, a los arrepentidos, de
cuya confesión de culpa ésta no saca ninguna ventaja, de ninguna índole..
En otros tiempos, relativamente más felices, ocurría que algún que otro creyente envidiara, más o
menos ocultamente, la suerte de los infieles, porque – por ejemplo – no tenían que guardar los
mandamientos y demás obligaciones de la vida cristiana. Claro acto de acedia, o sea de tristeza por
el bien propio; y, en este caso, por el bien de ese camino de sabiduría que son las Diez Palabras.
Pero en comparación con eso, la calamidad que descargó en este siglo sobre los católicos, los
presionó a maldecir de sí mismos y los acusó de gravísimos cargos, como enemigos de la
Humanidad y del bien común, sólo parece comparable a la acusación neroniana. Aunque por lo
masivo y artero de sus métodos, quizás no tenga igual en el pasado.
Tatiana Goricheva experimentó en carne propia lo que puso por título a uno de sus libros “Hablar
de Dios resulta peligroso”. Bien pudo decir, sencillamente, que era peligroso el mero hecho de
creer en Dios (120).
La peligrosidad de la condición creyente, no la disimuló Jesús a sus discípulos, y ha de ser siempre
parte esencial de la instrucción catequística. De lo contrario, la persecución, tomando impreparados,
desprevenidos e ignorantes a los fieles, los precipita más fácilmente en el escándalo de verse
rechazados de una manera inexplicable; rechazo cuya significación espiritual – faltos de la debida
instrucción – no pueden comprender. Por los caminos de ese escándalo de la cruz, dan, sin
capacidad de resistencia, en una fácil apostasía. Tanto más fácil, cuanto que no se los ha instruído
tampoco sobre la gravedad de este pecado contra la fe (121). Quizás la generalización de la
apostasía que presenciamos en nuestros días (122) Es a esos fenómenos, a los que tradicionalmente
se los denominó, en el lenguaje de la fe, con el nombre de apostasía. Y en ese sentido tradicional
usamos la palabra, conscientes de que existe alrededor de ella, como de otras tantas del vocabulario
creyente, un tabú que inhibe de utilizarla. , se deba a esas lagunas en nuestros programas de
instrucción catequística. Toda catequesis debería recalcar e insistir en que seguir a Cristo es algo


peligroso: “¡Ten cuidado de no empezar en seguida lo que has oído, a no ser que verdaderamente
tu seriedad estribe en querer de veras negarte a ti mismo!” (123) .
Si advertir estas cosas no es tan necesario en regímenes totalitarios anticristianos, donde al
catecúmeno le resulta obvio y archiconocido, lo es ciertamente en las engañosas situaciones del
mundo occidental, al que todavía, de vez en cuando, aunque hoy con menos frecuencia que en otros
tiempos, le da por llamarse cristiano.
Versión Occidental
En la prosecución de los mismos fines, aunque con medios más refinados, la impiedad occidental,
no le fue en zaga a la oriental, la cual no era, al fin y al cabo, sino una hija suya de carácter más
cruento.
A este propósito, hablando en Harvard, A. Soljenitsin describía en estos términos la artera versión
occidental de la censura soviética:
“El Occidente, que no posee censura, opera sin embargo una selección puntillosa al separar las
ideas de moda de las que no lo son: y aún cuando estas últimas no se apagan por la fuerza de una
prohibición, no pueden expresarse verdaderamente ni en la prensa periódica, ni en el libro, ni por
la enseñanza universitaria. El espíritu de vuestros investigadores es libre jurídicamente, pero está
investido por todas partes por la moda”
Este régimen de censura por silenciamiento y publicidad dirigida, promueve desde afuera pero en
forma que se hace sentir también – ¡y cómo! – dentro de la Iglesia, mediante los medios e
instituciones culturales de los que se vale el stablishment, la versión occidental de la autoacusación
católica.
Así se puso de moda, predominantemente entre los cuadros intelectualizados del catolicismo, la
autocrítica a ultranza, autodenigradora y autodemoledora. La meta de esta autocrítica es selectiva.
No se trata, como en el mundo comunista, de liquidar, sino de reorientar, “purificando” a la Iglesia
de lo que se considera “incompatible con el mundo de hoy”; o en lenguaje bultmanniano
“incompatible con la moderna Weltanschauung”.
Pero en el fondo se trata de lo mismo. En ambos mundos, cada uno con sus métodos propios, lo que
se busca es la “reeducación”, o sea una cierta domesticación de la Iglesia. Se trata sólo de versiones
diferentes de un mismo sueño. La versión occidental del sueño marxista que aspira a las Iglesias
católicas nacionales, domesticadas por el César, es una Iglesia “del mundo”, dócil a los poderes
políticos mundiales.
La nueva actitud, complaciente con el César y dura con el Papa, se ha extendido dentro de la
Iglesia. He aquí cómo la ha descrito el Cardenal Ratzinger:
“A este autoanálisis flagelador, practicado por muchos contra la propia Iglesia católica, se unía
una disposición poco menos que angustiosa a aceptar con absoluta seriedad todo el arsenal de las
acusaciones contra la Iglesia, sin excluir una sola. Y esto significaba, al mismo tiempo, un
cuidadoso esfuerzo por no volver a incurrir en nuevas culpas ante los otros, por aprender de ellos,
y hasta donde ello fuere posible, por no buscar ni ver en ellos sino los aspectos positivos. Esta
radicalización de la fundamental exigencia bíblica de la conversión y del amor al prójimo,
desembocó en la inseguridad de la propia identidad, que se estaba cuestionando por doquier, pero
sobre todo, en la profunda ruptura respecto de la propia historia, cuyas páginas se antojaban
totalmente salpicadas de suciedad, de suerte que se hacía de todo punto impresincible un comienzo
radicalmente nuevo”
Las palabras del Card. Ratzinger, describen una actitud de acedia: una disposición a dar por malos,
indiscriminadamente, todos los bienes propios, y a declarar bueno todo lo ajeno.
Falsa e indiscreta humildad. Si bien la consideración de los propios defectos ayuda para evitar el
engreimiento y dispone a la humildad, el despreciar los dones de Dios que uno posee, el ignorarlos


o negarlos, el avergonzarse de ellos ante los hombres como si fuesen males, el ocultarlos por evitar
ser motejados de arrogantes…todo eso no es humildad, sino falsa humildad, ingratitud y acedia
(124).
A tan deplorable situación llegan algunos creyentes por no tener bien claro que – como ya lo
prevenía Jesús mismo – “no se puede servir a dos señores”. No es posible tener contentos a Dios y al
Mundo.
Al cristiano que vive en el mundo occidental hay que desengañarlo con palabras como las de
Kierkegaard: “Cuando en este mundo un hombre se decida a cumplir, aunque fuera del modo más
modesto, el deber de permanecer en deuda de mutua caridad, tendrá que enfrentarse
irremediablemente con la dificultad definitiva y entrar en combate con la oposición mundana (…)
¡Ah, el mundo piensa muy poco o nada en Dios! A esto se debe el que no pueda por menos de
interpretar al revés toda forma de vida cuyo pensamiento más esencial y constante sea cabalmente
el pensamiento de Dios” (125) . Leo Moulin, un ateo y agnóstico, insospechable de parcialidad
procatólica, dice en este mismo sentido, con la autoridad que le da su condición de catedrático de
historia: “Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda
anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala
conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de
insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los
responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica
masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.
“Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas
las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos,
ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: Habéis permitido que todos os pasaran
cuentas, a menudo falseadas, sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que
no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por
creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que
trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo es
cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de
cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas
a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de los que han venido
después? ¿Desde qué púlpitos escucháis contritos ciertos sermones?” (126).
Se ha de observar, por fin, que dado que en el ensañamiento autoflagelador y en la autoacusación
sistemática ante los tribunales del mundo, hay una conducta de acedia, negadora del bien divino y
de sus bienes derivados, el concepto de acedia es fundamental para encarar la cura pastoral de estas
conductas compulsivas de autodenigración. Y debido a que son inducidas mediante manipulaciones
y estímulos propagandísticos ocultos – se los ha llamado Hidden Persuaders: Persuasores Ocultos –
de los cuales las víctimas no son del todo conscientes, se ha de ser cautos en pronunciarse
precipitadamente sobre el grado de reponsabilidad moral de los que han sido sometidos a tales
lavados de cerebro culturales. Pero no se debe subvalorar el daño objetivo que infieren y se infieren.
Notas
116. Recuérdense los filmes: Jesucristo Superstar, La última tentación de Cristo, Je vous salue
Marie, Jesús de Montréal. Emmanuelle, un film perverso, inauguró el uso sacrílego del nombre
mesiánico que continúa hoy una revista pornográfica.
117. “Con pecado concebida”, es el título escarnecedor de una telenovela.
118. Las melodías gregorianas, por ejemplo, que, olvidadas por muchos creyentes han sido
rescatadas por videoclips para profanarlas.
119. La Iglesia no teme confesar sus pecados y sus culpas. Lo hizo en el Vaticano II. Y con motivo
del Tercer Milenio cristiano, el Papa nos invita a reconocer las culpas históricas cometidas por


creyentes, para tomar distancia de ellas y evitarlas. Pero ese reconocimiento se emite y se ha de
emitir, libremente y sin compulsiones ni manipulaciones psíquicas. Y, sobre todo, el acto de
emitirlo, no invalida a la Iglesia por una globalización del mal y de la culpa, como buscan que
120. Coincidiendo con ella decía Kierkegaard: “El cristianismo es en el sentido divino el bien
supremo; y por lo mismo es a la par en el sentido humano un bien extremadamente peligroso” (Las
Obras del Amor, I, p. 332). Y no lo decía en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, sino en
la sociedad luterana dinamarquesa, convencida de ser cristiana.
121. Detrás de esta omisión de la catequesis es detectable un debilitamiento general de la conciencia
eclesial acerca de estos asuntos. Esa pérdida de advertencia, redunda en un cierto descuido no sólo
en el área de la catequesis, sino en el de la pastoral y, sobre todo, en el de la disciplina eclesial,
sacramental y canónica. La práctica de la disciplina eclesial actual es muy lene, por no decir remisa
u omisa, respecto de los crímenes de apostasía. Los fieles que se van a las sectas son readmitidos
con una simple confesión sacramental, sin condiciones de abjuración pública para un pecado que
fue público y con escándalo e injuria del Señor y de los demás fieles. En esto, la caridad con el
penitente, no va acompañada de la necesaria y discreta caridad con la comunidad creyente. En la
apostasía hay un componente de justicia, en primer lugar con el Señor, públicamente ofendido, y
luego con su Cuerpo Místico. Esa injuria pública exige pública reparación. Las formas actuales de
perdón barato merecerían algún comentario de San Cipriano, y pienso que no precisamente
aprobatorio ni elogioso. Cuando es Dios el ofendido, el perdón no se debe regalar sin satisfacción.
Eso sería no sólo justicia sino también misericordia pastoral, pues ayudaría a crear conciencia entre
los fieles. Y esa conciencia sería a la vez defensiva y difusiva.
122. Hay quien no ve apostasía. Sin embargo, vemos salir legiones de alumnos de nuestros colegios
y, promoción tras promoción, apartarse de la práctica sacramental, de las virtudes teologales y de la
vida cristiana. Vemos a muchos fieles engrosar las filas de las sectas o promiscuar su pertenencia
católica con pertenencias incompatibles, sin mayores remordimientos ni conciencia de pecado.
Vemos sacerdotes abandonar el ministerio y a religiosos ser infieles a sus votos.
123. S. Kierkegaard, Las Obras del Amor, I, p. 330. A este propósito abunda Kierkegaard: “El
cristianismo sólo se puede ensalzar teniendo mucho cuidado de que en cada afirmación quede
incesantemente señalado el peligro que comporta, a saber, cómo lo cristiano es locura y escándalo
para la concepción meramente humana (…) Exactamente como Cristo (…) cuando les predecía a sus
Apóstoles a su debido tiempo que serían perseguidos en su nombre y los que los mataran,
considerarían que con ello prestaban un servicio a Dios” (O.c. p. 333.).
124. Quién no recuerda casos de evangelizadores inhibidos de predicar la Verdad revelada por
temor de incurrir en la pretensión de “ser los poseedores de la verdad”. Como si fuera mérito propio
ser depositario de la gracia de la Revelación. Ya se ve en qué castración apostólica termina una
concepción pelagiana de cuyo horizonte desaparece la noción de la gracia.
125. Las Obras del Amor, I, p.337.
126. Vittorio Messori, Leyendas Negras de la Iglesia, Planeta, Barcelona 19974, p.17-18.
4.13.) Las “Broncas” en la Iglesia
El tema de las compulsiones autoflageladoras, inducidas desde afuera de la Iglesia por los poderes
de este mundo, nos lleva como de la mano a ciertas formas de acedia intraeclesiales.
Se hace difícil elencar exhaustivamente la variedad de formas en que existe la acedia de unos fieles
contra otros fieles; es decir entre fieles, dentro mismo de la Iglesia.
El mal es tan antiguo como la Iglesia misma. Pero no se lo reconoce ni se lo diagnostica, en
nuestros días, con la misma sagaz clarividencia pastoral de un Clemente romano :
“Dióseos toda gloria y dilatación y vino a cumplirse lo que está escrito: ‘Comió y bebió y se dilató
y engordó y recalcitró el amado’ (Deuteronomio 32,15). De ahí nacieron emulaciones y envidia,


contienda y partidos, persecución y desorden, guerra y cautividad. Así se levantaron los “sin honor
contra los honrados”, los sin gloria contra los gloriosos, los insensatos contra los sensatos, los
jóvenes contra los ancianos. La justicia y la paz huyeron lejos de vosotros, por haber abandonado
cada uno el temor de Dios y dejar que se debilitaran los ojos de la fe en El. Ya no caminábais
según las ordenaciones de sus mandamientos ni llevábais una conducta conforme a Cristo, sino que
cada cual se extravió por las sendas de las pasiones de su corazón malvado, habiendo concebido
dentro de vosotros una acedia injusta e impía” (127) .
Tampoco hoy, es oro todo lo que reluce, en lo que alguno, desprevenidamente, pudiera tomar como
corrección fraterna, o como “crítica que viene del amor”, o algún otro, dolosamente, pretendiera
hacer pasar por tales. Aún en los casos en que los fieles se señalan, unos a otros, defectos reales e
indiscutibles, hay a menudo, de contrabando, una secreta alegría de tener algo qué señalar, o una
intención descalificadora en el hecho de buscarlos y señalarlos.
Otras veces, en el corregir al otro, hay un tácito alegato en pro de la propia justicia. Consciente o
inconscientemente se descalifica al otro para calificarse a sí mismo. Ya sea ante los propios ojos, ya
sea, con mayor frecuencia, ante la mirada del mundo, al que se mira de reojo, esperando su
aprobación.
El modo de corregir de San Clemente no es éste. En su sabiduría y caridad pastoral, San Clemente
no se coloca a sí mismo fuera de los males que corrige. Por eso es digno de ser tomado como
maestro en su modo de corregir: “Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para amonestaros
a vosotros, sino también para recordárnoslo a nosotros mismos, pues hemos bajado a la arena y
tenemos delante el mismo combate” (128) .
¿Dónde están hoy – en cambio – los elogios al ser creyente? ¿Dónde los elogios al pueblo católico?
La misma palabra católico va en camino de convertirse en nombre que avergüenza.
Se enciende fácilmente dentro, azuzado alegremente desde afuera, con la misma leña de la
autoflagelación, un “todo contra todos” intraeclesial. La autoacusación no es acusación de sí mismo,
sino de los demás católicos. La declaración de las culpas “propias” es en realidad a veces acusación
de culpas ajenas. Se hace examen repartiendo culpas y golpeando pechos ajenos. Se “evalúa”, pero
a los demás: los fieles a sus sacerdotes, los sacerdotes a sus fieles, el obispo a todos y todos al
obispo. Los reproches suben y bajan y se entrecruzan en todas direcciones, sin respetar ni al Papa.
La acusación, la irritación, la burla, la vergüenza, la malquerencia, la descalificación. Y, si es
posible, todo ventilado en público y agitado golosamente por la Prensa y los Medios.
Lo que decía ya San Pablo a sus Gálatas sigue teniendo hoy particular vigencia: “Si os mordéis y os
devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros!” (Gálatas 5,15). Cuando se deja
de mirar el bien que Dios obra y de gozarse en él, la acedia abre la puerta a la autocontemplación, a
la necesidad de autojustificarse por las propias obras, a la discusión por el bien a realizar, o por el
bien no realizado (129).
El Partido del Mundo
La persecución que viene desde fuera de la Iglesia, siempre agravó las divisiones intraeclesiales.
Así lo enseña la experiencia histórica bimilenaria de la Iglesia. La persecución, no sólo produjo
mártires, también produjo apóstatas. No sólo produjo solidaridad y consolidación de la comunión,
también produjo desentendimientos, divisiones y partidos. No sólo fue ocasión de que brillara la
caridad de unos, fue también causa del enfriamiento de la caridad de otros. No sólo alimentó
fidelidades, también indujo a traiciones.
Pablo, en sus Cartas Pastorales, escritas cuando ya se había desatado la persecución por parte del
Imperio romano, advierte contra: “La enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de
donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin” (1
Timoteo 6,4-5) “Discusiones necias y estúpidas que engendran altercados” (2 Timoteo 2,23; ver


Tito 3,9-11). Por lo visto, la persecución no suscitaba en todos la solidaridad y la cohesión, sino
todo lo contrario en muchos.
Las discusiones producen, pues, según lo muestra tanto la historia como la experiencia, división y
partidos. Y como consecuencia de la fragmentación de la comunidad, se disgrega la asamblea. La
Carta a los Hebreos atestigua el abandono de la asamblea (Hebreos 10,25), en un contexto de
persecución, apostasías y divisiones (130). Y la experiencia contemporánea del catolicismo, en
países comunistas como Polonia o China, ilustra y confirma, con ejemplos de historia reciente, las
enseñanzas de la historia antigua.
La deserción de las asambleas litúrgicas es otro síntoma del mismo mal. Y puede iluminarnos para
comprender mejor las causas del ausentismo dominical: el enfriamiento de la caridad; la pérdida del
gozo de estar juntos. Es que en tiempos de persecución parece prudente tomar distancia de los
perseguidos.
A nadie le gusta la hostilidad del mundo ni la persecución. La irritación del mundo contra los fieles
termina causando irritación entre los fieles. Algunos, queriendo evitarla, piensan equivocadamente
que podrán bienquistarse al mundo dándole razón y cediendo a los pretextos de los críticos y de los
perseguidores. Surge así un “partido del mundo”, que aspira a la asimilación, y a través del cual la
persecución se introyecta en la comunidad misma, con formas intraeclesiales de mundanidad
mental, con diversidad de criterios y con críticas a los demás. Críticas que defienden puntos de vista
mundanos con razones cristianas. Por eso, esta tentación del mundo internalizado, y defendido con
etiquetas y argumentaciones “cristianas”, es singularmente pérfida y engañosa.
Almas bienintencionadas, al ver que el mundo se escandaliza de la fe y de la vida creyente, sueñan
con quitar el escándalo. Y se irritan contra lo que les parece rigidez en los que se apegan a sus
fidelidades, como causantes de la persecución. Sin embargo el escándalo es inherente a la situación
del cristiano en el mundo (131).
Romano Guardini ha captado y descrito, como vimos antes, en su libro El Ocaso de la Edad
Moderna, el mecanismo mundano – pero internalizado por el “catolicismo crítico” – de oponerse al
catolicismo en nombre de alguno de los propios valores cristianos. Jugar el cristianismo contra el
catolicismo, contra la Iglesia. Oponer la parte al todo. La razón a la realidad. Mecanismo
descalificador que nos hace recordar al que impugnaba la misericordia en nombre de la
misericordia.
En este contexto surgen las discusiones nocivas a que alude San Pablo y de las que tenemos huellas
en la restante literatura cristiana primitiva. Qué hacer, hasta dónde ceder, si readmitir o no a los
lapsi (los que habían apostatado en la prueba), bajo qué condiciones. El tratado de San Cipriano
sobre la Persecución es un ejemplo de esta situación de perplejidad eclesial, en el que la
persecución proyecta sombras de irritación dentro de la Iglesia y acusaciones mutuas de rigorismo o
laxismo.
4.14.) Permanecer en el Amor Fraterno
Vergüenza por el Propio Pueblo
Las persecuciones del mundo, las burlas y menosprecios, consiguen que algunos creyentes se
avergüencen del pueblo católico al que pertenecen. Se enfría así el gozo que la caridad encuentra en
los hermanos por la misma fe – alegría que canta el salmista: “Ved qué paz y qué alegría convivir
los hermanos unidos” (Salmo 132,1) – y sobreviene la acedia.
Es algo feo, como avergonzarse de los propios padres. Suele suceder que la fe que se recibió en un
ambiente humilde, o de personas muy humildes, ya no prestigia más al promovido intelectual,
social y económicamente.
Desde la altura a la que lo catapulta su nueva autoestima mundana, se avergüenza y reniega de los
pobres de Yahvé de los que recibió la fe, así como también de esa misma fe, que él identifica con su


abyección. Se avergüenza de la tía María que le enseñó a persignarse, le explicó el crucifijo y le
anunció, cuando era niño, las creencias que ahora esconde en el desván.
Dado que esos humildes son fieles – y son capaces de permanecer fieles precisamente porque son
humildes – son conservadores. Fastidiosamente conservadores. Se empeñan, aferrados a sus
fidelidades, en conservar cosas que resultan anticuadas e irritantes a los ojos del mundo del
progreso. Cosas que los promovidos piensan que hay que olvidar.
Tratan pues, a veces, de aggiornar, reeducar y promover a los fieles humildes. O, en el mejor de los
casos, los explican y justifican como una variante popular de lo católico: catolicismo o religiosidad
popular.
Ríos de tinta “culta” han corrido para tratar de hacer potable y permitir tragar la oblea de lo que se
dio en llamar con esos nombres para defenderlo de quienes simple y llanamente querían liquidar el
fenómeno. En ese sentido hay que reconocer mérito notorio a los que defendieron desde la teología
pastoral, al pueblo creyente de los santuarios, el agua bendita, las velas, las imágenes y lo s
sacramentales. Porque donde no existió esa defensa o bien fue débil, la acedia secularista arrasó sin
piedad con todo o casi todo.
En realidad, lo que se ha dado en llamar religiosidad popular o catolicismo popular, no es una forma
inferior de catolicismo, sino que es el catolicismo verdadero, tal como lo ha conservado y lo vive el
pueblo de Dios que es la Iglesia. Y, por el contrario: lo que sí es una subespecie degradada, o una
forma algo sincrética de catolicismo, es esa que podría llamarse religiosidad intelectual.
Es esa una forma de catolicismo que, si se analiza atentamente, reedita hoy fenómenos teñidos de
gnosticismo, maniqueísmo, racionalismo, jansenismo y otros prejuicios anticatólicos, de origen
protestante e ilustrado. Una forma de catolicismo en la que se han desdibujado, diluído y perdido,
rasgos específicamente católicos, que sí se conservan precisamente entre el humilde pueblo fiel.
El catolicismo intelectualizado es de tendencia iconoclasta, racionalista, enemigo de signos,
símbolos y sacramentales, puritano y enemigo del gozo popular. Tiene tintes maniqueos, por su
menosprecio de lo sensible, lo corpóreo y lo material, cuando se trata de fe; ya que fuera del ámbito
religioso no opone mayores objeciones contra cuerpo, sentidos, dinero y materia.
Abundan en su actitud, en su pensamiento y expresiones, lo que San Ignacio de Loyola llamaría
“razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias”, con las que hielan, en el corazón del pueblo fiel, la
alegría y el gozo que viene de Dios.
Creo que lo que sigue ayudará a comprender hasta qué punto se equivocan en su mirada sobre el
pueblo creyente.
¿Pueblo Supersticioso o Pueblo Sacerdotal?
El pueblo fiel acude a sus santuarios a pedir bautismo para sus hijos tanto como trabajo, pan, salud,
ayuda en situaciones económicas y afectivas, laborales y familiares. Todo, en fin, lo que toca a sus
vidas humanas. Viven todo esto religiosamente y creyentemente. Ellos no han tenido que esperar ni
al Concilio Vaticano II, ni a la Christifideles Laici, para hacer lo que Dios les manda y la Iglesia les
enseña: “consagrar las realidades temporales”. En eso de tomar amorosa, religiosa y obedientemente
la tierra, el trabajo, la mujer y los hijos, son como Abraham.
Sin embargo ¿quién no ha escuchado la acusación de que la suya es una religiosidad interesada,
materialista, comercial, mágica, mezclada de supersticiones e impurezas? Y curiosamente, en boca
de quienes, por otro lado reclaman la promoción del laicado y reivindican para él la vocación de
consagrar las realidades temporales. Quizás este doble discurso se explique porque, desconformes
con el laicado que hay, aspiran a otro que se sueñan a su imagen y semejanza.
Concediendo que haya impurezas en esta religiosidad de los pobres, no serán ciertamente de origen
filosófico, ni ilustrado, ni -menos que menos – maniqueas.


Por el contrario, en los altivos y despectivos reproches que se les hacen, sí que hay regustos de
herejías: maniqueo-cátara (=”la materia es mala”); o luterana (=”la naturaleza humana está
totalmente corrompida”); o de un espiritualismo desencarnado, muy del gusto de la aristrocracia
jansenista (=”pureza de ángeles y soberbia de demonios”). En fin, sabores todo menos que
católicos.
En el airón altivo y la razón aparente, en el dedo acusador contra la plebs sancta, se traiciona un
mismo aire de familia con Aquél que “acusa a nuestros hermanos delante de Dios día y noche”
(Apocalipsis 12,10). El mismo aire familiar que tiene la antes citada especie de los que fustigan a
“esos que van a Misa”, como si cualquiera fuera mejor que ellos por el solo hecho de no ir. El
mismo aire de los que se tienen o se dan a sí mismos por la aristocracia moral autojustificada, y se
apartan, para no mancharse, de una comunión con gentes condenables y de nefasta reputación.
Estos críticos practican, sin advertirlo, una curiosa forma de autoexcomunión por motivos de virtud.
Son ellos mismos quienes se apartan de la comunión y pertenencia: “Salieron de entre nosotros
porque no eran de los nuestros, si hubieran sido de los nuestros habrían permanecido entre
nosotros” (1 Juan 2,19). “Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos
amemos unos a otros. No como Caín que, siendo del Maligno, mató a su hermano…todo el que
aborrece a su hermano es un asesino” (1 Juan 3,11-12.15)
Prohibidísimo pues, enajenar acediosamente el corazón contra la plebs sancta y aborrecer a los
hermanos en la fe. Pues de ellos habla Juan.
Después han venido los interesados en sacar patente de corso contra los hermanos en la fe, y han
embrollado la palabra “hermano” entendiéndola – como hemos visto – en brumoso sentido
filantrópico. Pero en esto: “apartan sus oídos de la verdad” (2 Timoteo 4,4).
“Con Aspecto de Piedad, Niegan su Eficacia”
En la historia de la Iglesia, los que menospreciaron a los fieles “del común”, en nombre de una fe
mejor y más ilustrada, se llamaron a sí mismos gnósticos. Diríamos hoy: ilustrados, instruidos,
poseedores del conocimiento y la ciencia de Dios.
San Pablo arroja sobre ellos acusaciones graves, afirmando que se mueven por motivos de codicia,
que son fautores de desastres en muchas familias, y que van halagando las pasiones de mujerzuelas.
Cualidades nada recomendables para reconocerles liderazgo ni magisterio moral o religioso. Pablo
pone en guardia a Timoteo contra ellos diciendo: “siendo más amantes de los placeres que de Dios,
tendrán la apariencia de la piedad, pero desmentirán su eficacia” (2 Timoteo 3,5).
He aquí, en dos pinceladas, un retrato espiritual que es una radiografía. Estos hombres no aman el
gozo de la caridad, el gozo de Dios: son más amantes de los placeres que de Dios. Su piedad, por lo
tanto, es fachada. Es sólo apariencia hipócrita, que conviene a sus fines terrenos. Pero de hecho se
oponen a los efectos de la verdadera piedad, los descalifican, los desdicen y hacen con ellos todo lo
que la acedia les dicta. Porque son, como lo muestra la radiografía paulina, acediosos disfrazados de
devoción, capaces de sorprender la buena fe de Timoteo.
La pintura corresponde a los gnósticos. Gente a quienes sus conocimientos – reales o fingidos – y su
labia en temas religiosos, les da apariencia de devoción y de entendidos en las cosas de Dios. Pero
ellos llevan el agua espiritual a su molino. El perfil espiritual del gnóstico es el del “mago” Simón,
personaje arquetípico que dio nombre al pecado de simonía (Hechos 8,9-24). Ellos buscan sus
intereses y no los de Cristo (Filipenses 2,21). Ananías y Safira, a su manera, inauguran un abuso del
mismo estilo, queriendo traer a Dios a sus fines (Hechos 5,1-11). Y esta actitud espiritual es la
misma que Jesús reprobaba en los escribas, quienes recababan honores y ganancia de su saber
religioso (Marcos 12,38-40).
Los gnósticos se gloriaban de su ciencia. Pero la suya era una ciencia sin caridad, conocimiento sin
amor. En su ejemplo brilla el mecanismo de la acedia: menosprecian a los simples fieles, a quienes
consideran ignorantes. Son ciegos para la fidelidad y la caridad que hay en ellos sin tanto alarde de


teologías. Gnosis es acedia, es ciencia que extingue el gozo de la caridad. Al estilo de las razones de
Judas.
Conocimiento sin amor es el fenómeno demoníaco por excelencia. En el Evangelio, los demonios
son los primeros en reconocer y proclamar a gritos que Jesús es el Hijo de Dios. Pero eso no los
alegra, sino que los entristece y los hace temblar (Marcos 1,23; 3,11; 5,7; Santiago 2,19).
Notas
127. Carta a los Corintios III,1-4.
128. 1ª Corintios VII,1.
129. Vale la pena detenernos a observar la relación que existe entre el olvido de la gracia y la
recaída en la ley, que Pablo le reprocha a los Gálatas, con la proliferación de la discordia, conflictos
y divisiones entre ellos. Donde se atiende a la gracia, la mirada de todos está dirigida a Dios, y a lo
que Dios hace con nosotros. Donde se atiende a lo que hemos de hacer los hombres, comienzan las
discusiones. La primacía de la gracia asegura la concordia. Cuando el primado lo tiene la
justificación que viene de nuestras obras, nos dividimos por el juicio sobre las mismas. La
obediencia de todos al proyecto y plan de Dios, une. Los planes y proyectos humanos, aún
bienintencionados, aún tan santos como la ley misma, dividen.
130. Léase Hebreos 10,23-39.
131. “Cuando el cristianismo vino al mundo no necesitaba – y sin embargo lo hizo – subrayar que él
entrañaba un escándalo, pues esto lo vió sin ninguna dificultad aquel mundo escandalizado. En
cambio ahora que el mundo se ha hecho cristiano, ahora, sobre todo, es necesario que el mismo
cristianismo haga hincapié en el escándalo. Ahora que el cristianismo caído se ha desposado con la
razón humana, ahora que el cristianismo y la razón se tutean, ahora, sobre todo, es necesario que el
mismo cristianismo haga hincapié en el escándalo que representa (…) ¡Ay de aquél que se sintió
capaz de comprender el misterio de la Redención, sin notar para nada la posibilidad del escándalo!
(…) ¡Ay de todos estos mayordomos infieles que se sientan a escribir pruebas falsas y pretenden
ganarse así amigos para el cristianismo y para ellos mismos, precisamente tachando del cristianismo
la posibilidad del escándalo y suscribiendo en su nombre insensateces sin cuento! ¡Oh erudición
tristemente desperdiciada!” (S. Kierkegaard, Las Obras del Amor, I, pp. 333,334,335).
4.15.) La Corrosión del Lenguaje Creyente
Es un hecho en que se repara poco, pero al que bien vale la pena atender, para comprender sus
causas, entenderlo y ubicarlo.
¿Por qué las palabras más hermosas y dignas del lenguaje creyente, precisamente las que designan
las realidades más bellas y santas relativas al amor a Dios y al prójimo, es decir a la Caridad, están
como manchadas y profanadas?
Beato y beatitud, devoción y devoto, fervor, gozo, caridad, limosna, misericordia, virtud, tradición,
católico…
Beato. Devoto.
Las palabras beato y devoto, por una asociación despectiva y descalificadora: “viejas beatas, viejas
devotas”, se usa justamente para denigrar a un grupo humano digno de todo honor, entre otros
motivos porque brilla en él el don y la gracia de la perseverancia en la fe (CIC 162), y de la
fidelidad a través de las pruebas de toda una vida. Y como si eso fuera poco, tienen con frecuencia
el carisma de la oración, el espíritu de intercesión, el don de piedad, la virtud de la religión.
¿Dónde está el motivo para despreciar esos dones y obras de Dios en sus fieles humildes? ¿Qué
importancia tienen estos pequeños, estos pobres de Yavé, para que merezcan ser tenidos en cuenta
para descalificarlos cuando sería suficiente ignorarlos? ¿Qué motivo sino la acedia puede trastocar
así en motivo de desprecio lo que debería ser motivo de aprecio? ¿Qué crimen tan grave puede


hallarse en estas almas, para descalificar tan grandes dones del Señor? ¿O por qué la falsedad de
algunas, puede dar motivo a descalificar a tantas? Por acedia.
La acedia se impone al gozo de la caridad, y hace prevalecer la calumnia y el desdoro sobre esta
categoría del pueblo fiel.
Hay que advertir, entender y cortar este abuso del lenguaje, con firmeza y justa indignación.
Fervor, Gozo, Virtud
También se da entre los fieles, y aunque parezca absurdo especialmente entre los religiosos, el
desprestigio del fervor, del gozo y de la virtud. El desprestigio tanto de las palabras como de las
realidades que ellas nombran. Porque el desprestigio de las palabras proviene del desprecio de las
realidades, y no viceversa. Es la mente la que mancha el lenguaje; la acedia la que lo corroe y
aherrumbra. Es necesario vigilar y rechazar el uso de las palabras en su falsa y viciosa acepción:
virtud por gazmoñería o tontería. Hay que rechazar su desviación irónica.
Las palabras santas y nobles, empiezan a usarse en sentido perverso, significándolo con un
sonsonete, y así comienza el proceso de su corrupción. Y lo que inicia la acedia malévola, continúa
usándolo el desprevenido. Hay, en esto, descuidos culpables. Debemos sabernos y ser, reponsables
del uso del idioma. Porque el uso del lenguaje no es neutro sino eficaz. En su uso se realiza la virtud
de la veracidad. Y esta virtud aborrece denigrar con los términos propios de la alabanza.
Aunque la perversión de las palabras provenga de la perversión de los juicios, es verdad que una
vez pervertidas las palabras, ellas arrastran y llevan detrás de sí, sembrándola, la perversión de la
opinión y del juicio. Y de la perversión del juicio es de donde manan, como de mala fuente, todas
las injusticias.
Caridad
La palabra Caridad es otra de las víctimas ilustres. Su corrupción tiene su raíz en el rechazo
acedioso de la Caridad. La acedia se entristece por el orden de la Caridad, que es el recto orden o
jerarquía de los amores, y lo rechaza.
La Caridad es “Amor a Dios sobre todas las cosas y de las creaturas por amor a Dios” (CIC 2093).
La acedia propone, por el contrario, que es mejor amar al otro por sí mismo que amarlo por Dios. Y
el acedioso quiere ser amado por sí mismo, no por amor a Dios. Se impugna la Caridad como un
amor indirecto, de segunda. Esta impugnación reposa sobre un gran error o sobre una gran
distracción, y en todo caso sobre una gran ignorancia de la Verdad sobre el amor.
Lo que se presenta como una defensa del derecho a ser amado por uno mismo, sin relación a su
Creador o Salvador, es, en realidad, desentenderse del orden de la Creación y de la Redención, y
por ese camino, desentenderse de un hecho de fe: que el Amor de Dios es fuente y garantía de todos
los amores, y que, por serlo los fundamenta, los posibilita y los rige.
La Caridad es el amor a la creatura, más fiel a lo que ella es; es el amor más veraz y fiel a su verdad.
Porque la creatura es relación a su Creador y Salvador. Ignorar esa relación es ignorar su verdad. La
creatura viene de Dios, va a Dios, ha sido comprada y rescatada por la sangre de Cristo. ¿Quién
puede pensar que la ama respetando su verdad, si aspira a la vez a ignorar sus relaciones
constitutivas con su Creador y Salvador? El que rechaza esas relaciones como motivos de amor, no
sólo se pone al margen de la caridad, sino que está ya al margen de la fe; no sólo está lejos del buen
amor, sino lejos de la verdad.
Pretender amar a los demás por sí mismos, sin tener en cuenta su verdad de creatura redimida, no
sólo no es amarlos mejor, sino es, en realidad, odiar lo que son y rechazar su auténtico bien, que es
su relación con Dios.
Ya hemos visto que el descrédito y el menosprecio de la Caridad tiene sus raíces culturales. Nos
hemos ocupado del combate histórico entre la Caridad y la Filantropía (Véase 4.4.). Se quiso oponer


a la Caridad la Filantropía, como amor del Hombre al Hombre por sí mismo, sin referencia a su
relación con Dios, ignorada o negada en forma más o menos explícita. Pero si amar es querer el
bien de alguien: ¿cómo se puede pretender que se lo ama si uno se desentiende de su mayor bien
que es Dios?
La respuesta a esta pregunta pondrá de manifiesto hasta qué punto la oposición a la Caridad en
nombre de la Filantropía provino de la acedia, que considera malo al bien de la creatura. El culto de
la Filantropía reposa sobre el fundamento de la negación de Dios como bien del Hombre.
El enturbiamiento y el desprestigio de la palabra Caridad tiene su origen histórico en esas
impugnaciones.
Limosna
Una degeneración semejante ha sufrido el uso de la palabra limosna. Hoy es sinónimo de “dádiva
humillante”. Pero sólo puede llegar a entenderse así esta hermosa palabra, si antes se ha
malentendido y malpracticado la hermosa realidad que ella designa según la tradición.
Limosna, del griego eleemosyne, quiere decir “misericordia”. Eleemosyne es la palabra griega con
que los Setenta, tradujeron el término hebreo Tsedakáh, que quiere decir justicia. En hebreo no
andan lejos los conceptos de justicia y misericordia, como que son atributos divinos.
La limosna cristiana, como misericordia, es fruto de la Caridad. La doctrina tradicional enumera
tres frutos de la Caridad: paz, gozo y misericordia. Mal puede dar humillando el que ama y se
apiada.
Pero además, en la misericordia se realiza la plenitud de la justicia, porque en ella da lo que no es
debido quien no lo debe, no ya por obligación, sino por liberalidad amorosa y caritativa. En la
caridad se realiza la plenitud de lo debido, como dice Pablo: “con nadie tengáis otra deuda que la
del mutuo amor” (Romanos 13,8).
La limosna es, pues, sinónimo de misericordia y por lo tanto abarca el mismo amplio espectro de
obras que la misericordia: espirituales y corporales. Un amplio espectro de formas de salir al
encuentro de las necesidades del prójimo para auxiliarlo. La Caridad es la que aproxima, aprojima,
hace prójimos a los que, si no fuera por consideración al amor que Dios les tiene, no nos
sentiríamos ni obligados, ni movidos a compadecer ni socorrer.
Hay tantas formas de limosna o misericordia como hay necesidades humanas que socorrer. El
Catecismo de la Iglesia Católica enumera: Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar, sufrir
con paciencia, dar de comer, dar techo, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a
los muertos (CIC 2447). En la lista tradicional, tal como se encuentra en la Summa de Santo Tomás,
se enumeran las corporales: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, dar
posada al peregrino, visitar al enfermo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos; y las espirituales:
enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita, consolar al triste, corregir al equivocado,
perdonar las injurias, sufrir pacientemente las adversidades y orar por todos (132).
La eleemosyne o limosna es, pues, más que una determinada obra, una actitud del corazón ante el
prójimo, que no es ciega ni insensible, sino que ve su necesidad y trata de ponerle remedio. Es la
perfección de la justicia cristiana, como lo enseña Jesucristo: “Bienaventurados los misericordiosos”
(Mateo 5,7), poniendo como ejemplo la conducta misericordiosa del Padre (Lucas 6,36). Y como lo
enseña también Juan Pablo II en su Encíclica Dives in Misericordia (=Rico en Misericordia). Se
trata nada menos que de la justicia cristiana en cuanto debe exceder a la de los escribas y de los
paganos (Mateo 5,20.46-47), incluyendo el amor a los enemigos.
La devaluación de esta palabra toca por lo tanto al corazón mismo del ser cristiano y priva al
lenguaje creyente de un vocablo esencial para expresarse a sí mismo en lo que tiene de más propio y
diferencial. ¿Cómo no deplorar esta obra de la acedia que desacredita las virtudes teologales y las
hace despreciables y por fin odiosas?


Hay que reconocer que no habría corrupción del lenguaje cristiano si no hubiera corrupción de la
vida cristiana. La corrupción del lenguaje es consecuencia del pecado. Ese es un hecho evidente. No
es tan sabido en cambio el rol que desempeña la acedia en ese deterioro de los instrumentos de
expresión.
Católico, catolicismo
Los términos ‘católico, catolicismo, Iglesia católica’ tienden cada vez más a evitarse y a ser
reemplazadas por ‘cristiano’ y otras formas más o menos circunlocutorias, aún dentro de la Iglesia
católica y por parte de sus líderes. Para la ideología liberal, según la cual todas las religiones son
iguales y con mayor razón son iguales todas las iglesias cristianas, la sustitución de ‘católico’ por
‘cristiano’, fija, en el uso del idioma, la tesis de la indiferencia religiosa, y contribuye a difuminar lo
propio y diferencialmente católico. Lo específico católico se reduce por subsumción en lo genérico
cristiano. Y si esto se diluye todavía en lo ‘occidental-cristiano’, la muerte o desaparición lingüística
se ha consumado. Pero a esta tendencia lingüística más propia de las mentalidades y hábitos
mentales liberales, se suma otra, más propia de la vertiente ideológica de izquierda. Esta,
preferencia reservar el uso de los términos católico-a, catolicismo, Iglesia católica, para los caso en
que se señalan los ‘abusos católicos’ y todas las leyendas negras de la historia de la Iglesia, como
precisamente opuestos a los principios y la conducta cristiana. Por este camino, la palabra ‘católico-
a’ terminará por irse cargando, en un futuro, como ha ido sucediendo con otros términos, de
connotaciones negativas. El liberalismo practicó sobre todo durante el siglo pasado, la sustitución
de sentido de lo ‘católico’ por lo reaccionario, oscurantista, opuesto a la ciencia y al progreso. Y
hoy, los autores ‘postmodernos’ vuelven a hacerlo.
El desprestigio de este grupo de palabras tiene serias consecuencias para el sentido de identidad de
los católicos, porque son los términos que designan directamente su identidad, su ser diferencial.
Hemos dado una serie de ejemplos, pero uno puede preguntarse: ¿qué palabra hay que no haya sido
manchada en el vocabulario de la comunidad creyente? O, como deploraba el Concilio Vaticano I
ya en el siglo pasado ¿qué nombre de los venerables misterios de nuestra fe no es profanado con
sentidos ajenos y aún contrarios al propio?
Resulta que tenemos un lenguaje pero que no podemos usarlo libremente, porque se ha desdorado y
manchado tanto, que a menudo nos autocensuramos, apelamos a circunloquios, echamos mano de
términos del lenguaje común ( decimos amor en vez de Caridad, por ejemplo), o tenemos que
volver a explicar una y otra vez el sentido y la definición correcta de cada término.
Afortunadamente, no faltan nunca en la Iglesia los modelos y ejemplos vivos, que basta señalar,
para remitir a las acepciones vivientes del lenguaje de la fe. Porque así como la corrupción del
lenguaje cristiano es efecto del pecado, su purificación es obra de la santidad, que nunca falta en la
Iglesia. Y el remedio al mal que aquí nos ha ocupado, no es tanto una tarea escolar o académica, ni
siquiera doctrinal y catequística, cuanto un asunto de santidad.
4.16.) La Corrosión de los Signos
El lenguaje creyente no consta solamente de palabras, sino también de signos, símbolos, imágenes,
acciones simbólicas o ritos, mediante los cuales los fieles se expresan ante Dios y se comunican
entre sí.
La fe, la esperanza y la caridad hacia Dios, se expresan exteriormente en mil formas de adoración,
de alabanza y de acción de gracias. Es lógico que la acedia se entristezca también con ese tipo de
exteriorizaciones del gozo de la Caridad, tradicionales en la Iglesia católica. Y en efecto ha
sucedido así a lo largo de la historia de la Iglesia.
La Reforma Protestante recapituló en gran parte lo que se había impugnado tantas veces a lo largo
de siglos. San Ignacio de Loyola elenca, en sus Reglas para Sentir con la Iglesia (133), los bienes
impugnados, saliendo al paso de una dolencia ácida que ganaba en su época dimensiones sociales,
culturales y políticas.


En sus reglas, San Ignacio aconseja alabar las prácticas sacramentales, cultuales, rituales y
devocionales del pueblo fiel católico. Son de alabar la confesión y comunión frecuentes, el oir misa
a menudo, los cantos, salmos y largas oraciones en los templos y fuera de ellos, los rezos, cantos del
Oficio Divino, la vida consagrada en religión con votos de obediencia, castidad y pobreza, la
veneración de reliquias de santos y el invocarlos como intercesores, visitas y estaciones de iglesias,
peregrinaciones, indulgencias, candelas encendidas, ayunos y abstinencias, penitencias interiores y
exteriores, ornamentos y edificios de iglesias, imágenes de santos y del Señor, preceptos de la
Iglesia, etcétera.
Lo que la Reforma impugnó primero desde dentro y luego desde afuera, lo internalizaron más tarde
de nuevo las tendencias jansenistas en la Iglesia, continuando sus impugnaciones desde adentro. De
ahí que la lista de San Ignacio no haya perdido significación con el paso del tiempo, porque las
mismas cosas siguen siendo impugnadas hoy, y sigue siendo hoy bueno el alabarlas.
También hoy es conveniente y aconsejable alabar imágenes en los templos; reclinatorios para que
puedan arrodillarse los fieles por devoción; agua bendita en las pilas en los templos y en casa de los
fieles; alabar el ornato de los templos, el cultivo del sentido de lo sagrado y de su expresión incluso
física; el respeto del silencio dentro de los templos; alabar hábitos religiosos y veste clerical, velo de
las religiosas y mantillas o velos de las mujeres dentro del templo; alabar música, cantos e
instrumentos sagrados; alabar venerables tradiciones y memoria de los que nos precedieron en la fe,
como son monumentos, placas conmemorativas, aniversarios recordatorios, conservación de sus
escritos y documentos, que expresan la caridad con los que fueron y gratitud al Señor por ellos.
Alabar en fin todo aquello en lo que se goza la Caridad.
Notas
132. Summa Theol. II-IIae, Q.32, Art.2.
133. Ejercicios Espirituales 352-370.
5.) LA ACEDIA EN LA VIDA CONSAGRADA
Conviene tratar aparte de cómo se presenta la acedia en la vida monacal y religiosa. Dado que allí
se busca la perfección de la Caridad, la tentación de acedia puede agudizarse, exasperarse y revestir
formas paroxísticas específicas. Numerosos maestros espirituales nos han dejado descripciones
tanto de la tentación como del mal de acedia en la vida consagrada, así como enseñanzas y doctrina
acerca de los modos de lucha y los remedios.
5.1.) La Tentación de Acedia Ataca al Monje
Veamos aquí algo de lo que nos dicen sobre la acedia los Padres del monacato.
Casiano, Evagrio Póntico y otros Padres del desierto, ponen la acedia en relación con ciertas horas
del día. Esto se explica teniendo en cuenta los efectos físicos de los ayunos monacales y del clima
del desierto, el consiguiente debilitamiento físico, la languidez, que predispone a la tristeza o a la
irritabilidad contra la vida monástica. “Por eso – explica Santo Tomás – los que ayunan hasta el
mediodía, cuando comienzan a sentirse faltos de alimentos y afectados por el calor del sol, son
atacados más vivamente por la acedia” (134).
Casiano observa que: “principalmente hacia la hora sexta – la hora de la siesta – la acedia tienta al
monje, acometiéndolo en tiempo marcado, como la fiebre palúdica, produciendo en su alma
paciente los accesos más agudos a horas fijas y determinadas” (135).
El mismo Casiano considera que: “los eremitas y monjes solitarios son más combatidos por la
acedia, y que es un enemigo más tenaz y frecuente de los que viven en el desierto” (136). Y en otro
lugar, describe a la acedia como “ansiedad de corazón o tedio” (137). Es ésta una denominación
interesante y a tener en cuenta, porque nos permite comprender cuánto hay de acedia en lo que
llamamos aburrimiento, ya sea dentro como fuera de la vida religiosa.


Casiano considera – por último -que una causa de la acedia es la falta de aprecio por los bienes
recibidos de Dios, lo cual, además de ser una ingratitud, es causa de envidia y acedia. Es necesario
apreciar los bienes de Dios en los demás, pero no menos los que uno mismo ha recibido. Negarlos o
ignorarlos es falsa humildad y raíz de tantos males del espíritu. La ingratitud – que como se
recordará es uno de los pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo de la Iglesia Católica,
y es una de las formas o de las consecuencias de la acedia – quita la alabanza a Dios, la alegría al
alma y por fin la salud al cuerpo.5.2.) Tristeza por el Bien Divino
San Gregorio considera la acedia como tristeza (138). La distingue de otras formas de tristeza, y
entre ellas, de la envidia (139). Distinción que es un gran avance en la sabiduría espiritual y pastoral
de nuestra tradición y que será provechoso recuperar.
San Gregorio enseña que la malicia de la acedia le viene de ser “tristeza por el bien de Dios y por
los bienes espirituales que están relacionados con el bien que es Dios” (140).
A este trastocamiento que lleva a entristecerse por el bien divino, subyace una perversión de la
percepción y del juicio creyente, una aprehensión de lo bueno como malo y de lo malo como bueno
(141).
5.3.) Cuadro Clínico de la Acedia Monástica
Veamos la descripción de la acedia que hace Evagrio Póntico al describir los “Ocho Pensamientos”:
“El demonio de la acedia, al que también se le llama demonio del mediodía o demonio meridiano,
es el más pesado y duro de sobrellevar de todos (es decir de los pecados capitales o pensamientos
que atacan al monje y de los que viene hablando). Ataca desde dos horas antes del mediodía y asalta
al alma hasta dos horas después del mediodía.
Primero produce la sensación de que el sol se hubiese detenido o avanzase muy lentamente y de que
el día tuviese cincuenta horas (¡el tiempo no pasa nunca!).
Luego lo obliga a andar asomándose por las ventanas, lo empuja fuera de su cuarto para observar la
posición del sol, para ver si falta mucho para la hora de nona (o sea tres horas después del mediodía,
hora de comer en los monasterios de entonces en la región); o para ver si no anda por ahí alguno
con quien conversar (y pasar el tiempo encontrando algún consuelo y distracción con las creaturas,
que alivie el vacío interior y la ansiedad, el tedio o aburrimiento).
Además le inspira una viva aversión hacia el lugar donde está (el monasterio); por su estado de
vida; por el trabajo (su oficio y cargo en el monasterio). Le inspira la idea de que la caridad ha
desaparecido (Dios y su amor se han desvanecido; ninguno me quiere); que no hay nadie que lo
pueda consolar (aislamiento interior, dificultad de comunicación, falta de esperanza de poder salir
de la desolación que disuade de comunicarla al Padre espiritual o al Abad).
Si por casualidad ha sucedido en esos días que alguien lo haya entristecido, el demonio se vale de
eso para aumentar su aversión. Le hace desear estar en otro lugar (en el mundo, o en otro
monasterio, en cualquier lado menos aquí), donde se imagina ilusoriamente que podrá encontrar
(allí sí) con más facilidad lo que aquí necesita y no encuentra (por ejemplo la devoción, el fervor y
el consuelo divinos); donde podrá tener un oficio menos penoso, más entretenido o más provechoso.
Razona que servir a Dios no es cuestión de lugar, porque está escrito que a Dios se le puede servir
en todas partes (Ver Juan 4,21-26); pero no piensa ¿por qué entonces no aquí?
Se añade a esto el recuerdo de sus parientes y de su vida anterior; le hace imaginar lo larga que será
su vida (¡si un día tarda tanto en pasar!), poniéndole por delante de los ojos las fatigas de la vida
ascética. Mueve, como quien dice, todos los resortes para que abandone la lucha ascética (abandone
su vocación) (142). La descripción de Casiano coincide con la de Evagrio (143).
Este demonio no es seguido por otro, como pasa con los demás. Después de esta lucha, suceden, en
el alma que vence, un estado de paz y una alegría inefables”. Buen consejo final, que mueve a
esperanza al así tentado (144).


¿Pero qué sucede si el monje no soporta tan duro embate? ¿Qué pasa cuando la ola de la tentación
da con una voluntad endeble, en vez de dar contra una decisión dura como una roca?
San Isidoro de Sevilla se ocupa de la tibieza de los monjes en estos términos que pintan el deterioro
de una voluntad revenida: “Quienes no practican la profesión monástica con intención inflexible,
cuanto con más flojedad se dirigen a conseguir el amor sobrenatural, tanto con mayor propensión se
inclinan nuevamente al amor mundano. Porque la profesión que no es perfecta, vuelve a los deseos
de la vida presente, en los cuales, por más que de hecho no se vea atado el monje, pero ya se ata con
amor de pensamiento. Porque el ánimo que considera dulce a esta vida, está lejos de Dios. Y
alguien así no sabe qué es lo que debe apetecer de los bienes superiores, ni qué es lo que ha de huir
en los bienes inferiores” (145).
Muchos de estos “desearían volar a la gracia de Dios, pero luego temen carecer de los gustos
mundanos. Ciertamente, el amor de Cristo los atrae, pero la codicia del siglo los retrae, de modo
que se olvidan de los votos que han pronunciado porque están aprisionados por los vanos
contentamientos” (146). Así sucede que se incurra por fin en culpa allí mismo donde se había
comenzado con tanto mérito, porque “quien ha prometido renunciar al siglo, se hace reo de
transgresión si cambió de voluntad; y así se hacen dignos de ser severamente castigados en el juicio
divino los que menospreciaron cumplir de hecho lo que en su profesión prometieron” (147). Se trata
en efecto de un cierto menosprecio del amor recibido, al trocarlo por el amor a las creaturas.
San Isidoro ve detrás de esto la acción del enemigo: “Con muchas argucias de consejos, pone el
diablo asechanzas para que, quienes tenían hecho voto de estar contentos con poco y con escaseces,
adquieran muchísimas cosas” (148).
5.4.) Las Hijas de la Acedia
El texto de Evagrio Póntico que leímos antes, muestra claramente cómo de un estado de espíritu
nacen diversos pensamientos e impulsos. El tentado por la acedia, ha perdido la memoria de los
consuelos divinos, tiene la voluntad debilitada por la tristeza y la ansiedad, su percepción del
tiempo y de las relaciones está alterada y su inteligencia y juicio embotados. Se siente atormentado
por la pérdida de vista del Bien divino y tentado de ir a buscar consuelo en las creaturas. Está
ansioso, hastiado, y no encuentra satisfacción ni en su trabajo, ni en sus hermanos, ni en el lugar
donde vive. Su alma está, como la describe San Ignacio de Loyola: “toda perezosa, tibia y triste”.
Esta realidad la expresan autores espirituales refiriéndose a los efectos de la acedia como a las hijas
de la acedia, designando así los pecados y males múltiples que nacen de ella:
San Isidoro de Sevilla dice que de la acedia nacen siete vicios:
1) la ociosidad (=pereza)
2) la somnolencia (=pereza)
3) la importunidad de la mente (distracciones)
4) la inquietud del cuerpo (ansiedad)
5) la inestabilidad (inconstancia)
6) la verbosidad (locuacidad) y
7) la curiosidad (149).
Parece que San Isidoro atiende en esta lista a los impedimentos que la acedia pone para la oración, y
los defectos que produce en ella. En cambio, parece que San Gregorio, en la lista de hijas de la
acedia que sigue, atiende a efectos más generales.
Según San Gregorio, las hijas de la acedia son seis:
1) la malicia


2) el rencor (contra los justos, contra los fervorosos, el que predica, el que lo aconseja o lo dirige
espiritualmente)
3) la pusilanimidad (falta de ánimo y coraje para resistir la tentación y luchar)
4) la desesperación (falta de confianza en la ayuda de la gracia, o de que se pueda con ella vencer la
tentación o superar la desolación)
5) pesadez en cuanto a los preceptos (pereza: para santificar las fiestas, porque no logra alegrarse en
el Señor; o bien para guardar los ayunos y abstinencias; o simple y llanamente dificultad en guardar
los mandamientos)
6) divagación de la mente en cosas ilícitas (150).
Si se compara estas listas con el retrato del monje aburrido, perezoso y tentado de acedia que nos
pintó Evagrio, puede comprobarse que son el resultado de una atenta observación y sistematización
de la experiencia espiritual.
Nótese por fin, que la acedia se agudiza por las privaciones y el ayuno, es decir por la mortificación
de los apetitos corporales, lo cual desata el conflicto de estos apetitos contra los del espíritu que les
son contrarios (Gálatas 5,17). Esta es la lucha del monje.
5.5.) Acedia en la Vida Religiosa Apostólica
Además de la acedia monástica, ya bien descrita por los Padres del Desierto, hay muchas otras
formas de acedia que hacen sus estragos sin que se las reconozca, porque no se las ha descrito en
sus formas variantes. Los Padres del desierto nos han dejado una precisa descripción de cómo la
acedia ataca al monje, pero se engañaría quien pensase que sólo a los monjes los acecha ese mal y
que ataque a todo el mundo sólo con esos síntomas.
En la vida monástica la acedia se observa en condiciones de
laboratorio. Sin embargo, no es tentación exclusiva de religiosos contemplativos y monjes de
clausura. Con algunos rasgos diferenciales puede observarse en la vida de todos los religiosos y
demás creyentes. Pero la tentación de acedia se presenta mucho más intensa y violentamente
cuando el alma se propone avanzar por el camino de la Caridad, como es el caso de los religiosos,
que aspiran a la perfección.
En los religiosos de vida activa la tentación de acedia se disimula a veces bajo las formas de su
actividad apostólica, que extremada y transformada en activismo, conduce al abandono de la
oración y a una efusión pelagiana en la acción, como si de ella fuese a provenir el fruto espiritual.
Las Virtudes Teologales pueden languidecer en el alma del apóstol, cuando éste se pone a sí mismo
o se busca a sí mismo en la acción apostólica, olvidándose de la gracia-eficaz para confiar en la
eficacia de su acción propia; o lo que es más grave, desviando la acción apostólica de sus fines
últimos hacia sus propios fines.
En la acción apostólica se puede buscar uno a sí mismo. Puede buscar el éxito en las propias tareas
apostólicas, la consideración, el reconocimiento y el respeto, en una palabra, no tanto ni en primer
lugar la gloria y santificación del Nombre del Padre cuanto el propio buen nombre y prestigio.
Entre los religiosos de vida activa, donde la acción es importante, puede buscarse la dominación y
es más fácil aspirar al mando bajo apariencia de bien, ilusionándose en que bajo el propio mando se
hará más bien y mejor.
Por fin, como las obras apostólicas implican muchas veces el uso de cuantiosos bienes económicos
y materiales, puede cobijarse de este modo, fácil e inadvertidamente, la codicia y el deseo del lucro
en el corazón de los religiosos activos, no sólo en individuos aislados, sino incluso a nivel
congregacional.


Por todas estas puertas, los religiosos de vida activa pueden volver a instalarse en el mundo que
habían dejado. Como dijimos antes, pero parece oportuno reiterarlo aquí: lo mundano se
reencuentra y se reinstala en el ámbito congregacional, y es ahora allí donde se busca el lucro, el
vano honor y el poder. En ese mundo que conserva una apariencia eclesiástica, se sigue usando las
etiquetas de la piedad para encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios
intereses en vez de los de Cristo, pero en él ha desaparecido el gozo de la gracia. Prospera allí la
acedia que se ensombrece ante los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía.
Unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la realización de los propios planes y propósitos,
son los sucedáneos del consuelo de la gracia.
Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos entre las últimas cenizas del
amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita algún calor, se le proporciona el
de las emociones – que ojalá sean siempre inocentes – de la industria del entretenimiento. Da pena
ver a religiosos llamados a ser agentes de la Civilización del Amor, convertidos en espectadores
pasivos, absortos en la contemplación del espectáculo de este Mundo, en éxtasis ante la televisión
como ante un sagrario (151).
Notas
134. Summa Theol. Q.35 Art.1 ad 2m.
135. De Institutione Monastica X,1.
136. De Inst. Coenobiorum X,1.
137. O.c. X,1.
138. Más que como pereza. Véase lo dicho en nota 5.
139. Recuérdese que – como hemos dicho en 1.2.- en primer lugar, la acedia se distingue de la
tristeza común porque el objeto de la acedia no es un mal, sino un bien. Y en esto coincide con la
envidia. En segundo lugar, se distingue de la envidia porque el bien del que se entristece la acedia
es el bien divino, en tanto que la envidia se entristece de bienes creados y de las creaturas.
140. Morales XXXI,17.
141. A este propósito enseña Diadoco de Foticea: “El auténtico conocimiento consiste en discernir
sin error el bien del mal. Cuando esto se logra, entonces el camino de la justicia, que conduce el
alma hacia Dios, sol de justicia, introduce a aquella misma alma en la luz infinita del conocimiento,
de modo que, en adelante, va ya segura en pos de la Caridad” Sobre la Perfección Espiritual c.6.
(PG 65,1169). Véase también lo dicho antes en 2.9.
142. Nótense los rasgos de este cuadro que sugieren la tentación de pereza y explican que a la
acedia se la haya podido presentar, sobre todo en la espiritualidad monacal, también con ese
nombre.
143. Casiano dedica al tema el libro X de sus Institutiones Coenobiorum. Allí leemos esta
descripción: “Cuando esta enfermedad se ha apoderado de la pobre alma, engendra en ella horror
por el lugar, fastidio por la celda, desdén y desprecio por los hermanos que viven con él o están
lejos, considerándolos negligentes o poco espirituales. Ella lo torna perezoso y cobarde para todo el
trabajo que realiza en el interior de su celda; no le permite permanecer en ella, ni aplicarse a la
lectura. Se lamenta a menudo de no progresar nada en el largo tiempo que habita allí y de no
producir ningún fruto espiritual mientras que permanezca unido a la comunidad. Se queja, suspira y
se lamenta de encontrarse vacío de todo provecho espiritual e inútil en el lugar en que reside,
mientras que podría gobernar a otros y hacer el bien a muchos, aquí a nadie ha edificado y ninguno
ha aprovechado su enseñanza y doctrina. Ensalza los monasterios distantes y alejados y los describe
como si fueran más apropiados al progreso y más favorables para la salvación” (Trad.: Ana
Gabriela Casalá OSB).


144. Tomado de M.A. Fiorito, S.J., Buscar y hallar la Voluntad de Dios, Ed. Diego de Torres,
Bs.As. 1988, T.I, p.237-238. de donde he trascrito libremente con aclaraciones.
145. Liber Sententiarum III, c.XIX, 856.
146. L.c. 866.
147. L.c. 868.
148. L.c. 872.
149. De Sum. Bon. II,37.
150. Morales XXXI,17.
151. Ver 4.1.
6.) ACEDIA Y DESOLACION SEGUN SAN IGNACIO DE LOYOLA
6.1.) Razones contra Gozo
Dice San Ignacio de Loyola que es propio de Dios y de sus Angeles, en sus mociones, dar verdadera
alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación inducida por el enemigo. Y que lo
propio del enemigo es tratar de turbar y entristecer al alma, militando contra las alegrías y gozo de
la Caridad. Esta regla de discernimiento, sin nombrarla, de hecho describe la acedia como
fenómeno espiritual.
San Ignacio observa que el instrumento del cual se vale el enemigo de la caridad para sembrar
tristeza y turbación en el alma consolada, es de orden racional: razones aparentes, sutilezas y
engaños repetidos. He aquí el texto de la regla ignaciana de discernimiento a que nos referimos:
“Propio es de Dios y de sus Angeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo espiritual,
quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce, del cual es propio militar contra la tal
alegría, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias” (153) .
Lo que San Ignacio describe en esta regla, es precisamente el ataque de la acedia contra la caridad
en su forma más refinada. Ignacio observó y hace notar en sus reglas de discernimiento, que el arma
del enemigo contra el gozo, es de orden intelectual: la razón, los pensamientos; y que esos
pensamientos serán tanto más peligrosos y engañosos, cuanto más apariencia de verdad y de bien
tengan.
Un ejemplo arquetípico que ilustra la mecánica de esta tentación es la escena de la Unción en
Betania (ver 2.1.). Hemos visto cómo Judas se opone al gozo de la misericordia en nombre de la
misericordia y con argumentos de misericordia. Su desamor es fecundo en encontrar razones y
pretextos contra el amor, y es hábil en revestirlos de apariencia honorable. En realidad no tiene otra
cosa que oponerle sino razones. Razones de la hipocresía que son sólo excusas.
Donde el enemigo encuentra gozo de la caridad, acude con su jarro de vinagre ideológico.
San Ignacio ha descrito en su Regla una ley del acontecer espiritual que se comprueba, además,
tanto en la experiencia de los Ejercicios Espirituales como de la vida corriente: a la inspiración
inicial se le opone casi inmediatamente un “pero”, una objeción; al buen deseo le asalta una duda,
una pregunta, o simplemente una acusación descalificadora; al llamado de Dios, razones y
objeciones; “Señor, soy un muchacho, no sé hablar” (Jeremías 1,7-9, ver Exodo 4,1.10-11; Isaías
6,5).
Escrúpulos
Otra ofensiva de esta misma índole contra el gozo de la Caridad son los escrúpulos (154), cuya
naturaleza es la misma: un pensamiento que milita contra el gozo del alma justa:
“Si ve (el enemigo) que un alma justa no consiente en sí pecado mortal ni venial ni apariencia
alguna de pecado deliberado, entonces el enemigo, cuando no puede hacerla caer en cosa que


parezca pecado, procura (por lo menos) hacerle poner pecado donde no hay pecado, así como en
una palabra o pensamiento mínimo” (155) .
Ya se deja ver la condición sádica de la acedia del enemigo y su ensañamiento contra el gozo de la
Caridad.
Los escrúpulos – enseña San Ignacio – por un tiempo, aprovechan al alma. Pero hay almas a las que
los escrúpulos, convirtiéndoles el gozo de la gracia en tormentos de ley, pueden disuadirlas del
camino del fervor de la caridad y la amistad con Dios. El tormento de los escrúpulos puede llegar a
hacer odiosa la amistad de Dios y precipitar al alma en la acedia, o alejarla del camino ascético y
hacerla volver a derramarse en las cosas.
Esta doctrina ignaciana de discernimiento es necesaria para preservar el gozo de la caridad, y la
caridad misma, contra los ataques abiertos o embozados. Los pensamientos y razones aparentes que
se presentan al alma como buenos y santos, son sin embargo los que, cuando han fracasado los
demás medios, saca a relucir el enemigo del gozo, para emplear contra él sus armas más sofisticadas
y temibles (156). Contra las razones con apariencia de bien y de verdad, el gozo siempre tiene, de
antemano, la discusión perdida. Porque en toda discusión siempre es el gozo quien “se va al pozo”.
Se sigue que en la vida espiritual, hay que proteger el gozo y el consuelo de la caridad contra las
razones aparentes, contra los espíritus discutidores, perfeccionistas, impugnadores, suspicaces (los
maestros de la sospecha), escépticos o simplemente distractivos. Como se protege el buen vino del
contacto con el aire para que no se avinagre.
6.2.) Desolación contra Consolación
En sus Reglas de Discernimiento (157), San Ignacio describe los efectos de la Gracia en el alma,
con el nombre de consolación. Y llama desolación a lo contrario. Por la descripción que hace de “lo
contrario”, es reconocible la tentación de acedia.
Al describir la consolación, san Ignacio la homologa con las tres virtudes teologales: “llamo – dice –
finalmente consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad, y toda alegría interior que llama y
atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su
Criador y Señor” (158) .
San Ignacio notó la relación especular entre gozo y virtudes teologales, así como la existencia de
sus contrarios, cuyo primado detenta la acedia.
La primera serie de Reglas de Discernimiento trata de la desolación, y contiene, en efecto:
1) una breve pero clarísima descripción de la acedia, que Ignacio define por oposición a la
consolación (159).
2) prescripciones de remedios contra ella (160) 8ª Regla: “El que está en desolación, trabaje en estar
en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será pronto
consolado(…)” (EE 321).
3) explicación de sus causas (161).
La segunda serie de Reglas de discernimiento se ocupa de formas más sutiles de la acedia:
1) previene contra razones contrarias al gozo (162)
2) enseña cómo defenderse de los fulgores engañosos y los fuegos fatuos de gozos que no son los de
la caridad sino consolaciones aparentes, que han de distinguirse de las verdaderas (163) Se debe
atender mucho al discurso de los pensamientos (…) y si en el discurso de los pensamientos que trae,
acaba en alguna cosa mala o distractiva, o menos buena que la que el alma tenía propuesta antes
hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba al alma quitándole su paz, tranquilidad y quietud que
antes tenía, clara señal es proceder de mal espíritu” (EE 333)..


Veamos un ejemplo que muestra cómo desde un estado de auténtica consolación puede pasarse
insensiblemente a otro, falso, que termina en el disgusto. Relata una religiosa:
” A terminar de despegarme del mundo había contribuido la visita de diez días que hice a mi casa al
terminar el postulantado y antes de ingresar al Noviciado. Durante todo el año del postulantado
había extrañado mi casa, mi ciudad, mis amigos. Fui pensando que diez días iban a ser pocos para
reencontrarme con todos y con todo. Sin embargo, una vez en casa, tres o cuatro días fueron
suficientes para sentirme como pez fuera del agua: me molestaba el televisor prendido todo el día,
el equipo de música de mis hermanas, la trivialidad de mis amigos, y por sobre todo, la ausencia del
Santísimo para quedarme un rato con El, a cualquier hora del día. Aquellos diez días se me hicieron
eternos y volví al Noviciado con grandes deseos: `con grande ánimo y liberalidad’. Durante un
tiempo todo fue hermoso. Los Ejercicios previos al ingreso a la nueva etapa de formación me
habían encendido en fervor, y no había cosa que no fuera para mí motivo de gozo. Sentía que “en El
era, me movía y existía”. Sin embargo, poco a poco, sin saber cómo ni cuándo comenzó, empecé a
sentir que su Presencia me asfixiaba. Ese estar en El que tanto gozo me había causado, de pronto se
transformó en cárcel. Mirara donde mirara, hiciera lo que hiciera, en todo estaba Dios. Era como un
aire enrarecido que, a la vez, me cerraba las puertas para `otros aires’. Era demasiado Dios. Me sentí
saturada de El. En ningún momento sentí un rechazo abierto hacia su Presencia, sólo quería un poco
menos”.
La tentación de acedia, no advertida o consentida, puede instalar al alma en un estado permanente
de acedia. Y aunque por inadvertencia no hubiese culpa en ello, habría grave daño del sujeto y se
impedirían grandes bienes. La desolación sentida y no resistida, peor aún si aceptada, precipita a la
larga o a la corta en el avinagramiento, que puede terminar siendo culpable, y a veces puede llegar,
a la postre, a perseguir militantemente al gozo. La oposición de la desolación y de la falsa
consolación, a la consolación, reflejan la oposición de la acedia al gozo de la caridad.
Por eso, la Contemplación para alcanzar Amor (164), es el mejor antídoto contra la acedia, a estar a
las recetas de Casiano, que vimos antes (165), y a las de San Benito y de Santo Tomás a la que nos
referiremos más adelante (166).
6.3.) Acedia en Ejercicios de Mes
Durante el Mes de Ejercicios no es raro que – aparte de las desolaciones comunes y por eso más
fácilmente reconocibles – sobrevengan mociones de acedia que a veces no se sabe reconocer como
tales. Por lo cual conviene estar alerta para cuando se presenten.
Una ejercitante refiere al que le da los ejercicios que en la meditación del descenso de Cristo a los
Infiernos, le ha venido un sentimiento de tristeza al contemplar cómo el Señor va al rescate de
Adán:
“Estaba leyendo la segunda lectura del Oficio del Sábado Santo, como preparación para la
contemplación del descenso de Jesús a los Infiernos. Es un texto de una antigua Homilía sobre el
Santo y Grandioso Sábado. Durante toda la lectura me había emocionado mucho. Antes de
comenzarla, ya estaba muy agradecida y enfervorizada en el Señor, con imágenes bien vivas y con
la consolación propia de la tercera semana. Pero al llegar al paso de la lectura donde Cristo,
tomándolo a Adán de la mano, lo levanta, y le dice: “Despierta tú que duermes”, y sobre todo al
llegar al lugar donde le dice: “tienes preparado un trono de querubines..” me asaltó una tristeza
fuerte de que a Adán le dieran esa gloria después de su caída. Inmediatamente me dí cuenta de este
sentimiento y le dije al Señor: “Señor, no quiero este pensamiento, no quiero pensar esto”, pero el
pensamiento no me dejaba. Hasta que lo escribí para contarle la moción al director de Ejercicios.
Sobre esto me venían sentimientos de vergüenza y mociones para que no lo contara. A lo que
respondí con un propósito firme: “No, Señor, yo lo contaré”. Y al instante se me pasó aquella
moción de tristeza y me volvió el fervor anterior.”
Sabor Agrio a Herodes


Reporto aquí la experiencia de otro ejercitante, que me contó un director de ejercicios de mes,
porque refleja sugestivamente la acedia como sensación de agrio.
El caso es el siguiente. Un ejercitante, en la aplicación de sentidos sobre el misterio de la adoración
de los Magos, gustaba la personalidad de Herodes como un dulce que se ha fermentado ligeramente
y está agriado. Es obvio que el pecado de Herodes – como dijimos antes: 3.1. – es un pecado de
acedia, porque se entristece por lo que los ángeles anuncian como un gozo y era efectivamente la
realización de la gran esperanza mesiánica del pueblo de Dios. Es llamativo que el ejercitante
“gustara” esta acedia y la hipocresía conexa, con ese sabor agrio. El ejercitante estaba repitiendo la
experiencia primitiva de los cristianos, que encontraron ácido ese pecado.
Otros ejemplos
Durante los Ejercicios de Mes se alcanza un grado de concentración y atención espiritual muy
grande, que permite advertir y reconocer movimientos interiores que pasarían inadvertidos en la
vida cotidiana.
He aquí algunos ejemplos más de movimientos de acedia advertidos en Ejercicios de Mes y
reconocidos como tales por el ejercitante.
Primer ejemplo:
“Estaba rezando la Liturgia de las Horas. Al leer la segunda lectura del Oficio de Lecturas, que era
un texto de San Agustín, me sobrevino un marcado sentimiento de fastidio cuando confiesa haberse
abrazado al único Mediador Jesús, y haber encontrado en El el medio para acercarse a la Luz y al
Alimento que veía tan inalcanzables. Rechacé ese sentimiento por reconocerlo como tentación,
oponiéndole una segunda lectura del pasaje, animada con sentimientos de alegría y gratitud”.
Segundo ejemplo:
“Durante el día me vino al pensamiento la pregunta acerca de si María había podido tener
tentaciones. Hablándolo con el director, éste me dijo que no necesariamente la Virgen María
hubiese debido tener tentaciones. Más tarde, en ese día, mientras rezaba el Rosario, se me vino a la
mente lo conversado con el Padre director de Ejercicios. En un momento dado, no fue un
pensamiento, tampoco un sentimiento, ni siquiera una frase interior: fue como una mirada que me
invitaba a mirar despectivamente a María Virgen (mirada “acediosa”), con un despecho mezcla de
envidia (“¿por qué Ella?”) y de desvalorización (“¡así cualquiera!). Cuando me percaté de ello, miré
a María con todo el amor, gratitud y admiración que pude encontrar en mi corazón, y los alimenté el
tiempo que quedaba del Rosario, terminándolo con un canto en su honor”.
A la luz de estos ejemplos y de los que vimos en el capitulo anterior, se reconocerá qué frecuentes y
qué poco advertidos son los movimientos de acedia que se producen en el alma de los consagrados.
Y qué daños individuales y comunitarios, no sólo como pérdida del fervor sino hasta de la fe,
pueden producir si no se los advierte y rechaza con prontitud y decisión. Aún cuando, por
inadvertencia, la tentación no se convierta en pecado, tiene igualmente efectos devastadores para las
gracias recibidas. Bien dice San Ignacio que “la desolación es contraria a la desolación” y procura
destruirla.
Se comprende también cuánto bien se impide en la Iglesia por el desconocimiento de este mal.
Notas
153. Ejercicios Espirituales = EE 329.
154. San Ignacio trata de ellos en Ejercicios, en las Notas para sentir Escrúpulos (EE 345-351).
155. EE 349.
156. EE 332.
157. EE 313-336.


158. EE 316.
159. “Llamo desolación todo lo contrario de la tercera regla: Así como oscuridad del alma,
turbación en ella, moción a cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones
moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste, y como
separada de su Criador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la
misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que
salen de la desolación.” (4ª Regla, EE 317).
160. 5ª Regla: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los
propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la
determinación en que estaba en la antecedente consolación (…)” (EE 318). 6ª Regla: “Dado que en
la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha mudarse contra la
misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar, y en
alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia” (EE 319). 7ª Regla: “El que está en
desolación considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que
resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual
siempre le queda(…)” (EE 320).
161. 9ª Regla: “Tres causas principales hay por las que nos hallamos desolados: la primera es por
ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se
aleja la consolación espiritual de nosotros; la segunda por probarnos para cuánto somos, y en cuánto
nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias; la
tercera para darnos verdadera noticia y conocimiento que no es de nosotros traer o tener devoción
crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia
de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en
alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual
consolación” (EE 322).
162. Es la primera regla de la segunda serie (EE 329) que hemos trascrito más arriba en 6.1. La
segunda Regla de la primera serie coincide con ésta en señalar que “en las personas que van de bien
en mejor subiendo (…) propio es del mal espíritu morder, entristecer y poner impedimentos
inquietando con falsas razones (…)” (EE 315). Es el estilo de las razones de Judas contra María en
la Unción en Betania (ver 2.1.).
163. El ángel malo puede consolar al alma para traerla a su dañada intención y malicia (EE 331). Es
propio del ángel malo que se disfraza de ángel de luz (…) traer pensamientos buenos y santos
conforme a la tal alma justa, y después, poco a poco procura salirse trayendo al alma a sus engaños
encubiertos y perversas intenciones (EE 332).
164. EE 230-237. En esta contemplación con que termina el Mes de Ejercicios, San Ignacio invita
al Ejercitante a considerar los beneficios y gracias de creación y redención, mirar cómo Dios habita
y trabaja para él en las creaturas, considerar por fin cómo Dios es la fuente de todos los bienes de
los que él goza y es partícipe. Y dado que el amor ha de ser comunicación recíproca de bienes entre
los que se aman, San Ignacio invita al ejercitante a darse todo a Dios: “Tomad Señor y recibid…”
165. Ver 5.1.
166. Ver 7.6.
6.) ACEDIA Y DESOLACION SEGUN SAN IGNACIO DE LOYOLA
6.1.) Razones contra Gozo
Dice San Ignacio de Loyola que es propio de Dios y de sus Angeles, en sus mociones, dar verdadera
alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación inducida por el enemigo. Y que lo
propio del enemigo es tratar de turbar y entristecer al alma, militando contra las alegrías y gozo de
la Caridad. Esta regla de discernimiento, sin nombrarla, de hecho describe la acedia como
fenómeno espiritual.


San Ignacio observa que el instrumento del cual se vale el enemigo de la caridad para sembrar
tristeza y turbación en el alma consolada, es de orden racional: razones aparentes, sutilezas y
engaños repetidos. He aquí el texto de la regla ignaciana de discernimiento a que nos referimos:
“Propio es de Dios y de sus Angeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo espiritual,
quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce, del cual es propio militar contra la tal
alegría, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias” (153) .
Lo que San Ignacio describe en esta regla, es precisamente el ataque de la acedia contra la caridad
en su forma más refinada. Ignacio observó y hace notar en sus reglas de discernimiento, que el arma
del enemigo contra el gozo, es de orden intelectual: la razón, los pensamientos; y que esos
pensamientos serán tanto más peligrosos y engañosos, cuanto más apariencia de verdad y de bien
tengan.
Un ejemplo arquetípico que ilustra la mecánica de esta tentación es la escena de la Unción en
Betania (ver 2.1.). Hemos visto cómo Judas se opone al gozo de la misericordia en nombre de la
misericordia y con argumentos de misericordia. Su desamor es fecundo en encontrar razones y
pretextos contra el amor, y es hábil en revestirlos de apariencia honorable. En realidad no tiene otra
cosa que oponerle sino razones. Razones de la hipocresía que son sólo excusas.
Donde el enemigo encuentra gozo de la caridad, acude con su jarro de vinagre ideológico.
San Ignacio ha descrito en su Regla una ley del acontecer espiritual que se comprueba, además,
tanto en la experiencia de los Ejercicios Espirituales como de la vida corriente: a la inspiración
inicial se le opone casi inmediatamente un “pero”, una objeción; al buen deseo le asalta una duda,
una pregunta, o simplemente una acusación descalificadora; al llamado de Dios, razones y
objeciones; “Señor, soy un muchacho, no sé hablar” (Jeremías 1,7-9, ver Exodo 4,1.10-11; Isaías
6,5).
Escrúpulos
Otra ofensiva de esta misma índole contra el gozo de la Caridad son los escrúpulos (154), cuya
naturaleza es la misma: un pensamiento que milita contra el gozo del alma justa:
“Si ve (el enemigo) que un alma justa no consiente en sí pecado mortal ni venial ni apariencia
alguna de pecado deliberado, entonces el enemigo, cuando no puede hacerla caer en cosa que
parezca pecado, procura (por lo menos) hacerle poner pecado donde no hay pecado, así como en
una palabra o pensamiento mínimo” (155) .
Ya se deja ver la condición sádica de la acedia del enemigo y su ensañamiento contra el gozo de la
Caridad.
Los escrúpulos – enseña San Ignacio – por un tiempo, aprovechan al alma. Pero hay almas a las que
los escrúpulos, convirtiéndoles el gozo de la gracia en tormentos de ley, pueden disuadirlas del
camino del fervor de la caridad y la amistad con Dios. El tormento de los escrúpulos puede llegar a
hacer odiosa la amistad de Dios y precipitar al alma en la acedia, o alejarla del camino ascético y
hacerla volver a derramarse en las cosas.
Esta doctrina ignaciana de discernimiento es necesaria para preservar el gozo de la caridad, y la
caridad misma, contra los ataques abiertos o embozados. Los pensamientos y razones aparentes que
se presentan al alma como buenos y santos, son sin embargo los que, cuando han fracasado los
demás medios, saca a relucir el enemigo del gozo, para emplear contra él sus armas más sofisticadas
y temibles (156). Contra las razones con apariencia de bien y de verdad, el gozo siempre tiene, de
antemano, la discusión perdida. Porque en toda discusión siempre es el gozo quien “se va al pozo”.
Se sigue que en la vida espiritual, hay que proteger el gozo y el consuelo de la caridad contra las
razones aparentes, contra los espíritus discutidores, perfeccionistas, impugnadores, suspicaces (los
maestros de la sospecha), escépticos o simplemente distractivos. Como se protege el buen vino del
contacto con el aire para que no se avinagre.


6.2.) Desolación contra Consolación
En sus Reglas de Discernimiento (157), San Ignacio describe los efectos de la Gracia en el alma,
con el nombre de consolación. Y llama desolación a lo contrario. Por la descripción que hace de “lo
contrario”, es reconocible la tentación de acedia.
Al describir la consolación, san Ignacio la homologa con las tres virtudes teologales: “llamo – dice –
finalmente consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad, y toda alegría interior que llama y
atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, aquietándola y pacificándola en su
Criador y Señor” (158) .
San Ignacio notó la relación especular entre gozo y virtudes teologales, así como la existencia de
sus contrarios, cuyo primado detenta la acedia.
La primera serie de Reglas de Discernimiento trata de la desolación, y contiene, en efecto:
1) una breve pero clarísima descripción de la acedia, que Ignacio define por oposición a la
consolación (159).
2) prescripciones de remedios contra ella (160) 8ª Regla: “El que está en desolación, trabaje en estar
en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que será pronto
consolado(…)” (EE 321).
3) explicación de sus causas (161).
La segunda serie de Reglas de discernimiento se ocupa de formas más sutiles de la acedia:
1) previene contra razones contrarias al gozo (162)
2) enseña cómo defenderse de los fulgores engañosos y los fuegos fatuos de gozos que no son los de
la caridad sino consolaciones aparentes, que han de distinguirse de las verdaderas (163) Se debe
atender mucho al discurso de los pensamientos (…) y si en el discurso de los pensamientos que trae,
acaba en alguna cosa mala o distractiva, o menos buena que la que el alma tenía propuesta antes
hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba al alma quitándole su paz, tranquilidad y quietud que
antes tenía, clara señal es proceder de mal espíritu” (EE 333)..
Veamos un ejemplo que muestra cómo desde un estado de auténtica consolación puede pasarse
insensiblemente a otro, falso, que termina en el disgusto. Relata una religiosa:
” A terminar de despegarme del mundo había contribuido la visita de diez días que hice a mi casa al
terminar el postulantado y antes de ingresar al Noviciado. Durante todo el año del postulantado
había extrañado mi casa, mi ciudad, mis amigos. Fui pensando que diez días iban a ser pocos para
reencontrarme con todos y con todo. Sin embargo, una vez en casa, tres o cuatro días fueron
suficientes para sentirme como pez fuera del agua: me molestaba el televisor prendido todo el día,
el equipo de música de mis hermanas, la trivialidad de mis amigos, y por sobre todo, la ausencia del
Santísimo para quedarme un rato con El, a cualquier hora del día. Aquellos diez días se me hicieron
eternos y volví al Noviciado con grandes deseos: `con grande ánimo y liberalidad’. Durante un
tiempo todo fue hermoso. Los Ejercicios previos al ingreso a la nueva etapa de formación me
habían encendido en fervor, y no había cosa que no fuera para mí motivo de gozo. Sentía que “en El
era, me movía y existía”. Sin embargo, poco a poco, sin saber cómo ni cuándo comenzó, empecé a
sentir que su Presencia me asfixiaba. Ese estar en El que tanto gozo me había causado, de pronto se
transformó en cárcel. Mirara donde mirara, hiciera lo que hiciera, en todo estaba Dios. Era como un
aire enrarecido que, a la vez, me cerraba las puertas para `otros aires’. Era demasiado Dios. Me sentí
saturada de El. En ningún momento sentí un rechazo abierto hacia su Presencia, sólo quería un poco
menos”.
La tentación de acedia, no advertida o consentida, puede instalar al alma en un estado permanente
de acedia. Y aunque por inadvertencia no hubiese culpa en ello, habría grave daño del sujeto y se
impedirían grandes bienes. La desolación sentida y no resistida, peor aún si aceptada, precipita a la
larga o a la corta en el avinagramiento, que puede terminar siendo culpable, y a veces puede llegar,


a la postre, a perseguir militantemente al gozo. La oposición de la desolación y de la falsa
consolación, a la consolación, reflejan la oposición de la acedia al gozo de la caridad.
Por eso, la Contemplación para alcanzar Amor (164), es el mejor antídoto contra la acedia, a estar a
las recetas de Casiano, que vimos antes (165), y a las de San Benito y de Santo Tomás a la que nos
referiremos más adelante (166).
6.3.) Acedia en Ejercicios de Mes
Durante el Mes de Ejercicios no es raro que – aparte de las desolaciones comunes y por eso más
fácilmente reconocibles – sobrevengan mociones de acedia que a veces no se sabe reconocer como
tales. Por lo cual conviene estar alerta para cuando se presenten.
Una ejercitante refiere al que le da los ejercicios que en la meditación del descenso de Cristo a los
Infiernos, le ha venido un sentimiento de tristeza al contemplar cómo el Señor va al rescate de
Adán:
“Estaba leyendo la segunda lectura del Oficio del Sábado Santo, como preparación para la
contemplación del descenso de Jesús a los Infiernos. Es un texto de una antigua Homilía sobre el
Santo y Grandioso Sábado. Durante toda la lectura me había emocionado mucho. Antes de
comenzarla, ya estaba muy agradecida y enfervorizada en el Señor, con imágenes bien vivas y con
la consolación propia de la tercera semana. Pero al llegar al paso de la lectura donde Cristo,
tomándolo a Adán de la mano, lo levanta, y le dice: “Despierta tú que duermes”, y sobre todo al
llegar al lugar donde le dice: “tienes preparado un trono de querubines..” me asaltó una tristeza
fuerte de que a Adán le dieran esa gloria después de su caída. Inmediatamente me dí cuenta de este
sentimiento y le dije al Señor: “Señor, no quiero este pensamiento, no quiero pensar esto”, pero el
pensamiento no me dejaba. Hasta que lo escribí para contarle la moción al director de Ejercicios.
Sobre esto me venían sentimientos de vergüenza y mociones para que no lo contara. A lo que
respondí con un propósito firme: “No, Señor, yo lo contaré”. Y al instante se me pasó aquella
moción de tristeza y me volvió el fervor anterior.”
Sabor Agrio a Herodes
Reporto aquí la experiencia de otro ejercitante, que me contó un director de ejercicios de mes,
porque refleja sugestivamente la acedia como sensación de agrio.
El caso es el siguiente. Un ejercitante, en la aplicación de sentidos sobre el misterio de la adoración
de los Magos, gustaba la personalidad de Herodes como un dulce que se ha fermentado ligeramente
y está agriado. Es obvio que el pecado de Herodes – como dijimos antes: 3.1. – es un pecado de
acedia, porque se entristece por lo que los ángeles anuncian como un gozo y era efectivamente la
realización de la gran esperanza mesiánica del pueblo de Dios. Es llamativo que el ejercitante
“gustara” esta acedia y la hipocresía conexa, con ese sabor agrio. El ejercitante estaba repitiendo la
experiencia primitiva de los cristianos, que encontraron ácido ese pecado.
Otros ejemplos
Durante los Ejercicios de Mes se alcanza un grado de concentración y atención espiritual muy
grande, que permite advertir y reconocer movimientos interiores que pasarían inadvertidos en la
vida cotidiana.
He aquí algunos ejemplos más de movimientos de acedia advertidos en Ejercicios de Mes y
reconocidos como tales por el ejercitante.
Primer ejemplo:
“Estaba rezando la Liturgia de las Horas. Al leer la segunda lectura del Oficio de Lecturas, que era
un texto de San Agustín, me sobrevino un marcado sentimiento de fastidio cuando confiesa haberse
abrazado al único Mediador Jesús, y haber encontrado en El el medio para acercarse a la Luz y al
Alimento que veía tan inalcanzables. Rechacé ese sentimiento por reconocerlo como tentación,
oponiéndole una segunda lectura del pasaje, animada con sentimientos de alegría y gratitud”.


Segundo ejemplo:
“Durante el día me vino al pensamiento la pregunta acerca de si María había podido tener
tentaciones. Hablándolo con el director, éste me dijo que no necesariamente la Virgen María
hubiese debido tener tentaciones. Más tarde, en ese día, mientras rezaba el Rosario, se me vino a la
mente lo conversado con el Padre director de Ejercicios. En un momento dado, no fue un
pensamiento, tampoco un sentimiento, ni siquiera una frase interior: fue como una mirada que me
invitaba a mirar despectivamente a María Virgen (mirada “acediosa”), con un despecho mezcla de
envidia (“¿por qué Ella?”) y de desvalorización (“¡así cualquiera!). Cuando me percaté de ello, miré
a María con todo el amor, gratitud y admiración que pude encontrar en mi corazón, y los alimenté el
tiempo que quedaba del Rosario, terminándolo con un canto en su honor”.
A la luz de estos ejemplos y de los que vimos en el capitulo anterior, se reconocerá qué frecuentes y
qué poco advertidos son los movimientos de acedia que se producen en el alma de los consagrados.
Y qué daños individuales y comunitarios, no sólo como pérdida del fervor sino hasta de la fe,
pueden producir si no se los advierte y rechaza con prontitud y decisión. Aún cuando, por
inadvertencia, la tentación no se convierta en pecado, tiene igualmente efectos devastadores para las
gracias recibidas. Bien dice San Ignacio que “la desolación es contraria a la desolación” y procura
destruirla.
Se comprende también cuánto bien se impide en la Iglesia por el desconocimiento de este mal.
Notas
153. Ejercicios Espirituales = EE 329.
154. San Ignacio trata de ellos en Ejercicios, en las Notas para sentir Escrúpulos (EE 345-351).
155. EE 349.
156. EE 332.
157. EE 313-336.
158. EE 316.
159. “Llamo desolación todo lo contrario de la tercera regla: Así como oscuridad del alma,
turbación en ella, moción a cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones
moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste, y como
separada de su Criador y Señor. Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la
misma manera los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que
salen de la desolación.” (4ª Regla, EE 317).
160. 5ª Regla: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los
propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la
determinación en que estaba en la antecedente consolación (…)” (EE 318). 6ª Regla: “Dado que en
la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha mudarse contra la
misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar, y en
alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia” (EE 319). 7ª Regla: “El que está en
desolación considere cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias naturales, para que
resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual
siempre le queda(…)” (EE 320).
161. 9ª Regla: “Tres causas principales hay por las que nos hallamos desolados: la primera es por
ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se
aleja la consolación espiritual de nosotros; la segunda por probarnos para cuánto somos, y en cuánto
nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias; la
tercera para darnos verdadera noticia y conocimiento que no es de nosotros traer o tener devoción
crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia
de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en


alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual
consolación” (EE 322).
162. Es la primera regla de la segunda serie (EE 329) que hemos trascrito más arriba en 6.1. La
segunda Regla de la primera serie coincide con ésta en señalar que “en las personas que van de bien
en mejor subiendo (…) propio es del mal espíritu morder, entristecer y poner impedimentos
inquietando con falsas razones (…)” (EE 315). Es el estilo de las razones de Judas contra María en
la Unción en Betania (ver 2.1.).
163. El ángel malo puede consolar al alma para traerla a su dañada intención y malicia (EE 331). Es
propio del ángel malo que se disfraza de ángel de luz (…) traer pensamientos buenos y santos
conforme a la tal alma justa, y después, poco a poco procura salirse trayendo al alma a sus engaños
encubiertos y perversas intenciones (EE 332).
164. EE 230-237. En esta contemplación con que termina el Mes de Ejercicios, San Ignacio invita
al Ejercitante a considerar los beneficios y gracias de creación y redención, mirar cómo Dios habita
y trabaja para él en las creaturas, considerar por fin cómo Dios es la fuente de todos los bienes de
los que él goza y es partícipe. Y dado que el amor ha de ser comunicación recíproca de bienes entre
los que se aman, San Ignacio invita al ejercitante a darse todo a Dios: “Tomad Señor y recibid…”
165. Ver 5.1.
166. Ver 7.6.
7.) PNEUMODINAMICA DE LA ACEDIA
Después de describir el fenómeno de la acedia llega el momento de hacer un esfuerzo por
comprenderlo; por investigar las causas de este hecho espiritualmente tan extraño; y por explicar la
“mecánica” de esta disfunción espiritual. Llamo pneumodinámica de la acedia a esta exploración de
las fuerzas espirituales y psicológicas implicadas en la acedia, por analogía con el capítulo de las
ciencias físicas llamado dinámica, que se ocupa del estudio de las fuerzas naturales.
¿Cómo es posible que alguien se entristezca por el bien de Dios?
Lo que parece imposible y absurdo en teoría, hemos visto que es una notoria realidad de
experiencia. Tratemos pues de mostrar cómo es posible lo que parecería imposible.
7.1.) Apercepción y Dispercepción
La acedia se presenta, ya lo adelantábamos en 2.9., como una a-percepción y una dis-percepción del
bien. Apercepción porque no se percibe el bien. Dispercepción, porque se lo percibe como un mal.
Como distorsión de la percepción del bien, se trata en primer lugar de un problema de la función
cognoscitiva. Un problema del conocimiento del bien y del mal. La acedia supone, pues, en primera
instancia de análisis, una corrupción de la inteligencia. Como toda envidia, la acedia es una forma
de “invidencia”, o sea de imposibilidad de ver el bien.
Si nos preguntamos ahora cuál es la razón o la causa de esa corrupción de la inteligencia, nos
encontraremos con un apetito. O sea con un factor volitivo que perturba la percepción. El bien no se
puede ver porque no se lo quiere ver.
Pero si seguimos preguntando acerca de la causa de la perturbación de ese apetito, volvemos a
encontrar otra vez una apercepción o dispercepción previa. La visión determina el apetito. A su vez,
el apetito determina la visión. No se quiere ver porque no se ve bien.
Observamos así una circularidad de inteligencia-voluntad-inteligencia. Conocimiento-amor-
conocimiento. O para decirlo en términos bíblicos: visión-sabor-visión; mirar-gustar-ver. No se
conoce bien sino lo que se ama. Y no se ama lo que no se conoce.
La visión perturba el apetito y el apetito perturba la visión.
La perturbación del apetito puede deberse a diversas causas:


1) Un deseo vehemente, como el hambre de Esaú.
2) Un temor, como el de los Israelitas a los pueblos que ocupaban la Tierra Prometida.
3) La dilación en la satisfacción del deseo de Dios, vivida como frustración, especialmente entre los
que, como el monje, más intensamente buscan a Dios.
4) La indolencia o pereza para creer, puesto que la fe es la que permite la visión del bien, como en
los que se sienten llamados a una vocación pero no acogen con fe la llamada.
Acedia y Pereza
Es este el lugar propicio para abrir un paréntesis donde tratemos de la pereza, ya que
tradicionalmente se la ha considerado tan cercana a la acedia, que se la da por hija suya o se las
define
como sinónimas o equivalentes (167).
La voluntad perezosa no quiere mover a la inteligencia a creer para conocer el bien verdadero y la
orienta hacia otros bienes. Así se conectan acedia y pereza; indiferencia o tibieza para amar, e
indolencia para conocer al Dios infinitamente amable.
¿La consecuencia?: efusión en las cosas. La voluntad perezosa mueve a la inteligencia hacia los
objetos que no debe y la desvía de aquellos que debería conocer. La pereza, pues, inicialmente, no
inhibe toda actividad, sino que comienza trocando una actividad debida por otra indebida.
Es como el niño que se agota jugando en lugar de hacer los deberes; hasta que cae rendido de fatiga
por hacer lo que no habría debido, y es incapaz ya de hacer lo que hubiera debido. O como el joven
que va y viene sobre el trueno de su moto pero no tiene a dónde huir para no estar donde debería.
La imagen proverbial del perezoso es la del apático dormilón. Pero esa es sólo la fase terminal de su
dolencia. Por lo común el perezoso comienza hiperactivo antes de terminar deprimido. Es un
ansioso que pasa de la conmoción a la apatía, de la agitación al agotamiento.
Porque la pereza, contra lo que sugiere equivocadamente la opinión común, no consiste en no hacer
nada. Consiste en no hacer lo debido. El perezoso puede obligarse a mil ocupaciones no obligatorias
con tal de no cumplir con su obligación.
¿Pero qué pasa cuando el perezoso no quiere cumplir con sus deberes y obligaciones supremas;
cuando no quiere poner los actos de fe, esperanza y caridad; cuando se niega al ejercicio de las
virtudes teologales?
Al rehuir ocuparse de los bienes últimos y supremos que dan el sentido último a su existencia, es
como el caminante que se desentiende de la meta a donde debe llegar y se va por todos los desvíos.
O como el que se pierde en el desierto y termina girando en círculos hasta que cae exhausto sin
haber llegado a ninguna parte.
Huye primero del sentido. Pero esa huída de lo esencial lo aboca a tener que vivir luego huyendo
del sinsentido. ¿Cómo? ¿hacia dónde? Hacia los sentidos provisorios; hacia alguna actividad que lo
entretenga, que lo ayude a encontrar siempre nuevas escapatorias al asedio del aburrimiento,
entreteniéndolo con algún minúsculo sentido inmediato: el baile de una noche, el paseo, el bar, el
club, el hobby, la novela…y tantas otras formas de “evasión”, como acertadamente se les dice.
Sentidos forzosamente provisorios, puesto que el perezoso huye de los últimos y definitivos, de los
permanentes y eternos. Y dado que los no-últimos muy pronto lo dejan o él los deja, tarde o
temprano, fatalmente, vuelve a quedar a merced de la invasión del sinsentido: del tedio, la náusea,
el aburrimiento, en una lucha desigual y perdida de antemano con ese mar que lo inunda, y en la
que se agita hasta que se agota.
¿Cómo puede llegar, si no, el perezoso a hablar de “matar el tiempo”? ¿Cómo puede el tiempo
convertírsele en un enemigo, hasta el punto de tener que matarlo? El tiempo del perezoso es el
tiempo de Cronos, el dios cruel que devora a sus hijos, porque los engendra en un tiempo que no


está abierto a la eternidad. Un tiempo meta de sí mismo que, como el Ouroboros, es como una
serpiente que se devora la cola. Y el Hijo de Cronos se convierte en parricida.
Dado que sólo las virtudes teologales, llenan de eternidad el tiempo y lo vivifican con vida eterna, y
dado que la acedia ciega a su víctima para esos bienes y la pereza le impide mirarlos, ambas
clausuran su corazón para el encuentro con Dios.
Observábamos antes la circularidad de inteligencia-voluntad-inteligencia; conocimiento-amor-
conocimiento;
visión-sabor-visión;
mirar-gustar-ver.
Encontramos
aquí
una
circularidad
correspondiente y equivalente: acedia-pereza-acedia-pereza. Hay una retroalimentación de ambos
pecados capitales. Este hecho nos explica por qué en la tradición se encuentra definida la acedia
como una cierta forma de pereza.
7.2.) Los Dos Apetitos Antagónicos
“Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene
apetitos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene apetitos contrarios a la carne, como que son entre
sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisiérais” (Gálatas 5,16-17).
Siendo antagónicos el espíritu y la carne, son antagónicos también los quereres o sea los apetitos de
uno y otra.
Los apetitos se especifican por su objeto: son distintos cuando tienen objetos distintos, y son
opuestos cuando tienen objetos opuestos.
Los dos apetitos de los que habla San Pablo, son antagónicos porque tienen objetos contrarios entre
sí, como muestra el contexto próximo y de toda la carta: El apetito espiritual tiene como objeto la
gloria de Cristo, de la Cruz y de la gracia; mientras que el apetito carnal tiene como objeto la gloria
vana, que viene de la carne, de la circuncisión, de las obras de la ley. De esos apetitos por bienes
diversos, resultan también obras – o sea conductas, formas de vida – distintas y opuestas: las obras
de la carne y las obras del espíritu (Gálatas 5,18-23).
Para Pablo, las expresiones vivir según el Espíritu (vv.16.25) y pertenecer a Cristo (v.24), son
equivalentes: “Los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus
apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos según el Espíritu. No busquemos la gloria vana
provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente” (Gálatas 5,24-26).
La vida cristiana supone por lo tanto, en la visión de Pablo, una opción por un bien por encima de
otro bien; y supone, consecuentemente, la opción por un apetito en contra del otro; de una conducta,
unas obras y una vida, en contra de las opuestas. La opción por un apetito en contra de otro,
significa la mortificación de un apetito por el otro, de un deseo por otro mejor. Pablo ve así la ley de
la Cruz, inserta en la existencia cristiana.
La vida cristiana presupone una opción previa a toda otra elección y que es fuente de todas las
demás: entre la carne y el espíritu. Y esa opción ha de ser mantenida y realizada en obras o
conductas que la ratifiquen. De lo contrario queda evacuada y como anulada.
Los dos amores opuestos
Encontramos la misma oposición dramática en la doctrina del Apóstol Juan. Sólo que aquí no se
habla de apetitos sino de amores opuestos: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si
alguien ama al mundo el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo – la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la vanagloria de las riquezas – no viene
del Padre sino del mundo” (1ª Juan 2,15-16).
Nótese cómo también en San Juan, el amor del mundo se desglosa en apetitos, que Juan llama
concupiscencias, las cuales apuntan a una gloria vana, igual que en la visión paulina.
También en la visión de Juan, los amores son opuestos porque tienen objetos opuestos. La
oposición está en que los bienes que son objeto del amor mundano son pasajeros, mientras que los


bienes objeto de la caridad son permanentes: “el mundo y sus concupiscencias pasan, pero quien
cumple la voluntad de Dios permanece para siempre” (v.17). Los objetos, unos transitorios y otros
perennes, son los que confieren transitoriedad o perennidad a sus correspondientes amores, y en
consecuencia al sujeto que ama. Dios hace perenne al que lo ama confiriéndole la comunión con su
vida eterna (1ª Juan 1,1-3; 5,13).
Los bienes pasajeros son, por eso mismo, prescindibles y en algunos casos prescindendos. Dios, en
cambio, es el Bien imprescindible y el amor a Dios debe gobernar los demás amores. Pero para el
hombre caído, el Bien divino es por eso un Bien arduo, difícil de alcanzar. La dificultad en
alcanzarlo puede ocupar de tal manera la atención, que se pierda de vista el Bien por mirar la
dificultad. Entonces lo arduo del Bien es percibido como un mal.
La Rebelión de la Concupiscencia
Hay que advertir bien, que los bienes pasajeros no son – de suyo y según el orden primitivo de la
creación, anterior al pecado original – ni irreconciliables ni opuestos al bien permanente ni a la
comunión de las creaturas con el Creador. En la visión creyente, en efecto, el bien de las creaturas
proviene del Creador y ha de servir a la comunión con El.
Es la oposición e irreconciliación de los apetitos del hombre herido por el pecado, la que proyecta
su irreconciliación y su antagonismo sobre esos bienes. Es la oposición de los apetitos de la carne a
los del espíritu – consecuencia del pecado original – la que produce gozos y tristezas, paces e iras,
deseos y temores opuestos entre sí, respecto de unos bienes u otros.
Cuando el bien de Dios aparece como privando – o amenazando privar – de sus bienes propios al
apetito carnal y mundano, entonces, ese bien es tenido por mal, y sobreviene la acedia, la tristeza, la
ira y hasta el odio.
Dado que a veces el amor a Dios imperará la renuncia a bienes prescindibles, esa renuncia implica
una mortificación de los apetitos concupiscentes y la consiguiente tristeza o ira de dichos apetitos.
Esa mortificación del apetito carnal por el espiritual, o del amor mundano y sus concupiscencias por
el amor divino, es la que, por excitación de lo irascible del apetito carnal mortificado, inclina a
considerar al Bien divino como causa de la privación de un bien, o sea como causa de un mal. Y
esto explica la acedia, permitiéndonos entenderla como una tristeza de los apetitos de la
concupiscencia, ante aquél Bien que los priva de hecho, o puede privarlos, de sus bienes
específicos.
En realidad, no son los bienes los opuestos entre sí, sino los apetitos. El fundamento de la
incompatibilidad de los apetitos contrarios no es la inconmensurabilidad de sus respectivos bienes,
unos transitorios y otros duraderos, sino el hecho de que tanto los unos como los otros no son
realmente conocidos y apreciados en su bondad si no es por la fe. Sólo la vida en el Espíritu, que
presta su real consistencia a los bienes eternos, puede subordinarle los efímeros y sacrificárselos si
es necesario. De modo que la oposición radical, no es la que pudiera ponerse entre los bienes, o la
que puede experimentarse entre los apetitos, sino la que existe entre percepción creyente y la
percepción incrédula, entre la percepción espiritual y la percepción carnal.
Y esa percepción y evaluación creyente de los bienes, tiene también a los propios apetitos y a sus
respectivas solicitaciones, como objeto bueno o malo, y elige o desecha uno u otro de esos apetitos,
en cuanto quiere y consiente en querer con el uno y no quiere y se niega a querer con el otro.De
modo que el cristiano toma posición ante sus propios quereres, como buenos o malos, como bienes
o males.
La mortificación es la virtud cristiana por la cual se acepta la crucificción de un apetito en aras del
otro, como estilo de vida. San Juan ve en esa capacidad de la fe para hacer morir los apetitos
contrarios, la verdadera victoria del creyente, su participación en la victoria del crucificado.
Así se explica el surgimiento de la vida monástica como el propósito de llevar la mortificación y la
renuncia a un grado heroico, en un estilo de vida donde se radicalizan las virtudes teologales. Las


privaciones ascéticas mueven a disgusto, a tristeza y por último a ira, contra los bienes espirituales
en cuya búsqueda se embarcara el monje en su aventura ascética. Donde el deseo espiritual se
radicaliza, también se agudiza la resistencia y la tentación de acedia, que – como vimos – da lugar al
duro combate del monje.
Así también se explica – por el contrario – la acedia con que el pecador rechaza los diez
mandamientos y se entristece por la voluntad divina como obstáculo que se opone a la realización
de sus deseos.
Así – por último – se explica por qué la civilización de la acedia, enemiga de la Cruz, se opone a la
Iglesia y a la revelación cristiana, la cual pone límites a la voluntad del Hombre, sometiéndola a la
voluntad divina, a ejemplo de Cristo.
Causa y Efecto del Pecado Original
El estado de irreconciliación de la carne con el espíritu, que es como hemos visto el punto de
inserción de la acedia en el organismo espiritual de la vida cristiana, es consecuencia del pecado
original. Diríamos que es “la” consecuencia más propia de dicho pecado. Por lo cual bien merece la
acedia ser considerada como la consecuencia más característica del pecado original y como una
prueba y argumento del mismo.
Los Santos Padres al referirse al archipecado del Angel malo, se dividen al explicarlo, los unos
como soberbia y los otros como envidia (168). La acedia – que es envidia o sea tristeza por el Bien
que es Dios, y que implica la soberbia de afirmar el querer propio contra la Voluntad divina – es el
mejor de los nombres para el pecado del Angel malo, del cual deriva luego el de nuestros
protoparientes. Así lo define el libro de la Sabiduría: “Por acedia del diablo entró la muerte en el
mundo y la experimentan (tanto la acedia como la muerte) los que le pertenecen” (Sabiduría 2,24;
ver también 6,23 y 7,13). Así lo interpreta muy tempranamente Clemente Papa y tras él Justino y
Teófilo de Antioquía. San Ireneo ha sido llamado ‘el arquitecto de la doctrina sobre la envidia
primigenia del diablo’. A partir del s. III la teología patrística se bifurca. Los padres occidentales,
Tertuliano y Cipriano mantienen fundamentalmente la doctrina tradicional plasmada en Ireneo. La
escuela Alejandrina se aparta de la doctrina ireneana. A partir de entonces la teoría de la envidia
primigenia del diablo pierde terreno progresivamente hasta desaparecer. La inflexión comienza con
Orígenes y prosigue con Clemente alejandrino. Según Orígenes, el pecado del diablo fue la
soberbia. Basilio, Gregorio Nazianceno, jerónimo, Agustín, harán triunfar definitivamente la teoría
origenista del pecado diabólico como soberbia y sepultarán la doctrina tradicional culminada en
Ireneo (169).
La acedia es, por lo tanto, efecto y causa del pecado original. Y sin esta categoría teológica no es
posible hacer buena teología de la historia ni buena teología espiritual; y es difícil acertar en el
diagnóstico pastoral o en la cura de almas, en la dirección espiritual o en el discernimiento y por
ende en el buen gobierno de sí mismo y de los demás.
El Pecado Original – ha escrito Juan Pablo II – “es verdaderamente la clave para interpretar la
realidad. El Pecado Original no es sólo una violación de una voluntad positiva de Dios, sino
también, y sobre todo, de la motivación que está detrás. La cual tiende a abolir la paternidad (de
Dios), destruyendo sus rayos que penetran en el mundo creado, poniendo en duda la verdad de
Dios, que es Amor, y dejando la sola conciencia de amo y de esclavo. Así, el Señor aparece como
celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre; en consecuencia, el hombre se siente
inducido a la lucha contra Dios. Análogamente a cualquier otra época de la historia, el hombre
esclavizado se ve empujado a tomar posiciones en contra del amo que lo tenía esclavizado” (170) .
Ese fue el drama de los siglos de la acedia. Y quizás el drama de los siglos tout court. Porque
refiriéndose a toda otra época de la historia, el Papa nos remite a la resistencia del hombre a lo
sagrado. Este no es sólo un dato teológico, sino también un hecho de experiencia universal, descrito
por la ciencia de las religiones. Como fenómeno universal conviene decir algo de él a continuación.


Notas
167. Véase 1.1.; 1.2. y 5.2. Sobre este asunto véase el citado artículo de G. Bardy, Acedia en Dict.
de Spir. Asc. et Mystique T.I, cols 166-169.
168. Véase: Isidro Ma. Sans, La Envidia primigenia del Diablo según la Patrística Primitiva
(Estudios Onienses, Serie III Vol. VI) Ed. Fax, Madrid 1963.
169. Isidro Ma. Sans, O.c. pp. 135-137.
170. Cruzando el Umbral de la Esperanza, Barcelona l994, p. 221.
7.3 ). Temor de Dios y Miedo a Dios
Resistencia Universal ante Lo Sagrado
Lo sagrado es ambivalente, a la vez atrae y repele al hombre, quien manifiesta ante lo sagrado una
tendencia contradictoria. “Por un lado – dice Mircea Eliade – trata de asegurarse y de incrementar su
propia realidad mediante un contacto lo más fructuoso posible con las hierofanías y cratofanías; por
otro, teme perder definitivamente esa `realidad’, al integrarse en un plano ontológico superior a su
condición profana; aún deseando superarla, no puede abandonarlo todo. La ambivalencia de la
actitud del hombre frente a lo sagrado no se nos manifiesta sólo en el caso de las hierofanías y
cratofanías negativas (miedo a los muertos, a los espíritus, a todo lo `maculado’), sino también en
las formas religiosas más desarrolladas. Incluso una teofanía como la que revelan los místicos
cristianos inspira a la mayoría de las personas atracción, pero también repulsión (cualquiera que sea
el nombre que a esa repulsión se dé: odio, desprecio, temor, ignorancia voluntaria, sarcasmo, etc.)”
(171).
Mircea Eliade observa que en el corazón mismo de la experiencia religiosa encontramos la
tendencia contraria y apunta la resistencia a lo sagrado: “La actitud ambivalente del hombre ante
algo sagrado que a la vez le atrae y le repele, que es benéfico y peligroso, se explica no sólo por la
estructura ambivalente de lo sagrado en sí mismo, sino también por las reacciones naturales del
hombre ante esa realidad trascendente que le atrae y le aterra con igual violencia. Esta resistencia se
acentúa aún más cuando el hombre se encuentra totalmente solicitado por lo sagrado, cuando se ve
llamado a tomar la decisión suprema: abrazar plena y definitivamente los valores sagrados o
mantenerse frente a ellos en una actitud equívoca” (172). Es, como hemos visto el caso de la vida
monacal, o el de las encrucijadas de la conversión o el pecado.
Eliade retoma aquí las tesis de Rudolf Otto, en su obra Lo Sagrado, donde ha señalado y descrito el
efecto fascinante y atemorizador a la vez, que ejerce lo divino sobre el hombre.
Sin embargo, la resistencia ante lo sagrado es ambivalente. Y acerca de este fenómeno, la teología
bíblica tiene más para enseñarnos y para precisar.
Temor o Miedo
El Temor de Dios, es para la Escritura, el comienzo de la sabiduría (Salmo 110,10). Pero para el
autor sagrado, este temor no es sinónimo de miedo, sino más bien de respeto.
El que respeta a Dios afirma que Dios es bueno en su grandeza. Si teme algo de El, es el justo
castigo de su propia maldad. El temor de Dios es por lo tanto la afirmación del Bueno como bueno
y de lo malo (en mí mismo) como malo. Es, por eso, comienzo de la sabiduría y condición previa y
necesaria del amor a Dios. Nadie ama lo que no respeta.
El respeto ( del latín re-spectus, derivado a su vez del verbo re-spicere = mirar dos veces) es la
mirada atenta, la consideración correcta que mira y advierte, reconociéndolo, al que tiene delante.
En el caso de Dios, es alguien inconmensurablemente superior y distante, a pesar de todo lo que
pueda acercarse por su bondadosa condescendencia.


El respeto a Dios, es por lo tanto también consideración y reverencia. Es, como le gusta decir a San
Ignacio de Loyola: acatamiento.
El temor de Dios es algo interno al amor, es temor de ofender, temor de no ser o de no hacerse
digno de la condescendencia de que se es objeto. Es temor “filial” como explican los Santos Padres:
el temor que tiene el buen hijo de disgustar a su Padre. Lo distinguen así del temor “servil”, o miedo
del esclavo ante su amo. Este temor servil, tampoco es desdeñable cuando se trata de disuadir al
pecador del pecado que lo domina, y es útil donde falta el temor filial.
El miedo a Dios, en cambio, supone que alguien (que se estima bueno a sí mismo) considera que
Dios puede dañarlo. Tiene por eso miedo a Dios. Considera que Dios no es bueno sino malo; si no
malo necesariamente en sí mismo, al menos para sí.
Este miedo es opuesto al temor de Dios. Porque si del temor nace – y en él se funda – la Caridad, en
el miedo hay tristeza por ser Dios quien es. De este miedo a Dios sólo puede brotar el odio a Dios.
“Los demonios – dice Santiago 2,19 – creen pero tiemblan”.
El conocimiento demoníaco excluye el amor, mientras que el amor – como veremos enseguida –
exorciza el miedo (1ª Juan 4,18).
7.4 ) El Gozo como Fuerza
Puesto que la acedia se opone al gozo de la caridad, conviene considerar cuáles son los efectos
previsibles de su neutralización por parte de la tristeza que se le opone.
El Gozo del Señor es vuestra Fortaleza
“El gozo del Señor es vuestra fortaleza, no estéis tristes” (Nehemías 8,5). La frase es del sacerdote
Esdras el día en que leyó la Ley de Moisés ante el pueblo en la plaza que estaba frente a la Puerta
del Agua, en Jerusalén, durante la Fiesta de los Tabernáculos restaurada. Se trata del gozo resultante
de escuchar la Palabra de Dios y de creer en ella, del gozo de la fe y el amor a Dios.
Por su parte, Jesús, en la última cena y para fortalecer a sus discípulos de cara a la prueba de la
Pasión y a las futuras persecuciones, habla de un gozo suyo y de sus discípulos: “Os he dicho estas
cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno” (Juan 15,11).
Son las Palabras de Jesús las que están destinadas ahora a ser fuente de gozo para sus discípulos,
como lo eran en tiempo de Esdras las de la Ley para el pueblo. Por el contexto, se ve claramente
que el gozo de Jesús es el que proviene de su amor al Padre, y que el gozo de los discípulos es el
que provendrá de su amor a Jesús y de ellos entre sí. Se trata pues claramente en este pasaje, del
gozo de la Caridad al que se opone la acedia. El contexto de anuncio de tribulaciones y pruebas,
sugiere la misma misteriosa vinculación entre gozo y fortaleza: “vuestra tristeza se convertirá en
gozo” (16,20). La frase nos recuerda el género paradójico de las bienaventuranzas. Hay una
misteriosa pero íntima vinculación entre este gozo y la paciencia en las tribulaciones. El amor da
fuerza para sufrir incluso la ingratitud: “todo lo soporta, todo lo perdona…(1 Cor 13,7).
La historia de Sansón (Jueces 13-16), ilustra con su fondo y su forma, lo que decimos. En el
episodio del enjambre de abejas y el panal de miel que Sansón encuentra en el cadáver del león, y
en la adivinanza que Sansón propone a los filisteos inspirándose en este hecho, se reflejan los temas
de la dulzura y la fuerza. Tanto la fuerza del amor de Sansón por Dalila, como la del vigor físico de
Sansón, que forman la trama de esta historia.
El héroe es débil por su pasión hacia Dalila y fuerte por su amor al pueblo de Dios: “Del que come
salió comida y del fuerte salió dulzura”(Jueces 14,14). “¿Qué hay más dulce que la miel y qué más
fuerte que el león?” (14,18). La debilidad de Sansón por amor hacia una enemiga ingrata y
traicionera, refleja a su manera el drama del amor de Dios. La misma que lo devora, lo hace vivir.
Sansón es fuerte en su debilidad, por fidelidad a la ingrata, como Dios. El mismo nombre de
Sansón, Shimshon, derivado de “Sol” (en hebreo = Shémesh), sugiere a la vez la dulzura y la fuerza


del sol, además de sugerir una asociación mesiánica. El corazón de Sansón es fiel a su pueblo y fiel
a la enemiga y los amores contrapuestos no se contrarrestan en él.
Dulzura de la miel y fuerza para el combatiente fatigado encontramos también en el episodio de
Jonatán, quien exhausto del combate, y habiendo hallado un panal abandonado: “alargó la punta de
la vara que tenía en la mano, la metió en el panal y después llevó la mano a la boca y se le
iluminaron los ojos” (1 Samuel 14,27). La fatiga de la lucha enturbia la visión del bien. La dulzura
de la victoria, después de dispersados los enemigos – abejas que abandonaron el panal – devuelve la
visión y el goce del bien.
El Cantar de los cantares, celebra también conjuntamente la dulzura (Cantar 5.10-11.16; 7,7-10) y la
fuerza del amor divino, más fuerte que la muerte (Cantar 8,6) capaz de soportarlo todo (1 Cor
13,7d).
El gozo de la Caridad es uno de los frutos del Espíritu Santo. Si es dable establecer la
correspondencia del gozo, fruto del Espíritu, con alguno de los dones del Espíritu Santo enumerados
en Isaías 11,2s., nos inclinaremos, aleccionados por estas páginas bíblicas, a relacionarlo con el don
de fortaleza. Y efectivamente, el Catecismo de la Iglesia Católica enumera gozo y fortaleza,
íntimamente unidos, entre los dones y frutos del Espíritu Santo (CIC 1830-1832).
El Amor echa afuera el Temor
“El amor perfecto expulsa el temor”, dice San Juan, con una expresión griega: éxo bállei, que tiene
retintines de exorcismo (1 Juan 4,18). El amor produce un gozo que expulsa el temor y por lo tanto
la tristeza, ya que ambos, temor y tristeza, se dan por presencia de un mal o ausencia de un bien.
¿Por qué el amor expulsa el temor? Porque: “el temor mira al castigo” y quien todavía mira al
castigo y teme, “no ha llegado a la plenitud del amor”.
El amor nace de la visión del bien. El temor de la perspectiva de un mal (=el castigo), que proviene
de otro mal (=mi pecado). El que ama y el que teme están atendiendo a dos cosas diversas: el que
ama atiende y considera al Dios amable; el que teme está mirando a su propio pecado y al castigo
que merece. Cuando la mirada está puesta en Dios y fija en él por el amor perfecto, ya no se mira a
sí mismo y por lo tanto tampoco al castigo. Y así se entiende por qué “el amor perfecto echa afuera
al temor”.
Amor y temor reposan pues sobre dos miradas diversas, sobre la atención a dos objetos formales
diversos. Y de esas dos miradas provienen dos fuerzas opuestas: un amor y un temor opuestos entre
sí, un gozo y una tristeza opuestos.
Como tristeza opuesta al gozo, la acedia enerva la fuerza divina en el alma creyente. No sólo mina
su capacidad de hacer el bien, sino que también corroe su capacidad de oponerse al mal y la
paciencia para sufrirlo.
Mi Fuerza se Realiza en la Debilidad
“Virtus in infirmitate perficitur” dice San Pablo (2 Corintios 12,9). Virtus significa en latín vigor,
fuerza. Se trata naturalmente aquí, no de la fuerza física, sino de la fortaleza para obrar el bien. El
vigor del creyente es un vigor espiritual. Y ese es el sentido original de la palabra latina virtus, y de
la castellana virtud: la capacidad de hacer el bien. El amor sufriente, crucificado, muestra la
grandeza de su fuerza precisamente en la debilidad, manteniéndose pacientemente adherido al bien
a pesar del mal.
La fuerza de la caridad es la fuerza del amor sufriente. Un amor que da fuerza para luchar y para
padecer por el bien. El cáliz de la Pasión que el Señor acepta en su agonía, simboliza la comunión
con la voluntad de su Padre: por un lado como comida (= “Mi comida es hacer la voluntad de mi
Padre”); por otro lado como bebida (“El Cáliz que me ha dado mi Padre ¿no lo he de beber?”); y
por fin como una cierta embriaguez de esa voluntad, que acepta la del Padre “en lugar del gozo que


se le proponía” y habiendo “soportado la cruz sin miedo a la ignominia”, por lo cual “está sentado
a la derecha del trono de Dios” (Hebreos 12,2).
Es posible considerar la Agonía del Huerto como un combate o una lucha – en griego: agón – entre
dos gozos opuestos y dos tristezas opuestas. Por un lado el gozo del amor al Padre, que se complace
en hacer su voluntad. Por otro lado el gozo, que se le propone, de un reino de este mundo (Lucas
4,6; Juan 6,15). Por un lado la tristeza del alma humana ante la muerte; por otro lado la tristeza por
el pecado (Lucas 19,41ss; Marcos 11,17) como rechazo y menosprecio al Padre; y la tristeza del
corazón del Hijo que prefiere la muerte a contristar él también al Padre.
Al gozo que se le proponía, opuso Jesús un gozo superior. En ese conflicto de ambos gozos nace el
drama de la acedia en el corazón de los hombres. El dilema es, entonces, mortificación, paciencia o
acedia. Y el antídoto de la acedia: fortaleza y gozo de la Caridad.
Jesús, sacó la fuerza – en su debilidad – de la embriaguez del Cáliz de su Amor al Padre, y de su
misericordia por la muchedumbre humana necesitada de rescate.
Locura y Debilidad de Dios
Para entender la psicogénesis de la acedia, hay que tener en cuenta las antinomias o paradojas en las
que es maestro san Pablo: “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la
debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Corintios 1,25).
La fuerza no viene de las palabras, sino de Dios. Estas locuras del lenguaje sólo puede permitírselas
quien somete el lenguaje al ministerio del anuncio; sin poner su confianza en la fuerza persuasiva
del discurso, porque confía gozoso en la virtus de la Caridad:
“No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste, crucificado. Y me presenté ante vosotros
débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos
discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del Poder para que
vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2,2-5).
Nada de retórica, nada de dialéctica, nada de adulación, o halagos, nada de captación de la
benevolencia, nada de amenazas, nada de manipulación psicológica, nada de demagogia de las
pasiones, nada de cálculo político ni de human relations. Lo que brilló a los ojos de los Corintios en
la locura de Pablo fue la locura de Dios mismo a través de su Apóstol. En la humillación de Pablo,
es la humillación de un Dios suplicante la que se muestra con una evidencia sobrehumana.
“Dejaos reconciliar con Dios”. Esta es la fuerza de la predicación de Pablo, a la que no sirven sino
que estorban los vigores retóricos o dialécticos. Es la fuerza de la gratuita oferta y del vehemente
ruego de reconciliación, de los cuales Pablo se sabe, y se muestra, ministro y dispensador:
“Todo proviene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la
reconciliación. Porque en Cristo [en la insensatez y debilidad, en la injusticia de su Cruz], estaba
Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres,
sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación. Somos pues embajadores de
Cristo, como si Dios os suplicara por medio de nosotros: en nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios!. A quien no conoció pecado, le hizo pecado, por nosotros, para que
viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Corintios 5,18-21)
Pablo se presentó así, apóstol humillado de un Dios que se humilla ante el hombre suplicándole la
reconciliación y haciéndose culpable a sí mismo en su Hijo, para ganar el amor de los culpables a
costa del inocente. ¿Cuál puede ser la fuerza de semejante locura?
Ante un Dios así calla el temor al castigo y puede nacer y llegar a su perfección el amor cristiano: la
Agapé (1 Juan 4,18), el Camino Mejor (1 Corintios 12,31).
Verdaderamente parece necio y ridículo un Dios así. Parece sólo apto para engendrar acedia entre
los hombres de un mundo fundado en el zarpazo de la prepotencia, la imposición del poderoso, en
la astucia retórica y dialéctica, en la retorsión del lenguaje para adulaciones o intimidaciones


sofísticas, o – en el mejor de los casos – en la justicia del talión sin sombra de perdón o misericordia.
Una humanidad predispuesta a imaginarse dioses patrones, dictadores, que esclavizan a los hombres
y rivalizan con ellos.
Pero el corazón de los Corintios se rindió ante este Dios, perfil divino absolutamente inédito en la
interminable galería de las imaginaciones humanas acerca de la divinidad, que lleva, en su propia
disimilitud con todo lo que el alma de hombre alguno sería capaz de imaginar e inventar, una cierta
garantía de sobrehumana y divina verdad. Ellos eran gente de un mundo donde lo divino ya se había
hecho vulgar, comercial, industrial, político, turístico y doméstico. Pablo les traía la oferta de un
Dios tan absolutamente a contrapelo de todos los que habían fabricado o domesticado ellos mismos,
que no tenía, por fin, apariencia humana sino realmente sobrehumana y divina. Un Dios que sólo
podía ser creído a fuerza de inimaginable e inverosímil.
Y ante ese Dios, débil por amor, gracias a la fuerza de ese Espíritu Santo que suplica comunión y
reconciliación sin tomar en cuenta las trasgresiones, los Corintios encontraron por fin el gusto de
creer.
7.5 ). Gozo y Virtudes Teologales
El Gusto de Creer
Hay un gusto, o sea un gozo en conocer y reconocer al Dios verdadero y en aceptarlo por la fe. La
inteligencia del hombre está creada para conocer a Dios y cuando lo encuentra lo reconoce con
fruición como a su objeto adecuado; como la persona a cuyo conocimiento está destinado por
creación. La inteligencia del hombre está creada para posibilitar ese encuentro en el que consiste la
felicidad del hombre.
El gusto de creer, pertenece al del gozo de la caridad. Es su comienzo o incoación. Pero es una
gracia. Lo que brota espontáneamente de la caída naturaleza humana, del corazón humano herido
por el pecado, cuando se lo confronta con la oferta de la fe cristiana, es más bien la indiferencia, la
incomprensión, el disgusto, la aversión al Dios crucificado: la acedia, capaz de convertir a Pedro,
piedra fundamental de la Iglesia, en piedra de tropiezo para Jesús y los demás discípulos (Mateo
16,18.23).
“Para dar la respuesta de la fe, es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con
el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del
espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (173) .
Termómetro de las Virtudes
El gozo es fruto de la Caridad. Por lo tanto es indicio de la existencia y de la salud de esta virtud
teologal. Pero la Caridad supone la Fe y la Esperanza, de modo que cualquier defecto de ellas
debilita la Caridad.
Resulta así que el gozo – junto con la paz y la misericordia – es como un test de la salud espiritual y
del vigor de las virtudes teologales. Es como un termómetro en el que repercute el ejercicio de esas
virtudes.
Si se desea imitar el cauce pastoral paulino, hay que poner por delante las virtudes teologales y por
lo tanto el gozo específico que de ellas dimana. La pastoral paulina es gaudiocéntrica porque está
centrada en las virtudes teologales, como fundamento y fuente de las demás virtudes cristianas.
¿Hay que aclarar que el gozo de las virtudes teologales no es como los gozos mundanos? No todo
gozo bullicioso o bullanguero, no todo gozo sensible, refleja el estado real del alma. Quizás no haya
mejor reflejo sensible de lo que ese gozo produce en el hombre, pacificándolo, que el canto
gregoriano y la música sacra.
Es un gozo que no se pierde en medio de las tribulaciones y las pruebas, sino que en ellas es fuente
de fuerza. Un gozo que está en lo profundo de los corazones abatidos y de los que sufren todo lo
que las bienaventuranzas prenuncian.


En el Concilio Vaticano II, la Iglesia manifestó su conciencia de sí misma con aquella frase de San
Agustín que refleja esta aparente paradoja: “La Iglesia peregrina entre las persecuciones del mundo
y los consuelos de Dios” (Lumen Gentium 8).
La espiritualidad ignaciana, de la que nos hemos ocupado (6.), ofrece los elementos para una
pastoral gaudiocéntrica. En dicha espiritualidad, la doctrina de consolación y deso lación se ha
convertido en un camino sapiencial para liberarse de los afectos desordenados y goces falsos, y una
vez liberados de ellos, elegir según Dios, buscando y hallando el beneplácito divino en la
ordenación de la propia vida. Esto es guiarse en todo por la búsqueda de la complacencia y el gozo
de Dios.
Notas
171. M. Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, Trad. cast.: Cristiandad, Madrid l974, T.I, pp.
41-42.
172. O.c. T.II, p.251-252.
173. Const. Dei Verbum 5, CIC 153; la última frase es del Concilio Arausicano II.
7.6.) Apéndice: El Problema de los Remedios
El tema de los remedios para la acedia no entraba dentro de los límites que habíamos fijado
inicialmente a este ensayo. No era nuestro propósito tratar de ellos expresamente. Algunos pasajes
de nuestra exposición aluden a ellos. Por ejemplo al recordar la doctrina de Casiano, Isidoro,
Benito, Tomás de Aquino e Ignacio de Loyola. Pero un amable lector del manuscrito encontró
decepcionante y hasta negativo que “después de hablar tanto sobre un mal, no se tratase
expresamente acerca de sus remedios”.
Para complacerlo, agregué un párrafo breve, en el que recordaba los remedios que ofrecen Casiano,
San Benito, Santo Tomás y San Ignacio de Loyola, remitiéndome a los lugares del ensayo donde se
habla de ellos.
Ese párrafo le pareció después demasiado exiguo a otro lector, quien halló llamativo “que habiendo
dado tanta importancia y centralidad al tema de la acedia, se dedicasen solamente diez líneas – y
apenas nominalmente – a su remedio”, y que “dada la amplitud de la exposición del tema, se
esperaría que se deben ofrecer líneas o pautas de reeducación suficientemente explicitadas”.
Yo no había considerado insuficientes esas líneas, en parte porque estaba y sigo persuadido de la
validez, de la utilidad y la suficiencia de esos remedios tradicionales, que al lector le parecieron
exiguos y nominales. Y en parte también porque, desde mi óptica de autor, familiarizado y
conforme con los límites autoimpuestos a mi escrito, que no aspiraba a ser un tratado sino
modestamente un ensayo, y más allá de considerar suficientes para un ensayo las referencias a los
remedios diseminadas en él, me seguía sintiendo satisfecho y optimista con la virtud curativa de la
descripción misma del mal. Confianza que contribuía a alimentar en mí la experiencia de otros
lectores de este trabajo.
Debo decir que no termina de imponérseme la lógica según la cual quien conoce y sabe describir un
mal, deba por eso forzosamente conocer y exponer también sus remedios. El que hace algo bueno
no se obliga por eso a hacerlo todo o a hacer lo mejor. Se puede conocer el virus y la etiología de
una enfermedad, pero carecer de la vacuna. No tengo rubor en confesar que había limitado el objeto
de mi ensayo a disertar sobre el mal, creyendo hacer con eso sólo, algo de provecho. Y porque no
tenía elaboradas ni la doctrina ni las razones acerca de su tratamiento. Gracias al deseo de estos
lectores, he tenido la oportunidad de ponerme a reflexionar, más a fondo y con mayor detención,
aunque siempre como ensayista, sobre este “problema” – porque vaya si lo es – de los remedios o del
tratamiento del mal de acedia.
Tampoco termina de convencerme, como le parecía al primer lector arriba citado, que sea
“negativo” hablar extensamente de un mal. Como dijo el Arcipreste de Talavera: “si el mal no fuere


sentido, el bien no sería conocido” (174) . El solo hecho de llamar la atención sobre un mal
inadvertido, es ya de por sí algo positivo. La experiencia de otros lectores del manuscrito de este
estudio, me convence de que señalarles este mal del que padecían, o del cual vivían rodeados y en
algunos casos acosados, y cuya verdadera índole ignoraban, fue de por sí beneficioso por el mero
hecho de comprenderlos en su exacta naturaleza y saber nombrarlos. El demonio de la acedia se
exorciza ya con reconocerlo e imperándolo por su nombre.
Cualquier médico o enfermero entenderá que un buen diagnóstico es la mitad de la curación,
aunque el diagnóstico no sea todavía, de suyo, un acto terapéutico. Y no creo que a un médico se le
ocurriría reprocharle al clínico su diagnóstico por no ser, también, terapéutico; ni porque
diagnostique un mal incurable o del que se ignora el remedio. Toda diagnosis tiene un valor
intrínseco positivo si es acertada.
Pero he aquí que sucede, además, que en psicología y en psicoanálisis, cuando el paciente reconoce
las causas y los orígenes de sus síntomas, no sólo puede decirse que ese reconocimiento contribuye
a curar su neurosis, sino que se afirma que por eso mismo se logra la curación. Quizás este ejemplo
pueda sugerir de qué modo la sola presentación de la acedia que hemos hecho, le puede servir ya de
remedio en gran medida, sin necesidad de disertar aparte sobre sus remedios. En los asuntos del
alma y del espíritu, la sola anagnórisis del mal es ya su terapéutica.
Hechas estas puntualizaciones, agradezco todavía el reclamo de esos benévolos lectores, que me ha
dado la oportunidad de abundar aquí en precisiones y en la elucidación de asuntos que están en
juego al abordar el problema del tratamiento o de los remedios de la acedia. En atención a su deseo,
que considero puede ser el de otros muchos lectores de este libro, he reunido la información
dispersa a lo largo de mi ensayo dentro del marco de estas reflexiones sobre el referido problema.
Los Remedios: Complejidad y Sencillez
En realidad, tienen razón nuestros amables y críticos lectores: el problema de cómo remediar la
acedia exigiría ser tratado extensa, profunda y minuciosamente. Tal es su importancia y tal su
complejidad. Sería deseable tratarlo con similar extensión a la dedicada a disertar sobre el mal
mismo. Difícilmente se podría darle en menos espacio un tratamiento condigno y satisfactorio.
Habría que tratarlo diferenciadamente en los distintos niveles en que la acedia se presenta: a nivel
de tentación, de pecado actual e individual, de vicio capital, de mal social, de cultura y de
civilización. Habría que tratarlo a nivel de doctrina y de teología dogmática, en cuanto que implica
una determinada concepción de la vida cristiana; a nivel de teología espiritual, de dirección
espiritual y cura de almas; a nivel de liturgia, de pastoral social, de acción cultural, de
evangelización y de acción misionera; a nivel de gobierno eclesiástico y congregacional. En fin, a
todos los niveles en los que la acedia incide se encuentra y se manifiesta. Concedo que todo esto
excede mi capacidad.
Puesto que la acedia tiene dimensiones de civilización, el remedio a los vicios de una civilización
debe investir dimensiones de civilización. El tratamiento de la acedia en los individuos exige tener
en cuenta la incidencia que tiene en su mal la pandemia cultural y civilizacional en la que están
inmersos. La acedia no sólo reclama una terapéutica, pide una higiene, una profilaxis y una
epidemiología.
Hablando del remedio para la Civilización de la Acedia, pensamos espontáneamente en la
Civilización del Amor, que vienen reclamando proféticamente los Papas, desde Pablo VI, pero que,
con otros nombres, lucharon por instaurar sus antecesores desde Pío IX, que yo sepa. De esta
Civilización del Amor habría que disertar aparte y largamente, para no dejar insatisfechos a los que
reclaman recetas de acción inmediata para aquí y ahora. Además habría que disipar el equívoco que
se alberga en muchas cabezas que, cuando oyen hablar de Civilización del Amor, entienden
Civilización de la Filantropía, en vez de entender que se trata de la Civilización de la Caridad.
Siendo la acedia lo opuesto al gozo de la Caridad, merecería la pena que alguien, capaz de hacerlo,
hiciese un tratado sobre la Caridad enfocado a la pastoral de la acedia. Pero quizás, eso no sería


necesario. Bastaría con impostar la pastoral sobre el cultivo preferencial y prioritario de las virtudes
teologales. Automáticamente se estaría contribuyendo así a remediar la acedia en todos sus niveles.
No es otra cosa la que, por otra parte, proponen tanto la tradición como la nueva evangelización. Ni
otra cosa la que propone el Papa en su Carta sobre el Tercer Milenio (175). Ni otra la que propone
San Ignacio al ejercitante en sus Ejercicios.
¿Habrá pues que pensar en remediar la acedia, o más bien en cultivar y preservar la gracia de la
Caridad allí donde Dios la ha puesto y nos ha encargado cultivarla? El mejor remedio es conservar
el don de la salud. Así, el mejor remedio contra la acedia es conservar la gracia de la Caridad.
Presiento que entran en juego aquí dos concepciones de la existencia cristiana.
Según una de esas dos concepciones, Dios ya ha hecho lo principal y nosotros hemos de ser fieles
servidores y ministros de lo que El hizo, viviendo de tal manera que conservemos en nosotros los
dones recibidos en ese comienzo y origen divinos. La originalidad de la vida cristiana, está en ser
fieles al origen. La novedad se concede como gracia a esa fidelidad. Si no perdemos lo que Dios
nos ha dado y conservamos lo que ha obrado en nosotros, la lámpara encendida del bautismo y la
túnica blanca, entonces nos hacemos acreedores a recibir lo que Dios nos promete. El cristiano está
así inmerso en el actuar de Dios. Por la fidelidad al pasado divino, se nos entrega el presente y el
futuro divinos. Lo nuestro es ser fieles. Esta es la visión que se desprende de los escritos de San
Juan, con su insistencia en el permaneced, y también la de Pablo, Pedro y muy en especial de la
Carta a los Hebreos. Nuestra libertad se ejercita en ese servicio de fidelidad a lo que Dios ha hecho,
hace y hará.
En la otra visión, lo que Dios hace o ha hecho se da por supuesto, y de lo que hará se habla poco. Y
en eso mismo se muestra la poca o relativa importancia existencial y práctica que se le da. Parecería
que lo que Dios ha hecho es sólo capacitarnos y echarnos a andar para que hagamos lo que
decidamos hacer, lo cual es, por lo menos en la estimación práctica, lo principal: lo que debemos
hacer. Con un énfasis algo legal en lo del debemos. No es ésta la impostación de la vida cristiana
más propicia al cultivo y la preservación del gozo de la Caridad.
El discurso acerca de la gracia de la Caridad, centra la atención donde debe estar: en el Autor del
bien, en la acción divina en y con nosotros, y en los gozos y consuelos verdaderos que deben ser
atesorados, preservados y cultivados. Y a los que se debe responder generosamente.
El discurso acerca de los remedios – en cambio – encierra el riesgo de volver a centrar la atención en
la acción humana del pastor, como médico o reeducador, perdiendo de vista, por darla por supuesta,
la parte de Dios en todo esto.
Reconociendo, pues, toda la complejidad del tema de los remedios de la acedia, hay que reconocer
también, sin embargo, que el principio curativo es muy simple: el remedio contra la acedia es el
gozo y los consuelos de la Caridad. A todos los niveles: al de la tentación, del pecado, del vicio
capital, al de la cultura y de la civilización. Y el médico o agente principal de la curación, es Dios.
La curación de la acedia, no viene tanto “desde abajo” cuanto “desde arriba”.
Si estas consideraciones que venimos haciendo se sopesan, se hará evidente cómo al hablar del mal,
simultáneamente apuntábamos y contribuíamos ya a su remedio. Por ejemplo, cómo al hablar de la
pastoral de las Virtudes Teologales y de la pastoral gaudiocéntrica (176), señalábamos pistas de
sanación, o si se prefiere hablar así: de reeducación. Toda evangelización consiste en educar en las
Virtudes Teologales: enseña a creer, a esperar los verdaderos bienes, a amar a Dios y al prójimo por
Dios. Y enseña a encontrar en esto los verdaderos gozos y consuelos, prefiriéndolos a cualquier otro
que se ofrezca.
Al describir la complejidad de un mal de dimensiones culturales y civilizacionales, despejábamos
de entrada la ilusión de que para el mal de acedia, a cualquiera de sus niveles, pudiese existir
tratamientos humanos, remedios de acción automática o recetas caseras de sencilla aplicación, como
para suscitar engañosas esperanzas de que los pastores pudiéramos arreglarnos en esto por nosotros
mismos y sin Dios. No existen los filtros mágicos que pudieran aplicar aprendices de brujo en una


pastoral exitista, cortoplacista, eficacista y pelagiana. Esa sería una pastoral trágicamente portadora
de acedia, que propagaría el contagio de lo que aspira a curar.
La Civilización de la Caridad, como la Jerusalén Celeste, desciende de lo Alto (Apoc. 21,10). Antes
que obra humana es gracia posibilitante. Al igual que el Reino de Dios, es cosa que se pide, antes
que cosa que se construye a lo Babel. Sólo los que piden estas cosas porque las saben imposibles e
inalcanzables por sí mismos, están en condiciones de ser capacitados para obrar y contribuir
eficazmente en su realización como dóciles servidores y ministros de los impulsos divinos.
Cambiar la Humanidad es obra sobrehumana, que sólo la Iglesia puede acometer porque a ella le ha
sido encomendada junto con los medios de gracia necesarios para llevarla a término; y que sólo a la
Iglesia le es dado verificar parcialmente en sí misma, como modelo de una Humanidad redimida,
realizándola en sus santos cuando viven el gozo de la Caridad. En ese sentido la Iglesia es remedio
de la Civilización de la Acedia y semilla de la Civilización de la Caridad. Escuela donde se aprende
a vivir los gozos y los consuelos de la Caridad, irradiándola desde su liturgia hacia sus demás
dimensiones. El remedio de la acedia del mundo pasa por la preservación del tesoro de gozo y de
consuelo de la Caridad que el Señor derrama en el corazón de los fieles. La Iglesia es la
administradora y guardiana maternal de ese tesoro que Dios le confía, para salar, iluminar y
fermentar el mundo. La depositaria del Gaudium et Spes es la que puede remediar el Luctus et
Angor del mundo. Y en su liturgia hace presente una isla de eternidad en el tiempo.
La Caridad, remedio de la acedia, es, pues, gracia: ya sea en la Iglesia, en el alma, en la cultura o en
la Civilización. De ahí que el remedio contra la acedia sea específico y diferente, no manipulable,
no planificable, indomeñable. No aplicable con criterios de eficacia puramente racional, natural y
humana. Fácil de nombrar, difícil de aplicar.
Antes de que nosotros describiéramos la acedia, ya estaba Dios ocupado en remediarla. Lo nuestro
sería darnos cuenta de eso y secundarlo.
La doctrina sobre la Gracia nos persuade de que la Civilización de la Caridad, o sea el remedio de la
acedia, es algo que pertenece más al orden de las cosas que se piden, que al de aquellas que el
hombre puede aplicar y dosificar por sí mismo. A nivel teórico-dogmático, la Civilización de la
Caridad, como remedio a la acedia, reivindica los postulados de la doctrina ortodoxa sobre la gracia,
opuestos a la visión eficacista y pelagiana que es madre de la acedia. Mientras que la Caridad tiene
su gozo en la gratuidad de los dones y gracias divinas, el eficacismo pelagiano y kantiano se niega a
alegrarse con nada que no sea fruto del propio esfuerzo, planificable y evaluable. A la pastoral de la
gracia-eficaz, concebida como un ministerio o sea como un servicio subordinado a la gracia divina,
se opone un concepto de pastoral de la eficacia-humana a cuyo servicio debería ponerse y acudir la
ayuda divina.
A nivel doctrinal, el remedio a la acedia pasa, pues, por la inversión de aquella óptica a la que da
lugar una cultura exitista, eficacista; cultura de los planes y de la evaluación de los logros, que
traspone al plano espiritual o pastoral los métodos propios del mundo empresarial, desentiendose de
los factores no cuantificables, no planificables ni evaluables como son las gracias, los dones y los
consuelos. La óptica doctrinal correcta y católica, enfatiza por el contrario la Gracia: lo que Dios
obra, inflamando en su amor, consolando y pacificando al alma en su Señor y Creador, lo cual no es
naturalmente ni previsible, ni planificable, no se sujeta a cronogramas, ni se deja evaluar de otra
manera que por el discernimiento espiritual.
Soñar en remedios eficacistas para la acedia, u ofrecerlos a quien tales pidiese, equivaldría a querer
curar la acedia con más acedia, agravando el mal y extendiéndolo en vez de curarlo. Pero en este
caso no vige la ley de homeopatía: el pecado no puede curarse con más pecado, ni el mal con más
mal, ni el desorden con más desorden.
Las Recetas Tradicionales


¿Habremos de aguardar entonces a que Dios instaure una nueva Civilización para encarar la
pastoral de la acedia? De ninguna manera. Es necesario echar mano con confianza a las recetas
tradicionales que nos ofrecen acreditados maestros, algunos de ellos fundadores de escuelas de
espiritualidad. Esas son las mismas recetas con que la Iglesia fermentó el mundo y la civilizació n
antigua. La fe les reconoce eficacia y confía en ellas, no por su sencillez, sino porque son el canal
por donde escurre el torrente de la gracia divina.
Casiano, como vimos, proponía la gratitud por los bienes divinos como remedio para la acedia
(177). Enseña que la acedia viene de la ingratitud, más propiamente: consiste en la ingratitud por los
beneficios recibidos, por las gracias y consuelos. Se ha de corregir el menosprecio con el aprecio.
Así de sencillo. Casiano recomienda resistir con energía la tentación de acedia: “enseña la
experiencia que con el ataque de la acedia no se ha de condescender, ni se ha de huir, sino que se lo
ha de vencer resistiéndolo” (178).
San Benito, en un logion de laconicidad monástica que no excede una línea, prescribe en su Regla:
“No anteponer nada al amor de Cristo”. Este consejo va en la línea terapéutica de la higiene y la
profilaxis: conserva como un tesoro la Caridad que se te ha dado, guarda la gracia, no permitas que
invadan tu corazón amores que desalojen la Caridad, no aprecies los goces terrenos más que los
divinos, no sea que se te conviertan en tristeza por Dios.
En la misma dirección amonesta San Isidoro de Sevilla, como vimos también antes (179), poniendo
en guardia contra la tibieza, contra el volverse atrás, abandonando el amor primero.
San Gregorio Magno aconseja: “el vicio de acedia, o sea el tedio del corazón, se expulsa pensando
siempre en los bienes celestiales. La mente que se ocupa en la consideración de bienes que tanto
alegran y regocijan, no se puede aburrir de ninguna manera” (180) Aquí aparece en el ambiente
monástico el trabajo orante o la oración durante el trabajo. La “contemplación en la acción” que
propondrá San Ignacio de Loyola tiene aquí sus raíces, pero es posible en la vida laical. .
Santo Tomás, sobre las huellas de Casiano, considera que la causa de la acedia es no apreciar o
menospreciar los bienes que le vienen a uno de Dios (181). Y en consecuencia propone como
remedio el pensar y meditar en los bienes espirituales (182). Se trata evidentemente de una
meditación creyente, de un ejercicio de la fe. El descubrimiento de los bienes que ve la fe, está entre
los motivos del gozo de creer. Es la fe informada por la caridad la que conforta y consuela, pacifica
y hace bueno.
San Ignacio de Loyola pone en primer plano de su doctrina espiritual el aprecio y el cultivo de la
consolación, que es el gozo de la caridad en todas sus formas. Sus reglas de discernimiento
describen las diversas formas consolatorias de la Caridad. Esto es particularmente útil. La sola
palabra gozo – en efecto – no siempre basta para comprender a qué variedad y complejidad de
fenómenos espirituales concretos se alude con ella y a cuáles – correlativamente – se opone la
acedia. San Ignacio adiestra para reconocer las distintas formas de la consolación, y para recibirlas
en el corazón, amparándolas contra los ataques de la desolación o del desorden.
San Ignacio enseña también, en sus reglas de discernimiento a guardarse de la acedia que acosa en
forma de tentación (183). Coincidentemente con Casiano, recomienda resistir virilmene el ataque de
la acedia. Se ha de resistir a la desolación y hacer todo lo contrario de lo que sugiere que hagamos
(184).
Por fin, su Contemplación para alcanzar Amor, al final de sus Ejercicios Espirituales se revela –
según vimos – como el antídoto específico contra el mal de acedia; como un ejercicio de
perseverancia en el bien, a la vez que como la forma más indicada de fomentar una vida gozosa y
consolada por la Caridad (185).
Un autor moderno propone: “Los remedios contra una tan insidiosa enfermedad espiritual son el
espíritu de penitencia, que mantiene despierta, lista y pronta al alma para el servicio de Dios y fiel
en la observancia tanto cristiana como religiosa; una justa medida en el trabajo, porque previene el


tedio en las prácticas de piedad y la náusea por las cosas divinas; la meditación y la lectura
espiritual cotidianas, la práctica frecuente de los sacramentos de la confesión y de la eucaristía; y
finalmente, una predicación iluminada o una reflexión de los novísimos, porque estos adquieren en
la existencia gris del hombre con acedia, una eficacia particular y saludable” (186).
Remedio obvio pero arduo
Aunque el remedio sea simple y sencillo, lo difícil y problemático es su aplicación. Que un acedioso
apetezca conformarse con los gozos y los consuelos que vienen de la consideración de las gracias y
bienes recibidos, es algo tan milagroso como la conversión de un pecador. Diríamos que es como
convencer a una adolescente anoréxica de que ha de comer. Para ella, una cosa tan sencilla sería su
salvación. Pero eso es precisamente lo que ella aborrece. Poco adelantamos con saber el remedio si
no sabemos cómo despertar su apetito. Y es precisamente el apetito espiritual del acedioso lo que
está enfermo y habría que revertir.
Ese ha sido tradicionalmente el problema llamado de la “perseverancia”, tanto del creyente en su fe,
como del que ha sido llamado en su vocación, o del ejercitante en las gracias recibidas en
Ejercicios.
El pronóstico que puede darse acerca de las posibilidades de curación del mal de acedia, es
reservado. El autor de la Carta a los Hebreos – por ejemplo – no se muestra optimista acerca de la
posibilidad de que los anoréxicos de Dios vuelvan a recuperar su perdido apetito: “Por lo que se
refiere a los que una vez han sido iluminados, que saborearon el don celestial, que se hicieron
partícipes del Espíritu Santo y gustaron la dulzura de la palabra de Dios y los prodigios del mundo
futuro, pero luego cayeron en la apostasía, es imposible volverlos a renovar por el
arrepentimiento; ellos crucifican de nuevo por su cuenta al Hijo de Dios y lo exponen a la burla
pública” (Hebreos 6,4-6)
No es fácil que quien una vez declaró menos importante la consolación y el gozo que antes gustara,
y quien a pesar de haberla gustado se volvió a derramar en las cosas, cambie su corazón para volver
a dar la prioridad a lo que desestimó. Ahí radica toda la dificultad de aplicar el remedio a quien le
produce arcadas. Porque lo que para remedio de nuestro mal la tradición unánimemente receta, es el
aprecio y la búsqueda del gozo y del consuelo espirituales. Pero eso es precisamente lo que, como
hemos visto, ya no alegra, o alegra menos, o entristece y hasta enfurece al acedioso. Y como en
medicina espiritual, es el paciente el único que puede dejarse aplicar por Dios el remedio, no está en
la mano del director espiritual o del pastor, aplicar el remedio de la conversión a quien no quiera
convertirse.
Notas
174. Y agregaba: “decir mal del malo, loanza es del bueno” Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste
de Talavera, Corbacho, Prólogo.
175. El Papa propone insistir en el trienio 1997-1999 en las Virtudes Teologales correspondientes a
las tres Divinas Personas. En el año l997, Año del Hijo, se insistirá en la Fe; en el año 1998, año del
Espíritu Santo, se insistirá en la Esperanza; y en el año 1999, año del Padre, se insistirá en la
Caridad. Juan Pablo II, Tertio Milennio Adveniente Nº 40-51.
176. Ver 7.5.
177. Ver 5.1.
178. De Inst. Coenobit. L. 10.
179. Ver 5.3.
180. Comm. in 1 Regum 5,9; PL. 79, 364. Todos los autores espirituales coinciden en insistir en la
actividad del espíritu y la oración constantes. Santa Melania le preguntó a una eremita llamada
Alejandra: “¿Cómo puedes soportar la acedia que produce el aislamiento y la soledad, puesto que
no ves a nadie?” y la reclusa le respondió: “Desde que amanece hasta la hora de nona, oro sin cesar


mientras hilo el lino. El resto del tiempo, repaso en mi espíritu la historia de los patriarcas, los
profetas, los apóstoles y los mártires. Después de comer mi pan, espero las horas que restan
perseverando fielmente y pronta para aceptar el fin con una esperanza gozosa” PALLADIO, Hist.
Laus., 5,3.
181. Summa Theol. 2a. 2ae. Q.35, Art.1, ad 3m.
182. Summa Theol. lugar citado ad 4m.
183. Ver 6.2.
184. Es lo que Ignacio llama “agere contra” o hacer el “oppositum per diametrum” = lo
diametralmente opuesto (EE 325).
185. Ver 6.2. Esta forma de contemplación, puede convertirse en una forma de oración durante la
acción. San Ignacio la propone a los jesuitas, que han de ser contemplativos en la acción. Pero esta
forma de oración se adapta muy bien a las exigencias de la vida laical.
186. V. HONINGS, Art.: Acedia, en Dicc. de Espiritualidad ( Dir. Ermanno Ancilli) T.I, Col. 26.
CONCLUSION
“Al acercarse Jesús a Jerusalén y al ver la ciudad, lloró sobre ella diciendo: `¡Si también tú
conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días
sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas y te cercarán y te apretarán por todas
partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti
piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita'” (Lucas 19,41-44).
Lamentando la incapacidad de Jerusalén para percibir la visita de Dios, Jesús llora sobre la acedia
de la ciudad santa.
No se sabe bien lo que es la acedia, hasta que no se pondera este llanto del Salvador sobre el drama
y el inescrutable misterio de la apercepción y la dispercepción del bien.
El drama de la acedia es el drama de Jesús, y el misterio de la acedia lo conduce a la muerte.
Los improperios que canta la Iglesia el Viernes Santo interpretan ajustadamente los sentimientos del
Salvador sobre un pueblo que no reconoce los beneficios, peor aún, los toma a mal y los retribuye
con ofensas: “Pueblo mío ¿Qué te hice o en qué te he faltado? ¡Responde! Te arranqué del Egipto,
tú me diste una cruz…Te exalté con honor y poder sobre tus enemigos; pero tú me clavaste
alzándome en una cruz”. El lamento de Jesús es el lamento por la acedia. Podría decirse que la
acedia es “el pecado”. La acedia es el mal del que debe ser liberado principalmente y en primer
lugar, el género humano.
“Uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña,
le ofrecía de beber” (Mateo 27,48). Se cumplía en Jesús lo del Salmo: “En mi comida me echaron
hiel, para mi sed me dieron vinagre” (Salmo 68,22).
“Una viña tenía mi amigo en una colina fértil…y esperó que diese uvas dulces pero le dio uvas
agrias” (Isaías 5,1s).
La profecía de Isaías sobre la viña ingrata que da vinagre en lugar del dulce vino del festín de
bodas, se cumple en la pasión de Jesús. La sed del crucificado es la sed de Dios que solicita el amor
del hombre y que recibe en cambio, burla, descalificación, rechazo o por lo menos evasivas,
dilaciones, excusas, o contraofertas “razonables”.
Es el drama de Dios, exponerse a recibir lo agrio en trueque por lo dulce. Aunque esto parezca
inverosímil, la Pasión muestra que no lo es. Y dado que “lo que fué eso será y lo que se hizo se
seguirá haciendo” (Eclesiastés 1,9), la acedia sigue existiendo, aunque nos hayamos olvidado de su
nombre y ya no sepamos señalarla donde ella está.


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