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El liberalismo es la iniquidad

Autor: Horacio Bojorge

En este libro el Padre Horacio trata el tema del liberalismo como pecado.

Índice:

Introducción

1.- El liberalismo es pecado

2.- La rebelión contra el Padre

3.- Del Jesús sin Padre al Jesús contra el Padre

4.- El hombre no religioso, un hombre religado, un hombre desvinculado

5.- El pecado es la iniquidad

6.- Anomía y esjatología

7.- Católicos liberales

8.- Las enseñanzas del Padre Leonardo Castellani

9.- Conclusión

Introducción

Dado que los demás expositores de este Encuentro, se han ocupado ya y se ocuparán luego, del liberalismo; tanto como doctrina, cuanto de sus antecedentes históricos y filosóficos y también de sus actuales consecuencias, yo me ceñiré a tratar en mi exposición, no tanto del sujeto de esta proposición “el liberalismo”, sino del predicado: “es pecado”.

Y, respecto de este predicado, me permitiré precisar un poco más esta determinación del sujeto “el liberalismo”, modificando el predicado “es pecado” y afirmando, – demostración mediante -, que el liberalismo no es simplemente pecado, es decir, un pecado, sino el pecado. Pues, cuando decimos es pecado, podríamos entender que se trata de un pecado más entre otros mientras que yo afirmo que es el pecado por excelencia, raíz, suma y cima de todos los pecados, que Nuestro Señor Jesucristo llamó: la iniquidad.

Creo que con la precisión que introduzco, interpreto la intención última del Padre Félix Sardá i Salvany, que así tituló su obra: “El liberalismo es pecado”.

La tesis que expondré

Al explicitar que “El liberalismo es El pecado”, el pecado por excelencia, pretendo avanzar un paso más en la comprensión de qué tipo de pecado se trata y por qué el liberalismo lo es en forma plena y llana.

La tesis que voy a exponer, pues, es que: El liberalismo es el pecado, porque el liberalismo es la iniquidad: es el pecado contra el Espíritu Santo, es el rechazo del Hijo y la Rebelión contra el Padre.

El título y el tema de mi exposición, ahonda en el significado, o sea en el sentido en que debemos entender que el liberalismo es pecado. Es el pecado directo contra Cristo y el Padre. Es, por eso, el pecado contra el Espíritu Santo. Y a este pecado, como veremos, se le llama, en el Nuevo Testamento, La iniquidad.

En efecto, afirmo que el liberalismo no solamente es pecado, – un pecado-, sino que es el pecado, el pecado del Diablo, del que se dice en el libro de la Sabiduría que “por envidia, es decir: por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen” , cuando, se rebelan contra Dios, como el Diablo y, asociándose en un mismo “no serviré” aspiran a colocarse en el lugar de Dios.

Éste es el pecado, suma, suprema iniquidad cuya plena manifestación está reservada al fin de los tiempos y a la que San Pablo llama “El misterio de la iniquidad” (Mysterium iniquitatis) .

 Toda mi exposición tiende a mostrar al liberalismo como manifestación del misterio de la iniquidad que san Pablo denuncia como actuando ya ocultamente en sus tiempos.

Y, aunque volveremos sobre ello, conviene adelantar que la iniquidad, consiste, según el Nuevo Testamento, en el rechazo de Jesucristo y de la revelación de Dios Padre, como vida y salvación del hombre. La iniquidad es la oposición del espíritu impuro al Espíritu Santo y, por eso, es el pecado directo contra el Espíritu Santo.

Este rechazo, puede ser explícito como el de los judíos y de otros que niegan validez a la revelación histórica cristiana, o implícito, como el de los ateos prácticos y los indiferentes, o de los que no se oponen a la verdad sino que simplemente la relegan distraídamente al terreno de los implícitos, que es muchas veces el terreno de lo que se considera innecesario explicitar, y a veces incluso inconveniente hacerlo.

Un ejemplo reciente:

Y pongo un ejemplo reciente para explicar a qué tipo de silencios, omisiones o bien olvidos, me refiero.

El Papa Benedicto XVI – así tengo entendido – introdujo una pequeña modificación en la letra del Tema de la Vª Conferencia del Episcopado en América Latina y el Caribe. El Tema que le presentaban era: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos tengan vida”.

El Papa agregó apenas un “en Él”: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”

Con este pequeñísimo agregado de dos partículas: en Él, el Papa explicitó algo fundamental, esencial. Algo que, de haber quedado implícito, habría podido cobijar un funesto equívoco en la comprensión de la expresión “tengan vida”.

Tener vida en Él, quiere decir tener la vida plena de Hijos, que Jesucristo viene a anunciar. La meta de la misión de los discípulos queda definida explícitamente por su finalidad: “para que tengan vida en Él”.

Con este agregado a la letra, que inspiradamente introdujo el Vicario de Cristo, no solamente el Tema de la Conferencia, sino la Conferencia misma, quedó vacunada contra la reducción gramsciana de la idea de vida del hombre, que la limita al existir puramente terreno. Una reducción inmanentista que tiene su raíz en el racionalismo, el naturalismo y el liberalismo, y culmina en el materialismo marxista.

Me daría por feliz y contento, si al final de mi exposición pudiera comprenderse la naturaleza del pecado del liberalismo, y comprender así mejor la naturaleza del peligro que conjuró el Papa, recordando a los pastores y fieles de la Iglesia católica en estas regiones de América Latina y el Caribe, que la meta de su tarea misionera y evangelizadora es procurar que estos pueblos tengan vida en Cristo mediante el anuncio del Padre. Es decir aquella vida, vida eterna, vida católica, que solamente se puede tener en Él. Aquella vida que consiste en entrar en comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo por obra del Espíritu Santo.

Notemos cómo en el fondo de la imprecisión, en el fondo de la vaguedad, en la raíz de la distracción que hubiera permitido implicitar algo esencial al evangelio; en la implicitación de que se trata de vivir en Cristo, como Hijos del Padre celestial, se dejaba lugar para que se agazapara, – en una omisión que sirve al silenciamiento, porque no lo disipa -, se dejaba lugar para que se agazapara, – decimos -, la infición liberal, que separa la vida del hombre de su vida en Dios. Una visión naturalista, para la cual, el último horizonte de la vida del hombre es la calidad de vida.

El silencio acerca de lo esencial sería particularmente dañoso si proviniese de un olvido de lo esencial y sería demoníaco si proviniese de una aversión acediosa a lo esencial.

Capítulo 1: El liberalismo es pecado

Félix Sardá i Salvany: El liberalismo es pecado

Antes de proseguir el desarrollo de mi exposición quiero detenerme un momento a resumir, como punto de referencia fundamental, el diagnóstico que nos da el Padre Félix Sardá i Salvany en su obra “El liberalismo es pecado”.

Dice el Padre Sardá: “El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos.

En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas.

En el orden de los hechos es pecado contra los diversos Mandamientos de la ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción.

Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende todas: en el orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona”.

Enunciada la doble tesis, el Padre Sardá i Salvany pasa a fundamentarla:

a) En el orden de las doctrinas el liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana. El liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social o criterio público en la sociedad. Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admitido.

-1) Niega la jurisdicción absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisdicción delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sean, recibió de Dios la Cabeza visible de la Iglesia.

-2) Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin.

-3) Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento.

-4) Niega el magisterio infalible de la Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas.

-5) Y después de esta negación general y en globo, niega cada uno de los dogmas, parcialmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentra opuestos a su criterio racionalista. Así niega la fe del Bautismo cuando admite o supone la igualdad de todos los cultos; niega la santidad del matrimonio cuando sienta la doctrina del llamado matrimonio civil; niega la infalibilidad del Pontífice Romano cuando rehúsa admitir como ley sus oficiales mandatos y enseñanzas, sujetándolos a su pase o exequátur, no como en su principio para asegurarse de la autenticidad, sino para juzgar del contenido.

b) En el orden de los hechos es radical inmoralidad. Lo es porque destruye el principio o regla fundamental de toda moralidad, que es la razón eterna de Dios imponiéndose a la humana; canoniza el absurdo principio de la moral independiente, que es en el fondo la moral sin ley, o lo que es lo mismo, la moral libre, o sea una moral que no es moral, pues la idea de moral, además de su condición directiva, encierra esencialmente la idea de enfrenamiento o limitación. Además, el Liberalismo es toda inmoralidad, porque en su proceso histórico ha cometido y sancionado como lícita la infracción de todos los mandamientos, desde el que manda el culto de un solo Dios, que es el primero del Decálogo, hasta el que prescribe el pago de los derechos temporales a la Iglesia, que es el último de los cinco de ella.

Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ex genere suo, gravísimo; es pecado mortal.”.

Hasta aquí la cita.

El camino a seguir

Todo lo que dice el P. Sardá i Salvany es verdad. ¡Sí! Pero hay aún más.

Intentaré mostrarlo, explicitando algo que está implicado en el certero diagnóstico espiritual del apologista español.

Ese más que hay, es que: el Liberalismo es el pecado. Y lo es en el sentido específico en que él es la iniquidad. La cual – nos enseña el Nuevo Testamento – es ni más ni menos que la puesta en acto de la suprema iniquidad anticristiana y antitea, incoada ocultamente en la historia, cuya manifestación virulenta, es signo esjatológico, porque es causante de una disolución final de la humanidad y preámbulo de la dominación del Anticristo.

Como veremos, San Juan define ese pecado como la iniquidad, en griego: he anomía, la anomía. Ese pecado muy único y singular, esa anomía, aparece en el Nuevo Testamento siempre vinculada al Anticristo y a los últimos tiempos; al juicio final o a los antecedentes de la Parousía de Nuestro Señor Jesucristo, y se aplica, ya desde los comienzos de la Iglesia, al rechazo de Cristo y de Dios Padre a quien el Hijo viene a revelar. “Muchos anticristos han aparecido” – afirma San Juan en su primera Carta – “Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco admite al Padre; quien reconoce al Hijo también admite al Padre”.

Este rechazo lo experimentó el mismo Jesucristo durante su vida y lo calificó de “blasfemia contra el Espíritu Santo” . El mismo rechazo lo siguieron experimentando, – presente y operante dentro de ellas-, las comunidades eclesiales apostólicas. Y tanto Juan como Pablo, iluminados por las palabras de Jesús, interpretaron su naturaleza y anunciaron que recrudecería en los últimos tiempos.

Un ejemplo de lenguaje inicuo

Véase, como botón de muestra del lenguaje de la iniquidad moderna, lo que dice David Friedrich Strauss, pastor y teólogo, árbitro ilustrado de lo que puede ser un Cristo aceptable:

“Mientras el cristianismo sea considerado como algo dado a la Humanidad desde afuera de ella; Cristo como alguien venido del cielo; su Iglesia como una institución para quitar los pecados de los hombres por medio de su sangre, se estará concibiendo el cristianismo a lo judío y la Religión del Espíritu seguirá siendo carnal. Sólo se entenderá al Cristianismo cuando se reconozca que en él, la Humanidad sólo se ha hecho más consciente de sí misma de lo que hasta ahora lo había sido: que Jesús es sólo aquel Hombre en el que por primera vez se manifestó esta conciencia más profunda como una fuerza determinante de toda su vida y de todo su ser; y que sólo mediante el acceso a esta nueva conciencia se quita el pecado”.

Capítulo 2: La rebelión contra el Padre

La rebelión contra el Padre

He querido subtitular esta exposición: “La Rebelión contra el Padre”.

La cita de San Juan que aduje antes, nos enseña que, en último término, el pecado, la iniquidad, consiste en el rechazo de Dios Padre, en la rebelión contra un Dios Padre. Un rechazo y rebelión que se manifiesta en el rechazo del Hijo, enviado por Dios Padre, y de aquéllos discípulos a quienes el Hijo envía. No se quiere al Hijo porque se rechaza al Padre, y se rechaza al Padre, porque no se quiere estar sujeto al Padre por la obediencia filial.

El rechazo de la obediencia y de la sujeción al gobierno de la vida humana por Dios, no lo olvidemos, es de antiguo abolengo bíblico. Recordemos al pueblo de Israel queriéndose sustraer de la guía de Moisés , o reclamando a Samuel que les diera un rey como el de los pueblos vecinos. Dios interpreta este pedido de un rey como un intento de secularización de la vida política, una especie de temprano sarampión liberal: “No te han rechazado a ti – le explica a Samuel – me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos”. Y, efectivamente, la monarquía será una historia de infidelidades del pueblo elegido a su Alianza con Dios, encabezado en la apostasía por los reyes que ellos quisieron darse como guías.

Pasando al Nuevo Testamento recordemos la parábola de los viñadores homicidas, que matan al hijo para desposeer al dueño de la viña y apoderarse de ella.

Recordemos algunos de los dichos de Jesús: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado”. E inversamente: “Quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al [Padre] que me ha enviado”.

El rechazo de Dios en el Antiguo Testamento continúa en forma de rechazo de Dios Padre en el Nuevo.

Las herejías de cuño liberal

El liberalismo produjo, dentro del mundo cristiano, sin excluir al mundo católico, formas de liberalismo religioso. Este liberalismo religioso, fustigado en su momento por el Cardenal John Henry Newman, produjo desviaciones y herejías teológicas que implican el rechazo del Dios-Padre y que padecemos aún hoy.

Una de ellas fue el así llamado deísmo, que acepta a un Dios creador, Supremo Arquitecto, pero que una vez construida la casa, la deja en manos de sus habitantes y ya no mantiene con ellos ninguna relación de comunión o cercanía. El deísmo fue un rechazo naturalista, racionalista, de Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un rechazo del Dios de la revelación cristiana, afirmando a un Dios creador pero no comunional e incomunicado.

El Cardenal Pie diagnosticó sagazmente que este rechazo de la comunión con un Dios que invita a ella “no es, en última instancia, sino el miedo que produce el vértigo de las alturas a que Dios nos ha llamado”.

Miedo a la vinculación, que invadirá luego todas las dimensiones de la vida humana, produciendo el individualismo liberal, la dialéctica del amo y el esclavo en sustitución de la fraternidad cristiana, la lucha de clases, y por fin la dictadura de los envidiosos que impondrá el odio al mejor y la tiranía del igualitarismo con el nombre de democracia.

Del Jesús sin Padre al Jesús contra el Padre

Otro resultado del liberalismo religioso ha sido la reducción jesuánica de la figura de Cristo, al estilo de la propugnada por David Friedrich Strauss, que hemos citado más arriba.

Este jesuanismo consiste en presentar a un Jesús histórico separado del Cristo de la fe, y sin referencia al Padre, como horizonte último del anuncio evangélico.

En el discurso teológico y pastoral que de allí dimana, el Padre queda relegado al silencio de los supuestos que solamente se explicitan a pedido.

De ese jesuanismo contemporáneo ha dicho el Padre dominico Le Guillou que: “Sitúa […] a Cristo no con el Padre, sino en lugar del Padre. De ese modo se ve diseñar vagamente una especie de cristicismo o de jesusismo (dejando en silencio generalmente el nombre del Padre) que trata de hacerse pasar por el verdadero cristianismo” .

Como dice San Pablo: “¿cómo invocarán a aquél [en este caso al Padre] en quien no han creído? ¿cómo creerán en aquél [el Padre] a quien no han oído? ¿Cómo oirán si no se les anuncia?” . Lo que no se predica no se cree. Y si el Padre queda implícito, va cayendo fuera de la conciencia del predicador y de los creyentes.

Este hecho lo ha señalado Monseñor Paul Josef Cordes en su obra: “El Eclipse del Padre” en estos términos: “Cuando se pregunta a grandes teólogos contemporáneos de ambas confesiones (protestantes y católicos) por el Padre de Jesucristo, se obtiene una perspectiva sorprendente: los investigadores piensan más frecuentemente y más expresamente en ‘Dios’ que en el ‘Padre eterno’; si se hace una estadística sobre las veces que en la relación Padre-Hijo utilizan en sus investigaciones la palabra ‘Padre’, ésta queda desconsoladamente relegada” .

¿A qué se debe esto? a que la infección liberal contagia el sentido común de una cultura y termina refluyendo sobre los creyentes y afectándolos, sin excluir a los predicadores. Sucede así que, glosando a San Pablo, podría decirse de la incapacidad del predicador liberal para anunciar al Padre: ¿cómo predicarán si no creen?

El jesuanismo, o cristicismo pastoral, es frecuente en la propuesta de las sectas y comunidades protestantes. Pensemos en lo que se oye predicar en algunas carpas y audiciones radiales de predicadores protestantes, donde todo se queda en el anuncio de Cristo tu salvador personal, sin referencia al Padre ni a la entrada en comunión con Él, como punto de llegada de la salvación que se anuncia.

Pero el mismo mal se ha venido extendiendo y penetrando también en el sentido común de los católicos, sacerdotes y teólogos incluidos. Los remito a su experiencia propia como oyentes de la predicación habitual en nuestros templos.

Personalmente, me ha llamado la atención en el Mensaje final de la Conferencia de Aparecida, – nótese bien que no me refiero al estupendo Documento final de la Conferencia, sino al Mensaje final, de alguna manera provisorio, redactado por una Comisión ad hoc – me ha llamado la atención, digo, que, en ese Mensaje, a diferencia del posterior Documento, el Padre ha quedado relegado a la región de los implícitos en toda la primera parte, la doctrinal-kerygmática, en la que se habla de Jesús (10x) o Señor Jesús (1x) o Jesucristo (4x). En el Mensaje se nombra al Padre solamente tres veces. Nunca se lo nombra en la primera parte donde se presenta a Jesucristo, sino recién después de pasado el momento doctrinal-kerygmático, en un contexto parenético, en los números cuarto y quinto. De modo que Jesucristo es presentado sin referencia explícita a su Padre, y predominantemente como Jesús.

El contraste con el discurso inaugural de Benedicto XVI, es llamativo. Porque allí Benedicto XVI nos anuncia reiterada y explícitamente al Padre como la meta del proceso evangelizador al que convoca la Conferencia de Aparecida y se refleja, efectivamente, en el Documento final.

Capítulo 3: Del Jesús sin Padre al Jesús contra el Padre

Del Jesús sin Padre al Jesús contra el Padre

El fenómeno que vengo describiendo, de la creciente desvinculación de Jesús del Padre, se acentúa hasta llegar a un paroxismo por efecto de la difusión del psicoanálisis freudiano.

“El psicoanálisis de Freud, como método y técnica, – ha escrito el Padre Ignacio Andereggen – es intrínsicamente solidario de su intento fundamental de hacer consciente del modo más pleno la rebelión del hombre contra Dios Padre, radicada en la estructura inconsciente de sus vicios y pasiones no restauradas por el influjo de la gracia. Para Freud, como para Nietzsche, consiste en su oposición consciente contra Dios y en la pretensión de ocupar su lugar” .

De la rebelión contra Dios-Padre a la sociedad sin padres

Como nota Monseñor Paul Josef Cordes: “Freud – que conocía la analogía entre el padre terrenal y el celestial -, para terminar con el Padre celestial, tenía que liberarse primero del terrenal” y por eso lo ataca, en el alma del analizado, mediante el psicoanálisis.

El P. Le Guillou, en su obra antes citada, señala el hecho de que la abolición de Dios Padre está en la base de lo que Mons. Paul Josef Cordes ha llamado el Eclipse del Padre en nuestra cultura, una desaparición progresiva de las figuras paternas y de la cultura de la paternidad; una destrucción del varón paterno.

La rebelión religiosa contra Dios Padre de la civilización liberal ha tenido consecuencias sociológicas y culturales. Ha ido exterminado al hombre paterno, pero también al hombre filial, al hombre esponsal, al hombre fraterno. Si la generación actual abandona a sus padres internándolos en un hogar de ancianos es porque la generación de sus padres ya había internado a Dios Padre relegándolo al cielo como a un hogar de ancianos; ya no convivían con Dios, sino que iban a verlo de vez en cuando en días y horas de visita, y a veces nunca.

El psicoterapeuta y sociólogo italiano Claudio Risé, en su libro Il Padre l’assente inaccettabile (El Padre, el ausente inaceptable), dedica un capítulo entero a describir cómo “Occidente se aleja del Padre”. Claude Risé establece un paralelo entre el proceso de secularización iniciado en la Revolución Francesa, en la que eclosionan semillas sembradas por la Reforma Luterana, y la decadencia y desaparición de la figura paterna y de los derechos del padre de familia en Occidente.

Así en la tierra como en el Cielo

Nada de extraño. Porque como ha demostrado Mircea Eliade en sus estudios de Historia de las Religiones, el hombre edifica su civilización y su cultura imitando a sus dioses: “Al reactualizar la historia sagrada, -dice – al imitar el comportamiento divino, el hombre se instala y se mantiene unido a los dioses, es decir, en lo real y significativo” .

En oposición a esta actitud del hombre religioso, “El hombre moderno irreligioso – dice Mircea Eliade – asume una nueva situación existencial: se considera a sí mismo como único sujeto y agente de la Historia y rechaza toda llamada a la trascendencia […] no acepta ningún modelo de humanidad fuera de la condición humana, tal como se la puede descubrir en las diversas situaciones históricas. El hombre se hace a sí mismo y no llega a hacerse completamente más que en la medida en que se desacraliza y desacraliza el mundo. Lo sacro es [para él] el obstáculo por excelencia que se opone a su libertad. No llegará a ser él mismo hasta el momento en que se desmitifique radicalmente. No será verdaderamente libre hasta no haber dado muerte al último Dios” .

La rebeldía religiosa del liberalismo contra Dios Padre termina así con la disolución no solamente de la cultura paterna, sino de toda la cultura, porque desata fuerzas de destrucción del corazón humano que aceleran y precipitan el desencadenamiento de las amenazas apocalípticas sobre la humanidad apartada de Dios.

Afirma Mircea Eliade que, “En una perspectiva judeo-cristiana podría decirse que la no-religión equivale a una nueva caída [original] del hombre […] Después de la primera caída, la religiosidad había caído al nivel de la conciencia desgarrada; después de la segunda caída, ha caído aún más abajo, a los subsuelos de lo inconsciente, ha sido ‘olvidada’” .

Capítulo 4: El hombre no religioso, un hombre religado, un hombre desvinculado

El hombre no religioso, un hombre no religado, un hombre desvinculado

Creo que a esta altura de mi exposición podemos entender mejor la relación que existe entre el pecado que es la iniquidad y los demás pecados que derivan de este pecado. Al volverse los hombres contra el Cielo, se vuelven unos contra otros en la tierra.

Dios vino a buscar al hombre que había caído por el pecado original. Cuando el hombre caído se rehúsa a tomar la mano que se le extiende para levantarlo, cae aún más profunda e irremediablemente.

A esta luz, la profecía de Malaquías, últimas palabras del Antiguo Testamento, adquiere tintes apocalípticos. Esta profecía cierra el Antiguo Testamento anunciando la venida de Elías. El Nuevo Testamento conecta esta vuelta de Elías con la venida del Bautista, precursora de la de Cristo: “He aquí que yo os envío al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que venga yo a herir la tierra de anatema” .

En nuestro mundo, los hombres irreligiosos y antirreligiosos tuvieron antepasados religiosos. Hay, junto con la rebelión contra el Dios Padre, una rebelión contra los propios padres. El corazón de los hijos se ha vuelto contra los padres y el corazón de los padres se ha vuelto contra los hijos.

Si tras la venida de Cristo, que reconcilió todas las cosas con la sangre de su Cruz, – también a los padres con los hijos y los hijos con los padres, como sucedió en el mundo de la cultura católica -, si tras la venida de Cristo, – digo -, el hombre vuelve a rechazar a Cristo y al Padre, como hace el liberalismo, los hombres vuelven a enemistarse con Dios Padre y entre sí.

Pero ya no hay posibilidad de una nueva reconciliación. Entonces, la única perspectiva que queda, es la de una tierra herida por el anatema. Un anatema que los hombres pudieron haber evitado pero rehusaron libremente evitar. Un anatema que libremente eligieron, malusando su libertad para rechazar el bien y elegir el mal.

Un ejemplo de la rebeldía del hombre:

El manifiesto kantiano de la liberación religiosa de la moral

Me he detenido en un recorrido de autores contemporáneos, que toman el pulso de las dolencias de la cultura actual y que comprueban, coincidentemente, todos, que estos males tienen su origen en la Reforma Luterana, la Revolución Francesa, la Ideología de la Ilustración, la Revolución soviética.

De ese recorrido resulta patente que la emancipación irreligiosa de la moral conduce irremediablemente a la disolución de los vínculos morales entre los hombres. Estamos pues en condiciones de comprobar cómo la historia le está dando un desmentido a la utopía kantiana que propugnaba precisamente la emancipación de la moral de todo anclaje divino y religioso y su secularización.

Escuchemos y juzguemos si fue acertado o no el manifiesto liberal de Kant: “La moral, – dice – en cuanto que está fundada sobre el concepto del hombre como un ser libre que por el hecho mismo de ser libre se liga él mismo por su Razón a leyes incondicionadas, no necesita ni de la idea de otro ser por encima del hombre para conocer el deber propio, ni de otro motivo impulsor que la ley misma para observarlo […] Así pues, la moral, por causa de ella misma (tanto objetivamente por lo que toca al querer, como subjetivamente por lo que toca al poder) no necesita en modo alguno de la Religión [entiéndase la revelación cristiana] sino que se basta a sí misma en virtud de la Razón pura Práctica” .

Acabamos de oír el manifiesto de la iniquidad.

La voz del pecado del que dimana todo otro pecado, de la impiedad religiosa de la que deriva toda impiedad entre los hombres: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” .

¿Acaso el hombre libre, según lo piensa el liberalismo, necesita de la revelación cristiana; de un Dios por encima de él, Padre o Hijo o Espíritu Santo; para vivir moralmente? No, gracias. ¿Acaso necesita ser salvado de algo por Dios? ¡Para nada! ¡El se basta a sí mismo!

La bestia de muchos cuernos que decía grandes cosas

Cuando leo este manifiesto de Kant, cuya falacia ha sido entretanto desenmascarada por la historia subsiguiente, pero sin embargo vigente y parecería que hoy más que nunca, acude espontáneamente a mi imaginación la última Bestia emergente del fondo del mar que vio en su sueño Daniel.

Sabemos que el fondo del mar, en el lenguaje bíblico, es el lugar donde residen las potencias enemigas de Dios. La última Bestia que surge del mar, a diferencia de las anteriores, es una fiera que habla, dice grandes cosas, y sobre su cabeza despuntan y se multiplican los cuernos . Las grandes cosas que proclama son las mentiras de Satanás, mentiroso desde el principio y padre de la mentira. Y los cuernos son los múltiples poderes políticos basados en sus mentiras.

Los intérpretes cristianos del Apocalipsis han visto, por eso, acertadamente, en esta Bestia y sus cuernos, las figuras de los poderes políticos y de las ideologías que los sustentan: naturalismo, racionalismo, libre pensamiento, liberalismo, socialismo, comunismo, marxismo, progresismo, secularismo, modernidad, post modernidad, etc.

Esta Bestia es figura, pues, de la suma de la iniquidad, del rechazo de Cristo y de la rebelión contra Dios su Padre. Esta Bestia habla y dice grandes cosas. Opone a la Palabra de Dios, al Verbo hecho Hombre, su grandilocuencia y su verborrea, las voces de su propaganda, los discursos erróneos de su ideología, los manifiestos de su anomía.

Si las bestias anteriores son temibles por sus fauces o sus garras, esta bestia lo es por su elocuencia engañosa. Una sofística convincente, opuesta a la Palabra de Dios, que, llegados al Apocalipsis de Juan, se convertirá en un croar de ranas ensordecedor.

De esta Bestia, que figura a Satanás mismo, puede interpretarse el dicho del Señor: “No temáis a los que matan el cuerpo [el león el oso y el leopardo que ve Daniel] temed más bien a Aquél que puede llevar a la perdición alma y cuerpo [la cuarta bestia que dice grandes cosas, el Padre de la Mentira y todos sus servidores, el Príncipe de este mundo y todos los reinos que le pertenecen]” .

Capítulo 5: El pecado es la iniquidad

El pecado es la iniquidad

El liberalismo es, pues, una manifestación histórica del espíritu del Anticristo que prepara, incoándolo en la historia, el reinado final del Anticristo. “Misterio de la iniquidad” cuya irrupción en los últimos tiempos profetiza san Pablo en un texto sobre el que volveré en su momento (2ª Tes 2,7).

Pero antes de hablar del misterio de la iniquidad paulino, volvamos a ocuparnos de la Anomía exponiendo cuál es su esencia según la expone la Sagrada Escritura. Y comencemos por la Primera Carta de San Juan.

Afirma el Apóstol San Juan en su primera Carta: “El pecado es la iniquidad” . Nos conviene atender y tener en cuenta el contexto en que se engarza esta afirmación:

“1 Ved qué [gran] amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados [por Él] hijos de Dios, y ¡ya lo estamos siendo! Por esto el mundo no nos está reconociendo [nos está ignorando] a nosotros porque no le [re-] conoció a él [lo ignoró a él].

2 Carísimos, desde ahora estamos siendo hijos de Dios, aunque todavía no se ha revelado lo que seremos. Sabemos que, cuando se revele, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.

3 Y todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como Él (Jesús) es puro .

4 Todo el que comete el pecado (ten hamartían) comete también la iniquidad, (ten anomían) y el pecado (ten hamartían) es la iniquidad (ten anomían) .

5 Y sabéis que Aquél se reveló para quitar los pecados y en él no hay pecado.

6 Todo el que permanece en él, no anda pecando . Pero todo [el que es] pecador no le ha visto ni le ha conocido.

7 Hijitos, que nadie os engañe (planáto). Quien practica la justicia es justo, como él es justo.

8 Quien comete el pecado ése es del Diablo, porque el Diablo peca desde el principio. Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del Diablo.

9 Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque la simiente de Dios esté en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios.

10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”. (1ª Juan 3, 1-10)

En este denso pasaje, Juan opone a los hijos de Dios y los hijos del Diablo. Dos generaciones, en el sentido de dos progenies o razas humanas. En toda la carta enseña a discernir quiénes pertenecen a la una o a la otra.

Discernimiento necesario y arduo por dos motivos. El primero es que aún no se ha manifestado lo que serán los hijos de Dios. El segundo es que, siendo la raza de víboras, o la generación de la serpiente, o los hijos del Diablo, – todo es lo mismo – descendencia del Mentiroso desde el principio, ellos ¡Mienten! ¡De pensamiento, palabra y con la vida! Son hipócritas consumados que se hacen pasar por hijos de Dios. Más aún, se arrogan el ser los verdaderos hijos de Dios y acusan y condenan a los verdaderos. Y sus mentiras son como el ensordecedor canto de las ranas del pantano. Son el clamor del pantano.

La Iniquidad o anomía

Vamos a extendernos más en la interpretación del sentido de la anomía o iniquidad en las Sagradas Escrituras a través de sus textos. Porque la comprensión de su naturaleza, revelada en las Escrituras, nos permitirá entender lo que es el pecado del mundo, que vino a quitar Jesucristo. Y de ese modo, entender cómo y por qué el liberalismo es la iniquidad, tanto en sus formas radicales, jacobinas, anticlericales rabiosas y desenmascaradas, como en las formas que han sido llamadas secundarias, parciales o mitigadas, pero que son en el fondo formas hipócritas, suaves solamente en apariencia.

Tomada etimológicamente, la palabra griega anomía, [de á-nomos] significa literalmente falta de ley, negación de ley, sin ley.

Lo que la Vulgata tradujo por iniquidad, vendría a significar la falta de ley, la negación de la Ley. Y en este sentido, anomía sería un calificativo adecuado al liberalismo con toda justicia y verdad, puesto que éste se desvincula de la ley divina y de toda ley exterior al individuo, haciendo, de la voluntad de cada individuo, ley para sí mismo. Así se lo hemos oído decir a Kant en su manifiesto de la liberación de la moral.

Por este relativismo moral, el liberalismo redivivo ha dado lugar en nuestros días, entre otros errores, por ejemplo, a lo que en teología moral se conoce como “moral de situación”.

Contra el relativismo moral moderno, engendrado por el liberalismo, ha tenido que luchar Juan Pablo II. Entre muchas de sus intervenciones le dedicó una, severa y memorable, en su encíclica Veritatis Splendor, en la que defiende la objetividad de la ley natural y del mal moral, contra el relativismo y el subjetivismo moral. Si, como le hemos oído decir a Kant, el hombre no necesita que venga Dios a decirle lo que es bueno, porque él tiene la ciencia del bien y del mal… entonces…

Benedicto XVI no cesa de señalar, refutar y combatir sin cuartel, el relativismo moral, que invade hoy cátedras y parlamentos, como a una de las bestias negras del mundo actual, de cuya infición no está libre la academia moral católica.

Sería pues exacto decir que el liberalismo es pecado debido a aquélla iniquidad, aquella anomía, consistente en sacudirse, más o menos artera y mañosamente, la sujeción a toda ley, y principalmente la ley de Dios, negando todo límite a la autodeterminación de la voluntad del individuo, o de la sociedad.

Si lo entendemos según el pensamiento de Mircea Eliade, diríamos que la anomía es prescindir de la ejemplaridad divina en la configuración de la vida humana.

Cuando San Juan afirma, que: “El pecado es la iniquidad” su afirmación tiene un sentido específico muy particular que, sin negar la oposición a la ley que la palabra anomía expresa generalmente en griego, la predica en especial de la negación de Jesús, que no ha venido “a abolir la ley sino a darle cumplimiento”.

Considerando esta perspectiva cristiana, es obvio afirmar que quien rechaza a Aquél que lleva la ley a su cumplimiento, rechaza la plenitud de la ley. Quien ignora, desconoce o prescinde de Aquél que lleva a su cumplimiento y perfección la ley, comete la anomía total, última y extrema. Incurre en la máxima iniquidad, en el Pecado más radical y perverso. Y por lo tanto el más funesto y mortal para sí mismo y para la humanidad.

La anomía según san Juan consiste, pues, en el rechazo de Jesucristo, revelador, hijo obediente que vive y pone por obra la voluntad del Padre. Jesucristo, el Hijo, Plenitud de la Ley, que revela plenamente, mediante su comportamiento filial, cuál es la voluntad del Padre: “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna” (Juan 6, 40).

Quien no cree en el Hijo, quien lo ignora o lo desconoce, ignora y desconoce la voluntad del Padre y comete la anomía, se rebela contra la voluntad del Padre, excluyéndose a sí mismo de la vida eterna por negarse a cumplir la justicia filial.

En resumen: para san Juan el pecado es: la anomía, la iniquidad, Y la iniquidad es la incredulidad, la negativa a creer en Cristo. Es la negación del Hijo y del Padre, el rechazo del único camino para ingresar en la comunión de vida con ellos.

Negarse a creer es negarse a ingresar y a participar en el Nosotros divino humano. Por lo tanto es el rechazo de entrar en la comunión, o peor aún, es la apostasía, el abandono de la comunión en la que se había ingresado, o en la que vivieron los antepasados.

La iniquidad, es principalmente la apostasía. Que suele hacerse visible cuando el rechazo de la comunión eclesial, la desvinculación a la pertenencia eclesial, se pone de manifiesto públicamente como un apartarse de los hermanos, a los que, previamente se ha enjuiciado, acusado y condenado.

En este apartarse del amor a los hermanos de la Iglesia se pone de manifiesto que se ama más al mundo que al Padre, más a las propias pasiones y al mundo que a Dios como Padre.

Capítulo 6: Anomía y esjatología

Anomía y Esjatología

La palabra anomía, se usa en el Nuevo Testamento en contexto predominantemente escatológico, es decir, relativo al Juicio, a la Parousía, al futuro eclesial y al fin de los tiempos. No tiene, por lo tanto, un sentido predominantemente moral, sino religioso, relativo a la salvación o la condenación de los hombres.

En el Sermón de la Montaña, oímos a Jesús decir, refiriéndose al juicio futuro en el que Él será el Juez: “Muchos me dirán en aquel día, Señor, Señor ¿Acaso no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre obramos muchos prodigios? Y entonces les declararé públicamente: Nunca jamás os conocí, apartáos de mí los que obráis la iniquidad [ten anomían]” .

La iniquidad, que será desenmascarada en el Juicio, habrá podido ser perpetrada, por lo tanto, en la historia, mediante la invocación del nombre de Cristo y obrando, mediante esa invocación, signos prodigiosos, profecías y expulsión de demonios que parecerían acreditar a los que los obran como verdaderos cristianos. ¿Cómo entenderlo?

Jesús nos pone en guardia, en sus instrucciones sobre el futuro: “Mirad que nadie os extravíe, diciendo ‘Yo soy el Mesías’ porque muchos vendrán en mi nombre diciendo, ‘Yo soy el Mesías’, y extraviarán a muchos” […] “Entonces, si alguno os dijere: ‘Mirad, aquí está el Mesías’ o ‘allí’, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y exhibirán grandes señales y grandes portentos, hasta el punto de ser seducidos, si posible fuera, aún los elegidos. Mirad que os lo tengo predicho” .

Son estos impostores los que se presentarán ante el Juez, diciendo “Señor, Señor, hemos hecho milagros en tu nombre”. Jesús los rechazará por haber sido obradores de la iniquidad: “apartáos de mí, no os conozco, obradores de la iniquidad”.

Se presentan y obran invocando el nombre de Jesús, pero haciendo hipócritamente su propia voluntad y no la del Padre. Anuncian una salvación mesiánica e intentan ponerla por obra.

Pensemos, por ejemplo, en ciertas autoproclamadas “teologías de la liberación” que se presentaron en el nombre de un Cristo liberador pero postulando la lucha de clases. No promovían la libertad de los hijos de Dios anunciada por Jesucristo, la filialización y la amorosa sujeción de la propia vida a la voluntad del Padre. Estos y otros pseudomesías, erigen la voluntad humana en norma de interpretación de las palabras de Jesucristo, e instrumentalizan hipócritamente su figura.

Anomía y escándalo

Pero continuemos con nuestra lectura de los pasajes de la Sagrada Escritura que nos enseñan lo que es la anomía.

En la parábola del trigo y la cizaña, que nos remite a los últimos tiempos, leemos: “Así, pues, como se recoge la cizaña y se echa al fuego para que arda, así será en la consumación del mundo. Enviará el Hijo del Hombre a sus Ángeles, los cuales recogerán de su reino todos los escándalos y todos los que obran la iniquidad (la anomía) y los arrojarán al horno del fuego, y allí habrá llanto y el rechinar de dientes” .

Este texto exige algunas observaciones:

Primera: Aquí ‘los que obran la iniquidad’ se presentan, nótese bien, como internos al Reino: ‘los Ángeles recogerán de su Reino…’. Es algo que sucede dentro del Reino y en nombre de Jesús, con conocimiento de su enseñanza e invocándola, tergiversada según ajenas conveniencias, pero no haciendo lo que Jesús enseña: ‘escuchan mis palabras – y quizás hasta las enseñen en mi nombre – pero no las practican’.

Segunda: Los que obran la ‘iniquidad’ la obran, en este contexto, dando escándalo, es decir, motivo de tropiezo y de caída a los creyentes en su fe.

Hay que notar aquí el sentido técnico y salvífico de la palabra escándalo, que nosotros, actualmente, entendemos más bien en sentido moral, de “pecados escandalosos”. Escándalo tiene, en boca de Jesús, el sentido de hacer tropezar a alguien en el seguimiento; de hacer tropezar al discípulo en el camino -que es Jesucristo- al Padre.

¿Cómo se relaciona la iniquidad con el escándalo? Escándalo en paralelo con iniquidad, supone, en este contexto, que el inicuo, por el solo hecho de serlo, induce a muchos creyentes a la iniquidad.

La iniquidad es contagiosa, y por eso dañosa para la fe de los creyentes. Y más cuando ella se ha convertido en un ambiente, en una civilización, en una cultura que penetra por contagio y por ósmosis, como por una insensible colonización cultural, el corazón de los creyentes; su sentido común; sus modos de ver la vida y las cosas. De tal manera que, ellos también, se hacen cristianos hipócritas, seres cripto-inicuos, que habiendo comenzado por escuchar las palabras de Cristo, terminaron por no practicarlas, o terminaron practicando una reinterpretación de ellas, que es lo mismo. Víctimas, más o menos culpables, de la reinterpretación a la que los inicuos han sometido la doctrina de Jesús para evacuarla.

Esta definición de iniquidad ¿no se aplicaría perfectamente a una pedagogía, pretendidamente cristiana, que se limitara a enseñar valores, pero se desentendiera de su realización y concreción práctica en el ejercicio de las virtudes, empezando por las teologales y siguiendo por las cardinales?

Presenciamos hoy la fácil sustitución de Jesucristo por valores. Ya ni siquiera por virtudes. La sustitución del anuncio evangélico explícito y fiel, por un sucedáneo elástico de values light and stretch. Un procedimiento escalofriante porque evoca la operación de cambio por treinta valores con la que Judas traicionó a su Maestro. La sustitución del anuncio del evangelio por el anuncio de valores, aún pretendidamente evangélicos, ¿no es algo así como una traición?

Ciertamente esta definición se aplica al programa de la heterointerpretación del lenguaje creyente que proponía Gramsci que ha sido piedra de tropiezo para tantos creyentes.

Capítulo 7: Católicos liberales

Católicos liberales

La parábola de la cizaña puede ayudarnos a tomar posición frente al fenómeno del liberalismo religioso.

Es bastante obvio que el liberalismo, y más en su versión religiosa, ha escandalizado a muchos. Es decir, ha hecho tropezar a muchos cristianos. Ha inducido a confusión. Ha sido causa de extravío para muchos católicos, sin excluir clérigos ni obispos, desviándolos por los caminos del catolicismo liberal.

Y es también obvio que esto ha sucedido especialmente con los cristianos más sensibles a los halagos del mundo y más temerosos de sus condenaciones o persecuciones.

El Padre Félix Sardá i Salvany, observa cómo la iniquidad liberal instalada en la mente de sacerdotes y obispos se convierte en motivo de escándalo, es decir de tropiezo, de los fieles que, por ese motivo, terminan por encontrar aceptables las opiniones liberales.

A los fieles que se espantan de que algo así pueda suceder, les dice:

“Sí, amigo lector, sí, puede haber también, por desdicha, ministros de la Iglesia liberales, y los hay de esta secta fieros, y los hay mansos, y los hay únicamente resabiados. Exactamente como entre los seglares. No está exento el ministro de Dios de pagar tributo a las humanas flaquezas […] ¿Y qué tiene esto de particular, cuando no ha habido apenas herejía alguna en la Iglesia de Dios, que no haya sido elevada o propagada por algún clérigo?” .

A aquellos hombres de Iglesia que han sucumbido al contagio liberal le son aplicables las palabras de Jesús: “vosotros por de fuera parecéis justos a los hombres, mas de dentro estáis repletos de hipocresía y de anomía” .

La gravedad de la hipocresía, lo que la convierte en anomía, en iniquidad, es precisamente el impedir a los hombres entrar por el camino filial y llegar al Padre: “¡Ay de vosotros, porque cerráis [el acceso] al Reino de los cielos delante de los hombres, y ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están por entrar!” (Mateo 23, 13).

Puesto que el Reino de los cielos no es otra cosa que la condición filial por la que se accede a la comunión con el Padre en calidad de hijos, la hipocresía es iniquidad, porque aparta de la fe en Cristo y por lo tanto del ingreso a la comunión con el gran Nosotros divino – Humano. Y la iniquidad es escándalo, porque hace tropezar y caer en el camino al Padre, que es el seguimiento de Cristo.

A esos adalides de la oposición a Él, en todos los tiempos, Jesucristo los considera y los llama hijos de Satanás, Raza de víboras, generación perversa. “Serpientes, raza de víboras, ¿cómo vais a escapar al juicio de la Gehenna?”.

Volvemos a encontrarnos aquí la misma oposición que vimos antes en el texto de la primera Carta de San Juan, entre los hijos de Dios, puros como el Cordero, y los hijos de Satanás opuestos al Hijo y autores de la anomía, que es el Pecado.

La Iniquidad según san Pablo

La enseñanza de San Pablo sobre la iniquidad prolonga la doctrina que se desprende de los textos de San Mateo y de San Juan. El pasaje más significativo que contiene esa enseñanza dice:

“1 Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos,

2 que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.

3 Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre del pecado [anthrôpos tês hamartías], el Hijo de perdición [ho huios tês apôléias],

4 el Adversario [ho antikéimenos] el que se levanta [ho huperairómenos] sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto [la religión], hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios.

5 ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?

6 Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno.

7 Porque el misterio de la iniquidad [mysteríon tês anomías] ya está operando [êdê energéitai]. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene,

8 entonces se manifestará el Impío [ho ánomos], a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida. 9 La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos,

10 y todo tipo de seducción de injusticia [apatê adikías] en daño de los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado.

11 Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira,

12 para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la injusticia [tê adikía].

13 Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad”.

El Misterio de la Iniquidad – mysterion tês anomías

Estamos ya en plena predicción esjatológica, en plena doctrina apocalíptica. Y por eso podemos vincular al liberalismo con aquella iniquidad esjatológica que, invocando los misterios cristianos se opone a ellos y sin embargo los parasita, obrando prodigios en su nombre. Prodigios de eficacia, por ejemplo, que se atribuyen a sí mismos para recomendarse, aumentar su prestigio y engañar a los elegidos con su hipocresía.

Romano Guardini: el fraude y doblez de la Modernidad

Romano Guardini ha sabido describir la perplejidad del cristiano frente a la Edad Moderna en estos términos que muestran sus rasgos comunes con el misterio de la iniquidad:

“El recuerdo [que tuvo el cristiano] de la rebelión de la Edad Moderna contra Dios fue demasiado vivo; su forma de poner todas las esferas de la actividad cultural en contradicción con la fe y a ésta misma en una situación de inferioridad, fue excesivamente sospechosa. Además, se produjo aquello que hemos llamado el fraude [la hipocresía] de la Edad Moderna, aquella doblez, que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras reivindicaba de la otra para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de ese orden y de esa doctrina. Esto hizo que el cristiano se sintiera inseguro en sus relaciones con la Edad Moderna: por todas partes encontraba en ellas ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, pero que, sin embargo, eran presentados como pertenecientes al patrimonio común. En todas partes tropezaba con elementos del patrimonio cristiano, que, sin embargo se volvían contra él” .

Es un hecho digno de ser reflexionado ulteriormente. A mí se me ocurre repensarlo a la luz de las observaciones de Mircea Eliade. Si pensamos en la situación del cristiano en un medio liberal, y donde también existe un liberalismo religioso ¿qué le sucede a ese cristiano cuando vive en un mundo que él no puede configurar religiosamente de acuerdo a sus arquetipos divinos, sino que le es impuesto construido por otros según las configuraciones anárquicas del hombre irreligioso? ¿No se sentirá tentado de conciliar lo inconciliable, la configuración del mundo irreligioso con los arquetipos religiosos de su fe? ¿No ingresará así en un estado de confusión? ¿No podrá escindirse en él la fe religiosa por un lado y un sentido común liberal o secularizado por el otro?

Es un asunto para pensar. Pero vengamos ya al pensamiento del Padre Leonardo Castellani, con el que voy a dar por finalizada esta exposición.

Capítulo 8: Las enseñanzas del Padre Leonardo Castellani

Las enseñanzas del P. Leonardo Castellani

Entre nosotros, pocos han disertado, con la profusión y la profundidad del Padre Leonardo Castellani, sobre el misterio de la iniquidad en el contexto apocalíptico del Anticristo y también sobre el liberalismo como fenómeno apocalíptico relacionado con el misterio de la iniquidad.

Voy a recordar aquí un poco extensamente algunos pasajes de Castellani, que me parece sirven de repaso y confirmación de lo dicho, por expresar una visión coincidente con lo que he venido exponiendo. Espero también que sus dichos amenicen esta argumentación que ya va siendo demasiado larga.

“El Misterio de la iniquidad – dice Castellani – es el odio a Dios y la adoración idolátrica del Hombre” . Aunque en este lugar el Padre Castellani no establezca la ecuación con el liberalismo, ella es evidente. También el liberalismo se define adecuadamente como ‘negación de Dios y endiosamiento del hombre’.

Oigamos pues lo que nos dice el Padre Castellani sobre el Misterio de iniquidad comentando otras figuras del Apocalipsis conexas con este misterio:

“Las dos Bestias – explica Castellani – son [la primera:] el poder político y [la segunda] el instinto religioso del hombre vueltos contra Dios y dominados por el Pseudo Cristo y el Pseudoprofeta. […]

“La Gran Ramera es la religión descompuesta y entregada a los poderes temporales”.

“La adoración del hombre con el odio a Dios – explica Castellani – ha existido siempre […] él tiende a corporizarse en cuerpo político y aplastar a los santos. Él fue quien condenó a Sócrates, persiguió a los profetas, crucificó a Jesús, y después multiplicó los mártires; y él será quien destruya a la Iglesia, cuando, retirado el Obstáculo que lo retiene – según dice San Pablo – se encarne en un hombre de satánica grandeza, plebeyo genial y perverso, quizás de raza judía, de intelecto sobrehumano, de maldad absoluta, a quien Satán prestará su poder y su acumulada furia”.

El Padre Castellani prevé que este desborde de la iniquidad, como siempre, afectará mortalmente al catolicismo: “la estructura temporal de la Iglesia existente – dice – será presa del Anticristo, fornicará con los reyes de la tierra – al menos una parte ostensible de ella, como pasó ya en la historia -, y la abominación de la desolación entrará en el lugar santo” .

En otros pasajes de sus comentarios al Apocalipsis, el P. Castellani vincula explícitamente con el liberalismo a una de las tres ranas del Apocalipsis de San Juan. Las tres ranas aparecen en escena luego del derramamiento de la sexta de “las siete copas del furor de Dios” que los siete Ángeles enviados derraman sobre la tierra.

Es bueno recordar que las ranas, (hbr. Tsefardcím) son la segunda plaga con que el Señor castiga al Faraón.  Aunque aquí parecen ser tres ranas solitarias, podría pensarse que convocan a los reyes de la tierra para acaudillar una invasión de ranas que llenan el país como las del Éxodo que se metían hasta en los hornos y en las casas. Una invasión que se mete por todos lados.

Las tres ranas salen, respectivamente, 1) de la boca de la Serpiente, 2) de la boca de la primera Bestia, que es el poder político, y 3) de la boca del falso profeta que algunos identifican con la segunda bestia. Estas tres ranas son: “tres espíritus de demonios que realizan señales prodigiosas, y van donde los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla [contra Dios]” .

Observa pintorescamente Castellani que las ranas: “han hecho sudar el quilo y romperse el mate a los intérpretes; los santos Padres, casi todos, han visto en ellas ‘herejías’, las últimas y ‘novísimas’. Son, – interpreta Castellani – el liberalismo, el ‘comunismo’ y el […] modernismo’”. Idéntica interpretación da Castellani por boca de Don Benjamín Benavides:

“La tres ranas son el liberalismo, el comunismo y el modernismo, tres herejías vocingleras, saltarinas, pantanosas y tartamudas […] surgen de la plaga sexta y según dice el profeta son tres espíritus impuros [opuestos al Espíritu Santo] y capaces de hacer prodigios para congregar a los [ocho] reyes de toda la tierra a la última batalla contra Dios”.

“El texto no dice ‘tres demonios’ como tampoco congruye con el salir dos dellos de boca de dos hombres: el texto dice ‘espíritus” [impuros] palabra que, en todas las lenguas designa también un movimiento, una ideología, una teología. […] se parecen a ranas, animal viscoso y lascivo, oculto y fangoso, vocinglero y aburridor, que repite sin cesar su croar monótono:

Cuá, cuá, cuá, cantaba la rana

Cuá, cuá, cuá, debajo del río

La democracia, cuá, cuá,

Justicia social, cuá, cuá,

Y la Humanidad, cuá, cuá,

Canta el diabólico trío”.

“Esta herejía política, – continúo citando a Castellani – difusa hoy en todo el mundo, que aún no tiene nombre y cuando lo tenga no será el propio suyo, que Newman en el siglo pasado llamó ‘liberalismo religioso’ (y por cierto vio en ella, como yo ahora, presagios del Anticristo); que san Pío X llamó ‘modernismo’ y Belloc ‘aloguismo’, es el viejo naturalismo religioso que remonta a Rousseau y los Enciclopedistas; y en su raíz, si se quiere, al presbítero belga Baius (Michel Bay) … la cual es, en su fondo, la idolatría del Hombre y de la Humanidad, el peor error posible, atribuido por San Pablo al Ánomos,

“Mucho he escrito sobre ella, me resumiré aquí. Consiste en una adulteración sutil del cristianismo, al cual vacía de su contenido sobrenatural dejando la huera corteza, la cual rellena de inmediato ‘el espíritu que ama los sitios sucios y los lugares vacantes’ con el antiguo ‘Seréis como dioses’.

“Josef Pieper observó con justeza que el dicho ‘la Religión es cosa privada y al Estado no le interesa’, lema del liberalismo, comporta nombrar Dios al Estado, poniéndolo por encima del Dios… privado. Es la estatolatría, tan vieja como el mundo, o por lo menos, como los Césares romanos, proclamada ahora abiertamente por Hegel: la adoración de la ‘Nación’, creación del hombre, ‘la más alta obra del intelecto práctico’ dice Santo Tomás; el cual añade, refiriéndose al antiguo culto de los Césares, que si el hombre deja de adorar a Dios, cae a adorar al Estado – a su nación, a su raza, a su Ciencia, a su Estética, a su poder bélico, a la Libertad, a la Constitución – y a la Diosa Razón; a cuyas tres últimas deidades tributó culto la Revolución Francesa; aunque era Robespierre, en el fondo, que estaba allí detrás de las prostitutas enjaezadas de seda y oro sacerdotales, a quien subía el humo del incienso” .

Don Benjamín Benavides ofrece más detalles sobre la relación entre las tres ranas:

“El liberalismo, en pugna con su hijo el comunismo, – dice Don Benya – son el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia, y el otro que salió de la boca del Dragón […] El modernismo coaligará a los dos […] el modernismo es el fondo común de las dos herejías contrarias, que algún día – que ya vemos venir – las englobará por obra del Pseudoprofeta”.

“[El modernismo] no se puede definir brevemente. […] Esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, en el cual, con certero ojo, el Padre Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo: ‘Cuá, cuá, cantaba la rana, cuá, cuá, debajo del río” […] ¡Cualquiera interpreta lo que dice una rana! – rió Don Benya – es más un ruido que una palabra. Pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios… Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta […] pero así, aproximadamente y a bulto.

“El cuá, cuá, del liberalismo es ‘libertad, libertad, libertad’; el cuá, cuá, del comunismo es: ‘justicia social’, el cuá, cuá, del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: ‘Paraíso en la tierra’; ‘Dios es el Hombre’; ‘el hombre es Dios’” […] “y la Democracia es el coro de las tres ranas juntas: democracia política, democracia social, y democracia religiosa”

[…] “Estas son las tres últimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los pseudocristos que predijo el Salvador. En el fondo de ellos late la ‘abominación de la desolación’; [que consiste] en la adoración del hombre en lugar de Dios, y eso bajo formas cristianas y aún manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia”.

Después de este recorrido por los escritos del P. Castellani, podemos concluir que el liberalismo no solamente es el pecado, sino que es un “espíritu impuro” es decir, opuesto al Espíritu Santo que proviene del Padre por el Hijo.

El Padre Castellani terminó su conferencia sobre “Esencia del Liberalismo” tomando, de una carta de San Martín, una cita que Castellani presenta como ‘la definición argentina de hombre libre’. “El hombre verdaderamente ‘libre’ – escribió San Martín – es aquél que, exento de temores infundados y deseos innecesarios, en cualquier país y cualquier condición en que se halle, está ‘sujeto’ a los mandatos de Dios, al dictado de su conciencia y a los dictámenes de la sana razón…”.

Y en esa misma conferencia, Castellani anima a la juventud presente diciéndoles que “ni ustedes ni yo podemos vencer de golpe” a los liberales, hay una manera de vencerlo a la larga: “dar testimonio” como lo dieron los grandes católicos que se midieron intelectualmente con él.

Capítulo 9: Conclusión

En conclusión – Oración al Padre

He intentado mostrar cómo y en qué sentido es posible decir que el liberalismo es el pecado, la iniquidad suprema, el pecado contra el Espíritu Santo que obra la obediencia filial y amorosa al Padre en los hombres que viven como el Hijo, que viven como hijos; y es por lo tanto, en su esencia, la rebelión contra el Padre, que le grita el “non serviam”, no te serviré, no quiero obedecerte, porque no quiero ser hijo tuyo. No te reconozco como Padre. No te reconozco ningún derecho sobre mí. No quiero recibir mi ser de ti. Quiero ser yo mismo mi principio y mi fin. ¡Yo soy dios!

Ante esta terrible blasfemia de nuestro tiempo, como decía el Padre Castellani, no tenemos nada que oponer sino nuestro testimonio de querer ser hijos, de empeñarnos en vivir como hijos y de reconocer a Dios como nuestro Padre. Por eso los invito a orar conmigo diciendo:

Padre, engéndranos, en esta hora, y en cada hora; en este día, y en cada día. Queremos recibir el ser de Ti siempre y en cada momento aquí sobre la tierra; y en el cielo eternamente, para que podamos glorificarte como Tú lo mereces. Danos el ser, el ver, el oír, el pensar, el entender, el querer tu voluntad, el recordar tu caridad, el quererte sobre todas las cosas. Oh Tú Padre, fuente de caridad, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Gozo nuestro y paz nuestra. Felicidad nuestra. Te adoramos, te alabamos, te bendecimos. No tenemos felicidad fuera de Ti. Darte gloria es la bienaventuranza de tus hijos. No nos dejes caer en la tentación en esta civilización de la acedia en la que nos has colocado, que se entristece por nuestras alegrías. Líbranos del Malo. Que nada pueda su tristeza contra el gozo de tus hijos. Para que nada empañe tu gloria y la que le diste a tu Hijo Jesucristo. Amén.

Y llenos de alegría por ser hijos de Dios, oremos juntos repitiendo el Padre Nuestro, que Jesús nos enseñó.

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