Foro ISFD Fátima

Ética del quehacer educativo*

*Por Carlos Cardona, Rialp

Síntesis elaborada por la Prof. María Auxiliadora Andreu Ros

Libro completo en pdf → Etica del quehacer educativo

A todos los niveles de la enseñanza se experimenta una integración de los conocimientos en función del sujeto receptor, que es la persona que ha de ser educada, a quien se transmiten o intentan transmitir los conocimientos. Y esa persona es unitaria. Por eso la fragmentación inconexa de las enseñanzas,  le desorienta y paraliza.

Heidegger, hace un análisis sobre el origen de la dispersión de las especialidades en la investigación científica, que ha eliminado el ideal clásico del hombre sabio, para sustituirlo por el del “eficiente”, experto en esto o aquello. Ese origen hay que situarlo en el momento histórico  en que el noble y esencial deseo de conocer el ser y su verdad y así conocer a Dios, lo que ha hecho y para qué, el fin a que todo tiende o debe tender, fue suplantado por la voluntad de poder, por la voluntad de dominar todo.

Desde la Modernidad, se está intentado excluir la ética -esencial para la persona- de la realidad social. Con el paso del tiempo es la estética la que sustituye a la ética. El sujeto carece de identidad personal. La consecuencia directa más lamentable de este intento es la desintegración de la humanidad de la persona. La razón cuantificadora toma el timón del humano conocer. La realidad se cuantifica, se cuenta, se mide. Viene el frenesí de la información. El saber humano se convierte en empresa económica, casi siempre en manos de la política, como poder coercitivo del Estado que administra las cosas en vez de ocuparse del gobierno de las personas. El hombre queda absorbido por sus necesidades materiales: las reales y las que origina el proceso económico producción-consumo.

A partir de aquí el bien se entiende como placer (aparece el egoísmo, porque el placer es individual y subjetivo), la eternidad es vista como temporalidad ilimitada (aparece la obsesión por la salud), la libertad es concebida como irresponsabilidad, se institucionaliza la irreligiosidad como verdad social o común, se establece el predominio de la sensualidad y el valor se reduce a utilidad, lo que hace del dinero la medida real y efectiva del trabajo.

El pensar propiamente cristiano de cualquier persona no ha dejado de elevar constantes y enérgicas protestas ante esta degradación teorética y práctica de la persona humana, insistiendo en el componente espiritual del hombre, en su alma inmortal y en su destino eterno.

En consecuencia la persona debe ser educada, ayudada a educir de las virtualidades de su espíritu la bondad que le corresponde como interlocutor personal de Dios. Por eso el objetivo fundamental de todo centro educativo, debe ser educar, formar hombres íntegros, personas: tarea que no se puede cumplir sin la cooperación de la inteligencia y la libertad de cada uno. Para eso hay que apelar a la persona. Se trata de desarrollar sólidas virtudes intelectuales y morales, que han de estar integradas entre sí y dirigidas al bien. Hay que recuperar la metafísica, del saber del ser y acerca del ser: de su consistencia, de su origen y de su fin. La tarea de los profesores ha de ser mancomunada, uniendo esfuerzos.

El quehacer educativo de hoy está en el planteamiento ético de la tarea y del objetivo del educador. Se trata de ayudar a los profesores para que no pierdan de vista su meta, que no es otra que la de formar hombres íntegros, personas: por tanto restituir a la norma ética su primacía. La actitud ética es la primera condición requerida para el buen conocedor y en consecuencia para quien en posesión de ese conocimiento tiene que transmitirlo, tiene que educar, suscitando en sus alumnos esa actitud hacia el buen saber. Se trata de ayudar al nítido discernimiento entre el bien y el mal, y la adecuada comprensión de la libertad de la persona. Lo primero que debe hacer el educador como profesional de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético, actuando éticamente, como persona que se dirige a personas, ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno.

Cada profesor ha de tener una suficiente formación humanística básica que le permita a él mismo integrar la especialidad a la que se dedica habitualmente. De esta manera el profesor formado tendrá que fomentar en sus alumnos ese interés por lo integralmente bueno, pero no podrá fomentar ese interés, si él mismo no lo tiene.

Para que la persona se mueva éticamente, ha de tener una aspiración infinita: Dios en último término, luego si se quiere transmitir una ética objetiva, el requisito principal es poseerla, y para eso hay que tratar de adquirirla.

En el ambiente cultural en que nos hallamos resulta absolutizado el egoísmo, el yo como experiencia.

El cristiano debe tener el valor inteligente de hablar de Dios, porqué Él es el único porqué definitivo de toda norma ética. La noción del bien procede del conocimiento que la inteligencia natural tiene de lo que es la persona humana y de Dios como principio y fin, y de nuestra libertad creada por Dios y para Dios. Este conocimiento de lo que es la persona orienta enseguida lo que es la actitud moral, pone en ejercicio la libertad e implica la responsabilidad consiguiente. Sabe que debe ser bueno, que debe querer a Dios y a las otras personas tratándolas a todas y a cada una como a cada uno nos gusta que se nos trate. El hombre bueno que hace el bien se hace más bueno cuando lo hace, adquiriendo hábitos, capacidades, virtualidad, se está convirtiendo en un hombre íntegro, en una auténtica buena persona. El educador ha de facilitar al educando el descubrimiento de la libertad, excelencia enorme que Dios ha concedido a la persona creada: hacer el bien queriendo hacerlo, precisamente porque es el bien. Para ello la primera aplicación práctica ha de ser tratar a cada alumno de forma personalizada, interpelando su responsabilidad personal, lo que requiere un trato directo y dedicación de tiempo, dirigiéndose a cada uno, evitando de este modo que el educando se sumerja en el anonimato que lo despersonaliza y permitiéndole toda clase de tropelías que a solas no se atrevería a perpetrar.

La propia vida del profesor en cuanto los alumnos puedan percibirla debe estar siendo un testimonio de toda norma ética (raíz y fundamento  de la relación personal del hombre con Dios) y de vida moral: fortaleza, templanza, justicia y prudencia, que lo es también en el modo de tratar a los alumnos, como personas, y no como un simple medio para el profesor de ganarse la vida.

Lo esencial es ayudar al alumno a comprender que lo que está haciendo es mucho más que aprobar un curso, más allá de eso, lo que está intentando es adquirir madurez humana.

El hombre tiene derecho a ser educado y la familia es el lugar primordial de esa educación humana. Los padres son los primeros educadores y la naturaleza los dota de la cualidad más importante para educar: el amor que es natural y espontáneo. El derecho-deber que les incumbe es primario, original, intangible, indelegable e insustituible.

La primera condición para educar es el amor al otro, en cuanto otro es la fuente, el alma y la norma de toda acción educativa. Sin amor no es posible educar. Amor, docilidad y autoridad: es la clave para una educación realmente personalizada y humana.

Los profesores han de ayudar a los padres en el aspecto esencial de sus deberes -tarea primordial del matrimonio- que es la educación de los hijos.

Debemos tender a una creciente personalización, dirigiéndonos a la persona apelando a su inteligencia y a su libertad, que es como Dios mismo nos interpela.

Padres, profesores y alumnos han de entrar en relaciones de solidaridad, de comunión y de cordial colaboración, ya que una ruptura en este sentido, en el ámbito docente, tendría graves consecuencias en cuanto al resultado educativo.

El profesor si tiene realmente vocación educativa, de alguna manera tiene un principio de amor espontáneo hacia a sus alumnos, sólo por serlo, pero debe como los padres, dar carácter plenamente ético a ese efecto: ver a sus alumnos como personas, querer bien su bien. Eso suscita en cada alumno una respuesta afectiva y genera amistad; amor recíproco de benevolencia. El verdadero amor es un acto de libertad, es una elección generosa por la que se procura el bien del otro.

Hay que hacer ver a los padres que su misión es educar a sus hijos, ponerlos en condiciones de valerse por sí mismos mediante la educación, llevándolos a la madurez personal. Es preciso aclarar que es una incongruencia llevar a sus hijos a un colegio con un ideario ético que no se corresponde con el que los padres, explícita o implícitamente, imponen en su propio hogar. Si sus hijos los llevan al colegio no es solamente para que salgan bien instruidos, sino para que se eduquen bien, sobre todo para eso, y que en esta tarea la primera responsabilidad y la función más importante es la de los propios padres. Además habrá que hacerles comprender que deben vivir ellos mismos lo que desean que vivan sus hijos, entre otras razones porque, si no, será también más difícil que sus hijos lo vivan realmente.

Los componentes del buen amor, que está en la base misma de una buena educación son tres: querer (ejercicio de libertad, elección), el bien (lo que realmente es bueno, hacer el bien), al otro (y no directamente a uno mismo).

El esfuerzo educativo del centro docente consiste en formar éticamente al alumnado: dotarlo de criterio moral, para que sepa discernir el bien del mal, asumiendo la responsabilidad de sus decisiones, solicitando su libertad, ya que ésta singulariza el obrar humano frente a la actividad mecánica del resto de los pobladores de la Tierra y enseñándolo a ejercitarla de modo inteligente y con el testimonio del propio hacer y vivir. En la acción educativa hay que iluminar la inteligencia, solicitar la voluntad, el buen amor, y ayudar a que la repetición de actos libres genere hábitos, virtudes, capacidad y modelos estables de obrar bien.

La educación es una acción personal, realizada por personas y dirigida a todos pero a cada uno, como persona entre personas, y que tiene como objetivo el desarrollo de personas cabales, de personas realmente humanas, de hombres íntegros.

Dios ha creado a la persona  humana con amor, por amor y para el amor, y quiere sólo, correspondencia, reciprocidad, amistad, amor. Y de ese amor de amistad sólo la libertad es capaz: así Dios me ha hecho libre, porque es la única manera de obtener ese amor de benevolencia, dando al otro la libertad de que me quiera si quiere. Sólo se es amor si se ama, si se quiere en libertad. El quehacer educativo tiene como fin enseñar esto y ayudar a hacerlo. La misión del educador es formar educadores, hombres capaces de educar. Hay que querer querer, que es como se comienza a amar. Hay que constituir a la persona humana en libertad, ayudarle a comprenderse y a quererse como alguien delante de Dios y para siempre y a obrar en consecuencia. Cuando esto se hace, el hombre es ya verdaderamente libre. Y entonces se enfrenta a los bienes finitos (incluido él mismo) con pleno señorío de sus actos, con plena libertad.

Éste es el carácter ético del quehacer educativo, éste es su fin, y es lo que compromete a la persona misma del educador, que ha de educar en la libertad y para la libertad, porque ha de educar personas, seres libres, para ayudarles a ejercitar su libertad, a realizar de modo pleno el acto propio de la libertad, que es el amor electivo, la dilección.

Primero el educador ha de hacerse imitar, siendo cálido, cordial, humano y asequible y en segundo lugar –con la prudencia que cada situación exija- ha de mostrar, con sus propias dificultades, que la práctica del bien, que el ejercicio de la virtud, nos resulta ardua a todos, que hay que vencerse y que no siempre se logra.

La educación ha de impartirse en un clima de amistad, que es amor recíproco de benevolencia, que supone libertad. La libertad comienza con el uso de razón. Cuando el niño es capaz de sacrificarse, de decir no a un apetito, a un impulso y vence el yo instintivo, se puede afirmar que comienza su andadura ética. Llega un momento en el que hay un uso de razón suficiente para que haya capacidad de actos libres: cuando empieza a entender que algo es bueno y lo contrario malo. Se trata de una libertad incipiente, pero que le basta para hacerle responsable de sus actos y que irá creciendo a medida que se vaya ejercitando.

El amor de benevolencia ha de ser el alma de la acción educativa. Hay que educar en la libertad y para la libertad. Pero nadie da lo que no tiene. Para dar libertad hay que tenerla. La acción educativa tiene que estar dominada por la libertad generosa del educador. La educación ética consiste en ayudar al educando a actuar bien y en libertad, es decir, queriéndolo y con plena conciencia.

Educar es formar hombres íntegros, buenas personas, es decir enseñar y ayudar al niño y al adolescente a que se olviden de sí mismos y de sus apetencias, para darse generosamente a los demás y así podrán responder al precepto primordial de toda ley ética natural: amar a Dios con todo el corazón y sobre todo, y al prójimo como a ti mismo. Si quiero bien, si quiero el bien para el otro, para cada uno, uso rectamente de la libertad que Dios me ha dado. Si quiero mal, no la uso y me repliego sobre el amor necesario que me tengo a mi mismo (egoísmo). Sólo el amor de benevolencia cualifica radical y éticamente al hombre como bueno, y es ese amor el que lo personaliza, el que hace de él una buena persona.

La gran tarea del educador consiste, teniendo presente las cuatro virtudes: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza que se requieren mutuamente, se necesitan y son los pilares de la ética, en transmitir con el buen saber, con el buen hacer, y con el propio bien vivir, la verdad del hombre íntegro; y ayudar con tenacidad a cada uno a ejercitar la libertad con capacidad de amor de benevolencia. En definitiva a enseñar a querer queriendo, porque educar es enseñar a amar de modo efectivo, y amar es querer el bien para el otro.

La educación requiere sabiduría y la sabiduría se ordena, si entendemos por sabiduría el conocer para el recto vivir, y que sólo se alcanza, procurando vivir bien, es decir, éticamente. La ética se refiere no a lo que “puedo” hacer, sino a lo que “debo” hacer, porque soy una persona libre, que es mi bien, el bien que Dios quiere darme. Cuanto más haga lo que debo, más libre seré.

La filosofía es el amor a la sabiduría y como actividad humana que es, tiene finalidad: se ordena al bien de la persona humana y ese bien es la plenitud del amor que es el fin para el que Dios ha creado al hombre.

Teniendo presente que el estudio de la filosofía es de suma importancia ya que compromete el fin mismo del hombre, al interrogar por su identidad, por su origen y su destino, los frutos de una buena filosofía han de ser buenos frutos humanos: frutos de bondad ética, de paz, de concordia, de justicia y de amor. El origen de la filosofía está en el anhelo profundo de ese bien total y radical del hombre. Hemos de conocer bien la inteligencia del ser y para ello hay que tener en el alma un buen amor y Dios es amor.  Y esta es la filosofía que debe fundar la ética del quehacer educativo.

AMBIENTE SOCIAL

La cultura del consumo inculca “ el derecho natural a la abundancia”. Y la publicidad y la mentalidad consumidora descansan sobre la omnipotencia y manipulación de los signos. Tal artículo asegura prestigio, calidad de vida, seguridad, felicidad, personalidad, independencia.

Resulta así muy claro que los medios de producción y transmisión de “imágenes” tienen ahora un protagonismo social y una capacidad de influjo como nunca hasta hoy. El objeto no se consume en sí mismo, según su valor utilitario, sino como signo que nos distingue. La astucia del objeto acaba imponiéndose al sujeto. La libertad esencial y radical de la persona queda a merced de las solicitaciones que recibe, frecuentemente contradictorias entre sí, según quién las fabrica y propone objetos seductores, como instinto necesario y constitutivo del sujeto, ya convertido en mero individuo o unidad de consumición. Toda esta estrategia se basa en la felicidad entendida como consumo hedonista.

En el plano educativo, ya es gran cosa a ayudar a que los adolescentes y jóvenes de hoy analicen con serena crítica muchas de las cosas y situaciones en que viven. Pero de poco serviría esto si no les ayudamos a potenciar su verdadera personalidad, si no les enseñamos –con nuestra propia vida, y no sólo con análisis teóricos– a ejercitar la facultad raíz de la persona, que es la libertad, si no se habitúan a querer bien, con amor de benevolencia y don de sí, lo que no es viable de una forma estable si no se establece una relación personal con Dios, y acogiéndose a la gracia de la Redención.

El educador debe ayudar a que cada uno de sus alumnos sea abnegadamente buena persona, una persona cabal. Ésta es la verdadera singularidad humana, cuyo origen está en un singular acto creador divino para cada alma, y que tiene su posibilidad en la libertad que Dios nos ha dado, precisamente como facultad de amar generosa y libremente: a Él mismo de modo absoluto y como correspondencia y a los otros porque Dios los ama. Esto es ser realmente persona y poner la base esencial para que pueda haber una comunidad verdaderamente humana.

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4 comentarios »

  1. Què importante es, particularmente en estos tiempos, que cada docente tenga claro los cuatro pilares de la ètica: ser prudente, ser justo, ser fuerte ( firme) y expresar templanza… Querer el bien para los alumnos y alumnas. Para eso, la coherencia es condiciòn clave del testimonio cristiano:coherencia entre el discurso y el gesto. Los valores se transmiten con amor y desde el amor. Mirta Moore

    Comentario por Mirta Moore — julio 19, 2010 @ 3:26 pm | Responder

    • Nuevamente navego estas páginas … un tanto abrumada … cuanto más estudio me doy cuenta de todo lo que no sé… me detuve en este apartado “Ética del quehacer educativo” porque tal vez estos pilares de la ética engloban una significación especial y concreta; que muchas veces no está presente en las prácticas cotidianas. El texto nos habla de que si hay vocación hay un principio de amor espontáneo, es querer el bién para el otro.
      Esa vocación junto a los pilares de la ética son los que deben fortalecer nuestra tarea diaria frente a alumnos “nativos digitales” de realidad compleja(a quienes debemos comprender) que priorizan algunas veces lo “estético” ante lo ético, el desfío de generar en ellos personas críticas, pensantes, reflexivas, humanas, sensibles, … y por supesto dando testimonio de ello.
      Si me quedo con uno de los pilares de la ética: PRUDENCIA!!! NOS LEEMOS. OLGA

      Comentario por Olga Ledezma — agosto 23, 2010 @ 2:32 am | Responder

  2. Quiero nuevamente compartir con ustedes, un artículo en este caso sobre la “afabilidad” virtud importante en nuestro quehacer educativo,la cual nos facilitará nuestra misión de ayudar a que cada alumno sea buena persona, una persona íntegra.

    La afabilidad

    La afabilidad es la virtud que nos impulsa “a poner en nuestras palabras y acciones exteriores cuanto pueda contribuir a hacer amable y placentero el trato con nuestros semejantes” (1)

    Es una virtud social por excelencia y una de las más exquisitas muestra de un espíritu cristiano, que ayuda mucho a la agradable y sana convivencia en todos los ámbitos, haciendo agradable, suave, ameno, fácil y dulce el trato y la conversación.

    El hombre es un ser sociable por naturaleza. Todos y cada uno estamos obligados a tratar de ser afables con quienes nos rodean, salvo en el caso de que sea útil corregir y amonestar a alguno de ellos.

    Pero en general es necesario y conveniente que exista entre los hombres, tanto en sus palabras como en sus obras, un comportamiento como es debido.Este buen trato, afable, exige autodominio, tacto, (para callarnos lo que puede herir gratuitamente sin hacer el bien a nadie), y tratar de pronunciar las palabras que resulten más convenientes y adecuadas para cada circunstancia.Muchas veces un simple saludo, una sonrisa, una palabra de aliento o un gesto amable puede alegrar el corazón de una persona y levantarle el ánimo.

    La afabilidad ordena las relaciones de los hombres con sus semejantes, tanto en los hechos como en las palabras, contribuyendo a hacer la vida más agradable a quienes vemos todos los días. Una persona afable sonreirá y generará un trato fácil, cálido, cordial, indulgente con las faltas del prójimo, paciente, afectuoso y amable, especialmente en las conversaciones, tratando de agradar, ya que a veces las respuestas cortantes, ásperas y los silencios prolongados producen un ambiente cortante y distante, que no ayuda a proseguir el diálogo para ninguna de las dos partes.

    La conversación afable no es hablar frivolidades para quedar bien, (que es espíritu mundano y no es virtuoso), sino hablar de lo verdadero con buenas maneras, con naturalidad, con calidez, con sencillez, que no es lo mismo. Se debe tratar de hacer comprender la verdad y corregir siempre con dulzura y afabilidad para predisponer al otro a ser corregido y a aceptarlo.

    El elogio oportuno, el ponderar adecuadamente a una persona por un trabajo o una virtud que haya demostrado es muestra de afabilidad y estimula al bien, siempre y cuando la alabanza pretenda contentar y ser motivo de aliento para continuar en las buenas obras. Es bueno y justo esforzarse en destacar lo que otros han hecho bien, porque además de estimular al otro lo predispone a aceptar una crítica constructiva.

    El espiritu afable y de dulzura es el espiritu de Dios.

    La dulzura es una de las llamadas “pequeñas” virtudes que contribuyen a que nuestro trato y convivencia sea amable, afable y delicado hacia los demás, virtud que también debemos aplicárnosla a nosotros mismos. Esta pequeña virtud en la convivencia diaria se agiganta porque el trato se suaviza armoniosamente. Hay en nosotros un poder de irritación y de reacción que nos permite luchar contra los obstáculos reaccionando contra los males presentes. Esta pasión en sí misma no es mala, pero rápidamente se desordena si nos enojamos por cosas de poca importancia o que no valen la pena. Nace entonces en nuestra alma un pequeño deseo de venganza.

    Cuando alguien nos ha contrariado o herido, sufrimos, y porque sufrimos guardamos en el fondo de nuestro corazón un deseo, (aunque secreto), de devolverle lo mismo en la primera oportunidad, olvidando aquello de que una gota de miel puede hacer lo que no hace una tinaja de vinagre. Si bien es razonable que cuando cometemos una falta nos aflijamos o nos entristezcamos, sin embargo, hemos de procurar no ser víctimas de un mal humor desagradable y triste, despechado y colérico. Hay que sentir indignación por el mal y estar resuelto a no transigir con él, pero hay que tratar de convivir dulcemente con nosotros mismos y afablemente con el prójimo.

    Los defectos que se oponen a la dulzura son la impaciencia y el mal humor, la excesiva severidad, la adulacion o lisonja y el espiritu de contradiccion.

    La impaciencia y el malhumor lo demostraremos cuando contrarían nuestro juicio u opinión y entonces mostraremos nuestra pequeña cólera.Enseguida mostramos nuestro descontento con gestos, miradas agrias o enojadas, movimientos de hombros despectivos o levantando la voz. Aquí la dulzura debiera intervenir para paralizar el apetito irascible e impedir que salga afuera.

    Un alma no disciplinada no puede tener paz. Según los temperamentos es más o menos difícil, pero esos movimientos tumultuosos del alma deben ser dominados por largos y pacientes esfuerzos. Hemos de comportarnos de manera tal que las personas amen nuestra conversacion y estar en nuestra compania por el ambiente agradable que generamos. Aristóteles ya decía que “nadie puede aguantar un solo día de trato con un triste o con una persona desagradable”.

    Hoy está comprobada la enorme influencia que tienen los problemas psicológicos y espirituales en la salud. Se lo llama “somatizar”. Problemas de piel, úlceras, causados por stress y disgustos, diabetes por temas nerviosos, canceres por grandes violencias morales etc. Responde a que somos una unidad sustancial de cuerpo y alma. Repetimos por lo claras las palabras de aquel catedrático de Medicina que le dijo a sus alumnos el primer día de clase: “Lo esencial en el hombre es el alma, pero tiene un cuerpo”.

    Nota:(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo.P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág 586

    Extraído de una publicación de Marta Arrechea Harriet de Olivero

    Comentario por Marisa Analia Arce de Lanfranconi — abril 12, 2011 @ 9:23 am | Responder

  3. La enseñanza se experimenta en una integración de los conocimientos de la ética.

    Comentario por Mariana — octubre 17, 2012 @ 10:46 pm | Responder


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